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Full text of "América precolombiana; ensayo etnológico, basado en las investigaciones arqueológicas y etnográficas de las tradiciones, monumentos y antigüedades de America indígena. Dedicado á la Sociedad de Ciencias y Artes"

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MONOLITO NOTABLE DE COPAN 



AMEniCA PRECOLOMBIAM 



asáio iTioweic 



Basado en las investigaciones arqueológicas y etnográficas 

de las tradiciones, 
monumentos y antigüedades de América indígena 

DEDICADO 



sy/j 



I U 



mvikmi 



POR EL 

EX-PRESIDENTE PE T>A MIS5IA 




MONTEVIDEO 

1887 



Basta una palabra para recomendar la presente 
memoria etnológica, como la llama su autor; es ameri- 
cano, entusiasta por los estudios americanistas, y tam- 
bién el primero que sobre esta materia lia escrito en 
este país un trabajo científico, y el primero asi mismo 
en América qíie haya ensayado un trabajo de carácter 
general sobre la América precolombiana. 

El nombre del autor es la mejor recomendación de 
la obra, además de la novedad y del interés especial que 
tiene para los americanos. 



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Importancia y estado progresivo de los estudios etnoló- 
gicos y prehistóricos sobre América indígena — Ra- 
zón del presente Ensayo. 



La ciencia naciente, que se ocupa de los interesan- 
tes problemas acerca del origen, población y civilización 
de la América precolombiana, se llama Americanismo; 
annque más propio fuera Americanolog'ía, por la misma 
razón que se dice Asiriología y Egipciología con rela- 
ción á la Asiria y al Egipto antiguos. 

¿Tiene interés y porvenir esa ciencia? Indudable- 
mente que si; porque en presencia de las grandes cons- 
trucciones de los antiguos imperios americanos, azteca 
é incásico, ante los numerosos monumentos que son la 
admiración del viajero, ante la contemplación de sus 
formidables é inaccesibles fortalezas, el investigador 
filósofo no puede menos de afirmar la existencia de so- 
ciedades muy antiguas y adelantadas. Son en efecto, un 
gran misterio para la ciencia y para la historia; pero un 
dia vendrá en que la etnología termine la obra comen- 
zada de reconstitución de esos pueblos casi olvidados, 
sorprenda los secretos de su origen y civilización con- 
signándolos en esa página hoy casi en blanco de la his- 
toria universal, y entonces se verá aparecer en toda su 
antigua magestad el mundo que llamamos nuevo porque 
ignoramos su pasado. 



Afortunadamente las grandes cuestiones de etno- 
logía, arqueología y antropología prehistórica que dicen 
relación con la América indígena de los tiempos ante- 
riores á la conquista, no solo preocupan altamente la 
atención de los sabios modernos, sino que también lian 
lieclio notables conquistas en el sentido de una solución 
satisíactoria. Cuando el genio de los nautas, el inmor- 
tal Cristóbal Colon, sorprendió al antiguo mundo con el 
hallazgo de la virgen América, no solo causó sorpresa 
el encontrarla habitada por una raza desconocida, sino 
principalmente el notar que no todos sus habitantes 
eran bárbaros y salvajes, pues que existían Imperios co- 
mo el da Moteczuma y el de Atahualpa ocupando las 
vastas regiones del Anahuac (Méjico) y del Tahuantin- 
Suyú (Perú y Bolivia) que, si comparados con las na- 
ciones europeas podían considerarse en una especie de 
edad niediaj eran sin embargo sumamente notables por 
su cultura y organización político-social respecto de los 
demás pueblos aborígenes. Desgraciadamente no eran 
entonces del gusto de la época los estudios etnológicos 
y prehistóricos y los conquistadores prefirieron el botín 
á la conservación de los monumentos incásicos, nahoas 
y maya-quichés con lamentable detrimento para la filo- 
sofía de la historia. Citaremos como un ejemplo la des- 
trucción de Cuzco (Ccozco) la ciudad mas antigua y 
monumental del Imperio de los Incas, pues es una de 
las páginas mas sombrías de la historia de la conquista 
y mas dolorosa para la ciencia etnológica. Cuzco ha 
sido comparada á Roma por su grandeza, su opulencia 
y sus monumentos; y sin embargo bastaron pocos días 
para reducir á cenizas una de las maravillas del mundo. 
Y aun(iue es verdad que subsisten algunas reliquias 
del poder y de la magnificencia de los Incas: la forta- 
leza y palacio de Manco-Capac, el templo del Sol, la 
casa-palacio de las escojidas y otros edificios, un día gi- 
gantescos, que ostentan todavía los flancos invulnerables 
de sus inmensas construcciones ciclópicas, en cuya com- 



— 3 — 

paracion son', pig-meos los edificios modernos; han 
desaparecido los tablones, las planchas, los adornos de 
oro macizo, se han' arrancado los caños de plata por 
donde corría el a^ua para regar los jardines artificiales 
de ñores; los árboles y animales de oro, tan perfecta- 
mente imitados que, segim Garcilaso-Inca, parecían na- 
turales; y lo que se salvó del pillaje de los soldados fué 
dilapidado por los gefes: el simulacro del sol, el trofeo 
mas expléndido de aquella conquista, fué el lote de un 
jugador que lo perdió la misma noche en una partida 
de dados. Destrucciones y ruinas semejantes se verifi- 
caron en otras ciudades tan importantes como. Méjico, 
Cañar, Palemke, Mitla, Tiahuanaco y Quito. Quedó arra- 
sada la civilización indígena con casi todos su's monu- 
mentos. 

Sin embargo, á pesar deta«i grandes pérdidas para 
las ciencias arqueológicas, hoy dia las antigüedades de 
América son consideradas y estudiadas con tanto in- 
terés como la Asiriología y Egipciologia en el sentido de 
la solución de los principales problemas de la etnología, 
utilizando el eficaz auxilio de la arqueología, de la pre- 
historia, de la lingüística, de la paleografía;^ li^sta de 
la geología y paleontología aplicadas á las érvestiga- 
ciones americanistas, cuyos resultados nos proponemos 
exponer de una manera compendiosa en esta memoria. 

Y ya que el presente Ensayo ha de ser etnológico y 
no etnográfico^ vamos á indicar la diferencia entre am- 
bas palabras para justificar el procedimiento que hemos 
de seguir. La palabra etnografía viene de las voces 
griegas etnos, ge;ite, nación, y rjrafe descripción, como si 
dijéramos desciipcion de las naciones; y su análoga 
etnología^ al cambiar el grafe en logos discurso, significa 
ciencia cielos puthlos. Kú^\}\\^^^ la etnología representa 
la ciencia fundamental analítico-sintética que abraza el 
conocimiento de la vida pasada de las razas humanas 
y la procedencia original de las mismas deducida de, 
todos los medios monumentales, naturales y racionales 



(le que puede dispouer el observador filósofo; al paso 
que la etnog-rafia, auxiliar de la primei'a, describe los 
pueblos y los clasifica con arreglo á su carácter y es- 
tado propio. 

Por tanto no es cuestión de acumular materiales y 
hacer pintorescas descripciones, sino elevarse, en cuan- 
to lo permitan los datos etnog-ráficos, á ideas generales. 

Es lástima que el entusiasmo con que los eruditos 
se dedicaron á los estudios arqueológicos sobre Améri- 
ca indígena disminuyera, descendiendo á una especie de 
escepticismo, desde el siglo XVII; hoy estaríamos habi- 
litados quizás, para resolver los mas interesantes pro- 
blemas etnológicos sobre los orígenes y poblaciones 
primitivas de América, así como del estado social, civi- 
lización, cultura, progresos é historia de las grandes 
naciones en que figuraron legisladores como Quetzal- 
coatí, Bochitca y Manco -Capac. Mas por fortuna desde 
la publicación de la grande obra de Alejandro de Hum- 
boldt sobre las antigüedades americanas, los sabios se 
han vuelto á preocupar de los pueblos aborígenes bajo 
el aspecto de los progresos humanos según sus monu- 
mentos para encuadrarlos en la filosofía de la historia 
universal. Los pueblos americanos están lejos de los 
Griegos y Eomanos en civilización y solo podrían ser 
comparados conlosíTíbétanos y acaso con" los Egipcios 
y los Etruscos y^ su mérito es mas bien filosófico-hístó- 
rico para apreciar las leyes que sigue en su desarrollo 
el espíritu humano al través de las edades. La arqueo- 
logía encuentra en América graníles monumentos que 
mejor estudiados y examinados, serán un hermoso con- 
tingente para la reconstitución de la liistoria precolom- 
biana; los restos gigantescos de Mitla, Palemke, Tia- 
huanaco, Ollotaitambo, del Cañar, de Chulucanas; las pi- 
rámides de Cholula. las construcciones y monumentos 
de Uxmal y Chichen-Itzá: el gran relieve de basalto 
representando el calendario mejicano; el bajo relieve 
'azteca esculpido en una pieza cilindrica, con otros iu- 



-^ 5 — 

numerables restos de escultura, arquitectura y cerámi- 
ca indígena; y como docuuientos preciosos, manuscritos 
gerog'líficos, inscripciones hieráticas, códices y pinturas 
g-ráñcas, además de múltiples monumentos y antigüe- 
dades aún no exploradas, esparcidas por los vastos terri- 
torios donde dominaron los nalioas, quitcliées y quit- 
cliúas. 

La América, al ser descubierta por Colon, estaba 
completamente poblada; ocurre, pues, este problema: ¿de 
dónde provenían sus habitantes? ¿eran de origen ada- 
mítko? Y en este caso ¿á qué parte del antiguo mundo 
pertenecía la primera ó primeras inmigraciones, y por 
qué parte comenzó á ser poblada? ¿Qué marcha siguie- 
ron los primeros pobladores, por qué trasformaciones 
llegaron á constituirse los dos grandes imperios del 
Anahuac y del Tahuantin-Suyú? 

En el estado actual de la antropología ya no es 
dable dudar del origen común de los aborígenes ameri- 
canos con el resto del género humano, como quiera que 
el monogenisrao, ó unidad de la especie humana, es una 
conquista de las nías hermosas para la ciencia antro- 
pológica, como lo demostraréniós en el texto; sin ella 
la humanidad y la civilización no' podrían tener idénticos 
destinos. No pueden, por consiguiente, .los primitivctSi. 
americanos ser reputados absolutamente «^t/órtQ9i05, ori- 
ginarios del país. Sin embarga' lj recemos aún de docu- 
mentos perentorios que indiquen con precisión la pro- 
cedencia etnográfica de los americanos, puesto que las 
invasiones de los escandinavos del siglo IX son poste- 
riores á la población indígena. Pero algo muy impor^ 
tante se ha realizado en este sentido: desde luego los 
datos geológicos y paleontológicos acerca de la comu- 
nicación de los Continentes por medio de la Atlántida; 
así como el estadio comparado de las lenguas, las cos-í"- 
mogonías, monumentos, costumbres é instituciones de 
los pueblos de América y de Asia hacen sospechar de 
una manera vehemente la antigua comunicaciou. Del 



— 6 — 

mismo modo lia sido imposible liasta ahora determinar 
la época, uo solo de las comunicaciones entre los habi- 
tantes de ambos mundos, sino también entre las nacio- 
nes de la América meridional y las del norte del Istmo 
de Panamá. Mas no hay que desesperar, pues su etno- 
'{^rafia ya nos da á conocer algo y hasta notables ana- 
logias en sus respectivas revoluciones politicas y reli- 
giosas, de que data la civilización de los aztecas, mayas 
y peruanos. Además aparecen hombres barbudo.? y de 
mas claro color que los indígenas del Auahuac, C'undi- 
namarca y Cuzco, sin que sea posible indagar el origen 
de su nacimiento; pero al examinar en la época de las 
primeras inmigraciones toltecas las instituciones reli- 
giosas, simbolos del culto, calendario y forma de los 
monumontos, bien se concibe que no tomaron sus códi- 
gos de leyes (¿uetzalcoatl, Botchica y Manco-Capac del 
Norte de Europa, y si mas bien de aquellos pueblos que 
han comunicado con los Tibetanos y Ainos barbudos de 
las islas de Yeso y Sacalin 6 del Asia Oriental. Y aun- 
que esto no es resolver aún el problema, llegará el dia 
en que la arqueología, la lingüistica, la prehistoria y la 
paleografía, acumulando y examinando los monumentos 
y documentos numerosos que existen, habiliten á la et- 
nología americana para resolver el problema de la pro- 
cedencia de los aborígenes de América respecto del 
antiguo Mundo y las etapas sucesivas de sus inmigra- 
ciones y civilización. Y^ñ verdad, que ya se han hecho 
grandes trabajos en este sentido por varios etnijlogos y 
y eruditos, como entre otros " Vistas de las Cordilleras 
y monuuwntos do los ¡nichlos indígenas de América'' por 
A, de Humboldt; "El hondnr americano'' por Alcides 
D'Orbigny, y otros trabajos igualmente notables.- pero 
^. sobre todo hay grandes esperanzas en el ardor desple- 
gado en los últimos años por los Amo-iivnistas, cuyos 
Congresos sobre los estudios ctnográfícos y prehistóri- 
cos de América darán grandísima luz sobre todas estas 
cuestiones. Asi, por ejemplo, entre las producciones mas 



recientes sobre la etnología americana existe la de 
Carlos Wiener. Según este americanista las inmigra- 
ciones asiáticas trajeron la civilización al nuevo Mun- 
do, dividiéndose la corriente civilizadora en las regio- 
nes del Oeste de la América setentrional en dos grupos: 
el de los cahcms rectas, toltecas occidentales y el de los 
caleras aplastadas, toltecas orientales, que poco á poco 
invadieron el Brasil y las fronteras de Chile. La civi- 
lización peruana se relaciona exclusivamente con la 
corriente de los cabezas aplastadas, mientras que la de 
Méjico debe su nacimiento á la corriente occidental. 

También el eminente americanista M. Derby de 
Thiersant lia venido á confirmar esta tesis en los si- 
guientes términos: "La ciencia admite que los dos Con- 
tinentes — -el asiático y el americano— estaban en otro 
tiempo unidos entre si por un istmo, destruido después 
por los cataclismos de la naturaleza y por la invasión 
del mar. Por la disposición geológica de los lugares, po- 
demos juzgar que el istmo se rompió por el lugar donde 
se halla el estrecho de Behering. El aspecto de las cos- 
tas paralelas, principalmente desde la punta de los Kou- 
rilas hasta el cabo de Kamchatka, indican un reciente 
trabajo que continúa aún hoy. Vése que el estrecho se 
ha ido ensanchando lentamente, puesto que en tiempo 
del capitán Cook solo tenia ocho leguas marinas y en la 
actualidad tiene muchas mas. I . ; naturales en verano 
la atraviesan en canoas. Ee?i}v'tajU ; <6sto, por lo tanto, 
que antiguamente eran las comUüUjaciones entre el Asia 
y la América mas fáciles que hoy, debiendo concluirse 
en consecuencia que la raza tourania penetró por este 
camino en el continente americano." 

Hé aqui como se explica M. Derby de Thiersant la 
inmigración en América. Salidos de la famosa meseta 
central del Asia, (oiígen queda la Biblia á la disper- 
sión de los pueblos), y atravesando el estreclio de Behe- 
ring, se liabian sucesivamente esparcido desde las 
márgenes de la bahía de Hudson hasta los limites de la 



— 8 — 

Tierra del Fuego, siendo Méjico el primero de los Es- 
tados que se fundaron. El antiguo nombre de los Me- 
jicanos es Mcc-ScycJiti, siendo digno de notarse que la 
palabra mee indica en náhuatl el plural y en maya filia- 
ción. El nombre de Tlascaltecas ó Toltecas debió dár- 
sele al grupo de los mejicanos después de la fundación 
de Tula, su capital, y como teca significa también el 
|)lural en náhuatl; de aqui que de Tula y de teca se for- 
mase toltecas. Lo mismo sucedió á los aztecas, grupo 
que salió de las provincias del Aztlan, que era su prin- 
cipal ciudad, pero en el Sur, esto es, en el mar de las 
Antillas, los scytas tomaron el nombre de caribes (Ka- 
tís, hombres fuertes) cuyo nombre recuerda el de los va- 
lientes guerreros del Karism, su patria. 

Nicaragua, país de los nicaraos ó Kataos, fué tam- 
bién poblado por los caribes (caraihasj, esparciéndose 
por el Darien en Venezuela y la América del Sur. Eran 
señores de toda la vertiente oriental de la Cordillera 
hasta el Atlántico y mantenían un activo comercio de 
cabotaje con sus compatriotas de Honduras y la penín- 
sula del Yucatán. "Esos caribes que nos figuramos co- 
mo salvajes porque llegaron á ser caníbales, dice J. 
Werim, hablan por el contrario traído del Asia un alto 
grado de civilización. Tenían libros de papel, fabricados 
con filiras, ó bien de pergamino, en los cuales escribían 
en caracteres geroglí^cos sus leyes, sus ritos y su his- 
toria. Sus conocimientos, astronómicos eran a;delanta- 
dos; sabían trabajar los metales y la piedra, cultivaban 
el cacao y el maíz, adoraban al Sol y tenían además un 
culto especial para las serpientes." 

De todo esto deduce M. Derby de Thiersant que 
estos caribes no eran sino los touranios del grupo maya, 
que habiendo penetrado en América por el estrecho de 
Beheríng, fueron extendiéndose hasta el cabo de Hor- 
nos, sembrando poi' do quiera pasaban los elementos de 
su civilización. El estudio de las lenguas habladas aún 
hoy poi' los indígenas, suministra nuevos argumentos 



á la teoría, encontrando que los dialectos del Perú ^ 
Bolivia no son mas que derivaciones de la lengna aglu- 
tinada hablada por los touranios. También cree que per- 
tenecen á la misma raza los salvajes ó semi-salvajes 
que habitan actualmente el interior de la América del 
Sur. 

"Basta visitar el museo etnográfico de Eio Janei- 
ro dice M. Derby, y fijarse en las antigüedades pe- 
ruanas que contiene para reconocer que la arquitectura 
y la estatuaria de América eran casi las mismas del 
Egipto y la Etiopia. Puédese decir también que de la 
similitud de los climas nace la similitud de los produc- 
tos; que la evolución de las diferentes razas humanas 
se verificase de un modo paralelo; que en un mismo pe- 
ríodo de desenvolvimiento las costumbres tomarán la 
misma forma y que, á semejanza de los grados por que 
va pasando la evolución fetal, así también la humani- 
dad ha pasado por una serie de grados progresivos en 
todas partes idénticos por una especie de sincronismo 
histórico. 

No dejaremos de indicar que á este mismo orden 
de ideas corresponden los descubrimientos hechos en el 
Yucatán por M. Le Plongeón. Así, la célebre estatua de 
Chaac-Mol hallada por él tiene una apariencia simiaca. 
Es notable el uitl que le ciñe los ríñones y que llevan 
aún los yucatecas, prenda parei.ada de un modo sor- 
prendente al vestido figurado-ejí las mas antiguas es- 
tatuas egipcias. Afirma asimismo haber descifrado el 
alfabeto hierático de los antiguos mayas; los caracteres 
y signos figurados en diversos monumentos del Yuca- 
tan, corresponderían según su opinión, como simbolis- 
mo ó valor fonético, á los que se encuentran grabados 
en los antiguos monumentos egipcios. Es un porvenir 
para el americanismo, que á pesar de su fecha reciente 
hace conquistas prodigiosas en los estudios y proble- 
mas tan interesantes sobre la América precolombiana. 
Si así continúa, al decir de M. Wiener, llegará el día 



— lo- 
en que se comprenda que si los antiguos príncipes 
Piirliuas, los Amantas, pontífices del Perú, los antepa- 
sados del Analiuacy del Yucatán, resucitasen de su 
tumba, podrían decir á los Faraones, á los sacerdotes 
de Caldea, á los braliamaues de la India y á los pri- 
meros hijos del cielo de la China: "Somos de un mundo 
desconocido para vosotros, de un mundo nuevo para 
vuestra generación centenar; pero cuando existíamos 
sobre la faz de la tierra y dominábamos, vosotros el he- 
misferio oriental, nosotros el Occidente, todos éramos 
contemporáneos; y así la ciencia llegará á demostrar 
lo que nos enseña la tradición mas autorizada, la Biblia, 
que las civilizaciones humanas no son mas que múlti- 
ples etapas de las emigraciones salidas del Senahar 
para publar la ñiz de la tierra. Dios las dispersó con 
sublimes designios! 

Como americano, me son sumamente simpáticas 
las investigaciones americanistas, y jamás dejaré de 
bendecir la venturosa fortuna de haber podido con- 
templar con mis ojos las ruinas inmortales de nues- 
tra querida América. Por de pronto no podremos 
hacer otra cosa que ensayar las soluciones que sobre 
los múltiples problemas americanistas pueden darse ó 
indicarse según los últimos adelantos de la etnología 
y arqueología americanas. 

Por lo demás nos apresuramos á declarar que solo 
nos hemos propuesto por medio de estas ligeras nocio- 
nes y apuntes despertar el interés de los americanos 
por estos estudios y hacerles ver que si el antiguo 
Oriente es digno de nuestra atención y es justo cultivar 
la Asiríulogia y la Egipciología, puede también el Ame- 
ricanismo suministrarnos conocimientos muy importan- 
tes bajo el aspecto de la historia general del espíritu 
humano, llenando una liermosa página de la filosofía de 
la historia. Y sobre todo ¿cómo pueden sernos indiferen- 
tes las investigaciones sobre la América precolombiana 
á los (lue hemos tenido el honor de nacer en el Conti- 



__ 11 „. 

nente americano? Nos asemejaríamos á esos viajeros 
ignorantes que pisan con estúpida indiferencia un suelo 
sembrado de ruinas misteriosas; sin preocuparse de 
arrancarles el secreto de la civilización que represen- 
taron. 



Terminaré esta introducción con una advertencia 
á los lectores para explicar la publicación del presente 
Ensayo etnológico, sin más pretenciones que las de una 
simple memoria. 

Mis aficiones á los estudios prehistóricos y etnoló- 
gicos sobre América indígena me decidieron á tomar 
parte en el Concurso científico promovido por la Socie- 
dad Ciencias y Artes de Montevideo, escogiendo entre 
los temas propuestos, el siguiente: "Memoria etnológica 
sobre América indígena." Ese concurso no tuvo lugar, 
aunque se presentaron varios trabajos, debido á las tris- 
tes circ instancias porque acaba de atravesar el país. 
Quedé, por tanto, con mi trabajo hecho, dejándolo en 
prensa al emprender mi viaje á Europa, que felizmente 
se prolongó al Oriente y hasta ambas Américas; lo que 
siempre fué para mí un sueño dorado. Al volver, encon- 
tré terminada la impresión; y me he decidido á darla 
al público tal cual estaba por no inutilizar la edición ya 
tirada. Si no fuera por esta razón, hubiera dado mayo- 
res proporciones á esta memoria, como quiera que al 
realizar mi viaje por América he tenido ocasión de 
satisfacer el ambicionado proyecto, que podría llamar 
científico, por la fruición intelectual que su realización 
lleva aparejada, de visitar las principales antigüedades 
y monumentos de los antiguos Imperios americanos, 



— 12 ~ 

ensanchando y rectificando así mis humildes estudios 
etnológicos y prehistóricos sobre América precolombia- 
na, que es el mayor placer que puede experimentarse 
al emprender uu viaje tan molesto y prolongado. 

No renuncio, por tanto, á hacer una nueva edición 
mas amplia; pues que en mi excursión americanista he 
recojido conocimientos y verificado datos que me colo- 
can en circunstancias propicias para emprender un 
trabajo algo mas serio y profundo; pero esa nueva edi- 
ción dependerá del favor que el público dispense al mo- 
desto Ensayo que ahora publicamos. Por lo demás, cúm- 
pleme advertir que debo rectificar un error que pude 
constatar á mi paso por Méjico: es falso el anuncio con- 
tenido en la revista científica el Cosmos de 1884 sobre 
el liallazgo de una pirámide colosal de los Mayas. Tén- 
galo presente el lector al encontrarla mencionada en 
el presente Ensayo. Este error, en que inocentemente 
caí por la autoridad científica de la Eevista que lo con- 
signaba, me ha hecho reflexionar acerca de la conve- 
niencia de que los Congresos de americanistas debieran 
celebrarse mas bien en América que en Europa, como lo 
han verificado hasta ahora; en Méjico ó en Cuzco, por 
ejemplo; y que también la mayor parte de sus miembros 
debieran ser eruditos que previamente hubiesen ratifi- 
cado sus conocimientos con escursiones americanistas; 
sin embargo, á titulo de lealtad debo igualmente con- 
signar que al hacer semejante indicación al señor Se- 
cretario del Congreso americanista celebrado en Ma- 
drid, me contestó que ya se liabia liecho esa moción 
en el seno del Congreso, pero había sido deshechada en 
vista del poco interés que los mismos americanos da- 
ban á esos estudios, inclusos los gobiernos de estas re- 
giones; y que en cuanto á las escursiones americanistas 
no eran mas frecuentes por falta de protección de los 
gobiernos. 

Eu fin, declaro haberme impulsado á dedicar este 
humilde trabajo á la Sociedad Ciencias y Artes de Mon- 



13 



te video el deber de patriotismo que nos obliga á prestar 
nuestro contingente á la única Asociación que entre 
nosotros se propone el fomento de las ciencias, decoro 
hermoso de las naciones civilizadas. 



'^: 




— 14 — 

CAPITULO I 

I']| fle^eubriiiiieiilo de Aiiiéi*i(*a 

Aunque no corresponde directamente á este En- 
sayo etnológico el relato del descubrimiento de Amé- 
rica, se relaciona con él y constituye un acontecimiento 
de alta importancia y de profundas lecciones para el 
espíritu humano; por eso nos vamos á ocupar de él 
con algún detenimiento. Cuando se habla de América 
es imposible olvidar el nombre de aquel que asombró 
al mundo con su hallazgo. 

En tiempos del príncipe Enrique de Portugal, tan 
célebre por sus expediciones marítimas, y antes que el 
derrotero de la India por el Cabo de Buena Esperanza 
se hubiese recorrido completamente por Vasco de Ga- 
ma; la fama, llevando por do quiera la noticia de los 
primeros descubrimientos de los portugueses y las 
expediciones que sin cesar salían del Tajo, llamó la 
atención del mundo liácia ellos, y la pasión por la ciencia 
ó el gusto por las aventuras atrajo á Lisboa una multi- 
tud de extrangeros: entre ellos se halló el genovés 
Cristóbal Colon, que, descubriendo la América, había 
de importar la civilización á esta parte del mundoi 
entregar á los europeos tan magníficos dominios con 
sus minas de preciosos metales, con su portentosa ve- 
getación, sus ríos gigantescos y todo cuanto en sus 



- 15 - 

variadas zonas encierra. Era Cristóbal Colon hijo de un 
cardador de lana, y aunque con escasos recursos, hizo 
sus estudios preparatorios en la célebre Universidad 
de Pavía, y después de haber recibido nociones elemen- 
tales de cosmografía y astronomía, abrazó la profesión 
de marino y no cesó de navegar, ya en el Mediterráneo, 
3^aen el Océano hasta 1470, época en la cual fué á buscar 
fortuna al reino lusitano, donde por su mérito, sus ta- 
lentos y su habilidad en la navegación encontró muy 
pronto un empleo. Sobre todo, tuvo la suerte de casarse 
con una muger pobre, pero que era hija de Bartolomé 
Pelestrello, piloto italiano, de quien el principe Enrique 
se valió en sus primeras expediciones; la viuda de Pe- 
lestrello, viendo la gran afición de Colon por la náutica, 
entregó á este los diarios y cartas cosmográficas de 
su esposo, regalo que excitó las inclinaciones del gran 
navegante. 

Véase ahora como vino á concebir la idea del des- 
cubrimiento de nuevas tierras. A fuerza de perfeccionar 
las cartas y de comparar las narraciones de los geó- 
grafos antiguos y modernos, de observar la dirección y 
los progresos de los navegantes de siglo en siglo, quedó 
sorprendido de ver la vasta porción del globo que to- 
davía quedaba por descubrir y repentinamente le inflamó 
• el irresistible deseo de explorarla. Ciertamente que la 
empresa valia la pena, porque según sus cálculos, esta 
parte desconocida no equivalía á menos de un .tercio del 



— 16 — 

g-lobo lio cubierta poi' las ar.'iias sino constituyendo la 
prolongación de las regiones occidentales del Asia ó. 
como decia Colon, de las Indias. La vuelta al África, que 
deseaba encontrar el principe Enrique, no tenia otro fin 
que encontrar por el Este el camino á la India. 

Ahora bien; la inmensa extensión de este camino 
condujo á Colon á investigar, si era posible descubrir 
otro mas corto y mas recto dirigiéndose por el Oeste, 
evitando la vuelta de África. En apoyo de esta opinión 
tan extraordinaria como nueva, imaginó una teoria 
completa, donde mezcló lo verdadero con lo inexacto. 
Estableció como principio fundamental que la tierra era 
redonda, que cada pais tenía sus antípodas, y que por 
consiguiente mejor podía darse la vuelta á la esfera ter- 
restre marcliando de Oriente á Occidente, que no yendo 
de Occidente á Oriente. Hasta aquí estaba en lo cierto; 
pero tras esto venían dos errores capitales, que eran la 
estension imaginaria del Asia en la dirección del Este 
y la supuesta pequenez de la tierra. Sin estos dos erro- 
res que pueden llamarse felices y de que participaban 
los más sabios y profundos cosmógrafos de entonces, 
Colon no hubiese ideado jamas su proyecto. 

En torno de las razones principales sobre que 
Colon había fundado su sistema, se agrupaban para 
corroborarle infinitas consideraciones accesorias. La 
sabiduría y bondad infinitas del Creador no nos permitía 
creer, según él, que los vastos espacios que hasta en- 



__ 17 — 

tónces permanecían desconocidos, estuviesen entera- 
mente cubiertos por las aguas de un Océano estéril y 
no contuviesen tierras habitadas por los hombres, sien- 
do mas verosímil que el continente del mundo conocido, 
colocado en uno de los polos, estuviese contrabalan- 
ceado en el opuesto hemisferio por una cantidad igual 
de tierra. Esta conjetura se apoyaba en las observacio- 
nes de varios navegantes que habían visto venir del 
Oeste piezas de boj esculpidas, enormes cañas, grandes 
pinos, que los vientos del Oeste habían arrojado sobre 
las islas de Madera y de las Azores, como también 
los cadáveres de dos hombres que se habían hallado en 
la costa de la isla de Flores, cuyos rasgos fisonómicos, 
no se parecían á los de ningún otro pueblo conocido. 
Todas estas presunciones daban al proyecto de Colon 
la apariencia de una loca temeridad, que temeridad era 
con tan fútiles apariencias, sino hubiéramos de creer 
en la inspiración de su genio, lanzarse por mares in- 
mensos y desconocidos en busca de un nuevo mundo 
6 de la prolongación del Asia, como él creía. Hé aquí 
la razón por qué tuvo que encontrar tantas resisten- 
cias su asombroso proyecto. 

Sin embargo, la energía heroica que desplegó Colon 
por el triunfo de su proyecto fué un vivo sentimiento 
religioso; era católico eminente. Pues bien, poner al- 
gunos países desconocidos del globo en relación con la 
Europa cristiana, llevar la antorcha de la fé, á esas vas- 



— 18 — * 

tas regiones cubiertas por las tinieblas del paganismo y 
encontrar recursos para el rescate del Sepulcro del Sal- 
vador del mundo; tal debía ser, según Colon, el resul- 
tado de su empresa; y tales fueron las razones que 
inclinaron á proteger con su peculio semejante empresa 
á la gran reina Isabel la Católica. 

Sin embargo, pasaron muchos años antes que Colon 
pudiese ejecutar sus proyectos de descubrimiento: re- 
cordando que Genova era su patria, propuso su empre- 
sa al senado de esta República, que ni siquiera se dignó 
contestarle. Entonces, reconocido á la hospitalidad que 
había recibido en Portugal y aprovechando, tanto el 
espíritu emprendedor del rey Juan II, como la reciente 
aplicación del astrolabio que, auxiliado de la brújula, 
permitía á la navegación apartarse de las costas y á 
volver por el mismo derrotero, pidió una audiencia al 
rey, le espuso su plan y llegó á comunicarle sus convic- 
ciones y su entusiasmo; pero el rey propuso el asunto 
á una Junta especial que, aunque compuesta de los mas 
inteligentes marinos que acababan de descubrir la gran 
utilidad del astrolabio ó cuadrante, trató el proyecto de 
Colon de quimérico: más como apesar de todo Juan II, 
conservaba una afición secreta hacia la empresa que 
se le había propuesto, los de la Junta le sugirieron una 
estratagema, indigna que el rey no tuvo inconveniente 
en aceptar: se exigieron á Colon todos los planos y 
cartas del proyecto para mejor estudiar el asunto con el 



— 19 — 

fin de que seg'iin sus instrucciones una carabela saliese 
secretamente á ensayar el resultado; pero después de 
algunos dias de navegación, el tiempo se puso tempes- 
tuoso y el piloto acobardado no osó aventurarse mas 
lejos y para disculpar su cobardía no hizo mas que ridi- 
culizar el proyecto de Colon. 

Indignado Colon de tan negra perfidia, salió furti- 
vamente de Lisboa á fines de l-tS-i, llevándose consigo 
á su hijo Diego. Volvió á hacer la proposición á Genova 
que de nuevo la rechazó como sucedió con Venecia 
é Inglaterra: entonces se dirigió á España. Existe á 
media legua de PvíJos^ puerto de Andalucía, el con- 
vento de Smita María de la Rábida^ donde se acercó á 
pelir al portero un poco de pan y de agua para su hijo: 
mientras recibía este socorro, acertó á pasar el prior 
del convento y llamó su atención el noble continente 
del mendigo, pues Colon y su iiijo caminaban á pié cu- 
biertos de andrajos, tan pobre estaba. Trabó ' conversa- 
ción con él Jaan Peras Míirchena. que así se llamaba 
el prior del convento, nombre que merece alto recono- 
cimiento porque nadie desplegó mas celo ni mus inte- 
ligencia para servir los intentos de Colon y coronar 
de tan alta gloria á España. 

Juan Pérez Marchena adivinó á primera vista y 
á las primeras palabras del desconocido que no trataba 
con un simple aventurero. (1) Luego, que le hubo es- 

(1) ''La rcliyiou coinpreudiú al gcaio,, sc^^nm la t'úlcbj-ís 



— 20 — 

cucliado hasta el fin, atónito al ver tan elevadas miras, 
y dolorosaniente afectado de que un hombre que medi- 
taba una empresa tan gigantesca estuviese reducido á 
mendigar, le exigió que se hospedara en su convento. 
Demasiado instruido Marchena por una larga serie de 
conferencias y enterado de todo lo que el proyecto de 
Colon ofrecía de racfonal, le invitó á acercarse sin de- 
mora á los augustos monarcas Fernando é Isabel, y con 
el fin de asegurarle una acojida favorable en la corte, 
le ofreció una carta para Fr. Fernando de Talavera 
que era confesor de la reina. 

Pero tuvo la desgracia de ser desatendido, ya 
porque los monarcas estaban en Córdoba preparando 
las tropas para entrar en campaña contra los moros de 
Granada, ya también porque creyó ilusorio y extra- 
vagante un proyecto que había sido desechado en todas 
partes. Mas en cambio tuvo la suerte de ser presentado 
á una persona de la corte, cuya importancia superaba 
á la de Talavera. Este alto personaje era Pedro Oonzcüez 
de Mendoza arzobispo de Toledo y gran cardenal de 
España, en quien los dos reyes depositaban toda su con- 
fianza. Aunque á primera vista lo creyó incompatible 
con las ideas comunmente recibidas por los cosmógrafos 
de la época, como sucedió en la Junta de Portugal, y 
algunas objeciones mal sacadas de textos de la Escri- 
tura; algunas esplicaciones bastaron para calmarle y 
lecibió á Colon con suma afabilidad, lo escuchó atenta- 



— 21 — 

mente y algunas semana^s después lo presentó á los r&- 
^/es católicos, quienes encargaron á Fr. Fernando de 
Talayera juntar maestros de letras y cosmografía para 
examinar el proyecto. Celebróse la Junta en Salamanca 
por respeto de la Universidad. Las sesiones científicas 
tuvieron lugar en un salón del Convento de dominicos: 
entre tanto estos ilustrados y caritativos Padres liospe- 
daban y mantenían con esmero al ilustre cosmógrafo. 
(]omo se ha calumniado á la Junta de Salamanca vamos 
á citar palabras autorizadas. 

"Es lástima, dice Muñoz, en su Historia del Nuevo 
Mundo, que no hayan quedado documentos de las dis- 
putas que se tuvieron en el convento de los dominicanos 
de San Esteban, para formar juicio del estado de las 
matemáticas y astronomía en aquella Universidad famo- 
sísima del siglo XV,,. 

Irving, el mejor historiador de Colon, dice: ^^Se re- 
fiere que cuando Colon empezó á esplicar las bases de 
su doctrina, solo los religiosos de San Esteban le es- 
cucharon, por poseer aquel convento mas conocimientos 
científicos que el resto de la Universidad. Los otros 
parece que se habían atrincherado detrás de una per- 
tinaz oposición. „ Después de esto dicen los mismos 
historiadores, que la memoria ha conservado varias ob- 
jeciones ridiculas, ya de textos figurativos de la Biblia, 
yá de los antípodas y el calor abrasador de la Zona tó- 
rrida, como también la autoridad de autores eminentes 



o-> 



qne decían lo conti'cirio,,. Pero son estas pruebas, contesta' 
Irving, no tanto de la imperfección particular de aquel 
instituto como del atraso de las ciencias en la época de 
que hablamos. Es probahle que pocos pondrían tales 
reparos y saldrían estos de personas entregadas á es- 
tudios teológicos (1).... Se avcD'íarían sin dada oh- 

jeciones mas fundadas 3^ dignas de aquella distinguida. 
Universidad,,. 

De lo referido se deduce que conforme á los testi- 
monios de historiadores extensos en circunstancias y que 
ñivieron toda clase de documentos no se scdje sino por 
rumores acrecentadas, lo acontecido en la ñimosa junta 
de Salamanca. Pero aunque fueran ciertos ¿cómo podía 

(1) Aquí parece olvidarse Trviiig' do lo que dice en otvo lugar: 
"debe también añadirse en justicia que las réplicas de Colon tu- 
Tieron grande peso para con muchos de sus examinadores. . . 
singularmente del dominico P. Diego Deza, Catedrático de teolo- 
gía. . . . quien tomando gcnei'oso interés en la causa de Colon y 
íávoreciéndole con todo su influjo calmó el celo ciego de sus 
preocupados compañeros,,. El mismo Colon en una carta á los 
Reyes Católicos les decía que dcMan Jas Indias al P. Dcza. No 
hubo de haber condenación de doctrina en la causa de Colon 
cuando tuvo por principal defensor á un catedrático de teología. 
Las dificultades principales eran las preocupaciones científicas de 
la época; pues, son conocidas y sería pretensión injustificable que 
la ciencia del siglo XV estuviese tan adelantada como en el 
8Íglo XIX. Además téngase presente que la teoría de Colon 
í»e basaba en una cnnjetura, la de encontrar ticri'a navegando al 
Oeste y en dos frlicrs errores como hemos indicado áutcs. ¿Qué 
estraño, por tanto, que encontrara oposición? hoy nos parece 
mlirula porque ya está resuelto el iroblema expciimcntalncutc 



— 23 — 

¡^esperarse éxito mas afortunado de aquel consejo con las 
ideas rancias y de conformidad con enseñanzas arraiga- 
das en las escuelas con la autoridad de todos los sabios 
de la época? Acaso con tanta facilidad hace sus conquis- 
tas la ciencia? Pero sobre todo no se olvide que Colon 
se presentaba á la citada junta después de haber sido 
desoído en Portu«:al, donde por los estudios á la sazón 
reinantes debieran acojerle mejor; que había sido tam- 
bién desatendido en Venecia, Genova é Inglaterra, y 
¿culparemos á los salmantinos de haber puesto alguna 
antigua objeción, aunque en último resultado le aten- 
dieron, y sobre todo que los P. P. Dominicos alentaron 
privadamente á Colon en sus designios? No necesita 
España vindicarse del tratamiento hecho á Colon, que 
fué mejor que el recibido en todas las demás naciones, 
ni mucho menos á la religión católica cuyo fanatismo 
inculpa Draper, pues es sabido, como advierte Roselly 
de Lorgues, que el sentimiento religioso fué el que hizo 
triunfar de las objeciones científicas el glorioso pro- 
j^eeto de Colon; el empeño decidido del Cardenal Men- 
doza, del P. Diego Deza, Juan Pérez Marchena y de 
la gran reina Isabel que fué exitada, no por las ventajas 
políticas y comerciales que eran accesorias para el mis- 
mo Colon, pues el principal móvil del descubrimiento y 
su salvación de las objeciones fué la glorificación de 
.Jesucristo y la dilatación de la Iglesia Católica. 

Y si la cuestión de la forma de la tierra íné 



_ OJ 

definitivamente resuelta por los tres marinos Colon, 
Vasco de Gama y Magallanes que eran cristianos y se 
preocupaban principalmente de estender el catolicismo, 
nada resulta, por lo menos en contra de la Religión 
católica por los descubrimientos y hallazgos de la 
ciencia. 

II 

Continuemos ahora con las peripecias del proyecto 
de Colon. ^ 

La Junta de Salamanca hizo dar verbalmente por 
medio de su presidente Fernando de Talayera su in- 
forme científico que era negativo (y no podia ser de otra 
manera dados los conocimientos-de la^ época y los erro- 
res de Colon); pero los empeños privados hicieron que 
los Eej^es Católicos se contentasen con'decirle que no 
podían interesarse por él en aquellos momentos, por- 
que la guerra de Granada reclamaba todo su cuidado y 
agotaba todos sus recursos; pero que m.as tarde no 
dejarían de tomar en consideración sus ofrecimientos. 
Colon tomó esta respuesta por una mera evasiva é 
intentó buscar el apoyo de los grandes vasallos, los 
duques de Medina- Sidonia y Medinacelli; pero no lo- 
grando cosa alguna, intentó trasladarse á Francia á 
ofrecer su proyecto á Carlos VIII. Mas al volver al 
convento de la Rábida, para llevarse á- su hijo Diego, 
(pie durante seis años había sido educado generosamente 



■25 



por Juan Pérez Marcliena, cuando supo el digno prior la 
resolución de Colon de marcharse de España, su pe- 
sadumbre fué inmensa. Qué, le dijo, ¿es posible que 
una empresa tan importante se pierda de todo punto 
para mi país? Escribió al punto á la reina Isabel y 
suplicó á Colon difiriese su partida hasta saber la res- 
puesta: éstese dejó persuadir fácilmente, porque no se. 
le ocultaba que en Francia le esperaban las mismas"ó 
mayores dificultades que en Portugal y España. La 
reina contestó indicando al P. Marchena que viniese in- 
mediatamente y, aunque el mensage fué recibido á me- 
dia noche, el animoso prior en.silló su muía y se dirijió 
hacia la villa de Santa Fé, donde los soberanos conti- 
nuaban el bloqueo de Granada, única plaza del reino 
que los moros conservaban aún. Admitido á la pre- 
sencia de Isabel, habló del proyecto de su amigo con 
tanto entusiasmo y elocuencia, sobretodo bajo el interés 
religioso, que la reina -se- sintió conmovida y seducida 
y hasta mandó una cantidad de dinero para que el 
pobre Colon pudiese presentarse decentemente en la 
corte. Llegado que hubo, faé tanto mejor recibido en 
ella, cuanto que Granada acababa de conquistarse: era 
llegado pues, el tiempo en que Fernando é Isabel habían 
prometido ocuparse de las proposiciones del piloto ge- 
no vés y nombraron una comisión, no ya para examinar 
de nuevo el plan de Colon, sino para ajustar con él las 
condiciones bajo las cuales liabía de entregar á España 



el imperio de un nuevo luimdo: Colon, presentó condi- 
ciones verdaderamente regias. Reclanió para sí y para 
todos sus descendientes el titulo y los privilegios de 
gran almirante de los mares que iLa á explorar; el 
nombramiento y los privilegios de virey de las islas 
y continentes que iba á descubrir, reclamó además el 
derecho de designar para el gobierno de cada isla y ■ 
de cada provincia tres candidatos entre los cuales el 
soberano reinante eligiría, y el de ser único juez de 
las contiendas que pudiesen suscitarse en materias de 
comercio entre los países que descubriese y España; y 
por último reclamó la décima parte del total de los 
beneficios de la expedición. Los cortesanos se escan- 
dalizaron al oír tales proposiciones, pero Colon no cedió 
y hasta se determinó pasar á Francia; lo cual sabido 
por sus amigos, hicieron el último esfuerzo ante la rei- 
na que se dejó convencer porque en su magnánimo co- 
razón siempre hallaron cabida y -protección las grandes 
empresas, el engrandecimiento de su nación y sobre 
todo el ardiente celo por la religión; y viendo ésta que 
Fernando ponía dificultad por la pobreza del erario 
liasta pasar algún tiempo: "Sea en buen hora; si esta 
no es mas que cuestión de dinero, iio temáis nada por 
el tesoro de vuestro reino de Aragón; yo me encargo 
de la e'.npresa con los recursos de mi corona de Castilla, 
y en caso de necesidad para reunir los fondos que sean 
menester, darc en prenda mis aú:ajay. „ Hé aquí una 



- 27 



de las iiuis bellas páginas del reinado (ie esta gran 
princesa, ciij'O nombre pasará lleno de gloria hasta 
las mas remotas edades. Colon había partido ya: pero 
un correo expreso le alcanzó: vuelto á Santa Fé, celebró 
un tratado fornuil y recibió plenos poderes para armar 
la expedición, que consistió en tres buques, el maj^or 
como un barco costero de nuestros dias y dos carabelas 
que no eran mas que unas grandes lanchas: con tan 
débiles embarcaciones, solo el genio y la inspiración 
dieron valor á Colon para arrojarse á mares desco- 
nocidos. Hubo tan grande dificultad para encontiar la 
tripulación necesaria que solo los esfuerzos del P. Mar- 
chena lograron quitar el miedo á un puñado de hombres. 
El dia 2 de Agosto de 1492 conmigó Colon solemne- 
mente, imitando su ejemplo todos los oficiales 3^ mari- 
neros, y el 3- muy de madrugada se dio á la vela. En 
el maj^or de los tres buques se embarcó Colon, bautizán- 
dolo con el nombre de Santa María^ enarbolando en él 
el pabellón de almirante. Uno de los otros dos, la Finta, 
iba mandada por Alonso Pinzón y el tercero la Niña 
por su hermano Francisco Pinzón: el total de personas 
era de ciento veinte. Era la expedición mas célebre 
del mundo, para el hallazgo de otro. 

Al salir del puerto de Palos, Colon se dirigió 
hacia las islas Canarias y llegó á ellas el 6 de Agos- 
to, reconociendo que todas las embarcaciones estaban 
en -«stado de avería las hizo reparar, no pudienio ha- 



— 28 — 

cerse á la vela para la isla de Gomara, una de las mas 
occidentales, hasta el 6 de Setiembre. Aqiii puede de- 
cirse que empieza en rigor el viaje que había de des- 
cubrir el Nuevo Mundo. En efecto, desde entonces giró 
Colon directamente hacia el Occidente, abandonó todos 
los caminos que hasta entonces habían seguido los 
demás navegantes, y se aiTOJó á un mar inmenso y 
desconocido. El 13 de Setiembre se encontraba ya la 
pequeña flota cerca de 200 leguas distante de las islas 
Canarias. Entonces y por la primera vez, notó Colon 
un fenómeno estraño que no habla advertido aún nin- 
gún navegante: observó que la aguj'a imantada no se d'- 
rigía exactamente á la estrella polar, desviándose cinco 
. ó seis grados hacia el Noroeste, no cesando de aumentar 
por espacio de tres dias. Por mas que. Colon procuró 
ocultarlo para no alarnmr ;'•. la tripulación, se llegó á 
saber y reinó una profunda consternación en los tres 
buques, temiendo todos los tripulantes encontrarse per- 
didos en medio del Océano, puesto que la brújula había 
perdido su misteriosa virtud, encontrándose en el seno 
de un. hemisferio en donde las leyes mismas de la natu- 
raleza se alteraban. Colon procuró calmarlos esplicando 
el fenómeno por efecto del movimiento cotidiano de la 
estrella, al rededor del polo. Si esta esplicacion no 
satisface á la ciencia, tampoco se ha ideado otra mejor, 
y quizás el piloto la imaginó para tranquilizar los 
ánimos de sus compañeros. 



— 29 — 

Coloa continuó dirigiendo su rumbo derecho al 
Oeste y bajo la latitud, poco mas ó menos, de las islas 
Canarias. En esta ruta encontró muy pronto los vien- 
tos alisios, que soplan invariablemente de Este á Oeste 
entre los trópicos, y que lo empujaron con una rapidez 
sostenida. El 18 de Setiembre, cerca de 400 leguas, de 
la Gomara, la mar se cubrió de una cantidad tan grande 
de plantas que semejaba una vasta pradera y entorpecía 
hasta cierto punto la marcha de los buques. A vista de 
esto las inquietudes y las alarmas volvieron á rena- 
cer. Los marineros creyeron haber llegado á los con- 
fines del Océano navegable y que estas yerbas espesas 
ocultaban escollos é impedían pasar adelante. Colon les 
hizo saber que las causas de su temor era mas bien signo 
de cercanía de tierra: una fuerte brisa arrancó las yer- 
bas, y al mismo tiempo se vieron muchas aves revo- 
loteando al rededor de los buques, alejándose después 
en la dirección del Oeste, con lo cual los mas tímidos 
se alentaron. 

El 1.° de Octubre estaban según el cálculo de 
Colon, á 770 leguas de las Canarias y no se veía tierra 
aún: entonces empezaron los tripulantes á tramar una 
conjuración en el sentido de arrojar el almirante al 
agua: conoció Colon el peligro que corría y conservando 
toda su serenidad, fingió que ignoraba de todo punto 
a conspiración que se tramaba, pero no pudo menos 
le experimentar la mas amarga inquietud por el malogro 



— :M) - 

•de su nublu empresa; para taliiiar los ánimos empleó 
alternativamente las reconvenciones afables y las ame- 
nazas, persuadiéndolos con tino á que esperasen con 
perseverancia algún tiempo mas. 

El 5, G y 7 de Octubre se vieron sin cesar grandes 
l)audadas de aves y lo mismo sucedió los siguientes 
'dias; el 10 se vieron atunes que se alejan poco de las 
•<i0stas, como también yerbas muy frescas; pero acabó 
el dia sin distinguirse tierra alguna. Eenovóse enton- 
ces el temor con mas fuerza que nunca, y la impacien- 
cia, la cólera y la desesperación estallaron en todos los 
'Semblantes y se formó un tumulto exigiendo al almiran- 
te se tornase inmediatamente á Europa: entonces Co- 
lon prometió solemnemente que si dentro de tres dias 
no se descubría tierra alguna, abandonaría su empresa 
retornando á Europa: fué una verdadera inspiración y 
la constancia de Colon llegó al lieroismo. 

El dia 11 desde por la mañana ocurrieron gran- 
des seriales de proximidad á tierra, pero sobre todo Co- 
lon mismo, á eso de las diez de la noche, descubrió 
una luz en lontananza, cuya aparición ratificaron dos 
oficiales á quienes se la mostró: triunfaba así su gran 
proyecto. La flotilla continuó avanzando basta las dos 
de la mañana: á esta kora tiró un cañonazo la Pinta, 
que abría ]:i marclra como mas velera, y esta señal de 
antemano convenida, anunciaba que se descubría tierra: 
í-'i-a el primer cañonazo que los hijos del antiguo Mundo 



— ;jí — 

lanzaban en la virgen América. Veíase distintamente á 
la "Pinta,, liácia el Norte y como á dos leguas de dis- 
tancia: la Scmta María y la Niña se apresuraron á reu- 
nirse á ella y Colon ordenó al pronto que amainasen 
velas, permaneciendo los tres buques á la capa durante 
la noche. El entusias¡no era indescriptible, y la corta 
detención les parecía un siglo, pero era prudente pre- 
venir todo peligro en playas desconocidas. 

El viernes 12 db Octubke ce 1492 al salir el sol, 
descubrióse una isla poblada de árboles, bañada de mu- 
dios arroyos y que ofrecía el aspecto de un país delicio- 
so. ¿Quién podría describir la sublime emoción ante- 
semejante espectáculo? La escuadrilla se puso en ca" 
mino y se acercó como á legua y media de la Isla. Colon 
mandó anclar y echar á la mar todas las falúas que, 
bien tripuladas de hombres, avanzaron hacia la isla á- 
velas desplegadas, al son de las instrumentos de música, 
al ruido de las armas de fuego y con todo el aparato de 
la conquista. A medida que se adelantaban hacia la 
costa, se llenaba ésta de habitantes, cuyos gestos y ac- 
titudes expresaban la sorpresa y la admiración. Cuando 
los naturales vieron tal espectáculo, enteramente nuevo 
para eMos, como era el de los buques navegando á velas 
desplegadas, creyeron ser tres monstruos salidos del seno 
de la mar durante la noche, y se sobrecojieron de es- 
panto hasta el punto de emprender la fuga hasta los 
bosques. Cuando notaron que las chalupas se separaban: 






úe los buques 3- que en ellas se distinguían liombres que 
se asemejaban y desemejaban á la vez respecto de ellos» 
la curiosidad sobrepujó el espanto y poco á poco torna* 
ron á la plaj'a. 

Colon fué el primer europeo que puso el pié en ese 
Nuevo Mundo, cuyo descubrimiento era debido á su 
o-énio y á su perseverancia: era la corona mas gigan- 
tesca de su gloria. Desembarcó vestido con un rico 
traje de escarlata, espada en mano, y detrás de él, todos 
-sus compañeros, que en actitud religiosa besaron la 
tierra por la cual liabían suspirado tan largo tiempo y 
alzando en seguida un crucifijo se postraron ante él 
rogando á Dios porque acabase de consumar tan grande 
obra y hacer completamente feliz el éxito de su viaje. 
En seguida tomaron solemnemente posesión del país en 
nombre de la corona de Castilla. ínterin duraban todas 
estas ceremonias, los naturales del país, poseídos de 
temor se conservaron á una distancia respetable: pero 
bien pronto se familiarizaron y vinieron á tocar los 
vestidos, la barba, las armas, los rostros, y las manos 
de los españoles, todo lo cual ofrecía motivo de admira- 
ción para ellos, que iban enteramente desiuidos y no 
tenían el mas ligero vello sobre la barba, sin mas ar- 
mas que sus lanzas, cuya punta consistía en un guijarro, 
un diente ó un hueso, y su tez cobriza contrastaba con 
la de los blancos. Colon y todos sus compañeros se de- 
jaron tocar con tanta mayor complacencia cuanto que 






les servía para examinar niiniiciosamente á los natura- 
les, que se manifestaron afables, sencillos é ignorantes. 
Se les regalaron bonetes de color, cuentas de vidrio, 
cascabeles y otras baratijas que recibieron como pre- 
sentes inestimables, y en cambió de los cuales dieron 
frutas é hilos de algodón que era lo mas precioso que 
ellos creían poseer. 

Ala caída de la tarde cuando los españoles vol- • 
vieron á sus buques, los naturales los acompañaron en 
grajides canoas hechas de un solo tronco de árbol, y no 
se separaron sino después de las vivas demostraciones 
de una amistad recíproca. Así, en la primera entrevista 
de los habitantes del Nuevo Mundo con los del Antiguo, ■ 
todo pasó cordialmente y á gusto de los unos y de los- 
otros. La isla en que había desembarcado Colon era 
llamada por los n-dim-ales Guanahani, del archipiélago' 
de las Lucayas; Colon le dio el nombre de San Salvador^ . 
consagrando su empresa al Eedentor del Mundo. Se ha- 
llaba á mas de 1000 leguas al Oeste de Gomara. 

El 13 desembarcaron los españoles de nuevo en la 
isla y la recorrieron sin encontrar rastros de cultivo ni 
de civilización: observaron que los naturales llevaban 
pequeñas placas de oro que regalaban á los marinos, é 
inquirió Colon de donde sacaban este metal, indicándole 
los insulares el Sur: por lo que no dudando Colon encon- 
trar en esta dirección las opulentas comarcas de la In- 
dia, se hizo á la vela aquella misma tarde para verifl- 
c.tr su descubrimiento. 



— :u — 

Coasriiiuido el gran acontecimiento del liallazgo del 
Nuevo Mundo, apenas ofrece interés lo restante, sino es 
la injusticia cometida con Colon: seremos pues, suma- 
in 3nte breves. 

Desde el 14 de Octubre hasta el 24 de Diciembre 
anduvo recorriendo Colon las Lucayas, visita á Cuba 
y Haití donde los naturales le dijeron que al Este de 
esta isla existía un país con minas de oro llamado 
CihcíQ. Pero cuando se dirigía á él estuvo á punta de 
naufragar la Santa María que se perdió, aunque sal- 
vando casi todos los objetos de valor y todo el personal. 
La Finta conducida por Pinzón había desaparecido y, 
sospechando Colon que aquel quisiera arrebatarle la 
gloria de ser el primero en anunciar á Europa el ha- 
llazgo del Nuevo Mundo, resolvió partir en la Niña, 
iinico buque que quedaba, dejando una guarnición de 
españoles en la isla perfectamente fortificados. Se dio 
á la vela el 4 de Enero de 1493 llevando muchos ha- 
bitantes de las diferentes islas, alguna cantidad de oro , 
muestras de todos los productos que podían ser objeto 
■de comercio y excitar la atendon de los europeos: mien- 
tras recorría la isla encontró la Pinta y, aceptando las 
^disculpas de Pinzón, le volvió su amistad, tomando am- 
bos el camino de Europa. Al haber navegado unas 
•quinientas leguas, estalló una tempestad que los separó 
sin volverse á encontrar hasta España: creyó perderse 
y se dice ([ue Colon iurojó. al mar el relato de su des- 



O" 

-— oo - — 



ciibrimiento en un aparato boyante para que las olas 
le condujeran á anunciar lo que él desesperaba de hacer; 
jamás se encontr(j rastro alguno de este mensaje. An- 
tes de llegar á España entró en el Tajo y de allí fué á 
desembarcar al puerto de Palos de donde habían salido 
7 meses antes. Es indescriptible el eco de su llegada: 
cuando se tuvo conocimiento del maravilloso resultado 
del viaje, cuando se vieron los metales preciosos, las 
aves desconocidas, las producciones raras y sobre todo 
los hombres extraordinarios que traía Colon, la alegría 
rayó en delirio. Se echaron á vuelo las campanas, se 
hicieron salvas de artillería y el almirante fué recibido 
con honores que no se rendían sino á las testas coro- 
nadas. Los Reyes Católicos le llamaron á Barcelona 
donde se encontraban entonces, y después de haber re- 
-cojido Colon durante su viaje los mas brillantes testi- 
monios de la admiración pública, hizo su entrada triun- 
fal en Barcelona. El rey y la reina que le aguarda- 
ban sentados en su trono, revestidos con todos los or- 
namentos reales, se levantaron al verlo aproximar: no 
le permitieron que se pusiese de rodillas para besarles 
la mano y le ordenaron que se sentase para hacer la 
narración de su viaje. Se le confirmó en sus privilegios 
y se le ofreció el equipo de una flota para continuar el 
descubrimiento. 

La noticia de la vuelta de Colon y su hallazgo re- 
sonó por toda la Europa, excitando en todiis iiartes la 



— 36 -- 

iíorpresa y el entusiasiuo; Colon mcliiió la opinión de" 
todos los sabios á considerar las tierras por él descu- 
biertas como una prolongación de las Indias, por lo cual 
se convino en designar al Nuevo Mundo con el nombre 
de Indias Occidentales^ reservando el de Indias Orien•^ 
tales para la parte de Asia. 

En su segundo vi¿ije Colon partió de Cádiz el 25 
de Setiembre constando la flota de diez y siete buques: 
llevó consigo mil quinientas personas, entre ellas algu- 
nos nobles y todo género de obreros y utensilios para 
la fundación de una colonia, como varios animales y 
especies de plantas adaptadas al clima de Haití, á donde 
llegó el 22 de Noviembre después de haber reconocido 
varias islas de las Antillas. 

El fuerte que liabia lieclio construir estaba demo- 
lido, y de los treinta y oclio españoles que habia dejado 
de guarnición no encontró sino algunas osamentas es- 
parcidas. Los mismos naturales vinieron á manifestare 
lo ocurrido con visos de verdad. Durante las primeras 
semanas de la ausencia de Colon, los naturales conti- 
nuaban viendo en los españoles unos seres celestiales; 
pero sus abusos los perdieron: cada uno de ellos se 'había 
declarado independiente y abandonándose á todos los 
apetitos, se creía único dueño del oro, de las mujeres y 
de las provisiones de los insulares. Semejante tiranía 
agotó la paciencia de éstos y arremetieron en tal nú- 
mci'o é í:ii') 'ta (¡ue acabaron con todos. Por e^ta causa 



o t 



los insulares yá miraban con desconfianza y mala vO* 
Inntad á los españoles por mas esfuerzos que hizo Colon, 
aunque logró imponerse. Pero una insurrección de los 
mismos españoles disgustados por no encontrar los 
pingües tesoros que esperaban y por haber obligado á 
todos á cavar los fosos de la nueva ciudad Isabela que • 
fundó en Haití, liizo que Colon mandase fusilar á los 
conspiradores y remitir á España á los principales cóm- 
plices. 

Hecho esto. Colon se ausentó á reconocer las tier- 
ras descubiertas para cerciorarse si eran continuación 
del Antiguo Mundo, ó un Continente aparte: solo encon- 
tró las innumerables islas del archipiélago de las An- 
tillas. 

A su vuelta á Haití, se encontró con la noticia de 
nuevas revueltas y castigó á los culpables como la pri- 
mera vez. Los españoles culpables enviados á España 
tanto desacreditaron á Colon y sus descubrimientos que 
la corte mandó un Comisario para examinar el estado de 
cosas; mas viéndolo Colon muy prevenido conti'a él, juz- 
gó prudente ir en persona á vindicarse, lo que logró 
fácilmente. Obtuvo la promesa de una nueva flota, pero 
solo al cabo de dos años estuvo dispuesta y no consistía 
mas que en seis pequeños buques: tuvo la desgracia de 
caer en las latitudes en calma donde el calor excesivo 
resquebrajaba la madera y derretía el alquitrán, nave- 
gando con un fuego ardinte; así después do muchos con- 






tnitienipos llegó á la isla de Trinidad, descubriendo' 
en seguida las costas de Colombia en la desembocadura 
del Orinoco; no se equivocó en creer que estaba en un 
continente, pero soñaba siempre con las Indias y crey6 
que era esta la estremidad occidental del Asia, confir- 
mándolo en su opinión la gran cantidad de oro y número 
de perlas que obtuvo en cambio .de los naturales, la be- 
lleza y la fertilidad del pais, la riqueza de las prodúcelo- - 
nes vegetales y la variedad desús aves. íSin embargo 
tuvo que dirigirse á Haití para reparar sus buques y^ 
también su salud. 

A su vuelta se encontró con nuevas revueltas y 
divisiones que pudo aplacar á fuerza de prudencia y ■ 
energía, y para cortar resentimientos dio permiso de re- • 
tirarse á España á los que lo deseasen, api'^vecliaudo 
la ocasión para enviar el relato y muestras de su última 
expedición para triunfar de las intrigas de sus enemigos. - 
Pero nadie como Colon supo cuan efímera es para la 
gloria humana el verdadero mérito dando celebridad á 
la impostura y á la iiüpudencia. 

Cuando los Reyes Católicos dieron libertad para; 
que cuabiuier i)articular pudiera trasladarse con expe- 
diciones al Xncvo Alundo, entre los muchos aventureros- 
que se embarcaron con Ojeda en 149Í), hal'ía un piloto 
Üurer.tino llamado Am/riro Vjespucio, l)uen geógrafo y 
buen marino. De vuelta á Europa redactó á instancia, 
'le los Médicis, U!ia relación de sus aventuras, y llevado 



— 30 — 

'de esava^nidacl que conduce siempre á los viajeros á 
darse importancia, no teiiiió hablar de las regiones tras- 
atlánticas como si fuese el primero que las hubiese des- 
cubierto. Su relación estaba escrita no solo con habili- 
dad sino con elegancia, afiadiend o reflexiones juiciosas 
sobre las producciones naturales 3^ las costumbres de . 
los indígenas: semejante libro de Américo, mu}^ apropósi- 
to para satisfacer la pasión de los hombres por lo mara- 
villoso, tuvo varias ediciones, y la feliz acojida que ob- 
:tuvo contribuyó á que se diese al país que describía el 
nombre del impostor que se atribuía tan glorioso descu- 
brimiento, Cuando mas adelante se descubrió la impos- 
tura era demasiado tarde para castigarla, porque la mo- 
da de W-iimiiY A)né rica á esta cuarta parte del globo había 
recibido la sanción del tiempo. 

Pero qué importa! La impostura fraguada en de- 
"trimento de Colon en nada rebaja su genio y relevante 
mérito. 

Mas otrcis injusticias le fueron mas duras y le 
'Causaron graves padecimientos durante su vidcL Es cosa 
^^íintigua que la calumnia y la envidia han de perseguir 
u todo gran mérito. En Grecia se condenaba al gran 
.Aristides al ostracismo, porque los oidos se fastidiaban 
de oírle llamar el justo! 

Fernando é Isabel, instados vivamente por los ene- 
migos de Colon, cuyo odio era cada día mas violento, 
«aviaron por segunda vez un Comisionado á Haití, ea- 



— 40 — 

cargáíidültí, coiiio en la primera, examinar la conducta 
del almirante, y oír las quejas que diesen contra su per- 
sona, autorizándolo además, si los juzgaba fundados, á 
proceder conti'a él en caso conveniente. Los poderes de 
Bobadilla se extendían liasta á deponer á Colon y to- 
niar en lugar suyo el mando de la isla. Mal podría con 
semejante hombre, que tenía interés en perderlo, evitar 
el almirante su ruina. Pues apenas Bobadilla puso los 
pies en Haití, y aunque allí reinaba la paz y el buen 
orden, mostró una determinada resolución de tratar á 
Colon como un criurinal. Instalóse en la _ casa del almi- 
rante, que á la sazón visitaba un distrito lejano; se apo- 
deró de todos los efectos y papeles que encontró en ella; 
se hizo reconocer en calidad de gobernador general y 
envió á Colon la orden de comparecer ante él. Colon 
respondió que apebiba para ante el trono de sus injusti- 
cias y que pedía se le enviase á España. Bobadilla 
entonces lo mandó arrestar y llevarlo á bordo de un 
buque que al di:i si^^-niente 6 dn Ocfulre de loOO salía 
para Esi)aña. 

Apenas so hubo alejado el buque, v\ capitán del 
mismo, indignado de semejante! proceder, faé lleno de 
respeto á proponer á Colon (piitarle los grillos; lo cual 
no consintió diciendo con noble orgullo: Sns war/cstades 
ni'' han escrito que me sometiese á todo lo que BobadiUa 
me ordenase en su nombre; en el suyo, imes, me lia earga- 
do con estos liierros. Yo los llevaré Itasta que ellos ordenen 



— 41 — 

'■que me sean quitados, y Jos conservaré siempre cerno un 
monumento de ¡a recompensa dada á mis servicios. 

La pluma se resiste á relatar tan negro y odioso 
-abnso de parte de Bobadilla de la confianza depositada 
en él por los dos grandes Eeyes de España!. . . . 

Para lioura del pueblo español, cuando la noticia 
•do qne Colon venia preso y aherrojado desde aquel 
inundo que había descubierto, corri(3 en España con la 
rapidez del rayo, excitando por todas partes la mas viva 
indignación jM-erificílndose al punto en el espíritu pú- 
blico una profunda reacción, la muchedumbre que an- 
tes había alzado el grito contra el almirante, levant(j 
entonces .la voz con violencia contra el odioso trata- 
luiento que sufría. Los revés dieron orden al instante^ 
no solamente para ponerlo en libertad, sino que le reci- 
bieron cortés y afectuosamente en la corte, dándose por 
: satisfeclios con h^ sencilla y breve justificación que hizo 
el almirante prometiéndole los reyes que en adelante 
serían sus mas celosos protectores, manifestando el pro- 
fundo pesar que les cabía por lo que Labia sucedido. Sin 
embargo no se restituyeron á Colon ni el título de almi- 
rante ni el gobierno de Eaití. Aunque durante la vida 
de Isabel recibió protección y continuó sus viajes de 
exploración con el intento de encontrar un canal ó un 
istmo que facilitase la comunicación con el antiguo 
Océano y que él suponía situado por el golfo de Darien' 
:despues do la muei'te do Isabel y de la pérdida de.s.u 



A-y 

pequeña flota eu las costas de Jamaica, murió poLre, cou- 
sumido de tristeza en Valladolid el 20 de Mayo de loOG. 
Asi acabó el liombre que entregó á los rej'es de España 
la dádiva mas grande que cuenta la historia en toda la 

prolongación de los siglos Asi mueren los héroes 

y> los hombres inmortales ! 

Rendido este tributo de homenaje á la memoria del' 
que por su genio, su religiosidad é invencible constan- 
cia, trajo la luz del cristianismo y con ella la civiliza- 
ción á la América hermosa, comenzaremos la descripción 
etnográfica del Nuevo Mundo bajo el aspecto que henio» 
prometido en la introducción. 



CAPITULO II 



eciAORO KTr%íiit;is-ii'ii'<i 



DE LOS 



ÍBdigBíias arasfjeajjs: 



I. 

CoLstitucion física, costumbres ó instituciones de los indios. 

Era tan pronunciado el salvajismo de los indígenas 
americanos en general, que deben á la Iglesia Católica 
el que no se les considerase por los primeros conquis- 
tadores como animales deuna especie inferior al hombre; 
pues los reputaron así los españoles al ver por vez pri- 
mera aquellos seres de tan estrañas costumbres, de fi- 
sonomía inanimada, de mirar fijo y sin expresión. El 
darwinismo moderno, que cree en la trasformacion de 
las especies y en el origen simiaco del hombre, hubiera 



-siiTipatlzado con seinejíintc creencia: tamljien el filosofis- 
]?!!), y (le un Diodo especial Voltaire, defeadió como in- 
concuso que los americ^inos no descendían de Adán 
y Eva. Si estas doctrinas hubiesen prevalecido, que- 
dal)a consagrada la legitimidad de la esclavitud de 
los americanos. 

Como no se convencieran la mayoría de los con- 
quistadores de que los infelices indígenas pertenecían 
,á la especie humana, una Bula Pontificia los declaró 
capaces de todas las ñmciones humanas y acreedores á 
.todos los derechos propios del resto de la humanidad. 
La fraternidad universal fué, pues, declarada dogma de 
fé en pro de los americanos. 

Las naciones de América, esceptuando las mas cer- 
canas al círculo polar, forman una sola raza caracteri- 
zada por la forma del cráneo, su tez rojiza, cahellos 
negros, largos, gruesos y lacios, sin barba 6 muy poca 
y de estatura nuis bien elevada. Eran de facciones por 
lo general regulares, aunque las hacían deformes por 
adíiuirir una hermosura ridicula ó hacerse mas temibles 
:al enemigo. 

La raza ainericana tiene relaciones muy sensibles 
^on la m-myola., si bien los indígenas presentan en la 
movilidad de sus facciones, en su tinte mas ó menos 
.atezado y en lo elevado de su estatura, diferencias tan 
marcadas, como las que se perciben entre muchas na- 
^ñones de i'rual raza en el antiguo continente. 



— 45 — 

Donde por la escasez de aniínulcs no se ejercitaban 
en la caza, los indígenas eran de constitución débil y 
delicada, pero los del continente, como cazadores, eran 
robustos y vigorosos. 

En general eran muy semejantes todas las tribus 
y el color de los habitantes de la Zona tórrida ape- 
nas era un poco mas oscuro que el de los de las tem- 
pladas. 

Los esquhnales sin embargo, que habitaban el Nor- 
te son robustos, pero de estatura pequeña, cabeza muy 
grande y pies en estremo chicos; su color se asemeja 
mas al de los europeos y tienen barba muy espesa y 
larga; parecen por tanto ser de distinto origen que los 
demás indios. Los Paiagoncs son los nuis altos do 
América, teniendo hasta cinco pies y once pulgadas: son 
cazadores y la costi-inibre de envolverse la cabeza con 
grandes pedazos de pieles los hizo coiisiderar como gi- 
gantes. 

La duración de la vida de los indígenas era menor 
que la de los pueblos civilizados del;ido á su imprevisión 
en guardar lo necesario, pasando alternativamente de 
la voracidad á la abstinencia, causa de infinitas enfer- 
medades que unidas á las fatigas de la caza y crudeza 
de las estaciones los aniquilaban. Como tenían una 
cultura intelectual muy limitada eran muy poco previ- 
sores, sclo cuando los acosaba la inteniperie pensaban 
en levantar una clioza, que con el cr.lor abandonan. lia:} 



— 40 — 

•nociuiies del eáluuli» les eran casi desconocidas, llegando 
-los que mas á contar hasta veinte. 

Siendo la indolencia su carácter, dejaban el trabajo 
á cargo de las mujeres por considerarlo vergonzoso, y 
-solo se ocupaban de la caza, pesca y de la guerra: donde 
-escaseaban los medios de alimento el liombre solo tenía 
.una mujer, pero en los climas mas cálidos y fértiles 
: solían tener dos 6 mas mujeres: en unas partes el 
imatrimonio era indisoluble y en otras el liombre podía 
.abandonar la mujer á su capriclio. lín muchas tribus 
■ el hombre compraba la mujer á sus padres por algún 
;servicio íi objeto que creía precioso: por esta .razón los 
.americanos consideraban y trataiban á las mujeres como 
'•esclavas: eran bestias de carga sin tenerles la mas mi- 
jiíma consideración; no podían acercarse á su marido sin 
-el respeto mas profundo, ni podían comer en su presencia. 

Esta triste condición era un obstáculo para su 
íecundidad, no pudiendo cvhw su segundo hijo hasta que 
el primero no necesitase de los cuidados maternales: 
cuando nacían dos gemelos, uno de ellos era abandona- 
dlo. Sí moría una madre en laépoca de la lactancia ma- 
taban al hijo, y en tiempo de escasez abandonaban log 
niños y hasta los mataban sus padres. 

Durante la tiei'ua edad los salvajes tenían, sin 
■embai'go, una ternura superior á otros pueblos para coa 
sus liijos, la que cambia completamente en la edad 
íidulta entrando entonces en una al)soluta indepemlen- 



-^ ir — 

era; de donde provenía que lüs indios tratasen á sus pa- 
dres como á extraños, con una insolencia y crueldad que 
causaba horror. ¡Qué degradación! 

En ninguna parte se lian mostrado los liombres- 
nias salvajes que enf- América: no tenían mas medios 
de subsistencia que los naturales: caza, pesca y frutos 
expontáneos; jamás cultivaban el suelo sino imperfec- 
tamente para usar el íHa?>, la hanana y la imtata: del' 
?/?tra, después de exprimir el jugo venenoso, liacían^ 
harina y con ella una especie de pan: otra ?/?<m que no 
e«a dañina ta comían asándola en la ceniza caliente. 

Se debía el atraso de la agricultura á la falta de ' 
animales domésticos: y uso de los metales á excepción- 
de un poco de oro que recogían en los torrentes. 
Las hachas eran de piedra, en cuya formación emplea- - 
ban muchos meses: un año necesitaban para hacer una 
lyiragua, que era su embarcación única. Se necesi- • 
taban los esfuerzos de toda una tribu para limpiar' 
el campo de cultivo y las mujeres hacían unos hoyitos 
donde arrojaban la semilla sin nada mas, aunque al- 
gunas veces echaban como abono cenizas de vegetales. . 

El gobierno civil era muy rudimentario: llamaban' 
nación á tribus de dos ó trescientos individuos. No co- 
nocían la propiediid: solo i'econocían un gefe ó cacique, 
liereditario, pero en la guerra y en la caza elegían un 
gefé especial que se distinguiese por sus cualidades 
personales, y cuando se presentaban asuntóos de difícil 



— 48 — 

'ísoliicion rsciirriaii á l:i experiencia de los ancianos; poí' 
lo demás todos eran iguales y libres: no conocían el po- 
der judicial; cada cual se hacía justicia. Les parecía 
vergonzoso dejar una ofensa impune y por eso su re- 
senimiento era eterno. 

En tiempo de guerra solo trataban de sorprender 
al enemigo y se mataban sin piedad. No tenían táctica 
militar, peleando en montonera: su mayor empeño en 
los combates era retirar los muertos y darles sepultura 
para ocultar sus pérdidas al enemigo: también era uso 
imprescindible aturdir el aire con espantosas griterías 
para amedrentar al enemigo. 

Entre los mas valientes de los prisioneros eran 
escogidos los que liabían de reemplazar á los muertos 
y, conducidos á la choza del difunto, tomaban su lugar 
y rango si los admitía la mujer. Los demás eran ator- 
mentados con los mas crueles suplicios y en algunas 
tribus eran devorados con el goce mas brutal y la ven- 
ganza mas cruel, sobretodo en las islas Caribes. 

Sus armas eran muy sencillas: nuizas de madera 
dura, bolas, lanzas cuya punta era un guijarro ó un 
hueso, arcos y flechas á menudo envenenadas con un 
veneno sumamente activo extraído de una especie de 
bejuco ó del jugo de numzanilla. 

]L 

Religión, adornos, habitaciones, utensilios y festejos entre 

los indigenas. 

En cuanto á religión, reconocían un poder superior 



•'Vi, 






-- -19 — 

llá:iiado Grande Et-júrltii ó Señor de arriba dd ciinl de- 
pende todo, y el culto público que le tributaban se 
reducía á implorar su poder en los grandes aconteci- 
mientos. 

Yarias tribus reconocían seres superiores buenos - 
y malos y su culto se reducía á conjurar las divinida- • 
des maléficas y creían que las benéficas no tenían nece- - 
sidad de oraciones. Parece que algunas tribus, aun- 
que pocas, no tenían idea de Dios ni culto religioso. 
Qué prueba potente de la degradación y caída primitiva 

del lionibre ! En las naciones mas civilizadas, Mé- ■ 

jico y Perú rendían culto al Sol. 

Hasta las tribus mas toscas creían en la inmorta- • 
lidad y esperaban una íélicidad de ultratumba, acornó- • 
dada á sus instintos: una eterna primavera; hermosos • 
bosques para abundante caza y amenos rios para la 
pesca. Como creían debían liacer un largo viaje para 
llegará la región de delicias, enterraban á los muer- ■ 
tos con provisiones de armas, pieles para vestidos, maíz 
y otros alimentos. En ciertas provincias enterraban 
al cacique con cierto número de mujeres, favoritos y 
esclavos para servirla de cortejo digno de su catego- ■ 
ría en el otro mundo. 

Como en la antigüedad pagana algunas tribus usa- 
ban plañideras en los entierros, que continuaban llo- 
rando la desgracia del difunto por meses enteros. En 
señal de luto se cortaban un cartílago de los dedos 



- 50 - 

V otros los cabellos mas ó menos corto según el 
!:rado (le parentesco. Las sepulturas eran sumamente 
sencillas. 

La adivinación era muy común y se convertía en 
un acto religioso: los sacerdotes eran á la vez adivinos, 
■augurfcs y magos como en todos los pueblos paganos.: 
4ilgunos caciques reunían este poder. 

Los mismos pueblos que careciítn de^cultu reli- 
:gioso tenían sus adivinos. 

Las enfermedades las atribuían á influencias ma- 
léficas y el arte de la adivinación lia dado origen á la 
medicina. 

Así entre los guaraníes sus médicos eran los mis- 
mos agoreros que curaban con visajes y soplidos y la 
imposición del aj'uno á todos los parientes del do- 
liente: en caso de sanar el eníermo era por destreza y 
ííuperioridad del agorero: si moría lo atribuían á la in- 
fracción del ayuno por algún pariente del enfermo. 
Entre los Pampas era muy rara la profesión de la 
medicina, pues muerto el enfermo, se mataba al médico. 
Los indígenas recurrían á sus adivinos en sus 
desgracias públicas y privadas y nada emprendían sin 
su beneplácito. 

Con muy raras excepciones los saci'iíieios humanos 
ya de niños ya de jóvenes, pero esj)ecialmente de los 
prisioneros, era (d culto i)rincipal que rendían á la 
divinidad con bárbaros festejos y danzas sugradas en 



— 51 — 

presencia de la víctima: '^íi muchas partes antes de 
ultimarla, debía batirse heroicamente y era infamemen-- 
te ultrajada: en otras partes' era cebada cuidadosamente 
y después paseada en triunfo. 

' Así, por ejemplo, los salvajes de la Florida ado- 
raban á sus caciques como descendientes del Sol y 
le ofrecían en sacrificio á sus primogénitos: véase con 
q[ue inhumanidad. Elegido el día de la solemnidad se 
traslada el cacique al lugar del holocausto y se sienta 
^n un banco: en frente hay un tajo de dos pies de alto 
-y ancho, ante el cual va á colocarse la madre del niño 
que debe ser inmolado, sentada sobre los talones, ta- 
pándose el rostro con las manos y lamentando la 
suerte de aquella desventurada víctima. Una de las mu- 
jeres principales entre -las parientas ó amigas de la 
infeliz madre toma el niño y lo presenta al cacique- 
entonces todas las otras mujeres empiezan á bailar á la 
redonda y en el centro del corro baila también la que 
tiene el niño, cantando alguna canción en honor del ca- 
cique. Mientras dura esta danza, seis indios escogidos 
se mantienen á un lado y en medio de ellos está el 
sacrificador armado de una maza y muy adornado á su 
manera: concluido el baile y las otras ceremonias de 
costumbre en tales ocasiones, el sacrificador toma el 
niño y lo degüella en el tajo. En otras partes cuando 
las víctimas son jóvenes, se las adorna de la mejor 
manera posible y después ó la consumen en una h^ 



52"- 



gaiera ó el gran saciiñcador le dispara una flecha al 
corazón, siguiendo una nube de ellas y en otras ocasio- 
nes el cacique consumaba el sacrificio arrancándole 
el corazón todavía palpitante, le lleva á la lioca y lo- 
devora entre las aclamaciones de los guerreros y de las 
mujeres de la tribu. 

En algunas partes el canibalismo llegaba al punto 
de que entre lossamjmtcJies, por ejemplo, á falta de oti'os 
alimentos, se sustentasen de los cadáveres de sus pa- 
rientes y aún llegiin á comerse á sus propios hijos. 

Había entre los indios una costumbre común, cruel 
en sí, pero considerada como acto de compasión; cuando 
los ancianos padecían alguna enfermedad larga y pe- 
nosa, sus propios parientes le mataban con grande 
placer de parte del paciente: en muchas partes ataban- 
á los enfermos y los abandonaban para evitar el con- 
tagio. 

Los indios de las regiones cálidas andaban casr 
desnudos y los de las templadas usaban vestidos muy 
ligeros, pero no carecían de adornos, pues colgaban 
de sus orejas, nariz y mejillas planchas de oro, conchas 
y piedras brillantes; pintaban sobre la piel figuras ex- 
trañas mas que para embellecerse, para infundir temor 
al enemigo. La esclavitud en que' vivían las mujeres 
las l.'acían indiferentes al adorno de sus personas. 

En algunas naciones el {raje común de los indios 
era un cuero atado á la espalda, usaban i derjios de^; 



— 6o — 

Testían una túnica de piel de venado sujeta por el '- 
wanipun, el gorro adornado con una pluma de águila y: 
el calzado de cuero rústico, pero flexible. 



II. 



Pasamos ahora á algunas indicaciones sobre lo»' 
vestigios monumentales de la población indígena. Da- " 
vis en 1666 decía, conforme á tradiciones, que aún se " 
referían en su tiempo, que los apalaclics tenían un go- - 
bierno regular y conocían las artes principales de la- 
civilización. Sclioolcraft, en una memoria leída en la ' 
Sociedad etnológica americana, demuestra que en vastas "> 
extensiones consideradas como bosques vírgenes existen i 
vestigios sepultados de antiguas ciudades y hasta de -• 
campos cultivados y atrincherados que se remontan á^ 
una edad de mas de siete siglos. Se encuentran rastros ■ 
de antiguas fortificaciones, grandes pirámides de tierra-^ 
y montes artificiales de todas dimensiones, llegando á 
5.G00 el número de recintos fortificados cuj^os restos se- 
encuentran en el valle del Missisipí. 

Las excavaciones practicadas han dado á conocer 
entre otros objetos, colecciones de puntas de flechas de-' 
obsidiana, calcedonia y jaspe. Ta]nbien han facilitado 
el descubrimiento de utensilios de metal, como braza- - 
letes de cobre y plata, é igualmente objetos diminutos 
de marfil. En cuanto á los montes artificiales, unosí 



— (in — 

'eran lu.o-ares de sepultura y otros destinados á los sá^ 
'Crificios 6 acaso á torres de observación militar. 

Entre los montes artificiales ha llamado la aten- 
ción el tfonulo de Mondville cerca de Grave-Creek; tiene 
la forma de un cono truncado cuya circunferencia es 
■de 900 metros por base y de 500 en la cima, con una 
'elevación de 23 metros. Es el monumento mas con- 
"siderable hallado en América al norte de Méjico: las 
•excavaciones han descubierto dos cuevas funerarias 
t)cultas en los costados de esta rústica, aunque gigan- 
tesca tumba; y en una de estas cuevas del centro de 
mu cúmulo de fragmentos de antigüedades indígenas, 
'se ha sacado una piedra labrada de unas cuantas pulga-¿ 
Vías de extensión con una inscripción compuesta de 
"Veinte y cuatro caracteres, de formas angulosas y colo^ 
^ados en tres lineas paralelas: estas caracteres, por su 
-fisonomía general, han sido comparados por el sabio 
llafn de Copenhague á las antiguas runas de la Europa 
feeptentrional. En los Estados de Kentucky y de Ten- 
nesée las grutas naturales han servido de sepulturas: 
ios cadáveres envueltos en sudarios de piel ó tisú y co- 
locados en grupos como las momias del Perú, eran en- 
terrados en sarcófagos ó artificios de minibrería; sus 
^carnes se secaban y conservan los cabellos adherentes 
á la piel del cráneo. 

Algo muy importante para sospechar el origen dé 
la i)oblacion indígena del Missisi})! respecto de Méjico 



- 67 — 

es el q... 3n algunas sepulturas al lado de los huesos 
liuiiumos, se han hall>!('(^ huesos del pécari, animal 
comu:i en Méjico, pero (.letconocido hoy en el valle del 
Missisipí. Varios caracotes de los parajes tropicales 
hallados entre los objetos sitos cerca de los esqueletos, 
podrían indicar en la construcción de estas tumbas 
una raza procedente del' Sud. 

Davis y Squier han encontrado imágenes esculpi- 
das 6 grabadas en cóncavo sobre las roca?. La- efigie 
muy exacta de la llama de América meridional, que se 
encuentra esculpida entre otros objetos, dá lugar á las 
mismas reflexiones qu-e la presencia de huesos de pecarj. 
y de caracoles de los trópicos en sus sepulturas. Los 
fragmentos de obra cerámica, como vasos, no dejan de 
ser frecuentes. 



III. 



La cuestión de á qué pueblo debe atribuirse la 
construcción de los antiguos monumentos que se en- 
cuentran en el valle del Missisipí, serviría mucho, una 
vez resuelta, para resolver igualmente la del origen 
tan controvertido de la población de América. Según 
Bartram, sería necesario tributar este honor á los Ka- 
tliahas^ nación antes poderosa, dividida en veinte tribus. 
El sabio Morton opina que los montes artificiales y 
los recintos fortificados son obra de los apalachcs^ á 



~ 08 — 

inieiifs hace de la in'sina raza que lo^ tollecas c!c 
Méjico, lo que parece mas verosímil. 

Pero á cual de las demás razas de la familia hu- 
mana liaya de aproximarse esta últiiiia, es un problema 
que no ha dajado de obtener muy contradictorias so- 
la-ciones, pues hay quienes quieren darle un origen es- 
candinavo, mientras otros le dan un origen malayo y 
hasta judio, según algunos. Schoolcraft, después de eru- 
ditos y concienzudos trabiíjos, profiere como un hecho 
generalmente admitido que los aborígenes del Nuevo 
Mundo son de sangre semítica. 

La lingüística, por de pronto, poco nos puede ayu- 
dar en la solución del problema, como quiera que si se 
han formado algunas gramáticas de lenguas indíge-" 
ñas, sin embargo algunos idiomas, como 'el de los apa- 
laches, que son los mas antiguos, han quedado extin-' 
guidos con las mismas razas que los hablaban. 

En cuanto á literatura es pobrisima: se encontró 
el uso de ivamjmmp^ collares gruesos de diversos colori- 
dos, de número y codibinaciones varias á las cuáles acos" 
tumbraban los indígenas dar v.n valor gráfico, hasta-, 
valerse de ellos, como los peruanos de sus quipos, para 
trasmitir por remisión ciertas noticias ó pai a conservar 
en cada tribu, á favor de groseros archivos, el tenor 
:te los tratador ajustados con otros pueblos. 

AlgUiia mayor luz podrán an'ojar con el tiempo 
lis n'.i;ncr<):-as inscripciones, grabados y ):ictograf'as 



— 09 — 

fie esos indígenas. Entre las inscripciones mejor coü- 
servadas, figura la que está grabada en un ángulo dé 
roca de 15 á 20 pies de superficie situada sobre las 
márgenes del rio AUeghani. Otra inscripción que existe 
en el partido de Kent, liále parecido á AVebb que ofrece 
una gran semejanza con la insci'ipcion restaurada por 
Strahlemberg en Siberia sobre una piedra sepulcral 
cerca de la ciudad de Abakan. 

Desde luego estas inscripciones grabadas en las 
rocas no pueden ser obra sino de un pueblo que estuvie^ 
ra familiarizado con el laboreo de los metales y el uso 
(ie los utensilios metálicos. 

Además en 1787 se hizo en Metfort en el Massa- 
cliusets, el descubrimiento de un cierto número de 
medallas de cobre que estaban ocultas debajo de una 
gran piedra chata. Estas medallas presentan un tipo 
qué no se encuentra en ningún otro tratado de numis- 
mática; pero en la obra de Strahlemberg se hallan 
entre las .antigüedades sibéricas, figuras que recuerdan 
fas impresiones á que nos referimos. 

La roca' esculpida con figuras triangulares hallada 
en el partido de Berkley en Massachusets, como la pe- 
queña piedra grabada del túmulo de Grave-Creek no 
dan luz alguna para encontrar el origen de la raza que 
las grabó. 

De todo lo expuesto se deduce que á pesar de los 
trabajos arqueológicos, lingüísticos y etnográficos ]y,\vii 



70 — 

ilustrar los tiempos prehistóricos de los pueblos ao^. 
no se puede con certeza resolver el problema del origen, 
(te la población primitiva de América; sin embargo, en 
vista de los crecientes trabajos de los sabios, no tardará 
en hacerse la luz al respecto, cuando se logren descifrar 
las inscripciones y geroglificos de los numerosos monu- 
mentos dejados por los indígenas, especialmente en 
Méjico, Perú y Cundinamarca, en cuyas regiones encon- 
traremos algunos recuentos mas dignos de la etnología 
americana. 



CAPITULO ly 



Entramos á espigar en un campo mas ameno é in- 
teresante para la etnología, el país del Analniaq vas- 
tísima región del gigantesco imperio Mejicano, con- 
qnistado por el famoso capitán Hernán Cortés. 

El origen de los pueblos del Analniac es también 
problemático, aunque es opinión de Malte-Brun que ha- 
biendo poblado el Asia á la América, los primitivos 
mejicanos provienen de los mongoles, deduciéndose 
este parentesco dé la analogía del idioma por mas de 
cien raíces comunes. Mas adelante insistiremos sobre 
este punto. 

I. 

Los Toltecas y los Aztecas. 
Créese hasta aliora seoun datos históricos nue los 



a 



íoltfícas son los pueblos mas antiguos de Méjico. (1) De 

í 

ellos, solamente se sabe que eran gobernados por re- 
yes y desde el año G67, época en que fundaron una ciu- 
'dad en TeoUanizingo en el Analiuac hasta el año 1052, no 
lian tenido mas que ocho por una ley que mandaba 
que los reinados fuesen siempre de 52 años, y si moría 
el príncipe antes de haber reinado durante ese perío- 
do, gobernara un Consejo de nobles en su nombre por el 
tiempo que faltase. Una epidemia desoló á la población 
tolteca y la reemplazaron otras tribus: la mas consi- 
derable era la de los chklmuccos. Su rey Motl fijó su 
residencia en TanaJniara (6 leguas al Norte de Méjico) 
y fué el primero de los once príncipes que reinaron 
en aquella ciudad hasta la caída del imperio mejicano 
en 1521. 

í 

Entre las tribus que habían seguido en sn emigra- 
ción á los chíchimecos, se hallaba la de los aztecas, que 
sometidos al i)rincipio á los coJhufs obtuvieron la li- 
bertad, á causa de su ferocidad con los prisioneros, y 
fundaron en 1325 una ciudad donde hoy se levanta 
Méjico y se gobernaron aristocráticamente por los mas 
hábiles, hasta que las gu(>n'as civiles los obligaron en 
1352 á adoptar la forma monárquica electiva, procla- 

(1) Sen'iiu la obra Mrjico al travcs de los siffloft, la raza 
ofnitií cri reputada por la mas auligüa y dcspiKj.s la iimya- 
quich': la raza mhoi es posterior y á ella se debe la civilr 
isacioii del Aiialuiar v dr] I'ci i'i. 



— 73 — 

mando rey á un tal Acanuqntjin^ que mantuvo en paz 
á su estado hasta su muerte en 1389. 

DesjyLiés de un interregno de cuatro meses fué ele- 
gido HmlsilílniiÜ^ civilizador y g-nerrero á la vez; pro- 
tegió la industria naciente, embelleció la ciudad, se 
hizo temer de sus vecinos, á quienes hizo usurpaciones 
y murió en 1409, sucediéndole su hermano Ghimalpopa- 
ca, que fué vencido por MaxÜaion^ rey de los tápeme. 
cas, perseguido hasta Méjico y encerrado en una jaula 
de madera, donde se ahorcó. Entonces fué elegido el 
guerrei'í) Ifzcoatl, que primeramente negoció la paz con 
Maxtlaton, auní^ue se frustraron sus planes. Para tran- 
quilizar al puehlo, ofrecieron los nobles atacar al ene- 
migo, con la condición de que serian los dueños y seño- 
res del pueblo si salían victoriosos ó que serían sacri- 
ficados á los dioses si eran vencidos. Atacaron pues, 
á los tapanecas, los derrotaron y el pueblo se sometió 
de buen grado. Tal fué ei orígírn de la esclavitud y 
de la división de -las castas en el antiguo Méjico. 

Muerto Itzcoatl en 1436 le sucedió Motezmna (1) 
Iihaicaniina, el que mas había contribuido á vencer á 
los tapanecas. Este príncipe ensandió los límites de 
sus estados á espensas de sus vecinos y puso su corte 
en un estado brillante. Los gefes de los pueblos vecinos 
venían á prestarle homenaje; se hizo respetar de los 

(1) Los autores mojifanos itms iiHidenios, jjnrcce (,iie linn ailop» 
<a<l() la s¡,i>;ni«'iitc iiiaucra tic csci'ilíii- este nombre: Motet-zuma, 



¿rancies del país, e;liíicó templos y ¡uiiltiplicó las cere- 
'monias del culto: dictó muchas leyes y murió en 1464, 
liabiendo fundado un despotismo teocrático. El pueblo 
le dio los nombres de grande y justo. 

Le sucedió en el trono su primo AxajacaÜ^ que si- 
guió la política de su predecesor: llevó sus conquistas 
hasta las fronteras de Mechoacan y murió en 1477. La co- 
rona reca}' ó en su hermano mayor T-izoc., desgraciado en 
la guerra y vicioso; fué envenenado, reemplazándole 
los electores del imperio con su hermano AlmiizoÜ en 
1482, quien con sus conquistas fijó los últimos limites 
del imperio, haciéndose mas célebre por el famoso tem" 
pío que erigió al Sol, inaugurado con el sacrificio de 
72. 000 prisioneros. 

En 1502 sucedióle Motezuma 11^ hijo de Axaja- 
catl. Este príncipe, último de los reyes aztecas, fué 
orgulloso y un déspota sombrío. Como debía el trono á 
la noblez:!, la colmó de privilegios, que eran otras tan- 
tas cadenas con que las aprisionaba: desplegó un fausto 
inaudito; hizo mir¿ir su persona como sagrada, exigiendo 
Jos honores debidos á un dios é hizo la guerra por medio 
de sus generales. Tuvo, sin embargo, grandes cualida- 
es; practicó la justicia; protegió la agricultura, las artes 
y la industria. Tal fué el rey con quien tuvo que ha- 
bérselas Cortés al llegar á M(\jico, cuyo imperio se es - 
tendía por a ]uella época hasta las fronteras de Guate- 
niabí V Yucatán. 



yo 



í^]s de notarse que hacía algún tiempo enipczAlia á 
adquirir crédito entre los aztecas una tradición antigua 
que prometía el imperio del país á los hombres blancos 
y barbudos que habían de venir de allende el Océano. 
Guatwioñn^ sucesor de Motezuma presenció los fune- 
rales de este gran imperio y vio cumplida la tradición. 

Nos hemos permitido las indicaciones históricaí:i 
que preceden, porque atin cuando no es histérica la 
presente memoria, dan mucha luz para apreciar etnoló- 
gicamente al pueblo mejicano indígena. 



• 11. 

Instilucionea políticas y civiles. 

Entre todos los historiadores, Prescott en su Itis'o- 
ria de la conquista de Méjico es el que ha pintado con 
mas exactitud la antigua civilización mejicana; él será, 
pues, nuestro principal guía. 

El gobierno mejicano era una nion;irquía electiva: 
cuatro nobles principales elegidos por su propio cuerpo 
en el reinado precedente, ejercían las funciones de elec- 
tores, teniendo por adjuntos á los dos reyes aliados 
de Tezcuco y de Tlacopan. 

El soberano era elegido entre los hermanos del 
rey difunto ó á falta de éstos, entre sus sobrinos, y el 
candidato preferido debía haberse distinguido en la 



7G 



guerra, ;iiin(|iie perteneciese á la ca«la sacerdotal. 
Con semejante medida se obviaba la dificultad de las 
minorias, de ele¿-ir á incapaces y se formaba una di- 
nastía belicosa. 

El acto de instalación en la dignidad real se -lia.- 
cía con toda la pompa de las ceremonias religiosas , y 
el elegido era coronado en medio de sacrificios humanos 
por el rey de Tc^cuco^ (d\ mas poderoso de los aliados. 

Auxiliaban al rey en el gobierno varios consejeros: 
el primero, privado, lo componían los cuatro electo- 
res; dirigía al rey en el gobierno de las provincias, ad- 
ministración de las rentas y todas las demás .cue^stion^ 
de interés público. 

Los nobles formaban una clase y un cuerpo aparte: 
poseían grandes bienes desempeñaban los cargos mas 
importantes cerca del rey y administraban las ciudades 
y provincias. Muchos de estos nobles eran tan pode.- 
rosos que podían levantar 100.000 vasallos en sus tie^ 
rras. 

La ])olítica del emperador estimulaba y hasta exi- 
j^'ia la residencia de los nobles mas poderosos en la ca- 
plt;il y cuando se ausentaban teníau la obligación de 
dejar rehenes. 

Existían diversas clases de propiedades ó feudos 
sometidos á diferentes condiciones. Ciertos dominios 
ganados con la espatUí 6 recibidos en recompensa de 
servicios públicos, i)ertenecian exclusivamente á sus 



/ i 



jjoseedores con la única condición de no poder dií-^poner 
de ellos en favor de un plebej^o. Otros feudos no eran 
trasmisibles sino á los primogénitos varones, y á falta 
de ellos volvían á la corona: la mayor parte estaban 
sujetos á la obligación del servicio militar. Como se 
vé el régimen de los aztecas tenía muclia analogía con 
el feudalismo germánico. 

El poder legislativo pertenecía exclusivamente al 
rey, aunque no sucedía lo mismo con el poder judicial. 
Cada una de las ciudades principales estaba sometida 
á un juez supremo vitalicio, nombrado por el rey y que 
fallaba en última instancia las causas civiles y crimina- 
les, sin apelación aún al rey. 

Encada provincia existia un tribunar con) puesto 
de tres individuos, dependiente de diclio juez, y de 
acuerdo con él entendía en las causas civiles; pero en 
Jas criminales se podía apelar de sus fallos ante el juez 
supremo. Había además esparcido por todo el país un 
cuerpo de magistrados, elegido por el mismo pueblo. 

El que usurpase las funciones de juez y el juez 
que recibía dádivas ó se dejaba sobornar de cualquier 
manera por las partes, tenía pena de muerte. El asesi- 
nato, aunque fuese de un esclavo, tenía la misma pena. 

IjOs adúlteros eran apedreados, y el robo según 
la gravedad, era castigado con la esclavitud ó con la 
muerte. 

Existía la esclavitud. Los esckivos procedían de 



i.S — 



niiiclia¿ ciuiStis: los prisioneros de guerra, los criiiÜDít- 
les, los deudores públicos, las personas que se vendían 

'á si mismas y los hijos vendidos por sus padres; pero 
nadie podía nacer esclavo. 'El esclavo azteca podía te- 
ner familia, poseer bienes, tener otros esclavos y ser 
sus hijos libres. 

El tesoro real se componía en primer lugar de los 
productos de las -tierras de la corona, que eran muy 
vastas y pagaban su producto en especie. Los lugares 
inmediatos á la capital estaban obligados á suministrar 
materiales y operarios i)ara construir y reparar los pa- 
lacios del rey: debían igualmente proveer á la casa rea^ 

' de leña y de todos los géneros necesarios para el consu- 
mo. Las ciudades principales que tenían bajo sii depen- 
dencia numerosos pueblos y un vasto territorio, estaban 
divididos en distritos, de los cuales cada uno recibía 
una extensión determinada, de tierras para asegurar su 
subsistencia. Los habitantes debían dar parte de sus 
productos á la corona. Los vasallos de los grandes ge- 
feí daban parte de sus rentas al tesoro público. Había 
además un impuesto sobre las fabricaciones; así que 
los vestldoí de algodón, los mantos de plumas, las 
riciis armaduras, los vasos de oro, el oro en polvo, los 
ciuturo:ies, los brazaletes, las jarras y las copas dora- 
das y barnizadas, los objetos de cristal, las campanas, 
las armas y utensilios de cobre, las hojas de papel de 
pita, los Irutos (!-> copal, d;-! cacao, la cochinilla, los 



- 79 — 

pájaros, los aniínales salvajes, las piedras de cons- 
trucción, las maderas, los petates y demás objetos de 
servicio, pagaban derechos al tesoro. Estos eran los 
objetos principales de la industria y comercio de los 
aztecas. No conocían sin embargo el dinero, razón por 
la cual eran limitadas las transacciones comerciales. 

Los recaudadores, vestidos de insignias particula- 
res, estciban encargados de la cobranza de los im- 
puestos, y podian prender y vender como esclavos á los 
que no pagasen su contribución. 

Existían en la capital enormes graneros y espacio- 
sos almacenes destinados á guardar los tributos. 

Las comunicaciones entre los puntos mas distan- 
tes se mantenían por medio de postas de corredores 
establecidos en los caminos principales de dos en dos 
leguas. Estos corredores instruidos desde la infancia 
viajaban con tal celeridad, que los despachos atravesa- 
ban en un día el intervalo de nuKdias leguas. 

La profesión mas noble entre los aztecas era la de 
b\s armas. Su divinidad protectora era el dios de la 
guerra. Uno de los grandes objetos de sus expediciones 
era reunir hecatombes de cautivos para sus altares. 
El soldado que sucumbía en el campo de batalla espe- 
raba una felicidad eterna en las brillantes regiones del 
•so/, que era la principal divinidad. 

Las declaraciones de guerra se discutíaü en un 
consejo que cjlebrabii el rey con los nobles principales, 



— 83 — 

y se hacían soleiunemente por medio de embajadores. 
El ejército real í'ormado con el contingente de las di- 
versas provincias, era generalmente mandado '^lor el 
mismo príncipe. El traje de los principales guerreros 
era pintoresco y magnifico: llevaban una túnica de algo- 
clon acolchado, impenetrable á las flechas indianas. Los 
gefes mas ricos sustituían á esta cota de malla de algo- 
dón una coraza compuesta de láminas de oro sobre- 
puestas y se echaban encima un manto de plumas. 
Cubría su cabeza un casco de madera esculpido, corona- 
do de un penaciio flotante. 

La desobediencia á las órdenes de los gefes se cas- 
tigaba con la pena de muerte. En las principales ciu- 
dades había una especie de hospitales para la curación 
de los enfermos y de los soldados heridos. 

Los templas teoccdlis (casas de Dios) eran muy nu- 
iherosüs sobre todo en cada una de las ciudades princi- 
pales. Se componían de sólidas masas de tierra reves- 
tidas de ladrillos ó piedras y cuya forma recuerda las 
pirámides de Egipto. Tenían generalmente mas de cien 
pies cuadrados de base y una elevación mucho mayor. 
Estaban divididos en cuatro ó cinco cueri)os, cuyas' 
dimensiones iban en disminución y se subía á ellos por 
jina escalera exterior, practicada en uno de los ángulos 
de la pirámide. Esta escalera conducía á una especie 
de terrado ó galería construida al rededor de la base 
dpi si'guiidu cuerpo; dcsdtí allí otra escalera colocada en 



— 81 — 

el inísmo ángulo que la anterior y dirsstaniente encímn.* 
conducía á otra galería, de suerte que se daba mucha» 
veces la vuelta al templo antes de llegar á la cumbre. 
Algunas veces la escalera conducía directamente al 
frente de la fachada occidental del edificio. El remate" 
presentaba una ancha plataforma coronada de luvd ó dos 
torres de 40 á 59 pies de altura, santuarios donde 
se encerraban las divinidades protectoras. Delante de 
estas torres se elevaba la formidable piedra del sacrifi- 
cio y dos grandes altares, sobre' los cuales ardía un 
fue^o, que semejante al de Vesta, no debía apagarse 
jamás. Solo el recinto del gran Teocalli de Méjico en- 
cerraba, según algunos, 600 de estos altares, levantados " 
sobre pequeños teocallis. Estos altares de los diferen- 
tes barrios de la ciudad, iluminaban las calles en las 
nocLe^' oscuras. 

En cuanto á la educación de los aztecas se sabe 
que, pasada la infanci?, debían hacer el aprendizaje del 
culto y cumplir su tributo de servicio á los dioses, desde 
lós siete á los veinte años. A unos se les empleaba en 
(juemar incienso á los ídolos, á otros en asear el templo 
mantener las piras, labrar los campos sagrados; y los 
nobles se dedicaban desde su principio á las severas 
prácticas del ayuno, la humildad, la penitencia, el uso 
de las armas, las doctrinas de moral, el arte de la 
guerra, el hábito á las inclemencias y sufriniientos. 
Aprendían al mismo tiempo las tradiciones de su liis- 



toña, escritas liiciáticaniente en liojas de mar/uey^ el 
papinis inejicano, que plegados entre dos guías, en íur- 
nia de abanico, se abría como un gran libro. 

En la escuela superior de CaJmecac, los hijos de 
los nobles aprendían la teogonia, la ciencia del gobier- 
no, las leyes, la táctica, la interpretación de los gero- 
glíficos, la poesía, la oratoria y la astrología. 

Los niños consagrados al culto recibían desde la 
infancia la preparación necesaria, bajo la tutela de las 
sacerdotizas, cuyos actos presidía siempre la mas se- 
vera disciplina. 

Llegados los veinte años, el varón era para la gue- 
rra, la niujer para el hogar. 

Parece que los aztecas estaban muy adelantados 
en el conocimiento de las ciencias matemáticas, ni lo 
estaban menos en las artes mecánicas y honraban la 
agricultura. 

Así como en Egipto han llamado sobremanera la 
atención las célebres pirámides, especialmente la de Gí- 
zelí por sus maravillas científicas, que revelan un grande 
adelanto en las ciencias matemáticas y en la mecáni- 
ca, hasta constituir un enigma para la ciencia prehistó- 
rica, la pirámide mejicana de la Sonora es una mara- 
villa superior, como lo hemos indicado mas arriba, 
hay sin embargo esta diferencia entre ambos monu- 
mentos, el de Gizeh carece absolutamente de inscrip- 
ciones, mientras el fuilacio adyacente á la pirámide 



— 83 ~ 

^Q los Majáis está ileiio de ellas. ¿Quién sabe cuanta 
luz uo está destinada á arrojar sobre la prehistoria 
■del Analiuac y los orígenes de América? 

Además el Museo de Méjico posee muclias preciosi- 
dades tristemente abandonabas y desordenadas, aún 
que es de esperar que el descubrimiento de la mai'avi- 
llosa pirámide excite á algún inteligente aríiueólogo 
á utilizarlas para la ciencia. Lástima que tantos i'es- 
tos de antigüedades americanas, especialmente mejica- 
nas, se hallen esparcidas por ios museos y bibliotecas 
de Roma,, Pai-ís, Dresde y Madrid, ¿siendo los de Amé- 
rica los que menos objetos de esta clase poseen. 

En la Universidad de Méjico existían dos cátedias 
para la enseñanza de los principales idiomas indígenas, 
el azteca ó mejicano propio y el otoni/, pero es lástima 
que se hayan cerrado, pues según A. Aubin, no con- 
currían discípulos á esas cátedras, ni se pagaba á los 
profesores sus sueldos. El señor Aubin, que estuvo 
mucho tiempo en Méjico, además del conocimiento 
práctico y profundo que adquirió de las lenguas indí- 
genas, llevó á su patria (Francia) una colección pre. 
ciosa de manuscritos mejicanos originales y otras an- 
tigüedades (1). 

(1) El término prescrito para el concurso de la SocícmLkI 
Ciencias y Artes uos imposiltilita para utilizar por completo 
la oltra que se está repartiendo por eutrcgas: Méjico al través de 
los siglos, aunípic hemos podido servirnos de las priiiicras cu- 
treg-as. 



<) 



— 8-í — 



III. 



Lingüística del Anahyac. 

Para formarse una idea del estado de civilización 
■íe los pueblos es una parte esenciiil el couocíiiiiento de 
sus lenguas y literatura. 

Como en casi todos los países que lian sido con- 
quistados á la civilización lo fueron principalmente por 
el liei'oismo de los misioneros, también, al celo religioso 
le los mismos debemos los tratados que poseemos sobre 
las lenguas de los indígenas americanos. Todavía hoy 
son los eclesiásticos los que entre los blancos tienen al- 
gún conocimiento práctico de las lenguas indígenas, 
porque les es necesario (sobre todo en Méjico y PerúJ 
para su misión civilizadora, ya para las misiones entre, 
los indios como para las poblaciones del campo forma- 
das de tribus indígenas. 

El jesuíta Clavijero en su Hisíoria antigua de Mí- 
jiro CLilcula en treinta y cinco los dialectos indígenas 
que se usaban á mediados del último siglo en la vasta 
extensión de jMéjico. Alejandro de Humboldt dice que 
^ N indígenas hablan en aquel país mas de veinte, len- 
guas diferentes, de las cuales hay quince que poseen dic- 
cionarios y gramáticas, y i>on: azteca, oiorn/. iarasca, 
¿apoteca, ni/sfcca. )iia//a del Y 'Acatun. f oi ona ca. pOjpdl 01 ica, 



— 85 — 

ittaÜü.ititi/iA, litiüsícca, jiuxa^ cacli'iijud, taraitmara- tep- 
cliuana y cora. 

Como no vamos á ocuparnos especialmente de filo- 
logía, siüó en cuanto tiene relación con la etnología, 
liaremos solamente las observaciones que puedan de- 
mostrar las relaciones de origen de los diversos pueblos 
que poblaron el antiguo Méjico. 

Desde luego conviene advertir que las lenguas del 
Analiuac, no difieren entre sí como simples dialectos 
sino como otros tantos idiomas que se diferencian ra- 
dicalmente y se alejan tanto unos de otros, por ejemplo, 
como se alejan el alemán del persa y el francés de las 
knguas eslavas. Esta diversidad de lenguage prueba, 
según el sabio Humboldt, una variedad correspondiente 
bajo el aspecto de las razas originarias en la población 
que hallaron los conquistadores de Méjico en los pue- 
blos indígenas. Pero sí la cuestión filológica se une en 
el antiguo mundo á la cuestión histórica, sucede desgra- 
ciadamente sin que la primera haya ilustrado hasta 
ahora á la segunda con viva luz. El señor Neumann, 
de Munich, ha ido á buscar en las tradiciones de la Chi- 
na otros elementos para la solución del problema y ha 
identificado á Méjico con ese país de Fousang de que 
hablaban como situado á dos mil leguas al Levante de 
la China, los viajeros budistas chinos, á quienes Gustavo 
de Eiclithal en una memoria leída ante la Academia 
de las inscripciones y la Sociedad Asiática en 1846, 



— m — 

atriliuye igualmente la introducdon eu Aiuéiica de etsa 
civilización de la que se han encontrado tan notables 
monumentos en la región del ^Méjico indígena. Uno de 
los argumentos en favor del origen asiático de los indí- 
genas mejicanos consiste en el hecho de que una gran 
parte de los nombres con que los aztecas designaban 
los veinte dias de su mes corresponden, si bien en el 
sonido solamente, con los signos del zodiaco tales como 
se encuentran en los pueblos del Asia Oriental. Se ha- 
creido también encontrar en el mejicano algunas analo- 
gías de palabras con el chino y el japonés, aunque sea^ 
muy diferente el carácter general de la lengua. Pero 
antes de resolver el problema creemos necesarios mayo- 
res estudios de filología comparada, aunque se debe es- 
perar mucho, como hemos indicado, del gran número 
de inscripciones del enorme palacio granítico de los 
Mayas. 

Es de notarse asimismo para formarse idea del 
origen de los pueblos indígenas del Anahuac, que el 
idioma á que se aplica la observación anterior fué ha- 
blado en otro tiempo, no solamente en la nación donde 
reinaba Motezuma, sino también por todo aquel grupo.» 
de pueblos conocidos con el nombre de toltecos, chichi- 
mecos, atcolhues ó tezcu canos, tapanecos ó- tlascalte- 
cos, que colocaban su cima en el misterioso país de- 
AztJan, que en los siglos VI y Yll de nuestra era 
•amaron posesión de la alta meseta entre los dos Océa- 



o i 



'iios sobre el grupo de las cordilleras y cuyos descen- 
dientes habitan todavía las antiguas intendencias de 
Méjico, Puebla, Yalladolid y Durango. Los restos de 
las naciones de los toltecos y cbicliiniecos, dice Clavije- 
ro, se lian conservado principalmente sobre el territo- 
rio de Tlasccda y parece que el Yucatán sirvió de retiro 
ú una porción nuis considerable. Puede presentarse 
como doble prueba de la comunidad de lengua que debió 
existir entre las diversas partes de aquel grupo de na- 
ciones tan célebres en los antiguos anales de Méjico, 
la de que todos los nombres propios de lugar y de 
persona, los nombres de los pueblos, como de los rios 
y montañas que los españoles recogieron de boca de 
los indígenas, así entre los toltecos co.nio entre los clii- 
cliimecos se esplican por el azteca, y que los pueblos di- 
versos que acabamos de citar, se comunicaban los unos 
fcon los otros sin intérprete. 

De la antigua lengua de Méjico llamada azteca 
del nombre del mas célebre de los pueblos que la han 
liablado, se encuentran vestigios mucho mas allá de 
los límites de aquella región hasta entre las tribus 
■salvajes de la costa del Noroeste hacia el SO** paralelo 
en las inmediaciones de la Bahía de Noutka, donde 
el sonido general de las palabras así como las disiden- 
cias recuerdan el sistema fonético y el gramatical de 
los mejicanos: al Sud tiene por límites el lago de 
JS^icaragua. 



- 88 — 

La ineyctci, ó alto valle, que á caiLsa de su pusiciuLi, 
íil rededor de los lag-os. de Clialco y de Méjico, ha reci- 
bido el nombre de Analmac (cerca de las aguas), es el 
centro del dominio del idioma azteca, aunque sus hue- 
llas se extienden hasta los confines indicados. En 
cuanto á las palabras JSíéjico j mejicano tienen por raíz 
el nombre de la divinidad azteca que presidía la guerra' 
Meaüli. En la península de Yucatán domina la impor- 
tante lengua maya ó yuccdcco^ á la cual parece estar 
unido el idioma que hablaban los antiguos habitantes 
de las grandes Antillas, la raza I103' extinguida de los 
aborígenes de Cuba y Haití. 

El señor Normann, al reconocer que el idioma ma- 
ya parece tener alguna relación con el azteca, declara 
al mismo tiempo que tiene señales evidentes de gran 
antigüedad y puede haber sido la lengua- del Anahuac 
antes de la invasión tolteca. De lo expuesto, se deduce 
sin embargo que con alguna mayor perfección en los 
estudios filológicos sobre las lenguas del Anahuac podrá 
venirse en conocimiento de cual es el pueblo primi- 
tivo de América y su origen respecto á las razas del 
antiguo mundo. 

IV. 

Literatura azteca. 
Tfira. (hir una idea mas exacta sobre la ('i\ilizar 



clon del antiguo Analiiiac, observaremos que, única baj^ 
este aspecto entre todas las lenguas de la América Sep- 
tentrional, la azteca posee una verdadera literatura. 
Pueden establecerse en su historia dos épocas: la pri- 
mera se reñere al tiempo en que ignorando los mejica- 
nos la escritura, no tenian como los peruanos otros me- 
dios d^ escritura que los nudos que liacian en cordones 
de ' colores para conservar ó trasmitir g-ráncamente el 
conocimiento de los hechos; y la segunda es aquella 
en que emplearon los signos g-eroglíficos, que recuerdan 
por su carácter general los del antiguo Egipto. La re- 
volución intelectual que marca la introducción de esta 
escritura entre los aztecas tuvo lugar, según se cree, 
liácia el siglo VI ó VII de nuestra era; es decir, en la 
época en que aquella raza estableció en el Anahuac su 
mansión definitiva: resulta, pues, que cuando Cortés 
hizo la conquista de aquel pais, hacía ya mucho tiempo 
que aquel pueblo notable trasmitía los conocimientos 
de toda especie de generación en generación por medio 
de representaciones pintadas ó esculpidas, pidografías 
y grabados, poderosos auxiliares, ya que no represen- 
tantes, de la tradición oral. Desgraciadamente el odio 
á la supersticiosa idolatría en los primeros conquis- 
tadores destruyó gran parte de los monumentos me- 
jicanos, (disculpable por otra parto, si se observa que la 
revolución francesa en odio á la edad media destruyó 
^exí Francia la raaj-or parte de sus monumentos y eJ 



— <)0 - 

pi-otesta:itisino incendió templos y monasterios juntO' 
con sus bellezas artísticas, museos y bibliotecas). 

Lo3 primeros viajeros liabbm en sus relaciones, 
quizás con alguna exageración, de iiiultitud de^libros 
mejicanos, de que existen ya muy pocos, en los cuales 
se hallaban los anales del imperio con largos cuadros 
genealógicos, los rituales en que indicaban el mes y el 
dia de los sacrificios á tal ó cual divinidad, un sistema 
cosmogónico, calendarios, fórmulas de astrología, el 
estado catastral del país, la división de las propieda- 
des, el registro de los tributos y, en fin, un código pe- 
nal. Cuando mas adelante personas ilustradas quisieron 
recojer para consultarlos, aquellos restos elocuentes 
del antiguo explendor del imperio de Motezuma, mu- 
chos habían perecido aunque los indígenas escondían 
cuidadosamente lo que quedaba para salvarlos de las 
manos de sus vencedores. 

Como los documentos délos catastros y las listas 
de los tributos se conservaban en pinturas geroglíficas, 
eran de gran importancia legal en los debates judiciales. 
En su consecuencia se estableció en el año 1553 una 
cátedra en la Universidad de Méjico jiara la explicación 
de los geroglíficos, que servían generalmente de piezas 
de proceso y cuyo u.:o subsistió hasta principios del 
siglo XVI 1; pero declinó de tal modo la ciencia de 
desciírar los geroglíficos que el escritor tezcucaiio, 
hrlIH.i-i'cliHÍ. iljcc que ('11 su tii'm[)o in) se cacoiif r.ibaii 



— 91 — 

en todo el piiís ]iias que düt:; individuos (¡ue |)ud:'traií 
esplicarlos bien; y el autor de la versión española de. 
la colección mejicana conocida con el titulo de Codex 
Mendoza., nos dice que los indígenas á quienes se en- 
tregó el original para que lo intei'pretaran, tardaron 
inuclio, antes de ponerse de acuerdo, sobre el sentida 
de las pinturas. Esta colección, cuya traducción lia 
reproducido Tlierenot en su relación de varios viajes,, 
arroja una luz preciosa sobre las antigüedades, so- 
bre la vida pública y privada de los mejicanos. 

En los principales establecimientos bibliográficos: 
de Europa existen algunos otros manuscritos mejicanos 
interesantes (1) como en la biblioteca del Escorial, en 
la del Vaticano, en la colección Borgia, en Bolonia» 
Dresde, Oxford y Paris: el gran manuscrito que posea 
la biblioteca de esta última ciudad contiene un ritual^ 
un libro de astrologíay una historia de Méjico que 
abraza desde 1197 hasta 15G1. La Biblioteca de la 
Asamblea Nacional conserva igualmente un hermoso 
manuscrito mejicano, especie de calendario religiosa 
y adivinatario. La biblioteca de la Universidad de 
Méjico no es bajo este aspecto, como podría suponerse^ 

(1) Existe en Leipzig una cñ,sa editora (jue se ocupa en tirar 
grandes ediciones de obras antiguas ó raras: hasta ahora ha 
distribuido un catálogo teológico. Ojalá extendiese sus ediciones 
á todos estos monuiuentos de antigüedad literaria para surtir 
las 1 i jliotccas de todo el mundo. Los Gabiernos debieran prouio- 
verlo. 



— \)2 — 1 

iiiuclio mas rija r[iie Vis de Europa, pue.^ poseo mas 
copias qiis originales. 

Las materias sol)re las cuales trazaban los mejica- 
nos sus escrituras ó pinturas gerog-líficas, eran pieles 
(le ciervo, telas de algodón, y un papel fabricado con las 
fibras de la pita americana, como el papiro de los egip- 
cios lo era con las fibras del biblos. Algunos de sus 
niimiscritos, trazados con estas últinms materias for- 
man tiras de 20 á 25 metros de longitud por 27 y 50 
centímetros de ancho, l'ara formar con estas tiras un 
libro, S8 doblaba cierto número de veces, formando 
pliegues alternados liácia adentro y fuera como se hace 
con las cartas geográficas. En las figuras que llevaban 
estíis inmensas páginas,-servía el color de las imágenes 
a-ií como su forma para determinar su significación: 
¿pero cuíll era el principio due presidia al empleo de 
-estas figuras? El americano Fresco tt, dice que los az- 
tecas conocíanlas diversas clases de geroglificos, pero 
se servían juuclio mas de los caracteres figurativos. 
Los había también siiíibólicos, tales como los que iri- 
dica Humboldt, que designaban el aire, el viento, el 
día, la noche, los meses, los cuales agregaban á la idea 
-íle los objetos representados por la pintura la de cir- 
cuustíincias que no eran susceptibles de pintarse. De 
este modo la imagen de una lengua significaba lia- 
l)lar y l;i Imella de un pié, viajar. A los términos em- 
pleados ni l:i numeración h.iblada cOiTespondían los 



— 93 — 

sigiius gráficos couyenciouales, verdaderas cif^is, eiitre 
las que, además de los números inferiores, se observa- 
ban especiales, destinados á representar el cuadrad' ■ 
y el cubo de veinte. 

Tampoco dejan de hallarse en los geroglificos me- 
jicanos numerosos vestigios de escritura fonética: aun- 
que según ciertos historiadores, los aztecas no emplea- 
ron esta clase de signos hasta los últimos tiempos de 
su independencia; y aún limitaron generalmente su usO; 
á la trascripción de los nombres de personas y lugares.. 

Eepresentados de esta manera los nombres de los 
gefes guardaban cierta analogía con nuestros antiguos, 
blasones. A veces también los caracteres fonéticos ser- 
vían al autor de una pintura para escribir textualmente: 
enfrente de la boca de sus personajes alguna frase corta 
que se suponía era pronunciada por estos. 

EntreJos manuscritos mejicanos que se hallan en 
las bibliotecas de Europa se cita el de Dresde como 
muy notable por representar un tipo enteramente dis- 
tinto de los demás, pues los caracteres de que está cu- 
bierto recuerdan mas bien los que se encuentran es- 
culpidos sobre las ruinas de Palenque ó Ciülmacan en 
el territorio de los Tiéndalos en el Yucatán, que los de, 
los monumentos gráficos descubiertos en Méjico. 

Parece que estos caracteres no son por su natura- 
leza figurativos sino puramente convencionales. Algu- 
nos de los rasgos recuerdan los de esos antiguos y 



— 94 — 

misíeriüsos houas cliinos, ciij^a invención se atribuye ' 
al ení})erador To-Hi: otros se asemejan mas bien por 
su fisonomía general á los caracteres chinos actuales. 
Colocados regularmente unos al lado de otros, parece 
que representan un verdadero texto, que de trecho en 
trecho interrumpen, como ilustraciones de discurso, 
verdaderas viñetas. ¿Esta escritura sería enteramente 
fonética? Esto es lo que han supuesto algunos autores, 
y en apoyo de su opinión viene también la de Galindo, 
que en una descripciojí del curso del río Usumasinta 
SR Guatemala, después de haber dicho que las márgenes 
ide este río en una época anterior á la de la fundación 
de Méjico, estaban ocupadas por Ja población mas culta 
¿le América, añade que cree que las inscripciones que 
ha descubierto allí son enteramente fonéticas. En la 
Biblioteca nacional de París existe un manuscrito del 
.mismo carácter que el de Dresde. 

Es de advertir que contribuyó bastante al conoci- 
miento de la escritura azteca el que los priuieros misio- 
neros católicos trataron de apropiar á su piadosa ense- 
ñanza el sistema de escritiu'-a por imágenes que los an- 
tiguos paganos habían inventado, y l<is primeros ca- 
tecismos que pusieron en juanos de sus neófitos, fue- 
ron en la forma imitaciones mas ó menos felices de 
las pinturas mejicanas, refiriendo por medio de repre- 
>sentaciones (le un estilo" análogo lú de los manuscri- 
los aztecas, los datos liistóricus de la uariMcioii bildiciv 



— 95 — 

(íescribienclo las ceremonias del catolicifiiio y simbuli- 
zando sus misterios por el mismo procedimiento. 



Mon-amentos literarios. 

Eu su viaje pintoresco y arqueoláf/ico á Ja parte 
mas interesante de Méjico, Nebel llama á Méjico et 
Ática del NuevoMundo, pues la civilización tenia alli poi" 
doble foco, antes de la dominación española, las- 
ciudades de Tenoclititlan y Tc^cuco\ pero puede de-^ 
cirse que esta última era la Atenas, depósito de los- 
archivos nacionales; según Gomara los acolliues, d& 
quienes era la capital, habían traido consigo el cono- 
cimiento de la escritura cuando vinieron de las re- 
giones occidentales. Mas adelante los historiadores,, 
l^)s oradores y los poetas tezcucanos, fueron célebres- 
en todo el país, y mucho tiempo después de la con- 
quista, era todavía el dialecto de Tezcuco, mas perfec- 
cionado que el de Méjico, el idioma favoiito de Ios- 
autores indígenas. 

El libro mejicano mas antiguo de que se hace men- 
oion es célebre con el titulo de Teoamoxtli redactado, 
según se cree en r¿í?a, capital de los toltecas, hacia, el 
año 660 por el astrólogo Haematzin; contenía una his- 
toria del cielo y de la ti'erra y una relación de las pri- 
meras emigraciones de los pueblos, Pero el autor me- 



jijano mas ilustre es NezalmalcojoÜ rey de Tezcuco ó 
Acolhnacan en el siglo XV, principe que los escritures 
lian llamado el Sócrates de Amt'rica. Legislador á la 
vez, político y literato, redactó ochenta leyes; cuyo 
tenor se conoce todavía, y fundó una especie de Acade- 
mia con el título de Consejo de Música. Compuso además 
sesenta himnos en honor del Ser Supremo, una elegía 
sobre la destrucción de Azccqjomlco y otra sobre la 
instabilidad de las cosas humanas probada por la suerte 
del tirano Tezozomoc. Granados y Galzos, en sus Tar- 
des ííJHenmnas dá una versión otomita, como el original 
de una de las elegías atribuidas á Nezahualcojotl. El 
toxto priinitivo de estas elegías no existe al parecer, 
pero su sobrino IxÜílxochiÜ., bautizado con el nombre 
cristiano de Fernando de Alba y autor de una historia 
<ie los chichimecos, hizo una traducción en español. 

Anionio Jcvar Motezuma, individuo de la familia 
real, compuso una gramática mejicana: pero existen 
nna infinidad de gramáticas y diccionarios escritos por 
víirios autores. Algunos mejicanos han compuesto di- 
ferentes obras sobre la historia y cronología de sus 
antepasados: los mas conocidos de estos escritores son: 
x)omingo (vliimali)ain, Fernando de Albarado, Tezozo- 
moc y Cristóbal del Castillo. Zapata, indio de Tlascala 
escribió en su lengua y en caracteres latinos una hi-sto- 
ria voluminosa de su país: por el catálogo que dá 
Clavijero de los liist^oriadores mejicanos del siglo XVI, 



Ü7 — 



se Jíianifiesta el ardor literano que Iiabian conserva lo- 
en aíiuella época las razas indígenas. 



VI. 



Religión ele Iod indígenas mejicanos. 

La religión de los antiguos mejicanos parece liaber ' 
sido un politeísmo análogo al de los griegos en cuanto- 
al fondo de las creencias, porque bajo el aspecto del 
culto, recordaba las Teligiones del Asia: pero hasta 
aliora no se conoce esa religión sino de una nianera 
incompleta. 

Los mejicanos creían en un Ser Supremo, criador 
y señor del universo; pero era un Dios sin .nombre, 
inefable á la manera del dios no conocido de los ate- 
nienses. En sus oraciones le calificaban de Dios ^wr 
quien vivimos^ ({no, está en todas partes^ qiie conoce todo- 
y dispensa todos los bienes, que es inris/ble^ incorpó- 
reo, de perfecta perfección y - puré. r a. 

De este Ser supremo dependían trece grandes 
divinidades y mas de dos cientas de_menor importan- 
cia, teniendo cada una su día consagrado para recibir 
ciertos honores. Los aztecas veneraban con preferen- 
cia al dios de la guerra HttUzilopoichli^ cuya imagen 
llevaron delante de ellos durante -su larga peregrina- 
ción desde Aztlan hasta Tenocliitlan. Otra de las 



~ 08 — 

graiiíles divinidades de Méjico era el dios QaetiakoatJ^ 
especie de Triptolemo, de yatiirno, que había dado á 
g-iistar á los hombres las dulzuras de la edad de oro: 
durante su residencia en la tierra enseñó á los hom- 
bres el arte del cultivo, el de trabajar los metales y el 
mas difícil de gobernar. Sin embargo dicen las leyeü- 
•das que este dios paternal se vio obligado á dejar el 
país por la enemistad de una deidad mas poderosa. 

Al desterrarse, íe detuvo en la ciudad de Chalula^ 
donde mas adelante ie erigieron un templo cuj'a base 
piramidal todavía subsiste. Al llegar á la orilla del 
gollo de Méjico, se d3;-;pidió de los fieles que le habían 
seguido devotamente, prometiéndoles que sus deseen- 
dientes 6 él mismo volverían á aparecer -algún día, y 
después lanzándose en su esquife hecho de pieles de ser- 
pientes, se dirigió hacia el misterioso país de TJcqmt- 
'-km, del que nada se sabía sino que estaba al Oriente 
mas íillá de los mares (es decir, en la misma dirección 
de Europa). La fábula de Quetzalcoatl, dice Chevalier 
:¿era una tradición bajo forma niara villosa de la domi- 
nación de los toltecas, que habían llevudo al país las 
■cirtes y las ciencias, y desi)ues habían desaparecido, ó se 
fundaba sobre la relación de la aparición en un punto 
cualquiera del continente americano de algún hijo de 
Europa extraviado? ¿ó tenía origen en la aventura de 
cualquier navegante que la gran corriente ecuatorial ó 
los vientos alisios ó la tempestad había arrojado á las 



,. 99 — 

playas del golfo mejicano, ó indicaba, en fin, un conocí- 
miento oscuro de las expediciones de los escandinavos 
á la ilmérica durante los siglos IX, X, XI y XII? Esto 
es lo que por ahora no se puede afirmar aunque quizás 
lo llegue cá lograr el trabajo persistente de los Ame- 
ricanistas. Pero sea lo que quiera, el recuerdo de la bue- 
na época de Quetzalcoatl y la esperanza de su regreso, 
estaba grabada en los ánimos de los mejicanos y le es- 
peraban como á un Mesías: esos hombres de color acei- 
tunado, de barba corta y clara, recordaban á sus hijos 
que Quetzaicoatl era alto, que tenia el color blanco, los 
cabellos negros y la barba larga. No se hubiera dicho 
mas si se hubiera querido predecir la llegada de los es- 
pañoles. 

La tradición de Quetzaicoatl no es la única que 
ofrece bastante semejanza con las leyendas de la mito- 
logia griega y latina: tal es, por ejemplo, la leyenda 
de Yappan y de su mujer Raliuizin^ convertida en es- 
corpión por laoü^ enemigo de su esposo, y la de la diosa 
del amor Hazotlcotl. Es mas admirable aún la gran 
analogia de L-s tradiciones de los mejicanos con la tra- 
dición hebrea del diluvio. Aquellos pueblos tenían tam- 
bién leyendas que recordaban la tradición de la torre 
de Babel y caída del primer hcfmbre. Empero, lo que 
mas sorprende, observa con razón Chevalier, es que 
muchas de sus prácticas y de sus dogmas, se semejaa 
al cristianismo; en efecto: ellos conocían el dogma del 

I 



__ loo — 

pecado original y se purificaban de él por medio de un 
bautismo. Cuando nacia un niño, dice Alonso de Zurita, 
sus padres le saludaban diciendo: "Has venido al mundo 
para sufrir; sufre y ten paciencia,,; con lo cual manifes- 
taban considerar esta vida como de tránsito y de 
prueba. 

Entre los objetos de su culto figuraba la cruz; el 
hecho está comprobado con veinte testimonios respecto 
al Yucatán, que correspondía al imperio azteca meji- 
cano, y no se podía dudar de ello respecto á Méjico pro- 
pio, pues se lee en la relación del viaje de Grijalba:. 
"En la isla llamada Ulna adoran una cruz de mármol 
blanco, encima de la cual hay una corona de oro: dicen 
que sobre esta cruz murió un hombre mas hermoso y. 
resplandeciente que el sol,,. Los mejicanos conocían la 
confesión y la absolución; pero no se confesaban mas 
que una sola vez en la vida. Hasta tenían una ceremo« 
nía que parodiaba el sacramento de la Eucaristía, aun- 
que muy bien observa Solís, era un género de comu- 
nión ridicula que suministraban los sacerdotes ciertos 
dias del año, repartiendo en pequeños bocados un ídolo 
de harina amasada en miel, que llamaban dios de la pe- 
nitencia. 

Sus oraciones manifestaban sentimientos de perdón y 
candad: en la exhortación con que el sacerdote termi- 
naba la absolución, decía á los penitentes: Dad de co- 
mer á, los que tienen hambre, vestido á los que están 



~ 101 — 

desnudos! porque la carne de los desgraciados 

es tu carne y son hombres semejantes á tí„; donde la 
unidad de la especie humana y las obras de misericordia 
parece un plagio evidente del Evangelio. 

El matrimonio, dice Solís, tenía la forma de con- 
trato y las ceremonias de religión. Hechos los trata- 
dos, comparecían ambos contrayentes en el templo y 
uno de los sacerdotes examinaba su voluntad con pre- 
guntas rituales, y después- tomaba con una mano el 
velo de la mujer y con otra el manto del marido y los 
anudaba por los extremos significando el vínculo in- 
terior de las voluntades. Con este género de yugo nup- 
cial volvían á su casa en compañía del mismo sacer- 
dote, donde, imitando la superstición de los dioses la- 
res, entraban á visitar el fuego doméstico y daban siete 
vueltas á su rededor, siguiendo al sacerdote, con cuya 
diligencia y la de sentarse después á recibir el calor de 
conformidad, quedaba perfecto el matrimonio. Hacíase 
memoria con instrumento público de los bienes dótales 
que llevaba la mujer, y el marido quedaba obligado á 
restituirlos, en caso de apartarse, lo cual sucedía mu- 
chas veces, y se tenía por bastante causa para el divorcio 

el mutuo acuerdo Quedábase con las hijas la 

mujer, llevándose los hijos el marido, y una vez dí- 
suelto el matrimonio, tenían pena de la vida si se vol- 
vían á juntar Celaban como punto de honor la ho- 
nestidad y el recato de las propias mujeres, y entre 



— 102 — 

aquella desenfrenada ucencia con que se daban al vicfo 
de la sensualidad, se aborrecía y castigaba con rigor 
el adulterio, no tanto por su deformidad, como por sus 
inconvenientes. 

Aunque la poligamia no era general, se penniíía 
á los gefes ó caciques, cada uno de los cuales poseía 
muchas concubina?. 

Los niños recien nacidos eran llevados con solem- 
nidad á los templos y los sacerdotes los recibían con 
ciertas amonestaciones en que les notificaban los tra- 
bajos á que nacían. Aplicábanles, si eran nobles, á la 
mano derecha una espada y al brazo izquierdo un es- 
eudo. Si eran plebeyos hacían la misma diligencia con 
algunos instrtimentos de los oficios mecánicos; y las 
mujeres de una y otra calidad empuñaban la rueca y 
el huso, manifestando á cada uno el género de fatiga 
eon que le aguardaba su destino. Hecha esta primera 
ceremonia los lleva )an cerca del altar y con espinas de 
maguey ó con lancetas de pedernal les sacaban alguna 
sangre de las partes de la generación (i'ecuerdo de la 
circuncisión hebrea) y después les echaban agua 6 los 
Ibañaban con algunas imprecaciones religiosas. 

El sacrificio formaba singular contraste por su ín- 
dole cruel con la dulzura general del carácter de los az- 
tecas. Las ofrendas presentadas á los dioses eran víc- 
timas humanas; se sacrificaban solemnemente sobre los 
altaxis y en s(g:iida devoraban íus cierpos en br.nque- 



— 103 — 

tes de la mayor ostentaci-OD. Estos bárbaros sacfifi- 
tíios eran ofrecidos principalmente al dios de la guerra, 
el Marte mejicano HuiüilopochÜi ó Mexitti. 

Este uso abominable se fundaba en la persuacion 
de que la divinidad se apacigua con sangre: "La san- 
gre, decííin, nos reconcilia con los dioses ó desvía su 
cólera,,. El famoso cacicfae Magiscatzin decía á Cortés 
que sus compatriotas no pocUan formarse idea de un 
verdadero sacrificio á no morir un liomlre por ¡a sal- 
vación de Jos demás. Esta creencia terrible que fué la 
de la generalidad de los pueblos antiguos, no es en el 
fondo mas que la alteración del dogma cristiano de la 
redención, basado en el sacriñcio del Hcmbre-Dios en 
la Cruz. Solo el pueblo judío, que poseía la promesa 
del Eedentor y el cristianismo que se funda en esa rea- 
lidad, se vieron y ven exentos de la práctica mas terri- 
ble que lia manchado á la humanidad. 

Contra los sacrificios sangrientos de I\íéjico solo 
existió una protesta humanitaria, fué la del gran rey 
Nczaliualcojotl que prohibió los sacrificios humanos, 
despreció los ídolos y erigió uu teuiplo al Dios desco- 
nocido^ causa de las causas^ pero á su muerte reapare- 
cieron los dioses y las victimas humanas. 

También era muy célebre la solemnidad del sacri' 
ficio anual dedicado al dios Temdlipoca^ generador del 
universo y señor del mundo. En general, las solem- 
nidades religiosas de los aztecas se hacían con mudia 
pompa y ritos ostentosos. 



— 104 — 

En Méjico el sacerdocio constituía un urden nm^ 
poderoso é influyente en el Estado, y tan numeroso 
que el gran templo de JMéjíco, que reunía el culto de 
muchos dioses, y donde Cortés halló hasta cuarenta san- 
tuarios, contaba cinco mil ministros. 

A cada templo estaba adjudicada cierta porción de 
tierra para la subsistencia de sus ministros y sostén 
del culto, que costaba mucho por la mucha pompa que 
desplegaba. Los sacerdotes daban á cultivar sus tierras 
á colonos á quienes trataban con mas liberalidad que 
los demás señores. 

Eecibían también gran cantidad de ofrendas de 
los productos de todos géneros, por lo cual poseían 
grandes riquezas, que les daban gran influencia en los 
negocios del Estado. Tenían sus rezos y ayunos. Creen 
algunos autores que una parte del sacerdocio meji- 
cano estaba obligado al celibato. 

Los sacerdotes aztecas desempeñaban exclusiva- 
mente el magMerio de la enseñanza pública, lo cual 
era consecuencia de ser los mas idóneos, como iniciados 
en las artes y ciencias y ser los mas aptos para la edu- 
cación bajo el aspecto moral y religioso. 

Presidía al orden sacerdotal dos individuos elegidos 
del seno del mismo cuerpo por el sacerdote mas antiguo 
asistido de los principales gefes. Después del soberano^ 
los dos grandes sacerdotes eran los que gobernaban a] 
Estado y nada importante se hacía sin consultarlos y 
sin oir su dictamen. 



— 105 — 

¿Cuál fué el origen de la religión mejicana? Esto 
es lo difícil, por no decir imposible, de descubrir. Lo 
que parece probable es, que tal como se nos presentan 
ciertos dogmas de aquella religión, procede de la mez- 
cla de la religión de los toltecas, pueblo que había 
precedido á los aztecas en el camino de la civilización y 
se estableció antes que ellos en la meseta del Anahuac, 
con las creencias y las instituciones establecidas, según 
la tradición, por Quetmkoatl ¿Quién era también este 
legislador misterioso, que recuerda al Boclñca de los 
muiscas, establecidos en el país de Cundinamarca y 
al Manco-Capac de los peruanos? 

Tampoco es posible saberlo. Si las analogías que 
existen entre varias creencias y tradiciones religiosas 
de los aztecas y algunos dogmas del cristianismo son 
innegables, es difícil dejar de pensar que algún misio- 
nero evangélico, trasladado por circunstancias desco- 
nocidas á América antes del descubrimiento de Colon 
había sembrado esos gérmenes de cristianismo que se 
han encontrado entre los indígenas mejicanos. Por otra 
parte las invasiones escandinávicas según los Sagas de 
Islandia son innegables y por consiguiente algún rastro 
-de cristianismo debieron dejar entre los indígenas. 

VIL 
Síntesis del estado social del Anahuac. 

De los documentos y monumentos tradicionalo^^. 



-^ lOC) — 

sábese que el Analiuac era 111113' íiiitigiio, liabitacTo 
primitivameiite por tribus iRciependientes de los iiiaya- 
quichées y probablemente antes del fin del siglo Yllfué 
invadido por los toltccas que fundaron su capital en 
Tula en el valle mejicano, encontrándose aún en tiempo 
de la conquista restos notables de arquitectura en 
edificios religiosos: procedían del norte y eran bastante 
instruidos en la agricultura, metalurgia y otras artes 
mecánicas. Después de haber dominado por espacio de 
cuatro siglos desaparecieron misteriosamente dirigién- 
dose algunos hacia el norte aunque la mayor parte 
hacia la América central cujíes Jiuellas dejaron en las 
majestuosas ruinas de MiHa y PaJciique de Guatemala 
y Centro-América. 

Posteriormente invadieron el país de Anahuac 
otras tribus quizás de la misma familia de los toltecas; 
las principales fueron los aztecas ó mejicanos y los al- 
colímanos o tczciicanos fundadores de Tezciito su capital, 
levantada en la orilla oriental del lago, en cuya margen 
opuesta se hallaba Méjico, capital de los aztecas. 

Los tapanccGs^ pueblo guerrero de la misma raza, 
destruj-eron á Tezcuco; pero apoyados por los mejica- 
nos, siguióse á este desastre una era mas brillante de 
prosperidad. 

Los aztecas ó mejicanos que llegaron al mismo 
país de Anahuac en el siglo XIII algún tiempo des])ues 
do las otras razas fandai'on sii caí);!;',! l\r,( chiUan 



- — 107 — 

(Méjico) viviendo iniiclio tiempo sin iiioiiarcii mas (lue 
en tiempo de guerra hasta que uno de ellos fundó una, 
monarquía. Motezuma era el noveno monarca al tiempo 
de la conquista habiendo trascurrido trescientos años 
desde la invasión de los aztecas. La monarquía era 
hereditaria electiva. 

El urden político y civil de Méjico era mwj seme- 
jante al de la Europa feudal con su emperador electivo 
á la cabeza de la nobleza, sus asambleas generales, los 
electores grandes feudatarios, la corona hereditaria en 
un miembro de la familia real por elección según sus 
méritos; ]a jurisdicción completa de los nobles sobre 
sus vasallos con la obligación del tributo al rey y su 
contingente en la guerra; los hombres libres de los 
pueblos y los siervos llamados tncmeqiies que perte- 
necían á hi tierra: de manera que la distinción de las 
clases estaba perfectamente establecida. Los nobles 
señores de Tacuha. y Tezcuco^ cuyos dominios no eran 
menores que los del monarca, recuerdan la casa de Sa- 
jonia y de Franconia en el imperio germánico. 

Era grande el número y extensión de sus ciuda- 
des: Titla,, Tezciico^ CitoIuJa, TíctccaJa y Tacvla; Méjico 
contaba en 1512 mas de 60.000 habitantes. 

El lujo y fausto de la corte de Motezuma dejó 
atónitos á los españoles. El monarca percibía los im- 
puestos públicos, muy bien regularizados, pagables en 
frutos y mercaderías por desconocerse la moneda: se 



— IOS — 

depositaban en almacenes y de ellos se mantenía el 
ejército. 

Su policía era muy perfecta: existían calzadas en 
torno de la ciudad y a.aeductos para el consumo de la 
población; un cuerpo encargado de la limpieza regular 
de las calles, la iluminación por medio de fuegos y la 
custodia durante la noche; liasta correos públicos para 
la trasmisión de las órdenes del soberano y noticias im- 
portantes. 

La pintura estaba muy adelantada, y aunque no 
conocían el uso de la escritura, se valían de pinturas 
emblemáticas y jeroglíficos. Su calendario era no- 
table. 

La literatura azteca es la mas perfecta de las que 
se conocen en América y ha dejado muchos docu- 
mentos. 

Pero al lado de estas muestras de civilización 
existían costumbres que revelaban una civilización bar- 
tara: casi siempre estaban en guerra con las naciones 
vecinas y los prisioneros eran degollados y comidos. A 
la muerte de cualquier noble era degollado cierto nú- 
mero de criados para sepultarlos con su señor. La 
agricultura atrasada no producía lo necesario: existía 
falta absoluta de comunicación entre los varios distritos 
y la falta de caminos y moneda atrasaban el comercio y 
todo se reducía al caml)io: las almendras del cacao, con 
que hacían chocolate, servían para el cambio menudo. 



— 109 - 

Las ciudades revelaban mucha barbarie. Tlascala 
parecía una aldea india con una porción de casas dis- 
parsas sin orden, cubiertas de caña y fabí icadas de pie- 
dra y tierra con una sola üuerta y baja. 

En Méjico mismo los edificios públicos no presen- 
taban ningún carácter de ^i^randeza y no merecen los 
pomposos elogios que de ellos se lia hecho, si se escep- 
túa la gran pirámide de los Mayas. 

El gran templo de Méjico era una masa sólida de 
piedra revocada de tierra aunque bastante elevado. 

Aunque la religión estaba regularizada en Méjico 
con sus sacerdotes, templos, fiestas y víctimas, estaba 
afeada por una superstición cruel y sombiía. Los tem- 
plos estaban adornados de serpientes, jaguares y otros 
animales destructores: sus dioses tenían las formas mas 
propias para inspirar horror: todos sus sacrificios eran 
sangrientos y los sacrificios humanos eran los mas 
agradables; la cabeza y el corazón de la víctima era para 
los dioses; y el guerrero que había hecho el prisionero 
se llevaba el cuerpo para invitar sus amigos á un festín. 
Esta era la civilización de Méjico que causa horror sin 
embargo á los pueblos cristianos, únicos que merecen 
el dictado de civilizados, siendo la razón principal de 
ello la ]» ureza de su moral y la sublimidad de su reli- 
gión. 



CÍPiTOLO V 



Ijí^h ^nrsii<:i<:^ istG Ci¡r^TiíM;tSi.% 



Miñ Mñ^Añ BMt. TWüñT&M 



A manera de conipleinento sobre el resumen efe 
la civilización nahoa, que se cree tener por antepasados 
á los mai/a-quicliées vamos á hacer unas breves indi- 
caciones sobre estas dos naciones indígenas. 

Los quid tees, habitantes de Guatemala, estaban 
divididos en tres grupos, mandados por tres gefes aso- 
ciados á asambleas de guerreros. 

Se cree que los quichées fueron los primeros cons- 
tructores de las pirámides, enseña y símbolo religioso^ 
que levantaba á centenares la nación quiche con fortale- 
zas y palacios en la cinia. 



— 112 — 

Su cosniog'oiiía revela semejanzas con la tradición 
genesiaca y es notable que en la trinidad de sus dioses 
que adoraban en el templo de Oumarcaali no venerasen 
:mas que una sola divinidad. Su libro sagrado el Popoh 
Voh, narra la creación del orbe, los trabajos del hijo 
de Vuciih-Cahix, que levantaba y hundia montañas, la 
magia de los reyes gigantes de Kihalha^ que movían la 
tierra al caminar, la tradición del diluvio, la formación 
de los hombres destinados á civilizar las otras naciones 
y la historia de las guerras y también las generaciones 
futuras. 

Los quichées tenían una organización social; po- 
seían leyes, penas para los delitos contra la honestidad; 
y la mujer poseía una libertad completa, pues podía 
abandonar al marido que la maltratase y casarse de 
nuevo con quien quisiera, como sucedía en la época de 
íuayor corrupción romana. 

El idioma quiche era bastante completo y armó- 
nico en sus expresiones, hasta el punto de haber con- 
seguido poseer un drama que ejecutaban con danzas y 
canciones. 

En el Yucatán, país de la yuca, existió la célebre 
tribu ó nación de los mayas^ á quienes se atribuye la 
gran pirámide. 

La antigua civilización de estos indígenas debió 
llegar á un alto grado de perfección. 

Los mayas tenían escuelas y en ellas enseñaban 



— 113 — 

á sus niños los conocimientos útiles, las tradiciones der 
sus antepasados, su historia prodigiosa y el sistema 
del calendario, emporio de su ciencia, muy semejante 
ai de los aztecas por la división del año en diez y ocho 
meses. 

Reconocían un ser supremo llamado Hnnah-Kii^ al 
cual no adoraban, sino á los ídolos, que como en Uv 
mitología griega, representaban la caza, el amor, el 
baile, la agricultura y el arte; aunque, como los feti- 
chistas indios, adoraban kimbien los reptiles y las aves. 

Eran muy supersticiosos y los sacrificios humano»" 
continuos, por cuya causa la raza de los yucatecas, au- 
tora de tantos monumentos, se extinguió completa- 
mente, dejando estampada su memoria en sus monu- 
mentos de piedra. 

El colosal pozo sagrado de ChicJien, ancho y de- 
cien pies de profundidad, tragaba á decenas los hombres-? 
vivos arrojados en él en las grandes sequías para apla- 
car la cólera del dios. 

Los ma3'as debieron estar muy adelantados ya' 
que realizaron la obra de los prodigiosos edificios, de ar- 
quitectura original, ricos en arabescos y relieves de- 
estuco, columnas y pórticos. Las construcciones nada 
dejan que desear, dice Stephen, bajo el punto de vista 
del buen gusto y de las reglas del arte, pudiéndose citar- 
la puerta de Laban, notable por la precisión de sus pro- 
porciones y la elegante sencillez de los detalles. Som 



— lli — 

afín lioy día adiüinidas por los arqueólogos las hernio- 
sas ruinas de TJxmdl, Clikhen y Tikoc. 

Vése por los monumentos que los mayas tenían 
una concepción grandiosa. Su ilustración llegaba á po- 
seer por medio de signos liieráticos, verd¿ideros libros 
en donde se indicaba la marcha de las estaciones y la 
topografía de la nación. 

El señor Le Plongeon ha llamado la atención so- 
bre los monumentos de los ma3^as después de haberles 
dedicado diez años de paciente estudio, cuyos resulta- 
dos completos promete publicar, demostí*ando que los 
monumentos referidos pertenecen á un pueblo notable, 
los Mayas^ que después de prolongados siglos de glo- 
Tia y de poderío fueron vencidos por eonquistadores 
Tenidos del Norte, los Nalmas ó Nahoas, de quienes 
son los Tol tecas y x^ztecas las ramas mas conocidas. 

Tí. 

Cuando los europeos llegaron por vez primera á 
las regiones que en el día componen la Colombia, 
encontraron razas errantes ícpai'adas por la diferencia 
de idioma y de costumbres, que vivían á lo largo de 



Lámina 2.'' 




PALACIO DE ZAYÍ EN YUCATÁN 

Emulo de la Arquitectura Griega 



— 115 — 

la costa del mar, de las bocas y de los afluentes del graü 
Orinoco: cada uno de estos pueblos llevaba el nombro 
de nación, aunque con frecuencia el número de indivi-' 
dúos que la componían era muy diminuto. 

Los españoles que llegaron en 1537 de las orillas 
del Magdalena á los elevados llanos de Bogotá, queda^ 
ron sorprendidos por el contraste que observaron, como 
liabía sucedido en Méjico, entre el estado salvaje de las 
hordas dispersas que habitaban las regiones cálidas 
cercanas á la embocadura del Orinoco y la cultura rela- 
tiva de las poblaciones montañeses. Estos estaban 
distribuidos en pueblos^ cultivaban la tieixa, fabricaban 
telas de algodón que les servían de vestido; y aunque 
el suelo era poco fértil, los campos presentaban por to^ 
das partes abundantes cosechas de maíz y turmas 6 pa- 
tatas; no carecían de cierto 'Comercio social, aunque 
carecían de moneda. 

Cuatro naciones vivían en el Uanu de Cundina-' 
marca, los guanos, los muzos, los colimas y los muis- 
cas ó moscas, siendo lacle <&i>tos últimos la uias nume* 
rosa. 

Les inuiscas, 

Los mniscas tenían el centro de su poder eu la 
meseta de Bogotá. Según sus tradiciones fabulosas 
B)cMca&s el héroe que había reunido en sociedad á 



- IIG — 

los liombres esparcitios é introdiicidu el culto del 8oL 
Viendo á los diferentes geíes de las tribus disputarse 
la autoridad suprema, les aconsejó eligiesen por Zaque 
ó Soberano á uno de ellos, respetado por su justicia y 
sabidurííu La forma de gobierno que Bocliica dio á 
ios habitantes de Bogotá es muy notable por la analogía 
que presenta con los gobiernos del Japcn y del Tibet; 
la monarquía era absoluta, aunque el Zaque, cuya resi- 
dencia era Tunja, estaba subordinado al sumo Sacerdote 
ds Iraca, ó 8ogamozo, lugar sagrado de los muiscas por 
el templo que allí existia dedicado al Sol ó á Bocliica. 
El pueblo en masa iba en peregrinación á est-e clmnsua 
ó santuario para visiüir los lugares hechos célebres 
por los prodigios de Bochica y para llevar presentes al 
Poatífice. El Zaque, que recibe un tributo anual de los 
príncipes ó ¿ippas y el Pontífice de Iraca, eran dos pode- 
res distintos. 

Los muiscas atribuían también á Bochica su calen- 
dario lunar grabado sobre una piedra. El año civil se 
hallaba dividido en veinte lanas y el sacerdotal en 
treinta y siete; la menor división del tiempo era un 
período de tres días, estando el primero destinado á 
un mercado ó feria: poseían nociones aventajadas de 
astronomía y cálculo. 

Como los muiscas tenían una civilización mucho 
mas adelantada (¿ue la de sus vecinos, las conquistas 
de sus armas habían llevado su lengua, llamada chyicha 



— 117 — 

desde los llanos del Ariari y del Meta liasta el norte 
de Sog-amozo. Esta lengua completamente extinguida en 
el día, fué por largo tiempo enseñada regularmente en 
las escuelas de Bogotá. El monumento gráfico mas 
curioso de esta lengua lia sido descubierto á fines del 
último siglo, consistente en un calendario lunar escrito 
en jeroglíficos de la especie de los mejicanos. Existe 
sin embargo una gramática de la le^igiia mosca escrita 
en 1619 por Bern de Lugo, como también un arte y vo- 
cabulario de la lengiui de los indios de Cimdinamarca 
por Fray de Tauste en 1680. 

Como los muiscas no conocían el arte de preparar 
el papel, ni la escritura, tenían cifras que grababan en 
piedras, así como los signos que presidían á los años, á 
las lunas y á los días lunares. 

Un periodo de 15 años representaba una de las 
cuatro estaciones del año grande^ compuesto de 60 años. 
El principio de cada período se marcaba por el sacrificio 
de una víctima immana, un niño, por los sacerdotes ó 
xeques que como los de Egipto se enmascaraban con 
las figuras del Sol, la luna, los grandes reptiles. Sin 
embargo los muiscas no ofrecían ordinariamente á sus 
dioses mas que aves, á las que habían enseñado algunas 
palabras de su lengua á fin de que las divinidades enga- 
ñadas las aceptara como víctimas liuinanas. 

Hay un gran número de monumentos que atesti- 
guan la antigüedad y civilización de los muiscas y ^-on 



— 118 — 

de interés para la prehistoria: así existen dólmenes gra- 
níticos en las soledades del Orinoco; monumentos en 
Caycara y Uriana donde se ven esculturas representan- 
do, casi en la misma forma que los egipcios, las imágenes 
del sol, de la luna, animales feroces y utensilios domés" 
ticos; los vestigios de la gran calzada de Cuenca; la gran 
fortaleza de Ingapilca y otros. Sin embargo, por no 
haber podido descifrar aún las inscripciones de estos 
monumentos, nada se sabe positivamente del origen 
de los indígenas de Bogotá, aunque por sus jeroglíficos 
parecen provenir de una emigración mejicana. 

Mucho mas civilizados que los habitantes de Cun- 
dinamarca y Cuma.ná eran los indígenas del Perú, al 
menos hacia la época de la conquista. 

Los caribes. 

Los caribes, cuyos restos todavía existen en las' 
Guayanas, se daban en general el nombre de carinas 
ó calinas. Brian Edwards, que les asigna lui origen 
oriental, quiere que su nombre se derive del árabe 6 del 
siriaco y lo traduce por la palabra destrucfor; pero se 
ha demostrado de una manera satisfactoria las afini- 
dades que existen entre los idiomas de la Florida y el 
de los caribes, por consiguiente parecen descender de 
los apalaches de la América septentrional. M. Hum- 
loldt añade, que la elevada estatura de los caribes de 
feí. tierra firme revela su origen septeutrional. 



— liO — 

Priiiiitivameiite era uno mismo el idiomíi que se 
liablába por los indígenas (le las pequefias Antillas y 
por los moradores de tierra firme en las regiones orien- 
tales y septentrionales de Colombia, así «orno en la 
Ouayana, 

Los earfbes formaban una raza feroz y belicosa. 
Eran antropófagos, pues comían la carne de sus ene- 
migos muertos en ios combates, destinando la de los 
prisioneros para ios grandes festines y fiestas nacio- 
nales. Algunas de sus tribus no tenían morada fija y 
■errantes por los bosques en la época de inundaciones 
se agrupaban en las ramas de los árboles como monos. 

Su idioma es uno de los mas dulces del mundo, 
•lo que está en contradicci-on con su ferocidad; y además 
de la dulzura tiene una armonía en la pronunciación 
que no se encuentra en ninguno de los demás idiomas 
de América: lié aquí un ejemplo sacado del dialecto 
cliaymas^ que aún se habla en la provincia de Ciimaná: 
■■ — Epucc cltarjK' gum., estoy contento de estar contigo: 
Qncnepra qnogua,?, yo no lo lie visto. 

Antes de "la llegada de los europeos, los caribes no 
conocían el uso de la escritura, sino que, como los 
peruanos, se servían para llevar sus cuentas y una es- 
pecie de correspondencia bastante limitada, de los qui- 
'pos^ que no era otra cosa que unos cordelitos (juc anu- 
daban en diferentes formas. Los sacerdole>' Brotoi^ 



— 120 — 

Tanste y Euiz Blanco, lian compuesto gramáticas y dic- 
cionarios en lengua caribe. 

En cuanto á religión, creían en la existencia de dos 
especies de divinidades ó dioses: los iclieori^ que eran 
buenos y los mapoya^ á quienes acliacaban todos los 
males: á unos y á otros les suponían gran poder. Te- 
nían sus hoyez ó hechiceros á los que recurrían en sus 
enfermedades. 

III. 

El Reino de los Scyris de Quito. 

El Ecuador ha sido residencia de un pueblo no- 
table; cuenta una de sus tradiciones que hace doce cen- 
turias llegó á la costa un grupo de extrangeros, los 
cetras^ cuyo gefe era Caran Scyris. Cuando fueron nume- 
rosos y después de dos siglos de exploraciones aventu- 
reras, pasaron la montaña, costeando el rio de las Esme- 
raldas y liallaron al pié de Picliincha la tribu que man- 
daba Qaito.^ que fué conquistada, quedando desde en- 
tonces estal)lecido allí el reino de los caras. 

Los scyris sucesores de Caran continuaron la con- 
quista de las tribus bárbaras limítrofes, deteniéndose 
solamente ante los temibles imriütas y ante los cañaris. 
Los pueblos conquistados quedaron confederados for- 
mando una monarquía, cuyo wy de la tribu scyni, go- 



— 121 — 

l)ernal)a de acuerdo con los gefes, que reunidos en 
Quito coustituian una asamblea de muclia autoridad. 
Entraron mas tarde los puruhas y los cafiaris en la con- 
federación por la razón siguiente: como al morir el un- 
décimo Scyri no tuviese var£>nes, le sucedió su hija Toa^ 
casada con D achícela^ el principe purulia, que domino á 
los del Cañar. 

Por esta época la civilización de esta nación había 
llegado á un estado floreciente. Aunque en sus forta- 
lezas no se notaba la construcción ciclópea de sus con- 
temporáneos del Sur, tenían superioridad sobre la for- 
ma primitiva de la defensa: la cumbre del cerro para- 
petado por un débil muro y con triples fosos. Para es- 
tas construcciones empleaban los pueblos conquistados, 
como igualmente les obligaban á construir acueductos 
sobre las corrientes, y puentes hechos de agave, bejuco 
y otras plantas sarmentosas, colocadas en forma de 
maroma y amarradas á grandes bloques en ambas már- 
genes. 

Los quitos mas bien eran industriosos que agri- 
cultores. Para su contabilidad tenían cajas de barro 
divididas en pequeñas celdillas que llenaban con piedras 
de diversos tamaños. En cuanto á cerámica construían 
vasijas para la bebida y para el sustento; hilaban y te- 
jían la lana de la llama; construían espejos i-elumbran- 
tes puliendo con esmero la piedra. Sabían extraer y 
labrar el oro v tallaban delicadamente la esmeralda? 



ilándole formas caprichosas por medio de cucliillos de 
pedernal y con otras piedras aún mas duras. 

La religión de los caras era politeísta; adoraban al 
sol y á la luna; y ofrecían sacrificios humanos. 

En el templo del Sol, construido de piedra simé- 
tricamente tallada, tenían la imagen del sol en oro ador- 
nada con piedras preciosas. Al rededor del templo do 
forma cuadrada, estaban las columnas para medir los 
doce meses y el cambio de los equinoccios. El templo 
de la luna representada en plata, era de forma cir- 
cular. 

El templo de Puna tenía sus paredes cubiertas de 
esculturas horribles y en el centro se levantaba el ídolo 
que representaba á Tumbal^ el dios de la guerra, á cu- 
yos pies partían el pecho de los prisioneros sacrificados 
en su holocausto. 

El mas horrible de sus dioses era Liríhamha, el 
dios de la venganza; formado de arcilla cOn un cuerpo 
de gigante, tenía colocado en el vértice de la ancha boca 
la cavidad por dunde absorbía en su vacío insondable 
la sangre de los prisioneros inmolados. También era 
horrible la costumbre de la tribu del Cañar: todos los 
años al comienzo de la cosecha sacrificaban cien adul- 
tos para aplacar la animadversión del espíritu maléfico. 

La decadencia de los Scj'ris comenzó en el reinado 
de Hiialcopo con la invasión del Inca TKimc-Inpanqui, 
fSu hijo ('h'1k( continuó la lucha con JTnayna., sucesor 



— 12;.5 — 

(le Inpanquí. Fué el tipo valiente de la raza; pero cuan- 
do le llevaban en las andas de oro para alentar á sus 
tropas en la última batalla, fué muerto por su propia 
guardia de honor. Entonces la victoria quedó por el in^ 
ca Hua3ma, quien se unió á la hermosa Paccha,, \ív he- 
redera del trono, ostentando así en su frente junto con 
la diadema del sol, la qran esmeralda^ síuibolo de la 
soberanía de los quitos. De la unión de Huayna y Pao» 
cha, nació ÁtaJmciIjn^ último rey scyri. 



cftpiíüLo y 



o 



im^^rutQ) ^E ^^ñ imüñ.B 



¡PEUIJ í]VS5I^Ex^\4. 



Tradiciones. 

En el siglo XVI el imperio del Perú era el estado 
mas importante de la América meridional. Era una ex" 
tensa monarquía teocrática absoluta á manera de las 
asiáticas: le llaman Imperio del Sol aludiendo al origen 
de los Incas, emperadores, que se titulaban liijos del 
Sol 

En tiempo de los Incas se extendía el imperio 



-~ 120 - 

clesde el e:'iuiJor al norte hasta los 40° de latitud Sur 
comprendiendo en una longitud de 1.000 leguas por 200 
de latitud las altas tierras de los Andes: las repúblicas 
íictuiles del Ecuador, del Perú, Bolivia y Cliile, ocupa- 
l)an el territorio de aquel vasto imperio, cuya capitiil 
^ra Cuzco. Es de advertir que la voz Perú no estaba in- 
troducida entre los aborigénes del pais, sino que fué 
dada por los españoles, quienes la tomaron, ya sea de 
un promontorio llamado Pelú, ya sea del rio Berú ó de 
iin cacique apellidado Birú. 

Muchos escritores de la época de la Conquista, 
ícntre ellos varios indios civilizados, han dejado pre" 
ciosas noticias sobre la historia y organización social, 
de los quichuas. Garcilaso de la Vega, descendiente 
de los Incas, escribió una Htslorki del Perú, reputada 
como la mas interesante. No es estraño que aún per- 
manezca en estado fabuloso el origen de este imperio, 
recordando que lo mismo sucede con inuchos otros 
del antiguo Continente, con Roma, por ejemplo. Indi- 
caremos algunas tradiciones. 

Según refiere Garcilaso, la fábula habla de un Vi- 
racocha inca mago, que después de la desaparición de 
los hombres, salió del lago de Titicaca, eu donde el 
Sol se habia escondido durante el diluvio en una isla. 
Este Viracocha se retiró en seguida con su familia á 
Cuzco donde fundó el reino de los Incas, pareciendo 
|)or tanto que el título con el cual estos conquistaron 



12 



/ — 



él país y se hicieron sus dueños absolutos es que des- 
pués del diluvio universal, el mundo habla sido repobla- 
do por estos Incas, que habiendo salido en número de- 
siete de la gruta de Pacariiamho, todos los hombres les 
debían tributo y vasallaje como á sus antepasados. Ya 
que esta tradición parece , ser un recuerdo del diluvio^ 
universal, vamos á indicar la analogía que tiene con 
la de otros pueblos americanos en donde se conserva 
el recuerdo de la barca de Noé, de sus tres hijos, de la 
paloma y hasta de la confusión de las lenguas y unidad 
de la especie humana, lo que servirá para apoyar la 
opinión de que estos pueblos descienden del Asia. 

Así, los habitantes del Mechoacan (Méjico) decían: 
que su dios Tucapaclia, había creado de tierra un hom- 
bre y una mujer, que habiendo ido á bañarse habían 
perdido su forma; el dios se la devolvió con un com. 
puesto de diversos metales. El mimdo descendía de 
estas dos personas; pero los hombres llegai'on á corrom- 
perse, olvidándose de sus deberes y de su origen, por lo' 
cual fueron castigados con un diluvio universal á excep- 
ción del sacerdote Tezpi (Noé) que se retiró con su mu- 
jer y sus hijos en un gran cofre de madera en el que ha- 
bía reunido una multitud de animales y las mejores 
semillas. Al retirarse las aguas, soltó un pájaro lla- 
mado aura^ que no volvió, como muchos otros; pero el 
mas pequeño y hermoso por sus colores, el colibrí^ re 
apareció coü un trozo de rama verde en el pico. F,stii- 



— 128 — 

tradición de la paloma no era desconocida en Méjico 
en la época del diluvio universal ocurrido en tiempo 
de Coxcox^ que se libró con su mujer y sus hijos, los 
cuales dejaron de ser mudos al aparecer una paloma 
que desde un árbol les distribuyó lenguas á los hom- 
bres. Pero como no se entendieran entre si los hijos de 
Coxcox^ el excepción de quince que quedaron juntos, to- 
dos los de¡nás se dispersaron. También el cacique 
principal de los zapotecas se reputaba descendiente en 
línea recta de los que se habían librado del diluvio uni- 
versal: sus vasallos, ante quienes esta tradición los 
hacia venerables, le ofrecían sacrificios, aún en vida, 
como si fuese una divinidad. 

La tradición de los tres hijos de Noé y del arca 
del diluvio, no se había perdido totalmente entre los 
demás pueblos. La nación Acliar/ua, expresaba el dilu- 
vio cuyo recuerdo poseía, por catena manoa, sumersión 
general. Uno de los indios de Cuba apostrofó de esta 
manera á Gabriel Cabrera "¿por qué me maltratas 
puesto que somos hermanos? ¿No descendéis vosotros de 
uno de los hijos de aquel que construyó el gran barco 
para preservarse del agua, como nosotros descende- 
mos de otro de sus hijos?,, 

Estas leyendas que indican antigua comunicación 
de los indígenas americanos con el Antiguo Continente, 
nos deja sin embargo á oscuras acerca de los antepasa- 
dos (le los Incas. 



— 129 — 
11. 

Instituciones civiles y religiosas, costumbres é industria 

do los peruanos. 

El fundador del Imperio de los Incas fué Mt.ico- 
Ccipac, el gran legislador civil y religioso, que vivió por 
los años 300 á 400 antes de la Conquista por Pizarro 
en tiempos de Atahualpa último Inca. Aquel principe 
y sus sucesores sometieron á multitud de tribus y rei- 
nos aislados y los transformaron en una gran nación, 
estableciendo entre ellos la unidad de lenguaje y do 
costumbres. PacJiaciitec, noveno Inca, fué el que acabó 
la entera sumisión del Perú. Cuando una provincia era 
conquistada, 5?¿cliacutec establecía en ella el mismo 
orden que existía en las demás. 

Vamos á dar una breve reseña de los doce Incas, 
A Manco-Capac que fué el primero le siguieron: 

Sinchi-Boca, que imitando la política de su ante- 
cesor venció por la persuacion y dividió al Tuhuantin- 
snyú en cuatro grandes provincias. 

Lloque-Tupanqui^ que venció á varias tribus limí- 
trofes. 

Mayta-Capac^ el batallador, que construyó el pri- 
mer gran puente de bejucos sobre el Apurimac y logró 
vencer varias tribus. 

Inpccnquí, que conquistó pacíficamente á los cele- 



— 130 — 

bres aymarás y extendió sus doininios á todos los 
vientos. 

Inca-Boca^ que hizo otro puente sobre el Apuri- 
mac y llegó en sus expediciones vencedoras hasta Char- 
cas y Chuquisaca. 

TaJiuaC'Huacac, el lloi'ador de sangre, que abando- 
nó su ejército cuando los cuarenta mil charcas subleva- 
dos se acercaron á Cuzco. 

Viracoclia, que venció debido .á la apari(non del ser 
de larga barba, vestido con una blanca túnica; llegó has- 
ta Tucuraán, construyó las grandes acequias, ensan- 
chó el templo del Sol, edificó el palacio veraniego de 
Inacay y murió como un dios, con uil templo erigido 
á su memoria. 

Fachacntec^ el gran pensador y conquistador, que 
venció á Caismancú^ el soberano de los valles de Pa- 
chacamac, Eimac y Chancay y unificó todos los dialectos 
en el idioma quichua. 

lupanqui, que cruzó el Atacama llevando sus do- 
minios hasta Maule y para establecer la unidad de las 
creencias declaró que ViracGcha-Pachacamac era el único 
Ser Supremo y el Sol su principal y esencial manifesta- 
ción. 

Tapac-Inpanqai^ el rey mas guerrero, que inició la 
conquista de Quito y venció á su rey Hualcopo. 

I-Iiiai/na-Capm\ en fin, que terminó la conquista de 
los Scyris, considerado conuj el mas grande y mus 



sabio. Por eso eu el gran templo del Sol, donde se 
conservaban las inóniias de los Incas sentados en si- 
llones de oro, la momia de Hiiaj^na tenia nna posición 
especial, mira de frente el emblema del Sol. 

El gobierno de los peruanos tiene de particular, 
deber á la religión su espíritu y sus leyes; era una teo- 
cracia absoluta, pero suave. Los Incas atribulan su ori- 
gen á la divinidad: sus leyes eran reputadas como ór- 
denes de su padre, el Sol, divinidad suprema de los pe- 
ruanos; por eso su autoridad era absoluta y la obedien- 
cia de sus subditos ciega, no teniendo por esta razón el 
monarca necesidad de fuerza alguna para liacer cumplir 
sus órdenes, y le bastaba á cualquier oficial mostrar la 
franja del horJa, adorno real del Inca, i)ara convertirse 
en absoluto señor de los ciudadanos. Su familia era 
sagrada y para conservarla pura, los hijos de Manco- 
Capac se casaban con sus propias hermanas. 

Como la desobediencia al monarca era un crimen de 
lesa-divinidad, la falta mas leve era castigada con la 
pena de muerte que era la única: sus leyes eran pues dra- 
conianas; pero, como observa Robertson, ese terror, que 
en los pueblos corrom})idos conduciría á los hombres á 
la ferocidad y á la desesperación, contenía á los perua- 
nos sencillos y crédulos; así es que el número de deli- 
tos era poco considerable y las costumbres relativa- 
n;eite suaves, aunque sumameate cori'oiiipidas: lo^ 



— 132 — 

pBiiiaiios, sin embargo, eran menos feroces que los (le- 
Hiás pueblos americanos. Pur eso cuando liacian la- 
guerra, tenían por fin civilizar á lus vencidos, y couiu- 
nicaries sus conocimientos en las artes: los vencidos 
eran tratados con benignidad y participaban como los 
vencedores de los beneficios de su religión y gobierno; 
su venganza religiosa consistía en colgar como trofeos 
en el templo de Cuzco los ídolos de los pueblos ven- 
cidos: parece que no sacrificaban á suo enemigos, corno- 
hacían los demás pueblos. 

Se cree que su religión se reducía á dar culto al 
Sol; Indi, cuyas ceremonias consistían principalmente 
en ofrecerle los primeros frutos, animales domésticos 
y las obras mas preciosas. Tenían magníficos templos, 
como los de Pacliacamac, Eimac, Cañar y Cuzco; pero 
además tenían como lugares sagrados las alturas, que 
llamaban cqKichüas para rendir liomenaje al Dios desco- 
nocido, Pacliacamac, que algunos creen que era el mismo 
Sol y otros una divinidad invisible y suprema. Pa- 
rece que también rendían culto á unos pequeños ídolos 
y usaban amuletos de oro, plata y piedra, llamados 
Opas. En Cuzco y otros templos existían sobre el al- 
tar grandes imágenes de oro macizo representando el 
Sol. Es muy poco, sin embargo, \o que se sabe de bi re- 
ligión y moral de los peruanos, aunque sus costumbres 
domésticas parece eran bastante .sensuales, el despo- 
tismo marital, la esclavitud de la raiijer, el con,cubinato. 



— 133 — 

ilimitado y hasta el infanticidio; la coirupeion, en 
una palabra, del paganismo. 

Profesaban un gran respeto á las tumbas. Parece' 
demostrado que enterraban á los grandes en sepulcros 
de piedra algo ele^'-ados, mientras que los plebeyos 
eran sepultados en tierra colocando en la superficie 
los instrumentos de su oficio. Se les colocaba diseca- 
dos, acostados en un nidio ó sentados en una silla y se 
colocaban al rededor algur.as provisiones de boca, ar- 
mas y joyas, esclavos á los señores, y á los reyes sus- 
mujeres mas distinguidas. Algunos personajes, espe- 
cialmente los liicas, eran embalsamados; para ello se Íes- 
inyectaba en el cuerpo, por la garganta, algunos jagos 
de árboles aromáticos y se les ungia exteriormente 
con goma. En cuanto á los liabitantes de las monta- 
ñas, el frío conservaba los cuerpos, por lo cual se en- 
contraron multitud de momias; Garcilaso dice haber visi- 
to algunas de los Incas, pero se corrompieron al remo- 
verlas de su lugar. Los caciques de Panamá eran di- 
secados al fuego y enterrados después de esta opera- 
ción. Parece cierta la existencia de i)irámides sepulcra- 
les á manera de torres y montículos pai'a ]os sepulcros 
de los Grandes. Las pirámides eran para los rej'es- 
tanto en Méjico como en el Perú y los montículos ó 
alturas de tierra, pai-a los caciques y señores: de estU' 
clase parecen ser las pirámides de Zucara. 

El sistema económico era muy sencillo, basado e» 



— l.'jí — 

Kiiíi especie cíe camunisnio. Todas las tierras del íiir- 
perio estallan divididas en tres partes: una para Vira- 
eoclia, el sol y los sacerdotes: su producto era para 
el sostén del culto. La segunda era para el Inca y 
sufragar los gastos del Estado: la tercera era para eí 
sustento del pueblo. 

El derecho de propiedad no era absoluto, sino por 
un año, al fin del cual se practicaba una nueva distri- 
bución conforme á las necesidades y rango de cada fa- 
milia. Esto no obstante existia desigualdad de con- 
diciones: los yanricmins equivalían a los tamenes de Mé- 
jico, cuyo traje y habitaciones eran diversos de los hom- 
bres libres y no poseían oficio ni dignidad hereditaria; y 
lios orejone^% por los adornos pendientes de las orejas, 
eran los nobles, y sobre todos estaba la familia real, los 
hijos dd soj. 

Los Incas hicieron construir inmensos graneros 
para guardar las semillas de un. año á otro y los pro- 
ductos de la tierra. La siembra se hacía en común así 
como la recolección y en cada laieblo existían emplea- 
dos públicos encargados de vigilarlas y guardarlas. La 
parte de la cosecha destinada al Viracocha era remi' 
tida en parte á Cuzco para los sacrificios; el resto se 
distribuía entre los sacerdotes y sacerdotisas. Las co- 
sechas procedentes de las tierras del Inca, servían para 
íilimentar á su familia, á la tropa y á los extrangeros 
que se hallaban en la corte. En tiempos de escasez los 



— 135 — 

«lepósitos 6 famhos del Inca y del Viraeoclia socorrííiíi 
al pueblo. Taiiihien se llamaban tambos las casas del 
Inca, esparcidas por el imperio, que servían para su alo- 
jo y el de sus tropas cuando recorría su vasto terri- 
torio. 

Kn cuanto á las artes estaban algo adelantados^, 
sabían hilar y tejer la lana tanto para los usos desti- 
fiactes al culto como para el servicio del Inca, y en cam- 
bio de este trabajo el gobernador de la provincia des- 
tinaba á cada habitante la lana que necesitaba para 
sus propios usGs, quedando el resto en los abnacenes: 
también se distribuía entre -el pueblo carne salada es- 
pecialmente de la LJama^ aunque en algunas partes del 
imperio utilizaban también la del riruña y guanaco, qim 
empleaban igualmente como animal de carga y les pro-- 
|)orcionaba la lana-. Nadie conservaba víveres ó telas 
de reserva porque los empleados públicos cuidaban de 
proveer á los pobres de lo que l)astaba á satisfacer 
sus necesidades: pero esta especie de comunismo, apa- 
rentemente tan ventajoso para el pueblo era lamina 
del desarrollo de todas las artes é industria. 

No faltaban, sin embargo, algunas propiedades 
particulares: el Inca regalaba á los caciques y á otras 
personas que se habían distinguido en la guerra, gana- 
dos ó tierras, que se hacían hereditarias en sus ñimi- 
lias, aunque iiulivisibles; los herederos poseían estos 
bienes en común y no so repartían sino lus productos. 



1 o ^ 

Lo ) 



La agricult;ira eit-iba um-^li^j nías adelautada {[\U- 
fin lüs demás puebloR: tenían canales n'"' ' ' 
£l riego de las tierras y acueductos nofcabie.s: hijxm 
las tierras con el liuanoy excremeiito de las a-, 
iias de que están x.iüíiertas la- ^ - próximas; abrían 
los.surcos de la tierra con una pioclm ó azada formad,;. 
de madera endurecida al fne.fro, y el trabajo nA estab--: 
abamlo nado solamente (■■ :■ u i eres como • 
solo entre los salvajes, sino - ■: '-n el mi"=;n!n Méjicu. 

Los Incas procurabají ííUU A puebla :.i':. ^stuvies*; 
jamás ocioso; este no -" or-Trn-o solamente en cultivar 
la tierra y liacer vesiKis,;, siiio que los gobernadores 
([e provincias los empleaban en ' trabajos de las mi- 
nas, en el cultivo de ia coca^ planta que mascaban los 
indios para alimentarse y como medio profiláctico, co- 
mo el hetel de los malciyos. Utilizaban también los me- 
tales preciosos que abundan en el Perú: el oro se recojía 
,en el lecho de los rios ó lavando la arena: en cuanto 
;'; In plata, la explotaban. abriendo cavernas y la fundían 
; i);iriñcaban en hornillas: de este metal hacían vasos y 
demás utensilios destinados al uso común: también ha- 
cían espejos de piedra dura puliinentada, utensilios de 
])arro, hachas, arnuis y herramientas de pedernal y co- 
bre mezclado con estaño, para labrar las piedras mas 
duras de los monumentos: A. Humboldt encontró en 
lis inmediaciones de Cuzco un instrume;ito de esta cla- 
se; la alfarería, fíobre todo, estaba muy adelantada, 



M Inca eiTipleaba á sus súljdito.s en las o'bra?i, 
púhlicas: pero todas las servidumbres estaban ■ reparti- 
das con igualdad 5^ arregladas de modo que nadie se 
•eximía de ellas, ni se fatigaba demasiado con el tra- 
•bíijo. 

El impuesto principal que pagaban los indios al 
Inca era su trabajo corporal, que consistía en el cultivo 
de las tierras del Viraeoclia y del Inca, el servicio del 
ejército, mas bien como guarniciones de las ciudades y 
toma de posesión de las provincias, que para la guerra 
puesto que carecían de valor guerrero, como lo demos- 
tró la falta de resistencia con que se rindió á Pizarro 
el imperio de Huáscar y Atabualpa. Taiiibien presta- 
ban el sei'vicio de los correos, indios acostumbrados 
desdo jóvenes; se relevaban á cada media legua y cauii- 
naban con una celerid;id de oí) leguas por día, para tras- 
initir las órdenes del Inca y las noticias mas importan- 
tes á todo el imperio. 

Según un célebre manuscrito español titulado: 
''Estado del Perú antes de la conquista,,, los indios 
pagaban ¡il Inca el tributo vergonzoso y tiránico de 
sus hijas mas hermosas: todos los años se reunían en 
cada provincia las jóvenes mas distinguidas, que se 
custodiaban encerradas hasta Li edad competente para 
entregarlas como mujeres del YiracocJia y del. Inca, 
quien también distribuía algunas entre sus- capitanes 



T58 — 

y servidores: esto erü eitreinadaiiicnte bárbaro y ini 
negro borrón para sus costumbres. 

Taiulien se reservaban algunas de esas jóvenes 
para los sacrificios, pues se sacrificaban vírgenes en 
varias ocasiones, principalmente al advenimiento de 
los Incas, llegando por esta razón á escasear las mu- 
jeres. Así, no es verdad, como asevera Eobertson, si- 
guiendo á Garcilaso, que los peruanos no sacrificaban 
víctimas Immanas, aunque no hacían lo mismo con los 
vencidos, como practicaban los demás pueblos america- 
nos. 

Existían en sus costumbres muclios otros rasgos 
de barbarie: íidemás de lo que acabamos de indicar, 
cometían la barbarie de inmolar cierto número de cria- 
dos á la muerte de su señor: mil fueron inmolados en 
la tumba del Inca Huana-Capac. ]\Ias groseros aún 
(lue las naciones errantes, comían la carne y el pescado 
(■rudos,y aunque conocían el uso del fuego, solo se ser^ 
vían de él para cocer el maíz y otros vegetales, 

III. 

MoLumentos de los Incas, 

La ar(iuitectura de los qnirlir-cífi estaba bastante 
.•idülantada; sus edificios aunque ligeros en la región 
t ';npla(la, eran de mayor solidez en las altas. En cuanto 



— m) — 

á las casas particulares no ofrecían nada de notaltTlí' 
pei'o los palacios del Inca, los templos y fortalezas es- 
parcidos por todo el imperio eran bastante notables^ 
liay alg-im-os que sobrepujan á cuanto nos queda sobre 
este género en los mejores monunieutos de los antig-uos 
pueblos del Asia. El templo de Pacliaramac que con- 
tenía además un palacio del Inca y una fortaleza, tenía 
media legua de circunferencia. Las piedras labradas 
en forma de paralelepípedos, apesar de no tener nin- 
guna mezcla, estaban bien unidas y tanto que es difí' 
cil hacer entrar una punta de cuchillo en las junturas. 
También la construcción del palacio de Laiacumja es 
(le piedras casi negras, tan duras como el sílex: la cons' 
truccion de los notables edificios públicos del Cañar es 
de lo mas gigantesco. En cuanto á las construcciones 
con ladrillos crudos ó adobes, los restos del templo do 
Cai/amhé demuestran la habilidad del arte: es un tem- 
plo redondo de 46 pies de diámetro, los ladrillos están 
unidos con mezcla de la misma tierra, formando una 
nui.sa tan sólida como si fuese de piedra. 

Todos los edificios parece que por lo general ter- 
minal)an en plataformas: las bóvedas subterráneas de 
la fortaleza de Cuzco son arqueadas; vése por tanto que 
no terminaban en bóveda los grandes edificios por la 
antigua costumbre de los terrasos y no por ignorar la 
manera de cjnstruir arcos de bóveda. El estilo arípii- 
tectónico era sencillo y sombrío, sin ventana alguna 



... 140 — 

Sc^'im se cree, la l;iz solo entraba por la puerta, siendo 
por consiguiente los edificios en extremo oscuros. 

Tar.ibien son notables sobremanera los caminos 
público-^, especialmente el que conducía de Cuzco hasta 
(¿iiito, de mis de quinientas leguas de longitud, con in' 
mensos teriaplenes y piedras enormes. Como no cono- 
..í;ian el arte de construir puentes, los suplían con una 
jespecie de puentes colgantes hechos de cuerdas de lino 
á manera de red, cubiertas con ramas y tierra: esto era 
■pira, saldar los torrentes y precipicios que cortaban el 
-camino, para los rios, tenían balsas, á las que ponían 
ymástilcs y gobernaban con velas. 

Hoy existen todavía inmensos restos del gigantes* 
co caiuino y nu:nerosas ruinas de notables monumentos 
además Cuzco, Qiiito, Pachacauíac, Eimac, Ilerbey, La- 
,t-icunga y Gayambe, las hermosas construcciones del 
iluuu\ los restos del palacio y templo de rluauuco; en 
£llml-.:canas los baños del Inca y los restos de una ^^ran 
.ciudad; en Tiahuanaco las ruinas de gigantescos mo- 
nume;itos construidos con piedras enormes y cubiertas 
xle esculturas. Ni dejan de ser notables entre las cu- 
riosidades monu'.nentales las ]l'm\)x([íi^ iriedr as pintadas^ 
enormes trozos de roca esparcidos por diversos luga- 
j'cs, siendo muy especiales las dos que se encuentran 
í3n el camino de la Plata á Honda. La superficie de la 
mayor es completa'.ueate lisa y tieae veinte pies de 
longitud ])or once de altura: se notan en ella multitud 



-- 111 — 

(le signos y ñgnras grabadas. Se encuentran iniiclias 
otras piedra;:; de c^.ta clase, ennegrecidas, íiuizás ptji' id 
. fuego, en las cercanías de las Cordilleras, conteniendo 
también figiiríis grabadas: aunque se ignora el signifi^ 
cado de semejantes inscripciones suponen el arte de 
grabar con metales, desde luego que el grabado tient) 
cerca de dos pulgadas y media profundidad. 

Apesar de tan gigantescos monumentos, sábese 
que los peruanos carecían de ciudades, pues apenas 
Cuzco y Chulucanas merecían este nombre: vivían por 
lo general en grupos aislados y no conocían la vida 
social á causii de la repartición de bus tierras en co^ 
mun y la carencia de moneda pai'a el comercio. 

IV. 

Nciciories peruanas. 

Cuatro naciones principales ocupaban antiguamen^ 
te la comarca denominada imperio de los Incas. Estas 
cuatro naciones, que forman en la clasificación etnogriU 
fica de d'Orbigny la primera rama de sí.i raza ando-pe^ 
ruana, son las de los qíiicJiúas^ de los ai/iuaras^ de los 
atacamas y de los cliawjos: todos tienen su lengua es- 
pecial, pero el idioma oficial era el quiíltáa. A estn 
nación se deben los templos, los palacios y los grande^ 
trabajos jniblicos, cuyas imponentes reliquias admira i) 



— 142 — 

núii al viajero en osa parte del nuevo Mundo. TaniÍjiléTT 
perteneció al Imperio de los Incas el país de Tcliili. 

Los rasg-os caracteristicos de los quichuas en nada 
í;e asemejan á los de las razas pampeana y hra.^i¡io-f/i(a- 
rnu'/tint: es un tipo distinto que se toca mas con el tipe 
mejicano. 

Alg-unos hacen sinónimo el quichua al nomhvi^ 
'de ¡neax ó inrirs/ro^ que según otros representa los 
üniembros de la antigua familia soberana y dá una 
vaza nacional. Aunque en sentir de d'Orhigny del)ier?i 
•ser fuera de la nación de los quichuas, es decir, en la 
de los aymarás, donde hade buscarse la cuna del pueblo 
religioso y conquistador que formó el imperio de los 
Incas. I"'ero no solo es erróneo hacer á la voz inca 
?iinónima de quichua, sino también que debe creerse que 
«1 primero designa algo mas que una familia, y que los 
incas que, políticamente hablando, no eran en el siglo 
XV mas que unos miembros de la familia reinante, re- 
presentan etnográficamente una raza originalmente di- 
versa de la de la población sobre que ejercían su au- 
toridad. Es imposible efectivamente explicarse de otra 
manera la existencia de la lengua particular que hablan 
los incas entre sí, lengua del todo diferente, según 
Huml)ol(lt, de la que se usaba en el país y completa- 
mente ininteligible para sus subditos, que ningún eu- 
ropeo ha llegado á penetrar, aunque el lingüista V¿iter 
supone que el pu/jidn/ de las cercanías de la Paz y 



— 14;] — 

de Liíiia, tiene relaciuu con el a,yinaiá y cuya parte pví-- 
íjiitiva parece tener algo de común con la del fundador 
de la dinastía de los Incas. ]\[isterios por todas par- 
tes, mientras la lingüística no complete sus conquistas! 

Por lo que hace aí quicliúa, lengua natural de la 
mayoría de los peruanos, por el cuidado de los principes 
se había generalizado su conocimiento por todo el Perú^ 
en donde su uso establecía en general un lazo entre 
Jos diferentes pueblos que componían la población del 
imperio: cuando se conquistaba una provincia los Incas 
imponían la lengua oficial de Cuzco, que era una varie- 
dad del quichua, y que se usaba desde el reino de Quita 
hasta los de Chile y Tumac por imposición de los Incíis^ 
La forma típica del quichua, que era la común, denomi- 
nada r?ízra>!o, ha conservado su preponderancia 3' para 
siempre á justo título por el idioma indígena mas ur- 
bano de toda la América meridional. Así, no solo se ha 
sostenido entre los indios, sino que ha sido aprendida 
con ardimiento por los criollos, quienes, especiahnente 
en Lima, se valen entre sí con preferencia de esta íen- 
gua, se ha hecho de buen tono, y se ha tomado por punto 
el hablarla hasta con elegancia y pureza. 

V. 
Conocimientos literarios. 
Los antiguo^ iíeiuanos tenían una especie de lit?-^ 



— 141 

ratuní: cuitiv;il);vn la poesía, y el ritíiio de l.:i vers'ifica- 
ciüii era á la par vario y reg-iilar. "Los grandes lioiii- 
Lres, dice Raynal en su Justoria fiJosóf.ca^ era el objeto 
ordinario de los poemas coiiipiiestos por la íaiuilia de 
los Incas para la instrucción de los pueblos,,. 

Los amantas, filósofos, improvisaban apólogos para 
poner mas fácilmente la moral al alcance del pueblo, 
y los arovicns, poetas, hacían mas asiiriílable á la me- 
íuorla la narración de los hechos liistóricos revistiéndo- 
los con las formas po^jticas. Según Garcilaso de la 
Vega (juien por su m;idro descendía de los Incas, poseían 
los antiguos peruanos una literatura dramática y se re- 
presentaban antiguamente en Cuzco comedias y trage- 
dias. Los poetas nacionales se ejercitaban además en 
componer versos del género de nuestros sonetos 6 
redondillas, poesías sencillas y ligeras, por lo general 
eróticas. 

Todas estas producciones de la litei-atura indí- 
gena de los quichuas se perpetuaban solo por la tradi- 
ción oral, puesto que la escritura era desconocida en 
el Perú y aunque se ha creído encontrar indicios, no se 
ha probado que hayan hecho uso de un sistema deter. 
minado de jeroglíficos como los aztecas del Anahuac, 
sin embargo la tribu de los panos del Bajo Perú en el 
Ucayale tenía el uso de los jeroglíficos. 

Respecto á los famosos quipos, especie de rosarios 
áe cordones anudados, uo pueden considerarse en 



~- 145 - 

realidad como meros" instruiiieiitos de cálculo; los iiia-- 
tices de los cordones indicaban la naturaleza de los ob- 
jetos, y la forma de sus nudos, las cantidades ó núnie_ 
los. Cuanto podía liacerse mediante ellos, era llevar 
registros del número de habitantes de cada provincia, 
y- de las diferentes producciones que se acopiaban en 
los almacenes públicos para el servicio de la nacioui, 
pero como observa Eobertson, los quipos eran de muy 
escasa utilidad para conservar la memoria, así de los' 
antiguos acontecimientos, como de las instituciones- 
políticas. 

Entre los restos de los pueblos semi-civilizados de- 
América existe una especie de conocimientos ]¡iuy im-- 
portantes para la etnología: los complicados calenda-- 
ríos de los mejicanos y de los muiscas de Cundinamarca' 
indican ciertos conocimientos de observaciones celestes- 
de tradiciones etnográficas que demuestran una impor- 
tación asiática: cua.ndo estén bien estudiados serán- 
quizás los mejores. documentos para descubrir el enlace 
de los americanos con los Iiabiíantes del antiguo con- ^ 
tinente. 

El Perú, mejor dicho, los quichútis, también tenían 
su calendario bastante distinto de los muiscas y azte- 
cas, pero mucho nras incom.pleto para nosotros por 
falta de documentos. 

"Los peruanos, dice Garcilaso de la Vega en su' 
Historia de ¡os Incas, cuentan sus meses ¡;(ji' la luuii; 



-.- 14G - 

los iirmIíos meses por la creciente ú menguante; las 
semanas por los cuartos en general y m\ desig-nacion 
especial para cada día,.. Pero el P. Acosta dice formal- 
mente que ni los Mejicanos ni los Peruanos conocían 
el período de los siete días, pues parece ({ue usaban la se- 
mana de nueve días, mientras los mejicanos la tenían de 
cinco días y los muiscas de tres: la razón es porque se- 
gún ley dictada por Pacliacutec debían celebrarse tres 
liestas y tres attu ó ferias en cada mes lunar y tra- 
bajar el pueblo ocho días consecutivos, no siete, des- 
cansando el noveno; revolución sideral de la luna 6 
mes lunar de tres períodos de nueve días*. 

Mas aún, los peruanos regulaban sus liuaUi, años 
de trescientos sesenta y cinco días, por observaciones 
solares lieclias en Cuzco mensualmente: este año es- 
taba dividido á semejanza de los pueblos del Asia, 
oriental, en doce quilas:, lunas, añadiendo, según cos- 
tumbre antigua, á este año lunar para corregirlo y ha- 
cerlo coincidir con el solar, once días que se distribuye- 
ron entre las doce lunas por edicto del Inca l^íichacu- 
tec; con este arreglo no son posibles cuatro períodos 
iguales de siete días que corresponden á las faces de 
la luna. 8egun una tradición que se conserva en Cuzco 
el primer día del año correspondía exactamente al 1.^ 
de nuestro Enero, pero el Inca Titu-]\íanco-Capac por 
sobrenoml)re Pachacutec, yi'J'onudilor (Jd tlcniíio^ ordenó 
que empezase el año en el solsticio de invierno. E:i 



— 147 — 

fin, para abreviar, solo diremos que los peruanos, niuis- 
cas y otras tribus de la América meridional usaban 
años lunares, como los pueblos del Asia, mientras que 
los mejicanos usaban el año solar. 



VI. 



Los aymarás. 

La secunda nación del Perú, bajo el doble as- 
pecto del número y la civilización, es la de los ayma- 
rás: hállase su territorio enclavado dentro del de los 
quichuas. Parece que su patria original debió ser la 
periferia del lago Titicaca; hoy constituye la población 
indígena de las diócesis de la Paz y de Chuqnisaca. 
Esta raza ofrece casi los mismos caracteres físicos que 
la de los quichuas, de la cual no obstante se halla 
separada por el lenguaje y costumbres. Se ha exami- 
nado que la lengua aymara de un veinte-avo de voces 
tenian igual origen en quichua y en aymara; pero se 
ignora cual fué la lengua madre de ambas. La lengua 
aymara goza entre la población blanca de la Paz de 
igual favor que la lengua quichua en Linm. Se han es- 
crito varias gramáticas en quichua y en aymara ¿se 
llegará acaso á descubrir la lengua madre de ambas? 
Esto sería un gran paso para indagar el origen de 
los peruanos, _ 

10 



— 148 — 

Mas adelante veremos las conciiiistas de la etnolo- 
gía en el sentido de determinar las relaciones pre- 
históricas de raza y origen que existen entre loí^- me- 
jicanos y los peruanos. 

Vamos en seguida á ocuparnos de un pueblo espe- 
cial que formó parte del Imperio del Sol, los naturales 
deTcliili. 



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CAPITULO VI 



CBilLE ira©ÍClEi"¥A. 

Al Siid del desierto de Atacama, entre los Andes y 
el Océano Pacífico y contimiacion del Perú, existía el 
país de Tchili (nieve) nombre que le dieron los perua- 
nos, pues que los naturales se llamaban promanesos: 
hoy día los indígene^ están reducidos al Sud de Chile 
en Arauco. 

Las tribus indígenas mas numerosas son los arau- 
canos^ los cuneos ó chuncos y los liuüiches. Todas estas 
tribus diseminadas en el territorio de Chile parece que 
descienden de los araucanos y que hablan el mism© 
idioma, salvo algunas pequeñas diferencias» 



— 150 — 

El araucano, Chili sitf/ú, idioma indígena de Clüle; 
deinuestra por su composición los progresos que este' 
pueblo liabía lieciio en la cultura intelectual antes de la 
conquista: en él se encuentra formando parte del fondo 
de la lengua, un principio de nomenclatura científica,, 
como, por ejemplo, términos especiales para las figura^' 
de geometría, tales como el punto, la línea, el ángulo, 
el cuadrado, el cubo, la esfera y otros semejantes, con 
la particularidad de poseer este idioma la inapreciable 
ventaja de no existir ninguna irregularidad ni en los 
nombres, ni en los verbos. 

Los naturales de Chile tienen á lionra el conservar" 
la pureza nacional de su idioma y se abstienen de intro- 
ducir en él ningún neologismo extrangero. Los arau- 
canos no conocían la escritura, pero conservaban su his- 
toria por medio de las consabidas cuerdas anudadas, se- 
.iiejantes á los quipos peruanos. También tienen su 
poesía, y sus versos son casi siempre de oclio ó de once 
sílabas. La ritma se emplea á veces sin que por eso 
sea un elemento necesario. Sabían expresar en su ídio- 
nia toda clase de números. 

Casi nada se sabe de Chile antes de la llegada de 
...i españoles, sino lo poco que han podido legarnos las 
tradiciones vagas é incompletas de los indígenas,. Ha- 
cia el año de 1450, Inpanqui, inca del Perú, envió un 
ejército al mando de un príncipe de su ñimilia que 
sojuzgó las tribus mas septentrionales y avanzó hastí». 



— 151 — 

la ribera del Rapel, donde los promancsos le inipidierori 
■pasar adelante. 

Los chilenos no formaban mas que una sola nación 
dividida en quince tribus independientes: todas tenían 
el mismo idioma y tenían la misma fisonomía, con la 
particulaiidad de que los de la parte mas meridional 
■eran absolutamente blancos. Poseían una semi-civili- 
zacion. Eran agricultores: cultivaban el maíz, varias 
especies de legumbres, la patata, el pimiento, los fre^ 
sones y otras plantas indígenas. Tenían por animales 
domésticos la llama, la vicuña y el conejo: conocían el 
procedimiento de abonar las tierras; se servían de la 
azada y del arado, al cual uncían vicuñas: estos instru- 
mentos eran de madera dura, toscamente construidos. 
Los chilenos sabían también extraer de la tierra el oro, 
;I i plata, el cobre y el plomo, que elaboraban de diferer- 
tes maneras. Hacían hachas y otros instrumentos cor- 
tantes con el basalto, y á vece ; con el cobre preparado 
con estaño, pero ignoraban el uso del hierro. Sus ve s- 
=tidos eran de piel de vicuña, que t-eñian de diferentes 
colores; jioseían Víijillas, particularmente de barro, á 
veces de maderas durísimas y otras de niírmol; barniza- 
ban las obras de alñirería con una especie de sustancia 
juineral llamada goIo\ algunos de sus vas:)S de mármol 
estaban perfectamente pulidos. Construían las casas de 
jnadera y revocaban las paredes con una preparación 
de barro: íilgunas eran de ladi-Lllo que s(dían cubiii 



- i52 — 

con cañas. Habitaban aldeas gol)erEa(:las cada ima por 
un ululen^ gefe liereditario: al}ríaii canales y elevaban 
acueductos: cerca de la capital se encuentran los restos 
de uno que tenia alganas millas de largo. Suplían la 
escritura con pinturas toscas y nial proporcionadas. 
Habían lieclio en la astronouúa y en la cinijía progre- 
sos extraordinarios para un pueblo cuya civilización es- 
taba tan poco adelantada. 

Admitían en su religión un Ser Supremo, que reci- 
be diversos nombres y tenían infinid;id de divinidades 
subalternas: eran muy supersticiosos y creían en los 
fantasmas y liecliicerías. Conservaban la memoria del 
diluvio universal causado por Ruancuhú^ genio del mal 
y la de iin patriarca justo (el Noé araucano) salvado por 
Meiden^ genio del bien. A excepción de algunos sa- 
crificios de animales y- combustión de yerbas, la reli- 
gión de los a,raucanos no reviste forma exterior, pues 
carecen de templos y ceremonias religiosas, limitándo- 
se á invocaciones. Creían en la inmortalidad del alma 
y honraban á sus muertos. 

El gobierno de los araucHinos era aristocrático-fede- 
ral. Su confederación era gobernada por el gran con- 
sejo araucano, huta:o-i/ofj^ de los representantes de bis 
cuatro tetrarquías militares, uihal-mapü^ gobernadas por 
toquics hereditarios: las provincias eran gobernadas por 
gefes llamados apoulmenes y por ulmenes las aldeas. 

Sa legislación es rudimentaria: solo tenían la pena 



— 153 — 

tle muerte y la del talion. El marido tenía derecho de 
vida y muerte sobre su mujer é hijos. Tenían muchas 
mujeres, que vivían en chozas diversas, pero á manera 
de concubinas, pues la primera era la legítima: eran es- 
clavas y bestias de carga. 

Los araucanos son célebres por su valor indómito: 
este pueblo nunca ha podido ser domado y es el único 
de ambas Américas que se ha mantenido en su territo- 
rio oponiendo la fuerza á la fuerza. El valle de Onc/o¡- 
mo es célebre por haberse reunido en él Caupolican y 
ios demás caciques para tratar de la guerra que con 
tanta decisión y heroísmo hicieron á los españoles. Don 
Alonso- de Ercilla ha inmortalizado «n su poema "La 
Araucaiiia,,, las hazañas de estos indómitos guerreros 
que, después de tres siglos, se conservan aún indepen- 
dientes. 

BRASIL, PAIIA}UAY Y REPU3LI3A3 DEL PL.\TA. 



En la época del descubrimiento de América, los 
indios de razn rjuarfuil ó ouraní, ocupaban el vasto te- 
rritorio de que después se formaron los Estados del 
Brasil, Paraguay y Eio de la Plata h.ist;i los Andes. 



— 151 — 

Los etaúgrafos distingueii en esta raza cinco naciones 
principales: la de los guaraníes^ propiamente dichos, que 
ocupaban las riberas del Pararía, del Uruguay y del Ibi- 
cuy; los tupies del Brasil; los rti?a/7ȇ.'?, pueblo navegan- 
te; los hotucudos de las provincias de Bahía y del Espí- 
ritu Santo y los mundrucos del Para. Las tribus eran 
innumerables: hacia el Sud son principales los qucran- 
dies ó jmnqms desde la costa de Buenos Aires hasta el 
Cabo Blanco, pertenecían á la raza de los guaraníes 
como los iimhúfi^ calcluiqníes y taph^ que ocupaban la 
embocadura del Paraná y su delta, y los minnanos de 
Entre Rios, margen derecha del mismo Paraná. En la 
República Oriental del Uruguay los charrúas^ que se 
extendían por el litoral desde el cabo de Santa María 
hasta el Uruguay; los yarros en las riberas del mismo 
río entre San Salvador y Rio Negro, teniendo por limí- 
trofes á los hohanes y chañas^ tribu mansa que por te- 
mor de los charrúas vivían en las islas del Uruguay, 
Entre una multitud de tribus que tomaban su nombre 
del cacique ó del lugar de su residencia, principalmente 
los payagims ¡¡oblaban el Paragua}^ 

Los guaraníes, propiamente dichos, se distinguían 
entre las naciones indígenas de las piovincias del Rio 
(fc la Plata por su mas elevada condición social. Eran 
agri(niltores y tenían mucho apego al suelo que ha- 
bitaban; asi es que no obstante su natural dulzura de 
co.'tumbres, opusieron una tenaz resistencia á las in- 



1 



— 155 — 

vasiones de los europeos; evangelizados por la Comp 
nía de Jesús, formaron las célebres reducciones de 
Paragua}'; lección hermosísima de la historia para pro- 
bar, no solo que el primer elemento civilizador es la 
religión católica, sino tamhien para demostrar que la 
conquista civilizadora por las solas misiones evangéli- 
cas, sin la fuerza de las armas iiubiese transformado 
de súbito la América indígena en naciones civilizadas. 

Nuestro notable historiador, don Francisco Bauza 
en su Historia del Uruguay^ durante la dominadon 
espaíiola, se ha ocupado de nuestros charrúas y de las 
misiones jesuíticas del Paraguaj^ con inteligencia y ele- 
vado criterio. 

Por lo demás, es notable que ningún pueblo indí- 
gena se avino mas completamente que el guaraní á los 
hábitos de la civilización cristiana. Su cultura, sin em- 
bargo, era inferior á la de los araucanos. 

Los lingüistas designan con la denominación ge- 
neral de idiomas gaaranies^ una familia de lenguas, en 
que domina la de la raza que lleva el mismo nombre. 
Apesar de los numerosos caracteres que son comunes 
á estos idiomas, ofrecen bastantes diferencias para 
que los verdaderos guaraníes, por ejemplo, no se hagan 
entender de los que hablan el guaraní brasileño ó t^qri 
No por eso deja de reconocerse en el gu¿iraní ó en sus 
dialectos la lengua mas extendida entre la población in- 
dígena del Brasil y Río de la Plata. 



15Í) 



Los idiomas guaraníes, seg-iin Balbi, no solo difie- 
ren de todas las lenguas de la América meridional, sino 
también de todas las del Nuevo Mundo. Procederán 
acaso de una emigración distinta del antiguo Continen- 
te? Es lo que no ha podido aún resolverse. Los Jesuí- 
tas, que tanto han emérito sobre el guaraní, presentan 
este idioma tan culto como no es fácil suponer en un 
pueblo salvaje. Es muy probable sin embargo que 
los guaraníes son una rama dejenerada de los toltecas 
separada por muchos siglos de la civilización nalioa. 



IL 



Lo3 Tapies y Tapinambas del BrasiL 

Es muy antigua la tradición acerca de los pueblos 
primitivos tahaijaras y sus conquistadores tcqjuyas, su- 
mamente salvajes y caníbales. Muy salvaje también 
era el estado de los taiñes y tujmiamlas, poseedores del 
Brasil en la época del descubrimiento. 

El sabio español Hervas presenta, con arreglo á 
los datos proporcionados por los misioneros Acuña, 
Vasconcellos y otros, una lista de cincuenta y una 
tribus brasileñas que hablan lenguas diferentes de la de 
los t/q)¿es y otras diez y seis que se relacionan cou 
ella: la principal es la de los tupinambas por su ex- 
tensión. Según Acuñít, los nombres de las tríl¡us iu" 



— 157 — 

díg^nas y de ks parajes que ocupan, demuestian que 
el idioma de los tupíes lia reinado en otros tiempos; 
en todo el Brasil desde las orillas del Amazonas hasta 
las del Plata; pero las poblaciones (pie lo liaLlau en los 
diferentes puntos de tan dilatado territorio están sepa- 
radas unas de otras por pueblos cuyas lenguas son rr.- 
dicalniente distintas. 

III. 

La Pato^onia. 

La Pdtagonia formada por la extremidad de Ia 
Améi'ica del Sud, se compone del país comprendido en- 
tre el Rio Negro al Norte y el Estrecho de Magallanes 
al Sud y de un vasto archipiélago llamado la Tierra del 
Fmgo^ situado al Sud del Estrecho de Magallanes. 
Pero ¿quién había de creer que esta inmensa región 
de unas 66.000 leguas cuadradas no había de conte- 
ner mas de 10.000 salvajes? 

Es muy poco lo que se sabe etnológicamente de 
estos indígenas, por otra parte muy salvajes, si se 
esceptúan los aucas ó araucanos sobre las vertientes 
occidentales de los Andes, hasta los 50° de latitud Sud. 
Su lenguage es desconocido. Los imcMieSy viven en la^ 
Pampas entre la República Argentina y la Patagonia. 

Los patagones (pies grandes), que habitan entre el 
Estrecho de Magallanes y el Rio Negro; se llaman 



— mx _ 

Tchndrhcs al norte y los apellidan Inalrn al sur: y 
■en fin los for/uinos 6 fueguinos, que habitan la Tierra 
del Fuego. 

Varios exploradores modernos entre ellos los se- 
fiores Moreno, Moyano, Lista y últiinamente el señor 
Bové, han realizado notables trabajos en el reconoci- 
aniento de este vasto tei-ritorio, pero son de limitado 
yalor etnológico por el estreinado salvajismo de esas 
tribus. Lo que se lia deducido de algunos trabajos 
prehistóricos muy limitados es que la población in- 
dígena es relativamente modei-na, sobre todo, en las 
regiones mas australes. 

De propósito hemos descrito muy rápidamente 
los indígenas que no pertenecen á los peruanos, muis- 
«as y mejicanos porque son naciones bárbaras que po- 
^os datos pueden suministrarnos para la ciencia etno- 
lógica y porque creímos mas conveniente dar una idea 
general de los salvajes americanos, como lo hemo^ 
liecho al principio. 

VL 

Los foguinos. 



o 



Para convencernos de que el estado salvaje es 
refractario á la civilización, vamos á hacer la descrip- 
ción especial de un pueblo salvaje en los tiempos ac- 



— 159 — 

tuales, dando I'a preferencia á un pueljlo de la raza mas 
meridional de la Américíi del Sur, los salvajes de la Tie- 
rra del Fuego. 

Para ello nos val'drenTos del señor Bridges, que lia 
vivido durante tres años y medio con los habitantes de 
la tribu Yahgan, de la ribera Sudoeste de la Tierra del 
Fuego y ha publicado unas descripciones muy curiosas 
Fespecto de las costumbres de dichos indigenas. 

En efecto: al nacer un niño, las parteras l-o lavan 
eon agua fría, valiéndose de virutas muy finas de ma- 
dera que emplean como servilletas. 

Rara vez matan al niño cuando nace, á menos que 
el padre haya abandonado á la madre, en cuyo caso^ 
esta le sacrifica. Lo mismo ocurre cuando presentan 
alguna gran imperfección física. Si la madre no tiene 
mas que hijas, la que ha nacido la última es sacrificada. 
Los varones son mas deseados. No dejan de sacar sus 
hijos al exterior, aún cuando haga mucho frío. Muchas 
reces nacen en piragua, en este caso llevan un nom-, 
bre especial, anookwilis. 

No les ponen nombre hasta que están crecidos, 
pues tienen la preocupación de que esto le perjudicaría 
para su desarrollo. Los nombres son trasmitidos de 
una generación á otra del padre al hijo mayor, y ge- 
neralmente recuerdí-m una particularidad de la persona 
que lo lleva; asi, per ejemplo, se llaman algunos: nariz 
fhata, cara larga^ frente roja^ etc. 



— IGO -. 

Alguno 5 días después del nacimiento les sumergen 
en agua de mar fría, y muchas veces se ven á los niños 
agarrados fuertemente á las espaldas de su madre, que 
sale de la piragua y se dirige á la playa con el agua 
casi al cuello. 

Los padres tienen mucho cuidado en la elección 
de alimentos. No trabajan una ó dos semanas despue^ 
del nacimiento, y pasado este tiempo, la madre reanuda 
sus queliaceres de pesca, recolección de cosechas, etc. 
Cuando un niño de pecho enferma, se atribuye siempre 
á algún alimento que haya comido la madre, la cual, 
por esta causa, se priva de comer grasa de ballena. 

Si la madre muere, el niño halla muy pronto otra 
nodriza que le demuestra gran afección. 

No les destetan prematuramente. Sucede á veces 
'que dos niños nacidos con poca diferencia de meses, son 
-alimentados al mismo tiempo por su madre. Los pri- 
meros alimentos son almejas, pescados y mariscos. 

Las niñas aprenden desde muy jóvenes á hacer ces- 
tas y cuerdas, y los niños á lanzar el arpón y las pie- 
dras, fabricar arpones, etc. No siempre viven los hijos 
■con los padres, algunos amigos los llevan consigo du- 
rante algún tiempo. Generalmente, cuando no hace mal 
tiempo, todos los niños viven juntos en chozas llama- 
das 7iadi. 

La separación por antipatía ó por malos trata- 
mientos entre el hombre y la mujer se presenta, siendo 



— IGI — 

en cierto modo una especie de divorcio. Son niiiy dados 
á la calumnia y no consideran mala la liientira. Los 
fiiños mueren en gran número victimas de una enfer- 
medad á la garganta. Son muy comunes las enfer- 
medades cancerosas, la locura y las afecciones nervio- 
sas. Sufren epidemias en ciertas épocas del año. No tie- 
nen gobierno de ninguna es-pecie, ni gefe alguno. Es un 
cargo que ni lo ambicionarían ni lo consentirían. Las 
luchas son generalmente por el aprovechamiento de las- 
ballenas; abundan en las escaramuzas los heridos, pero- 
casi nunca hay muertos. Vengan cruelmente el asesi- 
sato, aunque no siempre mat.in al asesino, y en oca- 
siones hacen victimas de su venganza á parientes del 
culpable. 

Tienen muclio miedo á la muerte y queman loí? 
cadáveres, ó los entierran envueltos en pieles en islas; 
al borde del mar, tratando de evitar que sean comidos 
por las ratas y zorras que allí abundan. 

Se alimentan especialmente de pájaros marinos, 
además de los mariscos, frutas etc., que hallan. 

Creen en la existencia de espíritus, tienen una tra- 
dición acerca del diluvio y creen también en la inmor- 
talidad del alma, puesto que hablan de que los muertos 
vuelan. 

El médico de los foguinos es una especie de brujo 
llamado yakaiuonclu'^ que generalmente impone las ma- 
nos ó dá algún consejo. 



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Lániiua 3.^ 




TOTEC 

Cabeza colosal de diorita de nn ídolo de Méjico 



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7í^ 



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CAPITULO VI 






Después de haber descrito las diversas naciones y 
tribus de América, al parecer tan diferentes entre si y 
con el resto del género humano, podemos preguntarnos-, 
¿son de nuestra especie? ¿Tienen el mismo origen? 

Vamos á tratar, pues, una cuestión de moda y de 
suma trascendencia. Al ocuparse del origen de los 
americanos indígenas han aceptado algunos auti)res la 
teoría poligenista en virtud de la cual admiten razas 
autóctonas de origen absolutamente independiente; por 
consiguiente es cuestión previa á la solución del pro- 
blema del origen de los americanos la de la unidad de 
la especie humana ó monogenismo; cuestión que nos ha 

de servir también para el moderno problema del hombre 

11 



— 104 — 

primitivo. Es necesario, pues, dilucidarla para dar el 
priüier paso en la cuestión del hombre americano y 
dejar establecido desde luego que es de origen adamí- 
^ico, para investigar después á qué raza de los descen- 
dientes de Adán ó de Noé pertenecen los aborígenes 
americanos. 

Por tanto vamos á dilucidar la célebre cuestión 
antropológica entre el poligenismo y el monogenisnio, 
comenzando por refutar someramente la teoría evolu- 
cionista del origen simiaco del hombre. 

El mono, cuja naturaleza, ha dicho Buffon, ha 
aparecido al menos como equívoca é intermedia entre 
la del hombre y la de los demás animales, no es ver- 
daderamente mas que un puro animal con una máscara 
exterior del rostro humano, y desnudo interiormente 
del pensamiento y de todo lo que constituye el hombre; 
un animal inferior á otros muchos por las facultades 
relativas y esencialmente diferente del hombre por ca- 
rácter, por temperamento y por el tiempo que le es ne- 
cesario para su educación, gestación, crecimiento del 
cuerpo, duración de la vida, esto es, por todas las cos- 
tumbres y hábitos reales que forman lo que se llama 
naturalem en un ser particular. 

Cierto es que existen grandes, patentes analogías 
entre la organización del hombre y la de los inami- 
feros cuadrumanos; cierto es que la semejanza de apa- 
ratos orgánicos trae consigo la semejanza de fiiuciones 



— 165 — 

fisiológicas y por consig-uiente la determinación de cier- 
tos actos instintivos; empero también es cierto que exis- 
ten entre el cuadrumano y el hombre diferencias y de 
semejanzas anatomo-orgánicas que el naturalista debe 
tomar en cuenta para formular una clasificación filosófica. 

Asi la mano, que caracteriza los miembros superio- 
res del hombre, es indudablemente un órgano acabado 
muy diferente de la mano de los monos: suponiendo 
que el cerebro sea la causa única de la inteligencia, 
es evidente el abismo que media entre las manifesta- 
ciones instintivas del cuadrumano y las sorprendentes 
facultades del hombre. Hay mas aún: nuestra especie, no 
obstante aquella analogía de caracteres orgánicos, es 
cosmopolita, en todas las zonas de la tierra se aclimata, 
y llena uniformemente los altos destinos que el Cria- 
dor le ha deparado. 

Por manera que, ni aún zoológicamente hablan- 
do, podemos aceptar la reunión congénere del hombre 
y de las primeras especies de monos. Empero la im- 
parcialidad filosófica exige que, dejando á un lado exa- 
geraciones repugnantes al buen sentido, no establezca- 
mos en principio y bajo el aspecto fisiológico, la inde- 
pendencia del hombre de la gran serie zoológica, pues 
todo en el universo se encuentra encadenado, desde 
el átomo imperceptible hasta esas inmensas moles que 
ruedan majestuosamente por los espacios; desde el aso- 
mo del instinto hasta la suma inteligencia. 



— 160 — 

Eü efecto; el universo no es mas que la realización 
de los tipos increados del pensamiento Creador j', con- 
cretándonos á nuestro planeta, es evidente que todos 
los seres que le pueblan son manifestaciones del poder 
divino: que si el urden físico inorgánico tiene su sin- 
tesis, el urden orgánico en todas sus facultades necesa- 
riamente ha de tener la suya. El sol es la síntesis de 
la materia bruta, pues todo tiende á probarnos que ese 
astro central y motor es el resumen perfectisimo de 
todos los elementos que constituj^en los cuerpos pla- 
netarios que giran en torno suyo. 

Ahora bien: en la admirable serie de los seres vivos 
que observamos en la tierra ¿cuál es el organismo que 
los reasume, que la sintetiza? El organismo humano, el 
hombre. 

Y hé aquí porque no es extraño que en los seres 
vivos, la conformación orgánica marche en progresión 
gradual; pues cada eslabón de esta maravillosa cadena 
es la síntesis de la anterior y á la vez el punto de 
partida para el siguiente; de aquí las progresivas man- 
nifestaciunes de la vida á proporción que los organis- 
mos se complican; de aquí la multiplicidad de apara- 
tos y funciones á medida (¡ue la cadena se acerca á su 
remate superior. 

El homl)re es, pues, propiamente hablando, el re- 
sumen de todos los elementos constitutivos de nuestro 
planeta y por consiguiente la síntesis perfectísiiua de 



— 167 — 

todas las formas orgánicas; y si no en el orden físico, 
lo es en el orden intelectual, el punto de partida de 
la escala de una nueva serie de creaciones, pues cree- 
mos sumamente racional la doctrina de la pluralidad 
de los mundos habitados, á no ser que aceptemos el 
irracional supuesto de que esos mundos que ruedan por 
el espacio son palacios sin moradores y sepulcros de la 
muerte. 

Véase, pues, como se explica qué, sin ser el hombre 
congénere con el cuadrumano antropoide, se noten en 
ambos formas orgánicas, que á primera vista parece 
ligarlos con el indisoluble lazo de una especie común? 
pero que el examen desapasionado, hecho á la luz de k 
sana filosofía, prontamente desata, poniéndonos de nia^ 
nifiesto la línea de demarcación entre una y otra es- 
pecie. La humanidad es un reino aparte y la teoría 
transformista de Haeckel y demás materialistas, está 
hoy completamente desechada por los mas grandes sa- 
bios, principalmente naturalistas. Por eso no hemos 
querido hacer hincapié en refutar semejante aberra- 
ción, que en otra parte hemos refutado mas detenida- 
mente. 

Otro problema interesante de la antropología es 
el siguiente ¿reconoce el género humano por origen 
un Adán y una Eva, según el texto bíblico (mono- 
genismo) ó cada raza cuenta una pareja respectivamen- 
te (poligenismo)? 



— 108 — 

La variedad de las razas de nuestra especie, las 
diferencias corporales que las distinguen, la diversidad 
de sus lenguas, de sus creencias, de sus religiones, de 
sus leyes; el encumbrado vuelo de la civilización en al- 
gunas, la crasa ignorancia en que yacen otras, los con- 
trastes de los desarrollos físicos, morales é intelec- 
tuales que la especie ofrece en sus individuos, son 
otras tantas ecuaciones plagadas de incógnitas para el 
pensador que con elevación filosófica contempla los 
misteriosos rasgos del linaje humano. 

¿X quién no causa admiración que la naturaleza, 
sin salir de un tipo fijo y determinado, con unas mis- 
mas facciones, con unos mismos órganos, modele hom- 
bres tan diferentes, de tal manera que, deslindando 
con caracteres tan marcados á la especie en general y 
á los individuos en particular, no podamos desconocer 
ni la especie ni la raza? Hé aquí una evidente presun- 
ción en favor del monogenismo. 

■ Pero concretándonos á la división clásica de las 
tres razas, la negr<i, la amarilla y la blanca, ocurre 
preguntar ¿á cuál de las tres razas pertenecía el hom- 
bre primitivo? 

Si á la negra, ¿cómo concebir, ni cómo explicar 
que el hombre blanco, que la raza caucásica, tipo per- 
fectísimo de la especie, haya podido proceder de aque- 
lla, á todas luces su inferior, tanto en lo físico como en 
lo intelectual y moral? 



— 169 — 

Sí, por el contrario, el negro es un blanco de- 
g-enerado, ¿basta para explicar cumplidamente cambios 
típicos tan notables, la acción de los climas, de los 
temperamentos, de los alimentos, de la separación y 
hábitos prolongados? 

Hay mas aún: ¿Existían las tres razas antes del 
diluvio, ó cuales poblaban la tierra en la época del 
tremendo cataclismo? 

Para resolver este problema, se ha invocado el 
auxilio de la arqueología paleontológica: los datos que 
nos suministra este ramo de las ciencias geológicas 
evidencian clarísimamente la existencia del hombre en 
la época diluviana y hasta algunos han creído, á juzgar 
por los cráneos que se han encontrado, que el hombre, 
diluviano pertenecía á la raza negra y á la amarilla; 
pero ya hemos visto, que no podía sacarse semejante 
consecuencia, y además que las exploraciones paleon- 
tológicas no se han extendido á todos los puntos del 
globo: sobre todo es mas racional creer que la raza 
blanca, por ser el tipo perfectísimo de la especie, es e 
primitivo. Para proceder con conocimiento de causa^ 
antes de descender á la vindicación del monogenismo, 
expondremos de una manera razonada en el siguiente 

cuadro la 

C liA^IFirtClOM 

de las principales razas del género humano. 

Prescindiendo de las clasiñcaciones de Blumen- 



. 170 - - 

bacli, A. Desmoiilins, Lesson, Lecourtier, Hollare!, Pi- 
cliard y otros naturalistas notables, preferiremos la de 
Virrey por ser clásica, y de él tomaremos la mayor 
parte de los pormenores que vamos á exponer para que 
podamos formarnos una idea de la cuestión antropoló- 
gica que vamos á examinar. 

Tres son los tipos generales eminentemente dis" 
tintos que de tiempo inmemorial pueblan el antiguo 
mundo, y que según parece han sido trasportados al 
Nuevo Mundo. Estos tipos son: ¡a raza caucásica^ ¡a 
raza mongólica y Ja raza etiópica. 

Es fácil reconocer, dice Virrey, en cada una de 
estas razas, una rama de los hijos de Noé; pues se ha 
dicho que Cham (calor en hebreo), maldito de su padre 
era el tronco de los pobres africanos. 

Sem es mirado como el padre de la raza monfjólka 
y Japlui el de la caucásica. 

Parece sin embargo, que esta suposición puede ser 
controvertida. La paleontología, según algunos, de- 
muestra que en la época del diluvio existían cuando 
menos, las dos razas mongólica y etiópica, esto es, la 
amarilla y la negra: que en las orillas del l\hin y del 
Danubio se han encontrado cabezas muy semejantes á 
las de los indios caribes y á las de los antiguos ha- 
bitantes de Chile y Perú. 

Pero ya hemos indicado, basándonos especialmen- 
te en la autoridad del sabio Pfaff, que los cráneos fó- 



— 171 — 

siles mas antiguos no nos autorizan para establecer 
semejantes afirmaciones. 

RAZA CAUCÁSICA. 

©aíDS'iéPss '?53h®D á® ]s) [pasa felañsa. 

Cahem: de forma redondeada; su parte craneana 
regularmente ovoidea dominando de un todo la región 
facial. 

Rostro: oval, con facciones medianamente pronun- 
ciadas. 

Frente: despejada. 

Ojos: horizontales, mas ó menos rasgados. 

Solamente en esta raza se encuentran los ojos 
azules. 

Nariz: por lo común grande, recta, mucho mas sa- 
liente que ancha, á veces aguileña, cuyo último carác- 
ter es extraño á las razas mongólica y etiópica. 

Mejillas: rosadas, con pómulos poco prominentes. 

Mandíbulas: recojidas. 

Boca: moderadamente hendida con labios, pequeños, 
delgados y no salientes. 

Dientes: verticalmente colocados, circunstancia 
que facilita la pronunciación de la letra If . 

Cabellos: largos, finos, rectos ó bucleados, de color 
negro y, como peculiares á la raza, rubios ó castaños. 

Barba: abundante. 

Fiel: de color blanco rosado ó con un tinte mas ó 



— 172 — 

menos subido, segim el clima, los hábitos y el tempe- 
ramento. 

Ánr/ulo facial: de 85 á 90°. 

Oliisei'vacioiieN. Desde muy antiguo ve- 
mos gallardear en la raza caucásica altas facultades in- 
telectuales y los elevados sentimientos y lia marchado 
al frente de la conquista de todos los progresos. Tiene 
su centro principal en Europa, Asia Occidental y en la 
parte mas septentrional del África (Maurtania). 

Familias. 

gubdivídese la raza caucásica en varias familias 
primitivas: todas han conservado sus lenguas origina- 
les, sus costumbres respectivas, que han trasportado en 
los diversos climas en que se ha establecido con el tiem- 
po ya por las armas, ya por -emigraciones. (1) 

1.=» Familia— Arámica. 

Comprende primeramente: 

Los beduinos, 

" 1 1 cirros, 
" (Ir/isos. 
" sirios. 

(1) PTollanl divide la raza caucásica cu las cuatro familias 
sií^uicntcs: siro-árabc ó semita^ — ariana, — cgifcia^—nÜántica ó U- 
hiensc. 



— 173 — 

los caldeos. 
Después 

Los egipcios. 

" fe7iicios. 

" dbisinios. 

'^ moros. 

" marroquíes. 
Obsefvaeioues. Estos pueblos del África 
septentrional no son morenos, sino tostados por el sol, 
pues su piel adquiere el color blanco cuando no se ex- 
ponen á los rayos solares. Hablan en general los dife- 
rentes dialectos de la lengua arámica: lian sufrido in- 
numerables revoluciones políticas y religiosas, pero no 
lian alcanzado á destruir su inclinación al despotismo 
y á la superstición mística. Sus trabajos literarios y 
científicos están llenos de fantasía, sello de la exa- 
geración oriental. Han sido los fundadores de las prin- 
cipales religiones del globo. 

2." Familia — índica. 

Compónenla los habitantes 
de Bengala. 

de la Costa de Coroiiimidel. 
del Gran Mogol; 
los Malaliares. 
" Banianos. 



— 174 — 

los xmehlos del Candaliar. 
" " de Calecut. 
Oh^ervaeionefü. Son naciones de carácter 
dulce, tímido, de ánimo supersticioso, divididos en cas- 
tas. Su lengua primitiva fué el sánscrito^ hoy día muer- 
ta, en la que están escritos sus libros sagrados; son 
muy notables las analogías que el griego, el latín y el 
alemán tienen con dicha lengua. Entréganse á contem- 
placiones místicas mas bien que al estudio concienzudo 
de las letras y de las ciencias. 

3." Familia — Escitica. 

Es mucho mas reciente que las anteriores y com- 
prende: 

Los escitas y tártaros de Europa. 
" imrtos. 
" turcos. 
" füandeses. 
" liúngaros. 
Las animosas y bélicas naciones de la cadena del 
Cáucaso y alrededores del mar Caspio., los cir- 
casianos y georgianos con otros varios pue- 
blos turbulentos y nómades. 
Oli^ci'vacioiieN. Su lengua primitiva es 
el esclavón y sus diferentes idiomas el ruso, iwlaco., etc. 
Siis formas son varoniles, sus miembros robustos, su 



— 175 — 

carácter belicoso, no predomina en ellos la disposición 
para el cultivo de las letras y de las ciencias. 

4.' Familia— Céltica. 

Es puramente europea, divídese en dos ramas prin 

cipales, la lorecd y la meridional. 

Componen la raza boreal ó teutónica., todos los pue- 
blos de origen tudesco y gótico que hablan los diversos 
dialectos de la lengua alemana ó germánica desde el 
golfo de Finlandia y de Botlinia hasta hacia el medio- 
día de Europa. 

En general son muy blancos, de estatura alta 
tienen cabellos rubios y ojos azules. De carácter sen- 
cillo y franco: animosos con instintos bélicos, amantes 
de la independencia, puntillosos hasta resolver con las 
armas las cuestiones de honor: son muy hábiles en las 
artes mecánicas é industriales. 

Componen la rama meridional hombres no tan 
blancos, de estatura menos alta; son esos ilustres grie- 
gos y romanos, célebres en toda la tierra por lo esfor- 
zado de sus ánimos cuanto por sus facultades intelec- 
tuales. 

La lengua pelásgica ó griega original, fué la madre 
de las de Lacio y de las derivadas del latin; tales como 
el español, el italiano, el portugués, el francés. 



— 176 — 
RAZA MOIVGÓI.ICA. 

Cabeza: el óvalo craneano de la raza caucásica su- 
fre en la mongólica una alteración sensible: vista por 
arriba la cabeza mongola es ^>;lobulosa, el óvalo de su 
contorno es ancho, truncado por delante á causa del 
aplastamiento de la frente encima de los ojos. 

Rostro: el contorno facial toma la forma de un lo- 
sanje, lo cual depende del desarrollo y dirección de 
los huesos molares y de toda la arcada zygomática, que 
ocasiona la mucha salida de los pómulos y levanta las 
mejillas hacia las sienes; esto es lo que constituye el 
rasgo fisonómico mas característico del tipo mongó- 
lico. La curvatura de la arcada es tal que la parte de 
la cabeza que la domina, toma una apariencia pirami- 
dal; al mismo tiempo, estando el ángulo externo de los 
ojos algo elevado, los párpados están como embrida- 
dos y medio cerrados á consecuencia del estiramiento 
que experimentan. 

Sienes: hundidas. 

Frente: baja, oblicua y cuadrada. 

Ojos: negros, oblicuos, entreabiertos y inuy distan- 
tes entre si; iris negro. 

Nariz: mucho mas ancha, sobre todo iuferiormente, 
que en el tipo caucásico; aplastada en su raíz con venta- 
nillas muy abiertas sobre los lados. 



— 177 — 

Mandíhnlas: la superior ofrece á inenndo un prog- 
uatisino mas ó menos manifiesto, es achatada y anclia. 

BarhiJla: saliente. 

Cahellos: lisos, ásperos, negros. 

Baria: escasa. 

Piel: de color amarillo, bajo cualquiera latitud. 

AnguJo facial: de 80 á 85'\ 
Oliservaeioiicí^. Su carilcter moral es mas 
inclinado á permanecer estacionario, cuando ha adqui- 
rido cierto grado de civilización: campea en la raza el 
desarrollo de los sentimientos é instintos morales: las 
facultades intelectuales no tienen aquella pujanza que 
eleva al hombre á la altura del genio. Tiene su centro 
ea la meseta de la gran Tartaria y del Thibst. 

Familias, 

Esta raza es la mus numerosa y la que está mas 
extendida en el globo. Su carácter moral es inclinado 
á permanecer^ estacionario. Compónese de tres familias 
principales. 

1," Familia— Calmúquica. 

Comprende: 
Los cahmc'os. 
" calcas. 
" hasCj^U'vos. 
" qnivíjuises y un gran r.írr.ero de íribus nó- 



— 178 — 

madas, juntamente casi todas las poblaciones 
de la parte oriental de la Sihcria. 

2." Familia — Cínica. 

Comprende: 
Los cliinos. 
" japoneses. 
" habitantes de las islas Filipinas, Carolinas y 

Marianas. 
" tihetanos y otros mongoles orientales y meri- 
dionales. 
Esta familia es la mas notable de la raza mongó-, 
lica. En vez de las facciones rudas, feas del calmuco, 
notamos en esta, contornos mas suaves, una fisonomía 
mas dulce. 

3." Familia— Mongólica hiperbórea. 

Comprende, en Asia, al rededor del círculo polar: 

Los l'amstcJiadales. 

" tchutcJris. 

" ostiacos. 

" tungueses. 

" samoiedos. 
En el N. de Europa " Japones. 
En el N. de América " esquimales. 

" f/roenlandenses. 
Oli/§tei*vaeioueN. Esta familia es notable 



— 179 — 

por la pequenez de su estatura, por sus facciones grose- 
ras y contornos achaparrados, caracteres debidos á . la 
influencia del clima riguroso en que viven. Ho}'^ día 
está admitida la opinión de que son una mezcla de 
las razas caucásica y mongólica: 

1.*^ Los malayos que habitan la peninsula de Ma- 
laca y las islas de Sumatra, Java, Célebes y Timor. 

2.*^ Los pueblos oceánicos desparramándose en las 
innumerables islas situadas al Este de la Nueva Zelan- 
da, hasta los archipiélagos de las islas de los Amigos 
y de las islas Bajas. 

Veamos ahora las familias análogas á las mongó- 
licas. 

. .VARIEDAB MALAYA. 

Frente: baja y redondeada. 
Nariz: ancha, espesa en su extremidad, ventani- 
llas nasales abiertas. 
Boca: muy liendida. 
Mejillas: mediocremente elevadas. 

A. 

Ángulo facial: menos agudo que el del negro y 
llega á SO*' cuando mas. 

CaheUera: espesa, crespa, bastante larga y no ás- 
pera, siempre negra. 

Iris del ojo: negro. 

Color de la piel: castaño. 
Esta variedad es el lazo de las razas mongólica y 



— 18U -- 

negra, y acaso sea el resultado de una mezcla antigua 5^ 
perpetuada de dichas dos razas liuiiiauas. 

VARIEDAD AMEKICAIVA. 

"La especie humana, dice Humholdt, no encierra ra- 
zas que guarden entre si mas analogia que la america- 
na y la mongola, asi como la de los mandchús y los 
malayos,,. 

Pero nos encontramos con varias opiniones. 

Los americanos meridionales ¿proceden de la raza 
mongólica? Desde luego es innegable que las pobla- 
ciones de la costa del Nordeste de la América boreal, 
tienen muchas analogias con las de la raza mongólica 
del Norte del Asia; mas ¿se sigue de esto que toda 
la familia americana sea una variedad mongólica? Son 
uiuy tangibles las diferencias que existen entre los 
americanos boreales y los meridiouales para que se 
les pueda confundir: además entre el esquimal, el ra- 
r/h(',Qlpp}-i(ano,e\ mejicano, ú patagón existen diferen- 
cias físicas, morales é intelectuales que se oponen á que 
se establezca como opinión fundada el que toda la gran 
familia auiericana tiene una procedencia mongólica. 

Mas acaso la diferencia de cliuia no lia podido 
determinar hábitos y constitución corporal distintos 
entre puel)los de origen común? 

El americano del mediodía presenta en general los 
caracteres físicos sií>-niuiites: 



— 181 — 

Frente: corta y liimdida (sospéchase que la aplas- 
taban á los recien nacidos). 

Ojos: negros, hundidos. 

Ventanillas nasales: muy abiertas. 

Nariz: chata, pero no tanto como la de los mon- 
goles. 

Fostró: ancho. 

Mejillas: elevadas y no aplastadas. 

Aspecto: azorado, salvaje. 

Cabellos: negros, lisos. 

Piel: cobriza, con poco vello. 

Blumenbach cree que la raza americana ocupa toda 
la América, esceptuando las extremidades septentrio- 
nales, habitadas por los esquimales. 

Hollard divide la raza americana en siete tipos 
ameriíunos. 

Tipo norte-americano. 

Californianos. 

Eazas mejicanas. 

Eazas brasilio-guaraníticas. 

Raza pampeana. 

Raza ando-peruana. 

Raza araucana. 

Para inclinarse á creer como la influencia del 
clima puede dar origen á variedades notables de una 
misma raza, recuérdese que los sabios alemanes han 
constatado que la lengua húngara solo tiene analogía . 



— 182 — 

con la finesa y la lapona, por manera que los herniosos 
y valientes húngaros tendrían una comunidad de origen 
con los fineses y lapones, esos enanos pobres y mez- 
quinos de las regiones polares. 

RAZA ETIÓPICA. 

Caheza: prolongada, estrecha sobre todo en las 
sienes 

Rostro: prolongado en hocico. 

Frente: deprimida y redondeada. 

Ojos: descubiertos, al ras de la frente, con iris mo- 
reno, con esclerótica amarilla. 

Nariz: ancha y aplastada. 

Mandíhulas: el hueso de la mandíbula superior se 
proyecta hacia adelante de manera que sobresale de la 
linea frontal. 

Labios: gruesos, como hinchados; el superior le- 
vantado. 

Dientes: oblicuos, lo que dificulta la pronunciación 
de la letra IS. 

BarhiUa: reculada. 

Cabellos: negros, cortos, crespos lanudos. 

Barba: escasa. 

Piel: de color negro; habitualmente fresca. 

PantorriUa: escasa y aplastada. 

EodiUas: inclinadas. 



— 183 — 

Pelvis: de menos capacidad que las demás razas. 

Bra¿m: proporcionalmente algo mas largos que 
los del hombre caucásico. 

Nalgas: muy salientes. 

Cuerjyo: sin garbo, echado hacia adelante. 

Stalor: de un olor particular. 

Ánr/uJo facial, de 75 á 78°. 
Ohseg'VrteioBieiS. Predominan en primer tér- 
mino los instintos de conservación en el negro: las 
facultades morales tienen menos desarrollo: empero no 
se les puede negar una mediana idealidad y alguna 
religiosidad: su inteligencia es muy inferior á la del 
caucásico y mongólico. De esperar es que cuando el 

principio evangélico domine todos los corazones, la 
raza etiópica saldrá de la abyección en que yace para 
ocupar un rango conveniente en la civilización de la 
gran familia humana. 

¡Loor y gratitud al heroico misionero cristiano, 
que arrastrado por los nobles impulsos del catolicismo 

recorre los inmensos desiertos del África para esparcir 
entre sus hermanos los negros las santas verdades 

evangélicas! Un gran estadista ha dicho con gran verdad 
que el mas grande de los crímenes modernos de parte 
de los gobiernos civilizados es no fomentar las misio- 
nes evangélicas y mucho mas perseguir las órdenes 
religiosas que les dan el mas poderoso contingente: no 
hay civilizadores como ellos para las naciones bárbaras. 



— 184 — 





Familias, 


Esta raza cienta tres principales: 


1." Familia — 


Etiópica propiamente tal. 


Cjmpónenla: 




los jolofes. 




" fuJlias. 




las poljlaciones del SeneyaJ. 


U íi 


de /Sierra Leona. 


u u 


de Manigueüa. 


u u 


de la Costa de Oro. 


il u 


de Ardra. 


U ii 


de Benin. 


U 11 


de Majondjo. 


ii ii 


de la Nigricia. 


Los mandingas. 




Loango. 




Ánr ola. 




Congo. 




Luholo. 




Bengucla. 




En fin toda la 


costa occidental del África desde 



el Seueg-al liasta el Cabo Verde. 

2." Familia.— Cafre. 

Los m/"res' habitan en la parte oriental del África 
desde el río del Espíritu Santo hasta el estrecho de 
Babel-Mandel. 



— 185 — 

Coiiipreiide: 
" El MonomotaiJa. 

La Cafrería. 

Los Jüfjfjas. 

Los Borores. 

Toda la costa de Zmujuebar y de Mo^ainhiq-ue. 

Mo7i(jola. 

Melinda. 

El Monoemngui. 

Los Aurcicos. 

Los reinos de Álaha, Ajan y Adcl^ como también 
el país de Gales. 

En el interior del África habitan naciones fero- 
ces y hasta antropófagas. 

OlíiscfTac*i«Dies. El color negro de los ca. 
fres es menos subido, menos luciente que el de los ne- 
gros de la familia etiópica. Distinguense además de 
estos por los caracteres siguientes: 

Rostro menos prominente, facciones mas regula- 
res, mas hermosas. El olor que exhalan no es tan pe- 
netrante. 

Constitución fibrosa, algo mas delgados y mucho 
mas ágiles. Son pastores y nómades, y sus costumbres 
muy sencillas, de carácter mas belicoso y ánimo mas 
esforzado. No pueden soportar pacientemente hi escla- 
vitud; la firmeza de carácter predomina en ellos hasta 
la terquedad. 



— 186 — 

3," Familia— Hotentote. 

Los individuos que componen esta familia son los 
mas degradados del tipo humano y los darwinistas 
creen ver en él un eslabón que encadena al hombre 
con el cuadrumano. 

Hé aqui los caracteres que distinguen á esta fami- 
lia de las precedentes: 

Ángulo facial: cuando mas de 75°. 
Bostro: mucho mas prolongado en hocico, pues 
la cara es triangular y termina en punta. 
Piel: color de tierra sombreada. 
Ojos: distantes, apenas entreabiertos. 
Nariz: enteramente aplastada y sumamente ancha. 
Labios: mucho mas gruesos. 
Cabellos: Semejantes á la borra ovillada. 
Juanetes: muy salientes. 
Frente: tan deprimida, que casi no se advierte. 
Las hordas que componen esta familia habitan en 
toda la punta Sur del Continente de África, desde el 
Cabo Negro liasta el de Buena Esperanza. Tales son; 
Los nanaqaeses. 
" huesaqueses. 
" f/oririqiipses. 
" vhamuqueses. 
" f/uriquescs. 
" f/astiqneses. 
" soJiqucscs. 



— 187 — 

Los de la tierra de Natal 
" Imzuanos. 

" hotentotes salvajes ó hosquhnanes^ trogloditas 
que viven en cavernas, haciendo correrías 
repentinas y alimentándose con raices agres- 
tes 6 con alguna presa. 
Los caracteres físicos y morales de los imiJÜas 
de la Nueva Guinea, de los salvajes de la Nueva 
Holanda y de la Nueva Caledonia, etc. parecen muy 
análogos á los de la ñimilia liotentote. 

Pues bien: toda esa inmensa variedad de razas y 
de familias humanas se reduce á la unidad: el linaje 
humano procede de una sola pareja; y como el primer 
hombre y la primera mujer debieron reunir todas las 
perfecciones que puede conllevar nuestra organiza-- 
cion, nos vemos en el caso de creer que pertenecían 
al tipo blanco, puesto que es el mas acabado que cono- 
cemos entre todas las grandes variedades de la especie. 
Ante todo vamos á indicar las razones que abogan por 
la unidad de la especie humana. 



e«s «le las b'Wííüshí^ Bs8afii85Sfi«í^. prcHe- 
biiii \k\ BiMlclad «le l¿& especie. 

(^uién diría, que en unos tiempos en que el dar- 
winismo se empeña en demostrar el parentesco entre 



— 188 — 

el mono y el hombre por caracteres de semejanza, se 
liabía (le poner eu duda la igualdad original de las ra- 
zas humanas. En la misma página en que Vogt defien- 
de la posibilidad de que descendamos de los cuadru- 
manos, niega la de que el negro y el caucasiano proce- 
dan de la misma pareja, ¿puede darse ejemplo de mayor 
inconsecuencia? 

Pero ¿se quiere saber por qué se niega esta ver- 
dad? Por mero fanatismo anticatólico: por el placer 
de combatir el Génesis, pues dice que la pluralidad de 
las especies seria una cosa indudable "sino enseñase 
lo contrario un cuento viejo, inserto en los libros de 
Moisés,,. Cuento viejo que proclama ia ciencia y que 
ha puesto los cimientos á la civilización. universal. 

Caractéees genealógicos. — Es un principio en 
zoología demostrado por el célebre Buffon, que la es- 
pecie es una serie constante de individuos semejantes que 
se reproducen indefinidamente; por lo cual la unión 
de especies diversas resulta estéril ó á lo sumo goza de 
una fecundidad limitada; de donde resultaría que si las 
i-azas humanas fuesen otras tantas especies, su cruza- 
miento sería ineficaz para la multiplicación. Sin em- 
bargo sucede tod(j lo contrario, con la (ircunstañcia de 
que cuanto mas diferentes son las razas mayor es la 
fecundidad: luego las razas humanas son formas dis- 
tintas de la misma especie, de lo contrario el cruza- 



— 189 ~ 

miento sería estéril como sucede entre inclÍYÍduos de 
distinta especie zoológica. 

Por eso es que todos los tipos humanos pueden 
reducirse á uno solo, al de la raza caucásica. 

La raza negra, dice M. Quatrefages, se une" á) 
aquella por medio de la raza malaya ó atezada (morena 
que lia formado entre ambas la transición, y la raza 
mongola ó aceitunada se enlaza con la raza blanca por 
medio de la cobriza ó americana. 

Hé aquí la razón porque los signos característicos 
de la raza no son suficientemente constantes ni precisos, 
de manera que no existe principio científico alguno que 
permita discernir] os con exactitud: Blumenbacli cuenta 
cinco, Pritcliard, siete: Flourens los reduce á tres. El 
tártaro y el finés ¿pertenecen al tronco caucásico 6 al 
mongólico? Los papuas y los alfurones ¿son negros ó 
malayos? Por eso ha dicho el sabio Humboldt: "Cuando 
se comparan los tipos hunm.nos, no en sus formas extre- 
mas, sino teniendo en cuenta los matices intermedios 
por los cuales dichos extremos se enlazan: llegan mas 
fácilmente á afirmar la unidad de nuestra especie que 
á sostener la opinión contralla. 

Caeactékes psicológicos. — La unidad de la es- 
pecie humana tiene mas firme apoyo aún en razones 
psicológicas. Todas las razas humanas están dotadas 
de unas mismas facultades: aunque su iuteligencia 
sea de distinto grado, las costumbres, la educación 



— 190 — 

una porción de cansas externas, pueden reducir á tal 
punto esa diferencia, que los negros educados en las mis- 
mas condiciones de los europeos, llegan frecuentemente 
al mismo giíado de desarrollo, al paso que los europeos 
educados entre salvajes no sobrepujan el nivel intelec- 
tual de los mismos. Mas ó menos todas las razas hu- 
manas liállanse dotadas de pasiones idénticas; de con- 
ciencia ó de sentimiento moral y religioso. 

Todas las razas humanas se hallan dotadas de 
la facultad de hablar y los adelantos filológicos han 
demostrado que todas las lenguas son simples varié' 
dades de una lengua primitiva: ¿y no es esto una prueba 
de trasmisión hereditaria y de nuestra unidad especi- 
fica? 

Todas las razas humanas se hallan dotadas de 
religiosidad: en todas partes se ora, se adora, se ofre- 
cen sacrificios bajo diferentes formas; pero con una in- 
clinación igualmente invencible. 

Ahora bien: las coincidencias tan frecuentemente 
i'epetidas de los mismos instintos intelectuales, mo- 
rales y religiosos en el hombre, ¿no son una prueba 
patente de que sus rasgos son hereditarios y no for- 
tuitamente idénticos? 

Caeactéees anatómicos. — Las relaciones genea- 
lógicas y psicológicas de las razas demuestran la uni- 
dad de la especie hunuxna, al punto de no encontrarse 



— 191 — 

naturalista filósofo que no lo liaya reconocido. Lo ini> - 
nio acontece con sus rasgos y semejanzas físicas. 

En efecto: los mas célebres naturalistas hacen no- 
tar que las razas liumanas mas diferentes tienen de 
común lo que es esencial al organismo litimano: una 
niisnia estructura orgánica, idéntica duración media 
de la vida; la misma propensión á la enfermedad; la 
propia temperatura media del cuerpo; la misma fre- 
cuencia media en los latidos del pulso, idéntica dura- 
ción en la gestación, idénticas leyes embriológicas. Mas 
como semejantes conformidades, advierten esos sabios, 
jamás se encuentran en las diferentes especies de un 
niismo.género, sino en las razas de una misma especie, 
la fraternidad de la especie liunmna es i|inegable. 



oa»B^'í»'Ba «le IktH i*áiiKSis é váaa'iedtasies 
i24aáaaa*9ile^ «le i g-éaseí*® laaaasasissií? 

Si la especie humana es una y empezó por el tipo 
caucásico ¿cómo un modelo tan acabado pudo degenerar 
pasando por gradaciones sensibles desde el tipo blanco 
hasta el de un hotentote? Responderemos que puede ex- 
plicarse con el principio de la adai)tacion al medio am- 
Iñente que ha producido al través de los siglos modifica- 
ción 3S, aunque accidentales, lier editarías, por la reite- 
ración de la misma influencia en una época primitiva. 



- - 192 - 

Tres variedades fimdaiiientales resúinen las di- 
yergencias de las razas entre sí: la estatura, el color, j 
la forma de la cabeza. Todas ellas tienen explicación 
dentro de la misma especie, pues todas son el resul- 
tado de la influencia del clima, la diferencia de cos- 
tumbres y alimentos y, sobre todo, de la reacción de 
la inteligencia y de la sensibilidad sobre los sistemas 
nervioso, cutáneo y óseo, no por influencias bruscas, 
sino graduales y repetidas indefinidamente por herencia 
hasta hacerse características después de largas gene- 
raciones. 

En cuanto á la variedad de color, qne es lo que mas 
llama la atención, debe advertirse que el color de la piel 
no depende en manera alguna de una organización es- 
pecial de la epidermis: debajo de esta membrana existen 
en el pigmento granulaciones colorantes que contie- 
nen una materia inas ó menos oscura, que se encuen- 
tran también en la raza blanca; de donde resulta que 
en todos los organismos existe una predisposición exci- 
table á ennegrecerse según las influencias. Esto es tan 
cierto, que los tipos mas puros de la raza caucásica al 
aproximarse á los países y al régimen de la raza etió- 
pica, adquieren el color de un modo muy pronunciado; 
de cuyo principio se deduce que durante los primeros 
tiempos del género humano, esta disposición desenvol- 
viéndose en un grupo, en virtud délas influencias clima- 
téricas llegó á perpet'iarse con>tituyendo la ríiza negra. 



— 193 — 

En cuanto á las diferencias del cráneo, basta ob- 
servar con Quatrefag-es que "por mas prevenido que se 
esté, no podrá menos de reconocerse que el esqueleto 
varía de una raza de animales domésticos á otra, in- 
finitamente mas que entre grupos humanos,,. 

Y sobre todo es innegable la observación de M. 
Flourens: "todas las razas tienen, con cortas diferencias 
que no pasan de individuales, la misma capacidad cra- 
neana: el cerebro, además, no presenta diferencia al- 

g'^^na y si con el dominio puro de la psicología 

puede fácilmente marcarse el limite preciso que separa 
el instinto de la inteligencia; de raza á raza no existen 
mas que variedades que liace desaparecer^, la educa- 
ción: la unidad de la inteligencia es la última y defini- 
tiva prueba de la unidad de la especie humana,,. 

En vista de tantas demostraciones científicas ¿có- 
mo pueden alegarse en contra de la unidad de la espe- 
cie hunmna esas anomalías únicamente accidentales de 
estatura, color, etc. , cuando lejos de excluirla, no son 
mas que la manifestación de su libre desenvolvimiento 
bajo el imperio de la ley de adaptación al medio en que 
existe el hombre? ¿Porqué sorprenderse de que las in- 
fluencias climatéricas é higiénicas produzcan en los 
hombres esas transformaciones accidentales, cuando 
no causa menor maravilla el verlas producirse en gran- 
de escala en el reino animal. 

En las Indias occidentales, p. e. han sido vanas 



— 194 — 

xas tentativas para obtener lana, puesto que debido á 
las cuiílidades del terreno, los rebaños pierden la lana 
y se cubren de pelo; en cambio en Angora los carneros, 
las cabras, los gatos y liasta los conejos se hallan cu- 
Iñertos de un pelaje largo y sedoso. Si obra tan pode- 
rosamente la naturaleza física sobre el reino animal 
¿habrá razón para sorprenderse de que nuestro ángulo 
facial, color y estatura, dependan un tanto de la lati- 
tud en que vivimos y de influencias higiénicas y hasta 
morales? 

En la revista que mas arriba hicimos de las razas 
humanas heuios podido convencernos que el tipo mon- 
gólico y especialmente el negro, lejos de mostrarse rea- 
lizado con el conjunto de sus caracteres en una pobla- 
ción mas ó menos homogénea, como sucede respecto 
de una especie de animal observado en el. estado de na- 
turaleza, se sustituyese poco á poco al tipo caucásico 
á medida que avanzamos del Egipto hacia los manan- 
tiales del Nilo Blanco; y de alli al Oeste hacia las costas 
de Guinea y hasta la meseta del África austral: al Este 
heuios visto reproducirse el mismo desarrollo, pero en 
general, alejándose menos del punto de partida. No so- 
lamente podriamos constatar también puntos de contac- 
to entre los pueblos de tipo caucásico y tribus de tipos 
mongólico en el Asia occidental, sino que este último 
nos presentaria uu desarrollo mas marcado si lo si- 
guiéramos hasta sobré la meseta, y de aquí hacia la 



— 195 — 

región Nordeste del continente en donde los tclnitchis, 
por ejemplo, nos ofrecerían en su mas alto grado, la 
orma piramidal del cráneo. 

En revancha, por el lado de la China, del Japón y 
de la península Indo-China, el tipo mongólico se aparta 
mucho menos de las formas caucásicas. Y al paso que 
los dos grandes tipos negro y inougólico se desenvuel- 
ven de mas en mas en las vastas regiones de Asia 
y de África, que no ofrecen á las socie¿lades humanas 
sino las condiciones de los climas extremados, y que 
las dispersan sobre inmensos espacios; el tipo caucásico 
colocado entre los dos precedentes, parece como que 
les dá la mano á derecha y á izquierda, de la ludia al 
Egipto. 

Allí en una zona estrecha que toca á varios ma- 
res, cortada por montañas con sus mesetas y valles, bajo 
una latitud superior á 30° paralelo, muéstrase desde la 
mas remota antigüedad, en las comarcas mas hermosas 
del mundo, los mas acabados modelos de las formas hu- 
manas. 

Si el tipo se ha desviado de su pureza original, 

solo ha sido cuando se ha alejado de su patria, cuando 
ha pasado de un clima constante y moderadamente cá- 
lido y seco á una temperatura variable á la humedad 
de una latitud mas alta; en fin cuando los pueblos aria- 
nos han venido á establecerse en la Europa central y 
occidental. 

Por fin, ilustres naturalistas han demostrado que 

13 



— 196 — 

existe gran relación en cada tipo 6 raza con la comarca 
en donde se presenta en todo su desarrollo, después, 
su posición geográfica con respecto á las demás, mos- 
trándose el caucásico en el medio, el negro y el mogol 
en las extremidades del Antiguo Mundo: el primero en 
las condiciones mas favorables al desarrollo de la ac- 
tividad humana, para los grandes establecimientos na- 
cionales, para las relaciones de los pueblos, y los otros 
en condiciones enteramente opuestas aunque diversas. 

¿Qué quiere decir esto, sino que los tipos mon- 
gólico y etiópico son dos grandes degradaciones de 
aquel tipo central ó caucásico, dos modos de degeneres- 
cencia que gradualmente se lian producido bajo la in- 
fluencia excesiva de la naturaleza, habiendo esto cor- 
tado los vuelos de la inteligencia ó habiéndola ador- 
mecido, imprimiendo mayor energía á los sentidos, á 
los apetitos y al organismo que les corresponde, de 
manera que las irritantes expansiones de la materia pre- 
valeciesen progresivamente contra las aspiraciones 
del espíritu? 

Por eso, cada raza humana encierra en sí misma 
el germen* de los tipos de las demás razas y vénse 
aparecer también en las razas superiores individuos 
con fisonomías que pertenecen á tipos inferiores, y 
en nuestras mismas poblaciones adviértense esbozos 
muy notables del tipo negro, mongólico y de otros me- 
nos excéntricos. 



— 197 — 

La Biblia al proclamar la unidad de la especie 
hiimana, ha establecido una verdad que hoy dia se des- 
prende del estudio concienzudo de la antropología. 
Somos, pues hermanos por la comunidad de origen y 
por la solidaridad de idénticos destinos. 

¿Porqué, pues, hemos de rechazar esta consoladora 
verdad, cuya primera consecuencia es el principio de 
que el linaje humano procede de una sola pareja, puesto 
que ese dogma no solamente enlaza á la gran familia 
de Adán y Eva con uu vinculo de amor, sino que aniqui- 
la los inicuos privilegios, llama todos los hombres á 
la civilización y proclama por boca del mismo Ser Su- 
premo el augusto y cristiano lema: libertad, igualdad 
y fixdeínidad. 



> m* 



V 



CAPITULO IX 



Wjíxh cliíic*uH»«Ie^ €*oiiiti*a el iiioiio- 

gCllíiílllO. 

Aiiiiqive la antropología demuestre científicamente 
la unidad de la especie humana ó el monogenisnio^ 
también es cierto que el poligenismo invoca en su fa- 
vor algunas razones, que sin embargo pueden resol- 
verse satisfactoriamente. Constituyen una cuádruple 
dificultad contra el monogenismo deducida 1.° de la 
estabilidad actual de las razas: 2." de la aparente im- 
posibilidad de su dispersión por el Nuevo Mundo: 3.° 
de su propagación y multiplicación prodigiosa y 4.° de 
la desigualdad moral é intelectual de las razas. 

I. 

Estabilidad actual de las razas. 

El monogenismo explica la variedad de las razas 
como modificaciones de la misma especie, en virtud de 
las inñuencias climatéricas é liigiénicas según el prin- 



— 200 — 

cipio de la adaptación al medio y la le^ de caracteriza- 
ción. Ahora bien: estas influencias continúan actualmen- 
te de parte del clima, método de vida y grado de civili- 
zación. ¿Porqué razón el hombre ya no cambia, ni se for- 
man nuevas razas? ¿no debe verse en esta inmutabilidad 
la prueba de que las razas son tipos y no meras modi- 
ficaciones de un mismo tipo primitivo? 

Además ¿porqué la i'aza caucásica conserva sus ca- 
racteres apesar de trasladarse al África bajo idénticas 
influencias que la etiópica? A todo esto satisface cum- 
plidamente la ciencia. 

En efecto: hoy son las razas casi constantemente 
idénticas á sí mismas, porque han alcanzado los limites 
extremos de su variabilidad; pero en una época mas re- 
mota en la cual las condiciones biológicas y meteo- 
rológicas del globo eran muy diferentes, las razas ex- 
perimentaban modificaciones que á la par sé agotaron y 
se trasmitieron y hoy algunos grupos las personifican. 
Bajo este aspecto la laimanidad es comparable al hom- 
bre en los períodos de la infancia y de la ancianidad. 

Así durante la infancia del mundo, cuando tenían 
lugar las grandes revoluciones telúricas existia en la 
naturaleza una tendencia general á imprimir rasgos 
muy marcados en los habitantes de nuestro planeta: 
entonces, al propio tiempo ({ue nuestros continentes, 
surgían nuevas razas, porque las modificaciones desti- 
nadas á convertirse en rasgos indelebles eran recibidas 



— 201 — 

mas fácilmente pqr un género humano en su infancia, 
y mas profundamente grabadas por una creación que 
producia grandiosos partos; mas tarde, habiendo dismi_ 
nuido la fuerza de compresión de la naturaleza y au- 
mentado respectivamente la fuerza de resistencia de 
la humanidad en su madurez, estableciéndose las razas 
mediante este equilibrio. 

No puede decirse que habiendo desaparecido los 
accidentes modificadores de la naturaleza, debieran 
terminar las modificaciones que produjeron las razas; 
pues es evidente que la inercia orgánica de las razas 
las conserva hoy porque las energías de la naturaleza 
carecen de fuerza suficiente para destruirlas: por esta 
misma inercia orgánica se explica como un caucásico 
no se convierte en etiope trasladándose al África y 
viceversa. La iner(da conserva los caracteres adqui- 
ridos. 



II. 



Aparente dificultad de la dispersión de la humanidad por 
el Nuevo Continente. 

El poligenismo pregunta además cómo se explica 
científicamente que pueda atribuirse á una sola pareja 
primitiva, originaria del Asia, la población del Nuevo 
Mundo descubierto tantos siglos después. Aunque mas 



— 202 — 

adelante dilucidamos esta dificultad, liaremos las si- 
guientes consideraciones. 

La emigración del Antiguo Mundo al Nuevo lia po- 
dido realizarse por el estrecho de Bliering, que en el 
punto mas reducido solo mide diez millas de ancliura. 

También se explicaría fácilmente la inmigración 
asiática por la cadena de las islas del grande Océano, 
suponiendo con ciertos geólogos que estas islas son res- 
tos de una lengua de tierra que servía en otro tiempo de 
puente entre el Asia y la Améi'ica meridional y que con 
posterioridad fué roto por evoluciones geológicas ó por 
las corrientes mai'itimas. 

Si se fija la atención en el grande Océano dice 
Vogt, puede afirmarse que antiguamente en el lugar 
que ocupa, existia un continente que lia desaparecido 
y del cual solo restan las cimas mas elevadas, que cons- 
tituyen las islas, lo cual parece verosímil en cuanto el 
fondo del mar Pacífico se halla sembrado de arrecifes. 

Adeuiás ¿no podría explicarse la inmigración á 
consecuencia de algún naufragio? Existen ejemplos re- 
cientes (ie buques japoneses arrojados por la tempes- 
tad á las islas de Sandwichs y aún hasta la misma 
Colombia. Por fin, consta poi' los libros históricos de 
Islandia, los Sagas, que en el siglo X los Normandos 
llegaron á las costas orientales de América, pasando 
por la Islandia y la (iroenlandia hasta la Florida. 

Por eso es que Waitz, que no reconocía la unícUid 
de la especie humana, no titubeó en confesar que "la 



— 203 — 

dificultad de las pereg-rinaciones no puede oponerse 
en manera alguna á la opinión que sostiene que los 
hombres se lian extendido partiendo de un solo punto. 
Esta dificultad en ninguna parte se ofrece mas grave 
que en el mar del Sur, y sin emliargo la perfecta unani- 
midad que reina en toda la Polinesia relativamente 
al lenguaje, las tradiciones y la religión, no permite su- 
poner en esos insulares un origen distinto.,, Además 
la tradición de la Atlántida., es una explicación pro- 
bable, como veremos mas adelante. 

III. 

La propagación y multiplicación del género humano. 

Los poligenistas basan su tercer argumento en la 
multiplicación desproporcionada á la fecundidad de una 
sola pareja, y Vogt la ha formulado así: "El que presta 
fé á la Biblia ha de prestarla á todo cuanto encierra; 
por consiguiente el que reconoce á x\.dau como padre 
único del género humano, debe también conceder dicha 
dignidad á Noé, que después del diluvio quedó solo en 
la tierra con sus tres hijos. Ahora bien ¿qué prodigio- 
sa fecundidad del)ió ser la de las tres razas de Sem, ( 'liam 
y Jafet, para producir en unos 500 anos cuando mas, 
millones de hombres, solamente en las regiones del 
Egipto, puesto que los monumentos de Ninive y lía- 
bilonia atestiguan que naciones numerosas poblaron 
el Asia Menor inmediatamente después del diluvio?,, 



— 204 — 

Pues bien, Vogt lia declarado que no es matemá- 
tico y por cierto qne no era necesario que él lo confe- 
sase, pues basta examinar sus cálculos. Suponiendo que 
cada pareja humana liaya engendrado por término 
medio í^eis hijos en el periodo comprendido entre los 25 
y 50 años, que no es mucho suponer en los tiempos pri- 
mitivos ¿quiere sal)erse cuál seria el número de los 
hombres al cabo de cuatro siglos y medio después del 
diluvio? El cálculo matemático lo dice: ochocientos mi- 
llones (800.000,000). 

Y aunque es verdad que actualmente no existe 
pais alguno en que la población crezca con tanta ra- 
pidez, no es de extrañarlo, porque en aquel entonces de 
vida exhuberante no podían existir las causas mortífe- 
ras de la época actual. 

Sin embargo, en tiempos muy recientes se han 
visto ejemplos de semejante progresión: en una isla 
de las Antillas habitada por vez primera en 1583 por 
náufragos ingleses, existía al cabo de ochenta años una 
l)obla(:íon de 12.090 almas que descendía toda de cua- 
tro madres y por tanto de solo cuatro parejas. 

Luego nada se opone á ([ue la humanidad proceda 
de Adán ó de Noé; y como si \'ogt estuviese convencido 
de la falta de exactitud de sus propios cálculos, invoca 
el auxilio de la r)il)lia pai'a encontrar una especie de 
tangente. 

"Después del asesinato de Abel, dice, la posteridad 



— 205 — 

de Adán se liallatta concentrada en la persona de Caín, 
porque 8etli y demás hijos é hijas que menciona el Gé- 
nesis, no habían nacido todavía, según todas las pro- 
babilidades. Caín llevó consíg-o á su mujer, y funda una 
ciudad j. Dios le imprime sobre la frente una señal 
para que nadie le mate: este signo podía servir única- 
mente para los hombres, puesto que el lobo no respeta 
al cordero señalado; y si era para los Iiombres, es 
una prueba de que el mundo se hallaba ya poblado por 
una familia que no era la de Adan.„ 

Pero es ridículo el empeño de Yogt en poner al 
Génesis en contradicción consigo mismo. En efecto: 
el texto sagrado no cita la época del fratricidio, ni 
la de la fuga de Caín, ni la de la fundación de la ciudad. 
Entre esos diversos acontecimientos pueden haber 
transcurrido siglos enteros. En cuanto á la mujer 
de Caín, ei'a ó una hija de Adán nacida después de Seth, 
ó una de sus sobrinas. 

Además, cuando Caín abandonando el país del Edén 
espresa el temor de perder la vida ¿quién ha dicho á 
Vogt que considerase lial)ítadas las otras comarcas? 
Lo que se deduce de sus recelos naturalmente es el te- 
mor de que la familia de Adán, cruelmente ultrajada 
por su crimen, vengase un día el fratricidio; y como 
le quedaban muchos años de vida, nada tenían de qui- 
méricos sus temores. 



— 20G — 
IV 

La desigualdad intelectual y moral de las razas 

Los polig-eiiistas lian exag-erado en apoyo de su 
tesis los caracteres físicos (jue disting-nen los iiegTos 
de los blancos. En efecto: no todos los negros se pa- 
recen á las polaciones de Gninéa, consideradas como el 
tipo de la raza: en el Chongo y en las costas de Mo- 
zambique encuéntranse negros cuyos rasgos son eu- 
ropeos hasta tal punto, (jue los labios abultados y la na- 
riz deprimida constituyen para ellos el rasgo caracte- 
rístico de los seres degradados. 

Pero sobre todo bajo el i)unto de vista intelectual y 
moral se les ha hecho mas jiegros de lo que son. El jui- 
cio de Mv. Elourens coiistitnye en este ¡isunto una sen- 
tencia inapelable, confinnada diariamente por las ob- 
servaciones etnográficas: "'Entre hombre y hombre, en- 
tre raza y raza, solo existen grados, variedades, mati- 
ces de inteligencia ([ue la educación hace desaparecer.,, 

Los hotentotes, los cafres, los bosquinumes, los 
mismos australianos, esos descendientes degenerados 
del ]H'gro, no son en manera, alguna tan ¡)¿c/r/l/::(ililcs 
como se hadiclio. Es cierto que no tienen como nosotros 
la propensión y las condiciones n;itnrales para adi|uirir 
el desenvolvimiento individual y social; nuis pruébese 
enviar <á esos pueblos en vez de civilizadores armados 
que les arrebatan el oro ó sus productos naturales, de- 



— 207 — 

jándoles en cambio los vicios, civilizadores que se sacri- 
fiquen por ellos como los misioneros, y ante semejante 
espectáculo se reconocerán como criaturas de un mismo 
Dios y la mutua simpatía irá desarrollando todos los 
progresos: es ley que la civilización no se impone con 
los ejércitos y explotadores comerciantes, sino con mi- 
siones evangélicas, digalo sino el mundo bárbaro, civi- 
lizado por las misiones del catolicismo. 

Los esclavistas anglo-americanos lian rebajado á 
los negros para darse la razón contra ellos y autorizar 
la esclavitud, y han acusado de optimismo el aposto- 
lado católico entre los negros: sublime optimismo en to- 
do caso, aquel que hace tomar la defensa de sus propios 
verdugos y que lian lieclio inmortales al Obispo de 
Chapas, Bartolomé de Las Casas y al Santo héroe de 
las misiones negróñlas, Pedro Claver. 

Sin embargo los sabios mas distinguidos han hecho 
á los negros la misma justicia que sus apóstoles. Los 
Fantis y Archantis, las tribus mas atrasadas de la ra- 
za africana, tienen sus leyes, artes, ciudades, un culto, 
y por consiguiente una civilización elemental. 

No obstante sus desventuras, la posteridad de Chaní 
ha contado en su seno héroes de humanidad y de va- 
lor: escritores, sabios y poetas educados en el colegio de 
Proimganda Fule en Roma. El célebre negro Linette 
Geoffroy, fué nombrado eu el último siglo correspon- 
diente de la Academia de Ciencias de Paris. Es cosa 



— 208 — 

esperiinentada (lue lus iieg-rus se elevan á este grado 
de cultura uiediaute el contingeute intelectual de otras 
razas; mas tampoco debe perderse de vista que el desen- 
volvimiento de nuestro espíritu resulta del contacto 
con las inteligencias de todos los siglos. El aislamiento 
conduce al salvajismo. 

En el mero hecho de (pie los negros puedan acu- 
dir al contingente de nuestra civilización secular al 
ponerla á su alcance, debe verse una pruel-a de que 
como nosotros, son susceptibles de desarrollo progresivo 
y aptos para alcanzar' el estado de civilización. 

Y ¿cuánto no se hadiidio con relación á las íaculta- 
dcs morales de la raza negra? 8u pereza, su ingratitud, 
SLi insensibilidad respecto á las bondades qtie se lé" 
prodigan, su superstición, han hecho el gasto durante 
mucho tiempo, á las teorías anti-humanitarias de sus , 
opresores. Y sin embargo ¿qué es su pereza, sijió el re-'*^'» 
sultado natural de su prolongada esclavitud? El hom- 
bre ha menester de la excitación al trabajo con la es- 
peranza del lucro; y el negro no ve al término de su jor- 
nada mas recompensa que su pedazo de pan — bazo y su 
mísera cabana. Su insensibilidad respecto de las bon- 
dades que se le dispensan, se esplica perfectamente si se 
considera que al verse vendido como artículo de comer- 
cio, juzga las atenciones que se le guardan como medio 
para explotarle mejor. Devuélvasele la lil ertad y no 
tardará en contestar con el reconocimiento y la grati- 



— 209 — 

tiid á los beneficios que recibe. La superstición, mas 
bien que verdadero signo de la inferioridad de su origen, 
es fruto de la ignorancia. 

No hay, pues, que desesperar del negro y, sobre 
todo, no se le desespere; establézcase su libertad basta 
en las costumbres, despójense los blancos de ese desden 
innato, de esa prevención intima con que miran á sus 
hermanos de color que soljrevive á los decretos de 
emancipación; no se cambie de sitio en las fondas y en 
los cafées, como se hace en Norte- América al ver en 
la misma sala un hombre de color; en suma, trátense 
á los negros como hijos de un mismo Dios, como des- 
cendientes de un mismo padre y destinados á la misma 
civiliz^ion y no se tardará en obtener el trabajo y la 
gratitud en Cambio de un verdadero amor. 

Para la antropología transformista la inmovilidad 
de los negros j de los australianos constituiré un pro- 
blema de difícil solución; en efecto, puede decírseles 
"puesto que la naturaleza por sí sola, en virtud de 
su fuerza intrínseca se eleva al perfeccionamiento or- 
gánico y moral ¿en qué consiste que permanezca esta- 
cionario en ese grado de abyección tan estremo, hasta 
haber sido posible tomar al negro por hermano del 
orangután y al australiano por congénere del mandril?,, 

Pero á los ojos del catolicismo la solución es fácil, 
los negros no representan en manera alguna una es- 
pecie detenida en su desarrollo, son al contrario la es-" 
presión de una decadencia ó degeneración, que se es 



— 210 — 

plica racionalmente. La inmor¿i]idad largo tiempo perse- 
verante (le sus antepasados, acumulando sus conse- 
cuencias en su posteridad, basta para comprender todas 
las degradaciones. 

El autor de la obra "El Mundo y el Hombre pri- 
mitivo,,, ha diclio con mucha sensatez: "Entre los pue- 
blos adolescentes y jóvenes, cuando lian sacudido el yu- 
go de la religión, la caida no tiene límites. Canaan y su 
descendencia han escandalizado la historia con el as- 
queroso espectáculo de sus vicios. . . . Entre los fenicios 
encontramos la voluptuosidad erigida en acto de reli- 
gión como los sacrificios de sangre humana. . . . „ 

Si vicios y crímenes «emejautes han llegado á im- 
perar durante siglos continuados entre los negros y 
los australiimos ¿uo tenemos lo suficiente para ver en 
ello la esplicacion de su envilecimiento? 

El castigo de la sanción natural y divina agravado 
por el progreso del crimen, se traduce por rebajamientos 
graduales. Su término es el estado salvaje para un pue- 
blo entero y una degradación fisiológica é intelectual, 
cuyo estigma se trasmite por herencia á los individuos. 

El error de los poligeuistas consiste en haber 
esplicado, mediante la diferencia de especie, lo que 
no es mas que resultado de los vicios endémicos y se- 
culares de un [)ueblo. ... y principalmente el decla- 
rar incurables las llagas (pie el catolicismo puede tra- 
tar con éxitj, no obstante su grandísima profundidad. 



— 211 — 

Cuando se piensa en que el dogma de la fraterni- 
dad humana lia sido enseñado en el Pentateuco en una 
época en que todos los pueblos, perdido el recuerdo de 
su fraternidad original se odiaban mutuamente é im- 
peraba la esclavitud, se comprende que la Biblia lia 
sido inspirada por Dios con grande gloria para la hu- 
manidad y los destinos de la civilización. 

V. 

Conclusión 

¿Qué nos resta en esta cuestión antropológica, sino 
pedir en nombre de la civilización que se tribute al ca- 
tolicismo la justicia imparcial que merece por haber en- 
señado este dogma á los pueblos que civilizó, pues que 
constituye una doctrina de gran alcance moral, hasta 
servir de base hermosísima al derecho internacional y 
social y de fundamento esencial á los estudios mas 
trascendentales sobre los problemas mas importantes 
que están destinadas á resolver, con honor de la huma- 
nidad, tanto la etnología como la filosofía de la historia? 

Es para el catolicismo una gloria inmarcesible el 
haber impugnado de antemano todos los errores que 
denigran á la humanidad. 

La cuestión entre el poligenismo y el monogenis- 

mo sobre la pluralidad ó unidad de la especie humana, 

está resuelta por la Biblia con gloria de la civilíza- 
le 



— 212 — 

cion cuarenta centurias antes que lo hiciera la ciencia 
antropológica. Está escrito en el Génesis: "Crió Dios 
á Adán y á Eva, madre de todos los vivientes.,, He aquí 
el nionogenismo consignado en la Biblia; y la economía 
evangélica para honra de la humanidad descansa tam- 
bién en el hecho de la unidad especifica del género hu- 
mano, de manera que destruido este hecho el cristia- 
nismo pierde sus bases y pierde su gloria la huma- 
nidad. 

En efecto, si los hombres no proceden de un mismo 
tronco y de una sola pareja ¿cómo podrá enseñarse si- 
quiera la filantropía, ni como obligarlos al cumplimien- 
to de los deberes de mutuo amor y afecto solo por que 
se parecen unos á otros? ¿porqué derecho nosotros, 
gente de la raza caucásica, habíamos de conceder la 
libertad al negro; considerar igual nuestro al hotentote 
y mirar como hermanos á todos aquellos pueblos que 
no procederían de la misma pareja? ¿qué sería del- 
decantado cosmopolitismo? Todo meras supersticiones 
de la civilización. 

La solidaridad humana en los destinos del progre- 
so y de la civilización sería sustituida por el egoísmo 
y la esclavitud. 

La antigua civilización, por boca (k-, sus mas gran- 
des filósofos había consagrado la esclavitud y anate- 
matizado la l¡l)ortad, la igualdad, y la fraternidad uni- 
versal, proclamaiulo autóctonos^ esto es, de origen 



— 213 — 

propio á los Helenos los Pelasgos, los Tro3^aiios;y tan- 
to los Griegos, como los Romanos, gigantes de la anti- 
gua civilización, afrontaron á la humanidad declarando 
bárbaros á los demás pueblos é incapaces de la civili- 
zación. 

El Evangelio derribó la barrera que separaba á 
los pueblos de la tierra y soldó las cadenas de la es- 
clavitud: proclamó errónea la distinción entre el Es- 
cita, el Judío, el Griego y el Romano; y las influencias 
de la fraternidad universal en Adán y en Jesucristo hi- 
cieron una sola familia de todos los pueblos de la tierra 
y dignos de la misma civilización, de idénticos destinos 
de iguales deberes y derechos. 

Desde entonces data la era de la mas gloriosa ci- 
vilización, y basada en esa hermosísima doctrina de 
la unidad é igualdad de la especie humana, la Iglesia 
tuvo autoridad para condenar en nombre de Dios la 
esclavitud y la trata de los negros, y para declarar 
que los indígenas americanos, á quienes la avaricia que- 
ría hacer pasar por seres inferiores, eran hijos de Adán 
redimidos á la salvación por Jesucristo. Hizo mas la 
Iglesia; proclamó y defendió ante todos los pueblos de 
la tierra á costa del martirio y de las misiones enviadas 
por el Pontificado á todas partes "no hay mas que un 
Dios, Padre de todos los hombres: un solo Redentor 
una sola humanidad, una misma civilización; iguales 
destinos en la tierra y en la inmortalidad. „ 



— 214 — 

Desafiamos á que se encuentre en la historia otra 
g-loria y otro beneficio mayor en pro del género huma- 
no que este timbre esclusivo del catolicismo. 



FIN DE LA PRIMERA PARTE 



^^^-sQM^-^ 





lia eieiicia pB*ehi^lóe*iea ^olire el 
lio»al»B*e aiiieB'Ic'iiBao cbí ^hís i«ela- 
cfoiic^ eoit el |»B*»l»leBiBa etnoló- 
g'ieo del lioiiil>B*e i»B*ÍBiBÍtlvo y el 
coiiileuzo de la cívilIxacioBB. 



SEGUHDA PARTE 



I^a ciencia prehistórica sobre el Iionibre ame- 
ricano en svis relaciones con el problema 
etnológ-ico del hombre primitivo y el co- 
mienzo «le la civilización. 

Podemos afirmar que para los eruditos y etnólo- 
gos modernos el título de esta segunda parte es el 
tema de actualidad, asi como la iweliistoria^ que se 
ocupa del hombre primitivo, es hoy día la ocupación de 
los sabios etnólogos de ambos mundos, que desean son- 
dear los misterios sobre el origen del hombre y del pri- 
mitivo desarrollo de la civilización sobre la tierra: 
estos mismos problemas se ofrecen á la investigación 
del etnólogo al tratar del hombre americano primitivo 
y prehistórico. 

Pero ante todo ¿qué es la ciencia prehistórica? Se 
la define como la parte de la historia del linaje hu- 



— 218 — 

mauo que trata de épocas cuyas noticias directas, y por 
lo tanto, ciertas, faltan por completo, y de las cuales 
solo pueden sacarse deducciones é inducciones, utilizan- 
do los distintos vestigios de la existencia del hombre en 
esas épocas anteriores á los tiempos históricos. Por tan- 
to comprende dicha ciencia, basada en los restos del 
arte prehistórico, todo lo relativo al origen y antigüe- 
dad del hombre^, como igualmente cuanto concierne á 
los principios y subsiguientes desarrollos priuiitivos de 
la civilización humana; pero bien se comprende que 
daremos preferencia al hombre americano, al procurar 
investigar su origen por los monumentos prehistóricos 
que conocemos en América. 

Según lo pretende la escuela evolucionista, por 
todas partes del mundo solo hubo hombres enteramen- 
te salvages, quienes por espacio de periodos sucesivos, 
pero con lentitud inmensa, han ido progresando, hasta 
el grado de cultura que señalan los tiempos históricos. 
Sin embargo aunque todo prueba que el hombre lia 
existido y existe en 'el estado salvage, todo prueba tam- 
bién que el estado salvage no ha sido su condición primi- 
tiva; que cayó en él después de una era de civilización 
primera; que es imposible al horiibre salir por sí mismo 
del estado salvage y que la civilización viene esencial- 
mente de un origen exterior al hombre. 

En efecto: la creación del hombre en el estado 
adulto, perfecto y social ó civilizado, es una verdad 



— 219 — 

científica actualmente demostrada, mientras que su su- 
puesta aparición en el estado de pura naturaleza, es 
un aserto meramente gratuito y falaz, contradicho cla- 
ra y manifiestamente por los hechos, por la historia, 
por la ciencia y hasta por el huen sentido, como nos 
proponemos demostrarlo. 

Pero antes de resolver, aunque mas no sea some- 
ramente, este problema, vamos á ocuparnos del siguien- 
te que tiene interés mas inmediato para la etnología 
americana. 



CAPITULO 



* »M ^>* 



ORIGF'^ DE LOS AMERICANOS 



Vamos á desflorar el problema mas interesante 
que debe resolver la etnología con respecto á los abo- 
rigénes americanos. ¿Son descendientes de Adán? Y 
en caso afirmativo ¿cómo se trasladaron del antiguo 
Continente? 

Que los americanos pertenecen á la familia de 
Adán ó que constituyen una sola especie con el resto 
de la humanidad, lo demuestran la antropología, la ar- 
queología prehistórica y la filología comparadas. La 
grande y hermosa idea cristiana de la fraternidad uni- 
versal basada en la unidad de nuestra especie, es una 
de las mas bellas conquistas de la ciencia moderna 
como lo hemos demostrado por mas que le resten mu- 



— 222 — 

clios arcanos por resolver, y que el creciente progreso 
del espíritu liuinano resolverá un día quizás próximo. 
Aunque liemos dilucidado con alguna detención este 
punto, vamos á repetir algunas reflexiones. Es un axioma 
en zoología i)roclamado por Buffon y confirmado por 
los mas grandes naturalistas que ^^ todos los seres anima- 
dos^ que 'pueden rejn-odncirse y proiKigarse 'indefinida- 
mente unos con otros son de una sola y misma especie.,, 
Ahora bien: esta ley aplicada al hombre demuestra la 
unidad de la especie huiuana, pues enseña la experiencia 
que todas las razas humanas se cruzan y son fecundas 
indefinidamente, sucediendo lo mismo respecto de los 
indígenas americanos con las otras razas de las diver- 
sas partes del mundo y entre si. Y es sabido (iue las 
variedades de la especie humana ó razas distintas las 
esplican los naturalistas por la influencia del clima, la 
diversidad de alimentos, el género de vida, como tam- 
bién por la reacción de la inteligencia y de la sensibili- 
dad sobre el sistema nervioso, cutáneo y hasta óseo. 

Después de los adelantos de la lingüística por varios 
filólogos, entre ellos Humboldt, Klaprotk, Schlégel, Her- 
der, A. Remusat, Balbi, Malte Brun y Max Müller, 
basados en las gramáticas y vocabularios formados por 
los antiguos misioneros, respecto de América, los sabios 
se creen autorizados para deducir que todas las len- 
guas pueden ser consideradas como dialectos formados 
de diverso modo de una lenrjua primitiva actualmente 
desconocida y la conexión de las lenguas americanas 
con las del antiguo continente. 



— 223 — 

Además la arqueología prehistórica y los docu- 
mentos jerog'liflcos demuestran en América tradiciones 
comunes al género humano y que por referirse á lie- 
dlos y creencias ¿positivas no pueden esplicarse sino por 
comunidad de origen y de relaciones primitivas, por 
mas que no se hayan podido determinar aun las in- 
migraciones primeras que poblaron la América, aún 
admitida la existencia de la Atlántida. 

En el presente capitulo nos proponemos indicar los 
adelantos que ha realizado la Etnología con relación 
á este interesante asunto. 

Empezamos por una advertencia que demostrará 
lo que puede hacerse en esta materia. Diodoro refiere 
que Kermes, inventor de los pesos y medidas, salió 
de Egipto y comunicó su invención á todos los pue- 
blos. Es lo cierto que todos los pueblos de la antigüe- 
dad tenían un sistema común de medidas, derivado del 
mismo origen. Sí, pues, los moiuinieiitos de los pueblos 
americanos llegan á proporcionar el hallazgo de la me- 
dida usada en Méjico y en el Perú, quedaría resuelta 
muy en breve la cuestión díd origen de estos pueblos. 

Sin embargo los pue'ulos de Américn, Iiaii conser- 
vado la tradición de que sus autepasjulos ]i;il)ia.n veni- 
do de la pai'te de allende los mares; y sobre todo: "las 
relaciones de las razas americanas con hi mongola, dice 
A. de Humboldt, se manifiestan prin('ii)almente en el 
color de la piel y de los cabellos. En la especie humana 



— 224 — 

no hay dos razas que se asemejen mas que los ame- 
ricanos y los mongoles, los mandcliús y los malayos.,, 
El mismo autor lia notado la semejanza que existe en- 
tre los edificios religiosos de Méjico y las pagodas del 
Thibet y de la Tartaria, y Squier continuó la misma 
idea comparando los antiguos templos del Yucatán con 
los santuarios de Budda en la ludia. 

Las tradiciones del diluvio entre los mejicanos' 
los peruanos, los habitantes del Orinoco y del país de 
Aonio, están conformes con la narración de Moisés, 
común á los pueblos del antiguo Mundo. La idea de las 
grandes catástrofes periódicas, que fueron seguidas de 
un nuevo desarrollo déla creación, se encuentra en el 
Thibet, en la India y en el antiguo Méjico. 

Humboldt ha formado también un paralelo so])re la 
manera de contar el tiempo de los antiguos mejicanos 
con la de ciertos pueblos asiáticos. Los signos del zo- 
díaco mongol son nombres de animales, tomados arbi- 
trariamente y que les servían al misino tiempo para' 
designar los años; estos signos estereotipados presentan 
gran analogía entre los meijicauos, los mandchús, los 
japoneses y los tibetanos. Los grabados de Aglio, Anti- 
(/üedadcí) de Méjico^ recuei'dan á la vez lus monumentos 
y los símbolos egipcios, y especialmente la obra monu- 
mental del mejicano Orozco y Berra. 

Todas estas semejanzas, así como las espediciones 
marítimas de los pueblos, dice Adeliuig, de nuestran 



— 225 — 

la evidente posibilidad de que los habitantes de las 
costas occidentales de África y de Europa, lo mismo que 
los de la costa oriental del Asia, hayan podiío llevar 
su contingente á la población de América. 

El origen asiático de los diversos elementos de 
la civilización mejicana 6 nahoa es tanto mas probable 
por haber tenido lugar muchas emigraciones del Asia 
al poniente de América del Norte principalmente, por- 
que solo muy posteriormente los pueblos de esos paí- 
ses se han dirigido al Sud y al Sudoeste. El samanismo 
de los mongoles, que tiene por principio el culto del 
fuego, halla su correspondencia fiel en las ceremonias 
y en los ritos religiosos de la mayor parte de las tri- 
bus indias de la América del Norte. En estas comarcas 
y especialmente, en la vasta región^ del Misisipí, se ven 
todavía restos de construcciones prehistóricas, lugares 
sagrados sobre todo y montículos que servían á la vez 
de sepulturas y de altares. 

Rausch, que en sus eshidios antropológicos (1868) 
ha hecho hermosos estudios sobre el origen de los pue- 
blos americanos, del mismo modo que Wuttke, histo- 
ria del gentilismo, demuestran con los mas minuciosos 
pormenores la semejanza de los elementos constitutivos 
entre los americanos y los asiáticos. 

Vamos á confirmar las precedentes indicaciones 
con la autoridad del ya citado Humboldt. Existen 
jeroglíficos americanos que representan una culebra de 



— 226 — 

penacho hecha pedazos por el dios TezcatUpom ó por 
el dios Tonatmh., el sol personificado, alegoría que re- 
cnerda antig-nas tradiciones del Asia. La mujer de ¡a 
serpieyíte y la madre de nuestra carne de los aztecas, 
parece ser la Eva de los pneblos semiticos; la culebra 
destrozada, la famosa serpiente Kalinaga, que venció 
Visclmú cuando tomó la forma de Krishna, El Tonatiúh 
de los mejicanos se asemeja al Krishna de los Indios 
del Bagavata Purana y al Mitra de los Persas. 

Además, según el jeroglifico mejicano detrás de 
la serpiente, que parece que habla con la diosa Cihua- 
cohuatl, hay dos figuras desnudas y en actitud de pe- 
garse, riña, cuya causa parece ser dos vasos que se 
ven pintados y derribados uno de ellos; las dos figuras 
traen á la memoria el Caín y el Abel de la Biblia. 

Los religiosos misioneros del tiempo de la con- 
quista, creyeron que el cristianismo se había predicado 
en el Nuevo Continente en época remotísima, y es- 
plicaban de esta manera la cosmogonía de los mejica- 
nos y sus tradiciones acerca de la madre de los hom- 
bres, de la caída de su prístino estado de felicidad é ino- 
cencia; la idea de una gran inundación de que solo es- 
capó una familia en una balsa: la historia de un edi- 
ficio piramidal levantado i)or el urguUo humano y des- 
truido por el castigo divino, las ceremonias de ablucio- 
nes qu3 al nacimiento de los niños se practican; esos 
ídolos de harina de maiz amasada, que se distribuían 



— 227 — 

al pueblo en partículas en el templo; las comunidades 
religiosas, semejantes á nuestros conventos de hom- 
bres y mugeres; la confesión de sus pecados aunque la 
hacían una vez en la vida; la creencia esparcida uni- 
versalmente de que una raza de blancos, de larga barba 
y gran santidad de costumbres, cambiaría el sistema re 
ligioso y político de los pueblos. Algunos sabios meji- 
canos han creído reconocer al Apóstol' Santo Tomás, 
en ese misterioso personage, Sacerdote máximo de Tula, 
QiietzalcoaÜ^ como le llamaban los Cholulanos. 

Parece indudable que pasó á América el Nestoria- 
nisnio (secta cristiana del Oriente), mezclado con los 
dogmas de los Buddistas y Chamanes por la Tartaria de 
los mandchús al nordeste del Asia; pudiendo suponerse 
por tanto con cierta apariencia de razón, que las ideas 
cristianas fueron por el mismo camino á los pueblos me- 
jicanos, á los habitantes sobre todo de esa región bo- 
real de donde los Toltecas proceden, y que se debe 
considerar como la Officina virorum del Nuevo Mundo, 
y que representa la invasión de los Nalioas. Y aún se- 
ría mas admisible esta hipótesis, que' aquella otra que 
pretende que las antiguas tradiciones hebraicas y cris- 
tianas han ido á América por las colonias escandi- 
návicas que desde el siglo IX se formaron en la Groen- 
landia, el Labrador, Terranova y quizás la Florida: sin 
duda habrán dejado sus tradiciones; pero es de observar 
que los monumentos de esas analogías con el cristia- 
nismo existían en Méjico desde los Toltecas, que son 

15 



— 228 — 

res ó cuatro sig'los anteriores á las invasiones de los 
escandinavos en las costas orientales de Nuevo Mundo 
de que hablaremos mas adelante. 

No cabe duda de que las últimas invasiones á la 
América eran posteriores al establecimiento del cris-^ 
tianismo; pues que en Yucatán, en el Perú, en Gaspecia 
y otros puntos, como yd lo liemos indicado, los natura- 
les en medio de sus supersticiones veneraban la Cruz y 
el nombre de Jesús. Asi Lafiteau respecto de Gaspecia 
dice; "Los juguetes y las cunas de los niños, las paredes 
de las cabanas, las canoas y los muebles tienen cruces; 
hasta los cementerios las tienen sobre las tumbas.,, 

Mas ¿como los habitantes del antiguo mundo pasa- 
ron á las regiones de América y á qué naciones perte- 
necían? 

Se ha discutido mucho por los sabios eruditos y geó- 
grafos para saber de qué parte del antiguo mundo 
proceden los habitantes del nuevo por no esclarecerlo 
bastante sus tradiciones, por otra parte no muy anti- 
guas. 

No faltaron hombres que pintaron á América como 
un país recientemente poblado por liaberse encontrado 
largo tiempo en condiciones físicas que hacían imposi- 
ble la vida vegetal y animal. Humboldt, examinando 
atentamente la constitución geológica del terreno y la 
naturaleza de los fluidos esparcidos en su superficie, 
no admite que haya salido de las aguas mas tarde que 



— 229 — 

el antiguo continente. En los trópicos la fuerza de la 
vegetación, el caudal de los ríos y las inundaciones par- 
ciales lian dificultado poderosamente las emigraciones 
de los pueblos. Los vastos terrenos del Asia Boreal 
están tan poco poblados como las sábanas del nuevo Mé- 
jico y de las Pampas y no es necesario suponer que 
los terrenos habitados desde mas antiguo, sean los que 
también ofrezcan mas numerosa población. 

Pareciendo increíble que la América, que por sí 
sola representa una tercera parte del globo habitable 
y que es mayor en estension que cualquiera de las otras 
cuatro, permaneciese durante 4 mil años antes que Je. 
sucristo y durante los siglos trascurridos en la era 
cristiana, enteramente desconocida del resto de la hu- 
manidad, se ha apelado á ciertas tradiciones antiguas. 
Pero hace largo tiempo que generalmente se creía que 
la gran isla de Aristóteles llamada ''Antilla y la de 
Platón que llama "Atlántida,, situadas en el Océano 
Atlántico é inmediatas á un continente inmenso á 
donde los hijos del Viejo Mundo iban á combatir y co- 
merciar y que fué sumergido bajo las aguas de un gran 
cataclismo, no existió sino en la imaginación del filóso- 
fo y que debiera reputarse como una leyenda fabu- 
losa; pues á lo mas, según varios geógrafos, se debe 
reconocer en esa tradición una ó mas islas de las Ca_ 
narias, conocidas por Tolomeo y llamadas en la an. 
tigüedad "Afortunadas. ,. Mas adelante insistiremos 
sobre este punto. Veamos ahora la liistoria de las in- 
migraciones escandinávicas. 



— 230 — 

Es un hecho innegable que los Normandos de Es- 
candinavia, hacia la última mitad del siglo IX, con- 
quistaron la Islandia y de alli en sus escursiones des- 
cubrieron la Groenlandia perteneciente á la América, 
distante de Islandia solo mil trescientos kilómetros. 
En 986 Erko el Rojo partió desde Islandia con algunos 
compañeros y desembarcó en Groenlandia. Trece años 
después su hijo L*^?/ llegó á "Helluland,, probablemente 
Terra-Nova; siguiendo hacia el Mediodía, llegaron á 
"Marj'land,., país de los árboles, hoy Nueva Escocia y 
después á "Vinland,,, donde desembarcó y construyó 
casas. Otras espediciones groenlandesas d,esde 1007 
visitaron las costas mas meridionales de Massachussets, 
Rhode-Islaud, Connecticut, Nueva-York, Nueva Jersey 
etc., dejando colonias en diferentes puntos que fueron 
visitadas en 1121 por uno de los Obispos de Groen- 
landia. 

Los Sagas, crónicas de Islandia, de donde consta 
casi todo lo que precede, mencionan también un tal 
Gudleif que fué arrojado por una tempestad hasta la 
Florida ó una de las Carolinas. Todas estas crónicas 
de autenticidad incontestable y los mas ilustres arqueó- 
logos con Mr. Hnmboldt, no titubean en afirmar que 
la América descubierta desde el siglo IX, ha sido visi- 
tada frecuentemente por los Normandos durante los 
siglos X, XI, XII, XIII y XIV. Además basta ver ei 
mapa para comprender que los habitantes del Antiguo 
Mundo pudieron pasar fácilmente por el estrecho de 



— 231 — 

Behring- ó el de Baffin, pues que los Tclintskis atravie- 
san anualmente el estrecho de Behring para hacer la 
guerra á los habitantes de hi costa noroeste de Amé- 
rica: y además se sabe que en 1731 llegó al Orinoco 
un barco arrojado por los vientos que habia salido de 
Tenerife para otra de las Islas Canarias con víveres 
solo para cuatro dias. ¿Porqué no puede verificarse este 
fenómeno desde diversos puntos de la antigüedad? 

Sin embargo todos estos antecedentes históricos y 
otros varios, no rebajan en lo mas minimo la gloria de 
Colon, pues que los ignoraba, como se desprende, tanto 
de los fundamentos en que apoyaba su teoría, como por 
haber sido conocidos los Sarjas adelantado ya el si- 
glo XVI. 

Terminaremos estas indicaciones acerca del origen 
de los americanos con esta afirmación del sabio Hum- 
boldt: á pesar de las admirables relaciones que obser- 
vamos entre los pueblos del nuevo Continente y las tri- 
bus del Asia que adoptaron el Buddismo, se puede ver 
en la mitología de los americanos y en las huellas 
del trimurtí ó trinidad de los Indios que se encuen- 
tran en el Perú; en el estilo de sus pinturas, en sus la- 
gares, en su conformación exterior especialmente, los 
descendientes de una raza humana separada de muy 
antiguo del resto del linaje, que ha seguido durante 
muchos siglos un particular camino en el desenvolvi- 
miento de sus facultades intelectuales y en su tendencia 
á la civilización debido quizás á la separación de los 



OQO 

continentes. De aqui provienen las profundas diferen- 
cias, que en medio de tantas analogías, se encuentran 
entre los americanos, y sus antepasados del antiguo 
Continente; y por lo mismo las grandes dificultades con 
que tropieza la etnología para dilucidar de una manera 
incontrovertible el magno problema del origen primi- 
tivo de los americanos. Pero ya lo liemos indicado, los 
persistentes trabajos de los etnólogos realizarán, qui- 
zás en breve plazo, este hermoso desideratmn de las 
ciencias etnológicas. 



CAPITULO 



|ja niaíi£^«ia unión de los eoMÜiieía- 
tes y la exisíeeaeia «le la Alláia- 

n«ia. 

A manera de erudición vamos á indicar la solución 
que dá al gran problema de los orígenes de América 
la reciente obra (1884) titulada 3Iéjico al través de los 
siglos. Según ella en tiempos muy remotos estuvieron 
unidos los continentes; y la tradición platónica de la 
Atlántida, debe reputarse, no como fabulosa, sino como 
una realidad. 

Las islas del Océano Atlántico lian tenido origen 
por la inmersión de esa gran porción de tierra, cuyas 
montañas mas altas formaron islas al sumerjirse la tie- 
rra continental, separándose los continentes. La razón 
principal que se aduce para creer en la unión primitiva 
de los continentes ó tierras, es la analogía de restos fó- 
siles de la fauna colosal desaparecida, pues no podría 
esí)licarse la emigración de esos animales gigantes- 



— 234 -- 

eos, como el elefante y el glyptodon, sino en la hipótesis 
de la unión de las tierras, al menos en el periodo ter- 
ciario, pues que los animales no navegan. 

Vamos á prescindir desde luego de la opinión de 
que la raza negra, por razones climatéricas del globo 
en los tiempos mas remotos, fuera la primitiva en todas 
partes, como igualmente en América, por haberse encon- 
trado bustos antiguos con los caracteres de la raza ne- 
gra, y que á esta sucedió la atapasca, de donde proviene 
la otomita que tiene analogías características con el 
chino é indo-chino; con la especialidad de afirmarse en 
la mencionada obra que los chinos se derivan de los 
otomitas íi otomíes, y no vice-versa como generalmente 
se cree, por suponerlos mas antiguos. Prescindiendo 
de semejantes hipótesis por parecemos muy mal proba- 
das, nos ocuparemos déla parte que se refiere álaexis 
tencia de la Atlántida. 

En efecto: después de demostrar que los pueblos 
primitivos de Méjico fueron invadidos por la raza nahoa^ 
cuya civilización es lo único que verdaderamente sabe- 
mos del Anahuac, afirma que la llegada de la raza nahoa 
fué antes de 3000 años de nuestra era; y desde lueg'Oi 
dice, se nos presentan dos cuestiones: quienes eran? ¿de 
dónde y por dónde vinieron? Hoy creemos poder con- 
testar á la pregiuita u[»oyáudunos en lus descubrimien- 
tos y progresos de la ciencia, que los nahoas vinie- 
ron por l;i Atlánti/la. l>o ((ue se creía sueño de Platón 



— 235 — 

sobre la Atláutida, váse tornando en realidad. Si eran 
verdaderos recuerdos cosmogónicos, conservados por 
los liierofantes de Egipto en el simbolismo de sus 
ritos y en el misterio de sus templos, cierto es que el 
filósofo griego, desde siglos atrás planteó la cuestión á 
la liunmnidad, y que por fin la ciencia se lia decidido á 
estudiarla. 

Platón no solamente reveló la anterior existencia 
de la Atlántida, sino que puso de manifiesto además al- 
gunas de sus leyes y costumbres, y hasta llegó á descri- 
birla en parte, en dos hermosos diálogos con los titulos 
de Timeo y Crisias. En el primer diálogo cuenta Cri- 
sias á Sócrates que al viejo Crisias refirió Solón el 
siguiente relato que en el Egipto le hizo un antiguo 
sacerdote de Sais. "Entre la multitud de hazañas que 
honran á nuestra ciudad, que están consignadas en 
nuestros libros y que admiramos, hay una mayor que 
todas las otras. Nuestros libros cuentan como Atenas 
destruyó un poderoso ejército que, salido del Océano 
Atlántico, invadió insolentemente la Europa y el Asia' 
porque entonces se podía atravesar este Océano. Se en- 
contraba en él, en efecto, una isla situada frente al- 
estrecho que llamáis en vuestra lengua las Columnas 
de Hércules (Gibraltar). Esta isla era mas grande que 
la Libia y el Asia reunidas: los navegantes pasaban 
de allí á las otras islas y de estas al continente que ro- 
dea ese mar verdaderamente digno de tal nombre.,, 

Vése en el relato de esta ti'adicion la vanidad ate- 



— 236 — 

Iliense reflñendo -liazañas que no recuerda la lii.storia; 
pero se nota que los pueblos mas viejos del Antiguo 
Mundo recordaban una época mas antigua que hacían 
coincidir con la existencia de la Atlántida. Veamos 
ío que dice la ciencia. Parece que las primeras prue- 
bas materiales de la referida Atlántida, fueron el des- 
cubrimiento hecho por marinos ingleses, de enormes 
fucos que crecen entre el África Occidental y el Golfo 
de Méjico, j que embargan á menudo la marcha de los 
buques; advirtiéndose también que al rededor de este es- 
pacio, que llaman el mar de Sarrjfuo, existe una for- 
midable corriente que se denomina OuJf-Stream. Sin 
duda que esto podía ser un dato, y si se agrega la exis" 
tencia de las Antillas y de las diversas islas que en ese 
espacio del Atlántico están como escalonadas de dis' 
tancia en distancia, j^a la prueba adquiere mayor fuer- 
z-A, supuesto que tales islas no son otra cosa que picos 
de montañas y cordilleras submarinas. En apoyo de es- 
tas conjeturas el descubrimiento continuo de huesos de 
grandes paquidermos en América, hizo pensar con razón 
á los sabios que solamente la unión de los continentes 
pudo dar paso á esos gigantes de la fauna. Según la opi- 
nión de un sabio, esos grandes animales necesitaban 
pava vivir un continente estenso y proporcionado á su 
desarrollo "\ital y cuando por el liuudimiento de la At- 
lájitída dejó de tener esa condición la tierra en (pie vi- 
vían, fueron pereciendo h)s pa(iuidermos hasta perderse 
enteramente. La comunicación de los continentes dá la 



— 237 — 

soluciou (le la trasmigración de los' animales, y su des- 
aparición viene á confirmar también su antigua unión. 
Desde que los dos hechos, la existencia anterior y la no 
existencia posterior, demuestran en su aparente contra- 
dicción la unión continental, ya existe una gran pro- 
babilidad científica. 

La ciencia además ha pretendido fijar la época de 
esa Atlántida. El sabio Hamy, estudiando la cuestión 
sostiene que los trabajos mas recientes de los paleon- 
tólogos y geólogos revelan una Atlántida terciaria. Las 
conchas terciarias de los Estados, Unidos, isocardas 
petonelas, volutas, fasciolares, etc., son idénticas á las 
conchas de las- capas francesas correspondientes. El 
examen comparativo de los insectos, ha probado que 
gran número de especies viven todavía hoy sobre las 
riberas del Atlántico, y presentan apenas lijeras va- 
riaciones de Inglaterra á Alabama. Sorprendente es 
también la analogía de la fauna terciaria de ambos con- 
tinentes, analogía que se estiende también á la flora 
de la misma época. Pero la mas notable prueba ha 
sido el estudio de los tres inmensos depósitos tercia- 
rios lacustres de la península ibérica: el uno seestiende 
sobre una gran parte de Castilla la Nueva; el segundo 
ocupa al Norte una superficie considerable de Cataluña, 
Aragón y Castilla la Vieja; y el tercero, intermediario 
y menor que los otros, corresponde á las provincias de 
Teruel y Calatayud; todos juntos dan la imponente 
cifra de 1-15.500,000 metros cuadrados, á lo que debe 



— 238 — 

agregarse que el espesor de este vasto depósito es de 
trescientos pies, y aún mayor en ciertos lugares. Una 
masa tan considerable de sedimentos de agua dulce 
manifiesta la antigua existencia de rios inmensos que 
lian vaciado su caudal durante un larguísimo espacio 
de tiempo en esos inmensos depósitos. Tales ríos á su 
vez suponen grandes continentes que en esta recons- 
titución del pasado de nuestro hemisferio no se puede 
colocar mas que al noroeste de la Iberia, pues al norte 
son obstáculo las rocas antiguas de los Pirineos, al sud 
los granitos de los montes Carpetanos yJ.os macizos si- 
lurianos de Sierra Morena y al este los depósitos ter- 
ciarios marinos de Andalucía y de Mufcia, de Valencia 
y de Cataluña: de manera que la Atlántida partía de la 
península ibérica hacia nuestro continente. 

Ahora la cuestión se reduce á indagar sí los nahoas 
se relacionan de alguna manera con la Atlántida. Se- 
gún el relato de Platón, la ciudad principal de aquel 
continente sumergido, estaba construida sobre un lago; 
era paludeana y es notable que los Jiahoas buscaban de 
preferencia los lagos para establecerse: conocemos por 
lo menos las siguientes ciudades lacustres: Aztlán, 
Mexcalla, Pátzcuaro, Texcoco, Chalco, Tzompanco, Cha- 
pultepec, Atzcapotzalco y ]\léjico, grandes centros de 
la civilización luilioa. 

El idioma poco nos puede decir á este propósito y 
sin embargo, llama la atención la última 'Ilude del 



— 239 — 

trájico latino, que parece que Islandia fué otra Tula, y 
que no faltan nombres de ciudades con la misma raiz 
como TouJon y Tonloase en Francia, ToJosay Toledo 
en España. El mismo Platón nos conserva el nom- 
bre de una ciudad de la Atlántida, y una sola voz del 
idioma atlante que tiene gran relación con la palabra 
chalchihiiitl., que en nalioa quiere decir piedra precio- 
sa, y que puede acaso ser clave preciosa de la cuestión. 
Tenemos en las tradiciones teogónicas del África, que 
Kermes, el Dios del comercio, es hijo de Atlas y de Ma- 
ya: Atlas, montaña que está en África, es representante 
de la raza de esa región y Maya es la raza del Yucatán, 
la raza americana. El' vascuence no tiene í'elacion nin- 
guna con las lenguas europeas, y si tiene muchas con 
las americanas y especialmente con el nahoa; y es de 
notarse que los vascongados sostienen que son el pueblo 
mas viejo de la Iberia. En la aritmética la combinación 
nahoa del 4 y del 20 se encuentra en los vascos, y 
como recuerdo en la edad de 4 veintes de los irlandeses 
y en el 80 (4 veintes) de los franceses, que sin duda lo 
recibieron de los celtas y estos de pueblos mas anti- 
guos. 

En 1880 en la alta meseta de la Mola murada cer- 
ca de Chert,- pueblecito de'la Provincia de Castellón 
de España, se encontró un recinto fortificado por una 
muralla de piedra en semicírculo de 250 metros de lon- 
gitud formada con piedras sueltas colocadas de plano. 
Descúbrese dentro del recinto un pequeño muro y restos 



— 240 — 

de cimientos, formados de piedras simplemente clavadas 
üR tierra, que debieron pertenecer á toscas viviendas. 
En las inmediaciones se lian encontrado instrumentos de 
la edad de la piedra pulimentada. Ahora bien, no puede 
menos de sorprender la similitud de circunstancias que 
concurren entre las construcciones áe Mola ¡¡nirada y 
los recintos defensivos de los aborígenes de América 
del Norte. Aducimos este nuevo dato debido al ar- 
queólogo español Landerer, porque creemos podrá ser- 
vir para comprobar las relaciones de los americanos pri- 
ndtivos con los iberos según la opinión de la obra Méjico 
al través de los sif/los. Según este mismo texto las re- 
laciones entre vascos y nalioas son probables; parece 
que son los atlantes que se estendieron al occidente en 
lo que es hoy el Nuevo Mundo y ocuparon el oriente 
de la Atlántida con el nombre de iberos. Llegaron allí 
sin duda hasta lo que es la Rusia, pues en ella se en- 
cuentra una Tida^ y fueron detenidos por los etrus- 
cos, que es el hecho recordado por Platón, son los hi- 
perbóreos de Theopomho, la población que según las 
tradiciones célticas, fué obligada por la mar á abando- 
nar sus islas lejanas y á establecerse en lo que después 
fué Gália. En nuestro continente avanzaron hasta en- 
contrar las grandes llanuras del Pacífico entre los 35 
y 45.° Estendiéronse aún mas al norte empujando á 
la raza primitiva; pero los hielos los obligó á buscar 
el rumbo del sur y es probable que, siguiendo siempre 
la costa del Pacifico, llegaron hasta el Perú, en cuya 
raza (luichúa encontramos parentesco con los nalioas. 



— 241 - 

Sin embargo esas emig-racioiies deben ser muy pri- 
mitivas, pues la i'aza nalioa aparece en los primeros 
tiempos cortada en el norte de Méjico y estendiéndose 
solamente desde Sonora y Sinaloa iiasta Cliilinaliua y 
Zacatecas entre los grados 22.° y 32,'^ de latitud norte 
Ocupaba el centro la raza otonii y de la linea de 
Cliiapas á Yucatán liácia el snr se extendia por toda la 
América central, penetrando en la meridional la raza 
maya-quiclié que ocupaba también las islas del Golfo. 
Tal es la primera situación de las tres razas de que 
quedan rastros después de la separación de los conti- 
nentes. La raza otomita tiene relaciones con el piel roja 
que puede llevarnos basta el hombre rojo y el maori 
que habrian quedado aislados á la ruptura de las tierras. 

La existencia de esas razas en la edad de la piedra 
sin pulir, está demostrada con multitud de útiles de esa 
época que á cada paso se encuentran y de los que al- 
gunos se continuaron usando después como las puntas 
de flechas, las lanzas de obsidiana y los cuchillos de 
silex. Unidos estaban sin duda los continentes todavía 
en la época de la piedra pulida: la separación tuvo lu- 
gar antes de la edad del hierro, pues en América no se 
conoció este útilísimo metal, no obstante que abunda por 
todas partes, y que en el mismo centro de la región 
nahoa, en lo que hoy es Durango, existe el cerro del 
Mercado casi de hierro puro y suficiente él solo para 
abastecer á todo el mundo. A la edad de hierro se 
sustituye en Méjico y Perú la edad del cobre, última 



— 242 — 

muestra del adelanto de esas civilizaciones, con el la- 
boreo de las minas de oro y plata y la explotación de 
rocas finísimas y de piedras preciosas. Acaso la abun- 
dancia de minas de cobre en Cliiliualma, región muy 
principal de los nahoas, determinó esta nueva edad. 

La raza nalioa es la fundadora de los diversos 
pueblos de Méjico y del Perú y de su civilización: de 
esa raza provienen los toltecas, tlascaltecas, cliicliime- 
cos y quichuas y se les atribuye una antigüedad de 
treinta siglos antes de Jesucristo. Quetzalcoatl, es uno 
de los representantes mas caracterizados de la raza 
nalioa. 

Al terminar este artículo debemos manifestar que 
aunque respetamos todas las opiniones que tienen al- 
guna base científica, á la presente sobre la unión y 
separación de los continentes, creemos que le falta mu- 
cho para llegar á la categoría de incontrovertible para 
esplicar las comunicaciones prehistóricas del antiguo 
Mundo con el Nuevo Continente; sin embargo, ade- 
más de los datos científicos alegados en su favor, tiene 
la ventaja de no negar la unidad de la especie humana. 
Mas adelante nos ocuparemos de la edad del hombre 
prehistórico americano y del valor cronológico de las 
llamadas edades prehistóricas. 



CAPITULO III 



El. PROBLEMA EirVOí^ÓGICO 



SOBRE 



m, m^MMME. i^EIMWl¥@, 



La admiración que produjo en el Antiguo Mundo 
el liallazgo de América poblada por una raza distinta 
de las conocidas hasta entonces y en un estado social tan 
diverso, despertó naturalmente y suscitó las cuestiones 
etnológicas mas fundamentales entre los sabios y eru- 
ditos, sin faltar quien creyese ver en el salvaje ame- 
ricano el tipo del hombre primitivo. Así, del notable 
acuerdo de las tradiciones americanas con las del Mun- 
do Antiguo, no solo se ha deducido de una manera 
general, la comunidad especifica ú origen noático de los 
americanos, sino que se han confirmado las tradicio- 
nes bíblicas acerca del problema etnológico sobre el es- 

10 



— 244 — 

tado primitivo del liombre, del mismo modo que la g-eo- 
logía lia demostrado plenamente la cosmogonía de 
Moisés. La etnología se ha preocupado pues, con ardor 
de resolver científicamente este gTan problema: el esta- 
do primitivo del hombre ¿era el de perfección original 
ó el de salvajismo? ¿Cómo se esplica el tránsito á los 
div^sos grados de civilización 6 cultura y cuales su 
relación con el estado salvaje? ¿Qué valor científico tie- 
ne la clasificación de las tres edades prehistóricas de 
la piedra, de bronce y de hierro? Hé aquí lo que nos 
proponemos dilucidar someramente con ocasión de cla- 
sificar el grado de civilización á que Imbían llegado los 
indi genas 'americanos. 



EL HOMBRE PRIMITIVO PREHISTÓRICO. 



De acuerdo con las tradiciones de la antigüedad, 
los americanos creían en la primitiva edad de oro ó de 
felicida(^s(ie los primeros hombres, que representa la 
tradición bíblica del paraíso terrenal; que es la cues- 
tión del hombre primitivo. 

El cristianisQio enseña que Dios dotó al primer hom- 
bre de una alta perfección intelectual y moral, que le 
constituyó en un estado de felicidad colocándole en el 
jardín del Edén, el lugar mas delicioso de la tierra. 

Esto significa etnológicamente hablando, como dice 



" — 245 ~ 

el sabio Gríiinii, fiue tenemos precisión de admitir que 
el primer hombre y la primera niuger fueron criados 
juntos en la plenitud de su desarrollo y capaces de 
propagar su especie, de instruir y formar á sus semejan- 
tes. El ave no supone el liuevo, ni la planta la si- 
miente; por el contrario el huevo supone el ave y 
la simiente la planta. El niño, el huevo y la simiente 
son 'progenituras^ y toda progenitura supone un padre 
capaz de engendrarla según la perfección de su especie; 
luego el primer hombre es un padre, en toda su perfec- 
ción especifica. Luego, según advierte Guizot, el he- 
cho sobrenatural de la creación es el único que esplica 
la primera aparición del hombre en el mundo, y tal es 
también la tradición de lodos los pueblos, que descri- 
ben, yá el estado de perfección y de felicidad de los pri- 
meros hombres, yá su habitación amena, sin olvidar el 
árbol de la vida; yá atestiguando su prevaricación y su 
caída, como tan eruditamente lo demuestra Lüken. 

Por fortuna para la etnología; el estado primitivo 
del hombre es un hecho atestiguado por la Biblia, la 
cual prescindiendo de la inspiración divina y considera- 
da únicamente como monumento histórico, ocupa el 
primer lugar porf su antigüedad y su autenticidad. 

El geólogo pliede consultar el testimonio de las ro- 
cas y examinar los vestigios del hombre en los estra- 
tos geológicos con el objeto de llegar á conocer la orga- 
nización y cultura de los primeros hombres; pero con 



— 246 — ' 

este mismo fiu podemos consultar el testimonio his- 
tórico, mediante la tradición conservada sobre el esta- 
do primitivo del hombre. Quien adopte exclusivamen- 
te el método seguido por los geólogos y deseche el 
histórico, considera al hombre de una manera incom- 
pleta y parcial y no tiene en cuenta el conjunto de me- 
dios que se poseen para llegar al conocimiento de las 
verdades de -hecho. 

El estado primitivo del hombre cual lo refiere, el 
Génesis, se halla en plena armonía con el orden del 
Universo en general, con las tendencias de este y de 
la humanidad hacia un ideal. Si el estado primitivo del 
hombre hubiese sido semejante al de los animales, si 
hul)iese sido un estado de abyección y degradación, 
nunca el liombre tuviei-a aliento para levantar el vuelo 
hacia las alturas á que está destinado. La naturaleza 
avanza y se dirije á su destino mediante actos necesa- 
rios, supuesto el orden establecido por el Criador; poro 
el hombre avanza y se dirige á su destino mediante (d 
conocimiento y la voluntad libremente determinada. El 
estado ds embrutecimiento hubiese impedido que el pri- 
mer liombre se formase idea de su alto destino y que 
acertase á^encontrar los medios convenientes para di- 
rigirse á su consecución. En tal estado su voluntad 
no hubiese sido noble y grande para tener aspiracio- 
nes elevadas y para desplegar la energía moral acomo- 
dada á un fiu lejano y altísimo. 



— 247 ~ 

Los animales al cabo de miiclios siglos gaiardan los 
mismos instintos 5^ prodncen las mismas obras con 
idéntica perfección. Los salvajes jamás salen de su tris- 
te estado sino se ponen en contacto con otros pueblos 
mas adelantados, que les sirvan de estímulo para entrar 
en las sendas de la civilización, de manera que si el 
hombre primitivo se hubiese hallado en estado de em- 
brutecimiento, habría permanecido estacionario, sin 
reconocer las vías de progreso y sin aproximarse jamás _ 
á su ideal. 

El catolicismo, que nos dá una idea digna de nues- 
tros progenitores sobre la perfección del primer hombre, 
nos hace conocer también algunos límites de la ciencia 
de que estuvo dotado: nos hace conocer que el primer 
hombre, luego de haber caído, estuvo lejos de conocer 
la industria, y las artes que se han conocido después, 
pues él no las necesitaba. Así el Génesis refiere que 
Adán y Eva, para cubrir su desnudez, formaron unos 
ceñidores de hojas de higuera; también refiere que 
después de algunas generaciones antidiluvianas Tu- 
balcain fué quien forjó los metales de cobre y de hierro. 
Por consiguiente si la ciencia geológica llega un día 
á prol)ar ([ue entre los primeros hombres la industria y 
las artes estuvieron poco adelantadas y que se fueron 
desarrollando paulatinamente; que los primeros hom- 
bres durante mucho tiempo se sirvieron de instrumen- 
tos de sílex y mas tarde del bi-once y del hierro; con to- 



— 248 — 

das estas afirmaciones no solamente no se opondrá á 
la doctrina del Génesis, sino que mas bien servirá para 
confirmarla. Los modernos que como Draper, de los da- 
tos ya suministrados por la arqueo-geología deducen un 
conflicto entre el Génesis y la ciencia, lian presentado la 
doctrina católica bajo un punto de vista falso; supo- 
nen que segiin esta doctrina los primeros hombres tanto 
en el estado de inocencia como inmediatamente después 
de su caida, conocieron perfectamente la industria y 
las artes, lo cual es absolutamente falso. 

Además la ciencia geológica hasta ahora no tiene 
conocido al hombre primitivo; coiioce bastante al hom- 
bre fósil de la Europa occidental, pero no al de Asia 
que es la cuna del linaje humano. "Es muy de sentir 
dice (^uatrefages, esta ausencia de fósiles humanos, 
recogidos fuera de nuestros países. No hay motivo para 
considerar la Europa como el punto de partida de la 
especie, no como el lugar de la formación de las razas 
primitivas. Principalmente en Asia es donde se les 
debiera buscar,,". 

Pero aún cuando la geología, auxiliada de la pa- 
leontología y arqueología llegase á explorar suficiente- 
mente las regiones del Asia y aunque llegase á encon- 
trar lus cráneos y esqueletos mismos de Adán y Eva, 
aún entonces no liabrían encontrado al hombre en su 
estado primitivo, en el estado de inocencia y de felici- 
dad, en el cual uo pei"iii aneció. 



— 249 ~ 

Esta limitación déla ciencia geológica prueba la 
circunspección que debe guardar en sus afirmaciones 
relativas al estado primitivo del hombre. La condición 
y los caracteres de los hombres mas antiguos cono- 
cidos por- los vestigios descubiertos en los estratos 
geológicos, no nos autorizan para negar una mayor per- 
fección á los primeros hombres, sobre todo en su estado 
de inocencia. 

Mas aún; lo que hasta ahora por los estratos geo- 
lógicos conocemos de los hombres mas antiguos se opo- 
ne á la hipótesis del estado de abyección en que algu- 
nos pintan á los primeros hombres y sirve para con- 
firmar la doctrina del Génesis. De dichos habitantes 
se han encontrado cráneos, esqueletos, instrumentos 
y utensilios, los cuales dan mucha luz para conocer su 
organización y el grado de su cultura. Así el célebre 
paleontólogo Dr. Pfaff dice: "De 48 cráneos de varo- 
nes (hallados en cámaras sepulcrales llamadas Lony 
harrows) se ha encontrado que tienen como término 
medio 482 milímetros y de 19 de mugeres 460 (según 
Thurnam); en una de las cavernas descubiertas en el 
peñón dé Gibraltar, llamada Gcnisla^ se encontraron 
cráneos pertenecientes evidentemente á la misma época 
y á la misma raza en los cuales esta medida asciende 
á 498 y 483. Vemos, por tanto, cuan injustificada es 
la opinión de los que pretenden que aquella antigua 
población era por la estructura de su cráneo, inferior á 



— 250 -- 

los hombres de la época actual. Lo que nosotros por los 
restos de esqueletos podemos conocer tocante á la es- 
tructura del cuerpo de esos habitantes primitivos, con- 
siste en que los dolicocéfalos (de largo cráneo) eran de 
corta estatura, y de alta los hraquicéfalos (de corto crá- 
neo); y que unos y otros tuvieron buena formación. ''En- 
tre estos hombres primitivos que se les designa con 
la edad de piedra, se han querido distinguir dos pobla- 
ciones: á la mas antigua se le llama pcdcólítica y neoVdica 
de indvo^ antiguo; í/co, nuevo y litos^ piedra), á hi mas 
conocida. "Pero hasta aliora, dice Pfaff, no ha sido 
posible ni ti'azar un límite preciso entre las dos, ni si- 
quiera averiguar con certeza que sean razas distintas. 
De la población llamada paleolítica, que vivió con el 
mammouth y otros animales extinguidos no se ha en- 
contrado ningún cráneo, y sí tan solo utensilios de pie- 
di'a, de cuerno, de hueso y semejantes. Es digno de 
notar que precisamente estos utensilios, atribuidos á la 
población mas antigua contienen trabajos de escultura 
relativamente numerosos, entre los cuales uno de los 
mas interesantes, es el dibujo de un mammouth en un 
pedazo de marfil de un colmillo deeste animal. Hállanse 
además dibujados renos, caballos, bisontes y otros ani- 
males; son numerosas también las agujas de hueso 
pulidas y agujereadas con una astilla de silex y muchas 
las puntas de lanza, saetas y arpones dentados. El 
dibujo es tan característico y bueno que Klein observa 



— 251 — 

que á su entender, salvajes de un grado tan inferior 
de cultura como los australianos y los de la Tierra 
de fuego, no se hallan en estado de hacer dibujos tan 
característicos,,. (1) 

Los hechos referidos demuestran, pues, que los ha- 
bitantes de Europa de la edad de piedra desplegaron 
bastante inteligencia y habilidad artística y poseyeron 
una alta orgai^izacion idéntica y hasta bajo algún con- 
cepto superior á la de los europeos y americanos de 
tiempos posteriores. Entre dichos hombres de la edad 
de piedra y los animales, media un abismo insondable, 

(1) El transformismo materialista aplicado al origen del 
hombre está completamente desmentido por la ciencia. El sabio 
Wircliow afirmaba cu el Congreso antropológico de Munich en 
1877: "Cuando examinamos al hombre cuaternario fósil, el cual 
debe acercarse á nuestros primeros antepasados en la serie 
ascendente ó descendente, hallamos siempre un hombre como nos- 
otros.,, 

Hace pocos años que al hallar un cráneo en la turba en los 
parajes palustres ó en las antiguas cavernas, creíase ver en él 
caracteres singulares que indicaban un estado salvaje no bien 
desarrollado, casi mono-hombre, pero desvanecióse esta ocurren- 
cia del todo. Los antiguos trogloditas (habitantes de las caver- 
nas), los habitantes de los palafitos (estacas de edificios palustres), 
los hombres de la turba aparecen como una sociedad respetable. 
Tienen la ealieza de un grosor que muchos de los actualmente 
vivientes envidiarían y no representan al fabuloso hombre-mono- 

Lo mismo afirma Figuicr del cráneo de Mentón, apesar de 
asignarle una antigüedad fabulosa, y lo propio ha resultado del 
examen de los ruidosos cráneos de Cro-Magnon, Neanderthal 
y de Solutré respecto de los cuales puede decirse con ri'uner— 
bey: "Nada de su físico indica aproximación con el mono; nada 
bestial se nota en sus usos, costumbres y creencias,,. 



— 252 — 

ya por la superior organización de aquellos (pues ja- 
más se ha encontrado un fúsil del pretendido iiiono- 
liombre ni del lionibre;mono) ya, por el discurso, por el 
conocimiento de los fines, de los medios y de su armo- 
nía, desplegados en la confección de sus instrumentos y 
utensilios, ya por su perfección ascendente y por el sen- 
timiento de la belleza revelados en los dibujos. 

Y sin embargo estos hombres de Europa no eran 
los mas adelantados en- su época. El Asia es la cuna 
del linaje humano: desde allí se han difundido los hom- 
bres por las demás partes de la tierra: de allí han pro- 
cedido los primeros pobladores de Europa. Han visto 
confirmado esto último los geólogos, cuando entre los 
utensilios de los europeos de la edad de piedra han 
encontrado' bastantes de ncfnfa., mineral que no se 
halla en ninguna parte de. Europa, pero si en el Asia 
centi'al y oriental. Por tanto esta antigua población de 
Europa estaba formada de grupo?; destacados del cufer- 
])0 principal de la humanida(l¿ (Te grupos q^#i»;se colo- 
caron en posición desfavorable áT progreso. La li \ del 
progreso y de dirección al ideal no es el aislamiento^ 
sino la comunicación bajo las tres formas, de adquisición, 
de transfusión y de unión. Por esto el cuerpo princi- 
pal (juc permaneció en Asia y del cual se formaron 
después los grandes imperios de este país, debió tener 
una civilización superior á la de los grupos que se co- 
locaron en el aislamiento: por consiguiente, la ciencia, 



— 253 — 

cuando descubra el grado de cultura de estos ultimes 
lia de inferir que era mayor todavía el del cuerpo prin- 
cipal del g'énero humano. 

No lian vivido, pues', en estado de embrutecimiento 
y de vida animal, ni la antigua población de Europa, ni 
el hombre primitivo; y Draper, al pretender atacar el 
Génesis, ha expuesto falsamente la doctrina de la cien- 
cia por dos razones: 1^ — porque atribuye al hombre 
primitivo la condición del hombre mas antiguo que la 
geología conoce; 2^. — porque pretende que el estado pri- 
mitivo del hombre ha sido semejante al de los animales, 
estado animalizado^ mientras los hschos geológicos 
prueban todo lo contrario, de acuerdo con la craneología 
fósil y arqueología prehistórica. 



^ ^¡b ^S^ ' *~ 



CAPITULO ly 



Biipéieüi;^ ilcl iiiatei*iaEiNBiio !i»ol>i*e el 
e^<¿i«lo lüatiii*»! del iaoiiiS»i*e.— l^oe- 
teliB» del |»B'Ofi;-i*e^o. — liii^ íi*stdie¡<»- 

laes. 

La hipótesis materialista que liace comenzar á la 
especie liumaua por un estad o mal definido que parti- 
cipa de la infancia y de la condición salvaje, no tie- 
ne fundamento alguno basado en la paleontología y la, 
geología; veremos ahora que carece igualmente de fun- 
damento histórico, pues si queremos preguntar sobre 
este asunto á la historia, nos dá precisamente una res- 
puesta contraria. Conocemos pueblos dotados de ex- 
celentes disposiciones naturales y que son indudable- 
mente de la raza caucásica, que no han salido todavía 
del pretendido estado de naturaleza ó salvajismo ori- 
ginario, y en quienes no se hace notar ninguna tenden- 
cia, ningún movimiento expontáneo hacia un estado 
mas perfecto; y por mucho que profundicemos en el 



— 250 — 

estudio de esos pueblos de naturaleza inculta, nos cou- 
vencemos de que no solo es en ellos estacionaria la ci- 
vilización, siuú también de que se halla arrastrada á la 
fuerza por una corriente retrógrada. Las colosales cons- 
trucciones del Perú, de Méjico y del Yucatán atesti- 
guan por sus ruinas que en América existió en otros 
tiempos una civilización de que en la actualidad no 
tienen aún idea las bordas salvajes que vagan erran- 
tes por esas comarcas. Este carácter estacionario y 
hasta retrógrado de los pueblos salvajes ha movido á 
creerlos incapaces de civilización, y el célebre Waitz 
emite precisamente este juicio como resultado de sus 
investigaciones: "Es una verdad confirmada por toda 
clase de pruebas, dice, que el alma humana no lleva en sí 
naturalmente ninguna tendencia ni hacia el progreso, ni 
hacia su propio desarrollo. La doctrina moderna de un 
desarrollo expontáneo del alma, lejos de ser una verdad 
necesaria, no es siquiera una opinión sostenible; es solo 
un delirio de la imaginación que halaga la vanidad del 
hombre civilizado, pero que insulta á la verdad de los 
hechos y á la historia de la civilización. El pensamien- 
to y el esfuerzo del hombre es indudabl&mente el que 
engendra y conserva la civilización; pero este pensa- 
iniento civilizador no nace de sí mismo ni se mueve ex- 
pontáneamente, ni es la función de una inteligencia par- 
ticular; consiste en la actividad de los individuos de 
una misma sociedad para comprenderse unos á otros y 



— 257 — 

apropiarse luútuamente sus ideas y, en virtud del medio 
eu que el destino histórico ha colocado á los indivi- 
duos, engendra hombres formados y educados,,. El sal- 
vajismo no ha sido jamás el punto de partida de la ci- 
vilización: no se cita un solo pueblo de la antigüedad 
que haya pasado de la barbarie á la civilización por so- 
los sus esfuerzos. El Japón recibió su civilización de 
la China, los germanos de Roma, Eoma de Grecia, esta 
de Egipto y esta del Oriente, cuna del género humano, 
que se junta con el primer hombre que debió nacer adul- 
to y perfecto de las manos del Creador, como lo pro- 
claman todas las tradiciones de acuerdo con el Clénesis. 
En cuanto á América hemos visto, basándonos en la 
autoridad de los monumentos y de los etnólogos, que 
proviene del exterior. 

El estado salvaje no puede ser el primitivo, ni el 
punto de partida de la civilización, porque en él no se 
aplica ni se perfecciona la razón, antes se entumece y 
deteriora por su esclusivo ejercicio en la satisfacción 
de las necesidades físicas; los instintos nobles se extin- 
guen en los pruritos é impulsos de un egoísmo brutal, 
y en él no hay bienestar común porque no hay sociedad 
propiamente dicha, y el bienestar individual se circuns- 
cribe á la esfera de los apetitos que tiene en común con 
las bestias. 

Por otra parte nunca, ni en ningún paraje se ha 
encontrado al hombre en un verdadero estado natural. 



— 258 — 

En tudus los países le encoutraniüs (legeneraclo y co- 
rrompido de mil maneras. ' Aún antes de todo contacto 
con los enropeos se le lia encontrado sometido á vi- 
cios qne no están en la naturaleza, como la pereza y 
la embriaguez, y en estado de suma^ estupidez con sig- 
nos evidentes de degeneración por haberse encontrado 
antes en un estado superior de pei-feccion, como se notó, 
por ejemplo, en los nonios de América septentrional 
puesto que la arqueología preliistórica demuestra ha- 
berse encontrado en estado de semi-civilizacion, pudien- 
do aseverarse igual fenómeno de las demás tribus sal- 
vajes como degeneración de los uahoas ó de los meji- 
canos y peruanos semi-civilizados; mientras estos, lo 
mismo que los muiscas, declaraban 4a importación es. 
trangera de su civilización atribuyéndola áQuetzalcoatl, 
á Manco-Capac y á Botchica, de raza blanca y barbuda. 

El liombre de bi naturaleza, el hombre ideal de 
liousseau, lo mismo que el hombre primitivo de que 
hablan algunos modernos de la escuela evolucionista 
que no ven en él sino una transición entre el mono y 
el hombre, no existe en parte alguna, ni ha existido 
jamás, y solo es una ficción que cada cual se forja con 
arreglo á la opinión que tiene preconcebida sobre el 
origen de la especie humana. 

Como muy l)ien observa el sabio Ouvaroff, el es- 
tado natural del hombre no es ni el estado salvaje ni el 
de corrupción; es un estado sencillo, mejor, mas próximo 



— 259 — 

á la divinidad: el hombre salvaje y el hombre corrompi- 
do están igualmente separados de él. 

Conocemos al hombre primitivo únicamente por 
la tradición, pero de ningún modo por experiencia, ni 
por haberle hallado en parte alguna la arqueología 
geológica. 

Lo que es indudable es que ni el hombre de los 
bosques, ni el cazador salvaje, ni el pretendido mono 
perfeccionado, son el hombre primitivo. A cualquiera 
parte adonde dirijamos nuestras miradas, á América, á 
Australia, á las Indias, á la China meridional ú al 
África, y cualquiera que sea su grado de inteligencia, 
el estado de su alma, su constitución social, su géne- 
ro de vida y sus costumbres, en todas partes supone el 
hombre en sus leyendas, en su lenguaje y en sus hábi- 
tos, un pasado de algunos millares de años á que re- 
fiere su origen de antepasados en un estado mas per- 
fecto. 

Si interrogamos á las mismas tradiciones, nos 
suministran una doble prueba. En primer lugar toda la 
antigüedad y en particular la antigüedad clásica, atri- 
buye en primer término á una revelación divina el orí- 
gen y principio de todo conocimiento de un orden ele- 
vado y el origen de todo desarrollo religioso y verda- 
deramente humano. La conciencia y la vida religiosa 
de todos los pueblos es esencialmente positiva; en todas 
partes la religión se apoya en la creencia de un mundo 

17 



— 260 — 

sobrenatural y en una revelación comunicada al hom- 
bre por el comercio directo y personal con la divinidad 
como se apoya también en la confianza en nna acción so- 
brenatural y misteriosa de Dios en el hombre, en una 
palal)ra, en la gracia. Viene después un segundo hecho 
incontestable, universal y constante, que tiene una re- 
lación íntima con el antei'ior, el recuerdo de una co- 
munidad de vida del hombre primitivo en Dios y con 
Dios; la tradición de una edad de oro, sólidamente es- 
tablecida por todas partes, así en la antigüedad clási- 
ca como en la Oriental, y venerada igualmente por los 
filósofos y por los poetas. Sobre este punto insistire- 
mos en el capítulo siguiente. 

En fin, debemos admitir que el estado del hombre 
primitivo era el (pie convenía al origen de la especie 
liumana,: lajjerí'ccciojí física y moral para que pudiese 
])ropagar y formar á sus semejantes: en cuanto á la ]M'V- 
feccion de las condiciones de la vida debió encontrarlas 
el liombre preparadas por el (íriador como todos los de- 
mas seres de la naturaleza, pues que adapta los medios 
al fin. Era civilizado en el sentido moral é intelectual 
de la palabra; en cuanto á la industria y á las artes y 
demás ornamentos de la civilización material, solo la 
poseía en germen; las necesidades y circunstancias de- 
l)ían darles origen y perfección. Pero no pudo ser el 
primer liombre, ú hombre primitivo, el salvaje: el sal- 
vajismo tiene evidentemente todos los caracteres de 



— 261 — 

degeneración: es im hombre en ruina^ apartado de la 
influencia del primer hombre: el salvaje demuestra 
su degeneración y degradación por el simple hecho de 
que no bastan los siglos para sacarle de ese estado sino 
recibe la influencia exterior de otro hombre mas per- 
fecto que él. En una palabra, el hombre no aprende en 
ningún sentido sin un maestro y como el primer hombre 
no pudo tener otro hombre por maestro, este debió ser 
el mismo Dios, autor del género humano. Por eso es 
que ningún historiador notable admite el salvajismo 
como estado primitivo del género humano. 



CAPITULO V 



El oi*íj;'eii 4lel hoiiihre en ^iis i*cla- 
eioiicN din el oi*Í£;eBD «le la religión 
j «le la í!»«>eie«la«l. 

Quizás vamos á pecar por demasiada insistencia 
sobre el mismo asunto, pero se nos disculpará en aten- 
ción á su importancia actual y también porque lo con- 
sideraremos bajo el aspecto religioso-social, como orí- 
gen de la civilización. 

Los monumentos históricos mas antiguos que co- 
nocemos y las tradiciones que representan, nos enseñan, 
á la religión sentada junto á la cuna de las sociedades 
dictándoles sus primeras leyes y presidiendo á su for- 
mación. Así, pues, investigar el origen de la religión 
es investigar el origen de la sociedad misma; por consi- 
guiente esta cuestión entra en la ciencia etnológica de 
que nos ocupamos. 

La escuela filosófica que pretende destruir el cris- 
tianismo por su base, eliminando completamente la idea 



— 264 — 

de la revelación sobrenatural y divina, afirma, como 
hemos indicado, que el hombre ha nacido del estado 
salvaje, del mutismo, de la promiscuidad, del embru- 
tecimiento, de un estado semejante al de los orangu- 
tanes, para inventar sucesivamente la familia, la so- 
ciedad y la religión, siendo todas estas conquistas un 
desarrollo expontáneo, un progreso natural de la hu- 
manidad. El error está ya refutado, pero vamos á in- 
sistir. 

En particular la religión no es otra cosa en este 
sistema sino una creación subjetiva del entendimiento 
humano ó cuando mas un instinto de nuestra naturaleza 
que se purifica cada vez uias por el progreso de la 
civilización y de la actividad intelectual. Las fases 
sucesivas de la elaboración religiosa luin sido según es- 
ta escuela: primero el fetichismo^ forma grosera del 
culto de los elementos: después el mhcisuio ó la ado- 
ración de los cuerpos celestes, después el politeisiiio bajo 
las castas sacerdotales, el politeismo independiente^ el 
monoteísmo bajo la forma teocrática y, por último, el mo- 
noteísmo libre. 

s 

La filosofía materialista del siglo XVIII admitía 
esta hipótesis de una estupidez primitiva; pero la ad- 
mitía, no porque la apoyase sobre ningún heclio, por- 
que al contrario, todos los hechos conocidos la des- 
mienten, sino como una consecuencia forzosa de la ne- 
gación de la revelación primitiva, que lia proclamado 



— 265 — 

el cristianismo. A este propósito el célebre Benjamin 
Coustant liabia propuesto la cuestión siguiente: '^¿El 
estado salvaje es el primitivo de nuestra especie?;, Hé 
aquí el resíimeu de su respuesta. ''Los filósofos del 
siglo XVIII se han pronunciado por la afirmativa con 
estreñía lijereza. Todos sus sistemas políticos y religio- 
sos (origen de la sociedad y origen de las religiones) 
parten de la hipótesis de una raza reducida en su 
origen á la condición del bruto, errante por los bosques 
y disputándose en ellos el fruto de las encinas y la car- 
ne de los animales; mas si tal fuera el estado natural 
del hombre ¿porqué medios pudo salir de él? Los ra- 
zonamientos que se le atril)uyen para hacerle adoptar 
el estado social ¿no contienen una manifiesta petición de 
p]incii)io? Porque es indudal)le que esos razonamientos 
suponen el estado social ya existente. No se pueden 
conocer los beneficios de una cosa sino después de 
haber disfrutado de ella.,, 

La sociedad en este sistema, continúa Constante 
seria el resultado del desarrollo de la inteligencia, 
siendo así que el desarrollo de la inteligencia es hijo 
del estado social. Invocar la casualidad es tomar por 
causa un nombre vacio de sentido. La casualidad no 
triunfa de la naturaleza. La civilización por medio de 
los estrajigeros deja el problema por resolver. Me ense- 
ñáis maestros que instruyen á sus discípulos ¿pero 
quién ha enseñado á los maestros? Hay mas, los sal- 



— 266 — 

vajes rechazan la civilización cuando so les quiere lle- 
var. Las hordas errantes que hemos conocido, esparci- 
das en las estreraidades-del mundo, no han dado un solo 
paso hacia la civilización. Los habitantes de las costas 
que Nearco visitó hace mas de dos mil años, los han en- 
contrado hoy los viajeros modernos tales como los 
dejó el almirante de Alejandro. Lo mismo sucede con 
otros salvajes descritos en la antigüedad por Agatárci- 
des y en nuestros dias por 1 iiice. Así pues, no podemos 
considerar el estado salv:^i • como el primitivo de la es- 
pecie humana,,. 

Pero si el hombre no lia nacido en el estado sal- 
vaje ¿ha podido por ventura nacer civilizado? Si el 
desarrollo de su inteligencia iniciado por sus necesida- 
des y el espectáculo de la naturaleza no han podido ele- 
varlo á las nociones sociales y religiosas ¿de quién ha 
podido recibirlas? So pena de girar eternamente en un 
círculo vicioso, es preciso decir con un filósofo alemán 
"¿quién ha instruido á los primeros hombres, puesto que 
todo hombre necesita ser instruido? Ninguno ha podi- 
do instruirlos, puesto que se habla de los primeros 
hombres. Preciso es, pueS;, que hayan sido instruidos 
por algún ser inteligente que no fuese hombre, hasta 
el momento en que podían instruirse recíprocamente 
ellos mismos.,, Luego es evidente que el Creador, Padre 
del primer hombre, instruyó á los primeros maestros de 
la humanidad, y como sin el lenguaje no se podía ins- 



— 267 — 

truir á los deniás, sígnese también qne el lengnaje pri- 
mitivo es de origen divino. Hoy mismo se verifica qne 
individnos qne se crian aislados, no se perfeccionan ni 
aprenden á hablar sino les enseña otra persona qne ya 
sal)e hablar. Los hijos aprenden de sns padres. Es cé- 
lebre á este respecto el hecho del rey de Egipto y del 
Mogol qne hicieron criar aislados varios niños par-a 
indagar cnal era el lengnaje pi-iinitivo y la religión na- 
tnral: resnltó qne annqne eran varios, ni ha])laban, ni se 
daban cnenta de ningnna clase de ideas snperiores. 

De lo espnesto resnlta que la revelación primitiva 
es la concepción mas filosófica, aún cnando no iiiera 
nn hecho tradicional, consignado en los liljros del Pen- 
tatenco de Moisés,qne exceden indndablemente en va- 
lor á cnanto se ha escrito por el género hnmano; por 
sn antoridad, por sn antenticidad, sn antigüedad y sn 
integridad. Ellos nos enseñ'an qne Dios, qne se liabía 
complacido en la creación de un ser inteligente y li])re 
no se desdeñó de instrnirlo por sí mismo de nn modo 
adecuado á su doble naturaleza espiritual y corporal 
Y asi debía suceder. 

"Que importa, advierte un notable escritor, cpie 
nosotros no nos representemos claramente este género 
de comunicación? Dios que dio á los hombres la fa- 
cultad de comunicarse entre sí ¿le ha de faltar medio 
de comunicarse con su propia obra? Nos representa- 
mos mejor acaso la creación misma? Y quién no vé que 



— 268 — 

en todas las suposiciones imaginables, el principio de 
las cosas implica siempre en si mismo lo maravilloso 
y extraordinario? Rechazando los prodigios de la bon- 
dad divina, no por eso nos escapamos del milagro: no se 
liace mas qne snstitnir unos prodigios por otros de 
diferente género, pero qne implican el absurdo,,. 

Es por tanto histórica y filosóficamente cierto que 
el hombre no comenzó por un estado de embrutecimien- 
to y de estúpida ignorancia, sino por el contrario, co- 
noció desde el principio al Dios verdadero. Sus no- 
ciones morales y religiosas no se alteraron, según nos 
refiere el Génesis, sino después que, sometido á una 
prueba, abusó del libre albedrío que se le había conce- 
dido para glorificar al Criador y labrarse él mismo su 
Telicidad futura. Aspiró á ser el centro independiente 
de la vida y de la ciencia, y en castigo de esta rebe- 
lión y de este orgullo, fué hecho presa de las pasiones 
sensuales, de los errores y de las miserias físicas y 
morales. De aquí el oscurecimientu siempre creciente 
de su razón y de su corazón: el culto de los astros y de 
los elementos sustituido al del Dios espiritual: después 
el culto de los ídolos de madera y de metal, de las imá- 
genes de los hombres, de los animales y de los reptiles: 
de aquí la divinización de los vicios mismos y de las 
mas vergonzosas pasioiuís. De manera que las falsas re- 
ligiones no son sino elementos de degeneración del rul-* 
to verdadero, que es el primitivo. 



— 269 — 

También se esplica en la Biblia el origen de la di- 
versidad de las lenguas humanas, pues nos enseña que 
Dios para castigar una tentativa del orgullo humano 
sembró la confusión en las lenguas y los dispersó por la 
superficie del globo, siendo de advertir que los resulta- 
dos de la ciencia moderna se conforman con los datos 
que nos suministra la revelación. 

Los lingüistas nuis distinguidos no solo convie- 
nen en que todas las lenguas tienen un origen común, 
sino también que por el examen y análisis de las len- 
guas, especialmente de la gramática, se ha demostrado 
que nada esencial y característico ha podido añadirse 
á un idioma con la sucesión de los siglos; los idiomas 
se hacen y se hallan tan perfectos y acabados en sus 
propiedades esenciales, que no es posible el perfecciona- 
miento gradual, desde un grito hasta la expresión ha- 
blada del sentimiento. 

"En cualquier época que tomemos una lengua, dice 
el sabio Wiseman, la hallamos completa en sus cualida- 
des esenciales y características; puede perfeccionarse 
mas; hacerse mas rica y de una construcción mas va- 
riada; pero sus propiedades distintivas, su principio 
vital, su alma, si puedo llamarla así, parece formada 
enteramente y no puede ya variar. 

"Lo mismo se observa comparando los escritores 
mas antiguos con los mas modernos, ya sean griegos, ya 
romanos, y es sorprendente, sobre todo en los últiuios. 



V 



— 270 — 

si consideraiuos las ocasiones de mejorar (jue tuvie- 
ron por su contacto con los primeros. Pero aunque la 
conquista de la Grecia introdujo la escultura y la pin- 
tura, la poesia y la. historia, las artes y las ciencias 
entre los rudos liabitautes del Lacio; aunque los enseñó 
á dar rotundidad á sus períodos y flexil)i]idad y energía 
á su lenguaje, no añadió jamás ni un tieiupo, ni una de- 
clinación á su gramática, ni una partícula á su diccio- 
nario, ni uua letra á su alfabeto. 

"Asi, pues, es cuntrariu en tiii todo ;'i la experien- 
cia. Ji;il)lar del estado secundario de las lenguas, ó su- 
poner que lian necesitado muchos centenares de años- 
para llegar á un punto dado de progreso gramatical. 
l;as lenguas no nacen de una semilla ó de un vastago 
poi- un procedimiento misterioso de la ]iatui"aleza, 
échanse en un molde pero molde vivo, de donde salen 
con todas sus bellas proporciones; y este molde es el 
entendimiento del liouibre modificado diversamente por 
la circunstancia de las relaciones exteriores.,, 

Luego, pues, todo aparece formado desde el prin- 
cipio, leiiguaje, religión, sociabilidad é instinto de la ci- 
vilización: el hombre primitivo era civilizado. 

Para conservar en medio del caos de los cultos 
idólatras las verdades reveladas al padre del género hu- 
mano y la promesa de redención hecha á los desterra- 
dos del Edén, Dios escogió algunas familias fieles á 
su ley, y después un pueblo cuya nacionalidad y cuya fé 



— 271 — 

cuidó de aaegiirar por la legislación mas fuerte que se 
haya visto jamás: ese pueblo vive aun, es el hebreo. En 
tanto que sobre la faz de la tierra no se palpan sino ti- 
nieblas y que las naciones iluminadas por la civiliza- 
ción y el genio del hombre se encuentran entregadas á 
las mas groseras supersticiones, este pequeño pueblo 
adora al Dios único y sus profetas anuncian cada dia 
mas claramente al Salvador saludado desde lejos por los 
Ritriarcas. El cristianismo no es mas que el cumpli- 
miento de las promesas hechas al judaismo que dejó de 
ser la verdadera religión por haber negado al Eedentor, 
como también estaba profetizado. Hé aquí por que la 
Biblia es el gi'an libro de la historia de la humanidad 
y de la filosofía de la historia. 

Los Vedas de la India, los (lum-Khuj de la China 
y el Zend-Avesta de la Persia son remedos informes que 
quedan eclipsados ante el esplend(jr de la Escritura Sa- 
grada, que acaba de ser confirmada por los últimos ade- 
lantos dp 1;! Fvgipciología y Asivio1ogí;i. 

i'ara demostrar que las falsas religiones no han 
sido primitivas sino degeneraciones de la verdadera, 
como el salvaje es una degeneración del hombre primi- 
tivo, sirve la siguiente reflexión histórica. A pesar de 
todas las tiniel)las y alteraciones que desfiguran en las 
antiguas religiones el primitivo dogma revelado, se en- 
cuentran en ellas vestigios de una doctrina incompa- 
rablemente mas elevada y profunda que el politeisuio de 



— 272 — 

las civilizaciones posteriores. ' En los fragmentos mas 
antiguos de los libros sagrados de la India, aparecen 
restos de su espiritualismo colosal que envolvía el uni- 
verso en un órdeu de ideas místicas, según las cuales 
los elementos del mundo material no eran otra cosa 
que la representación de un mundo invisible. Se cree, 
- dice un juez competente Mr. Abel de Remusat, que 
en la mas remota antigüedad el dogma de la existencia 
de un Dios Todopoderoso y remuuerador, no era ex- 
clusivo de la religión de Coníucio, que mucliás cartas 
chinas desde el siglo XII de nuestra era, lian lieclio 
degenerar en un sistema que tiene algo de materialista 
y que conduce al ateísmo. l.ia Grecia misma tan or- 
gullosa de sus luces ¿no confesaba su inferioridad en 
el conocimiento de las verdades religiosas cuando en- 
viaba sus sabios á instruirse en la escuela de la filoso- 
fia oriental? Todo conspira, pues, contra ese sistema 
de la escuela filosófica <inu representa á la linniauidad 
«orno aspirando y espirando á su vez, en virtud de leyes 
propias de su organización, el alimento de su vida reli- 
giosa, cada vez mas purificada á medida que la civiliza- 
ción progresa. 

Las religiones, aunque participan de las influen- 
cias y circunstancias locales entre las cuales se des 
arrollan, presentan por otra parte rasgos de semejanza 
que son un nuevo título de parentesco entre miembros 
de la gran familia liumana. En muchas de estas creen- 



— 273 — 

cks, comimes á todos los pueblos y no menos notables 
por su carácter misterioso que por su universalidad, se 
reconocen vestigios de los dogmas revelados, de los 
recuerdos y de las esperanzas que la humanidad decaí- 
da alimentó desde su cuna. 

El paganismo no destruía radicalmente la verdad 
sino que la alteraba ó la desfiguraba. Todos los pueblos 
antiguos conservaron un recuerdo confuso del paraíso 
terrestre, de la edad de oro, en que los dioses no se 
desdeñaban de comunicarse con los liombres inocentes 
y dichosos. Quetzalcoatl, Viracocha y Botchica son di- 
vinidades americanas que enseñaron la civilización á 
sus pueblos. 



II. 



Para completar este ensayo sobre el origen del 
hombre añadiremos además de lo dicho sobre el estado 
primitivo algunas otras consideraciones que confirman 
la necesidad de una revelación primitiva y que por con- 
siguiente lo que se ha llamado estado de ley ó religión 
natural nunca ha existido, aunque efectiva]r.ente las 
verdades primitivamente reveladas son conformes á 
nuestra propia naturaleza. 

Dos observaciones históricas confirmarán esta 
asersion. Hemos dicho que la religión natural en toda 
su pureza ha precedido á la idolatría y á la superstición, 



— 274 — 

brillando sobre la cuna de todos los pueblos antiguos, 
aún cuando las artes y todos los demás conocimientos 
se hallan en tinieblas: prueba evidente de que la ver- 
dad religiosa lia sido originariamente revelada al hom- 
bre, porque de otra manera, como esta es la que se 
halla mas lejos de su alcance, hubiera sido el último 
descubrimiento á ser el fruto de sus invenciones y ra- 
ciocinios, y por lo menos se hubiera extendido y ali- 
mentado á proporción del desarrollo del espiritu^ hu- 
mano, siguiendo la misma carrera (¿úe las verdades. 
Pero no; ha sucedido todo lo contrario. La verdad re- 
lig'io!?a apareció de repente y sola en el horizonte del 
espíritu humano, y en. seguida ha resplandecido con 
mas brillo: los errores mas groseros vinieron después 
á oscurecerla, cabalmente á medida que el género huma- 
no iba liaciendo progresos en edad, en las artes y cien- 
cias enriqueciéndose en sus propias comiuistas. 

Kn la primera revelación debió Dios enseñar al 
hombre lo que mas le importal)a saber y lo que con 
iiinyor urgencia reclamaba su condición intelectual y 
libre: esto es, las grandes verdades del orden moral y 
religioso necesarias para la conservación de su digni- 
dad y lugro de su último destino. 

El descubrimiento de las demás verdades científi- 
cas de orden inferiur [ludo- dejarse como pábulo á las 
investigacioiu's del espíi-itu humano, una vez lanzado 
en el campo de su [¡ropia reflexión: de^aquí la ley de 
progreso en las artes y ciencias humandS. 



— 275 — 

Otro hecho notable en favor de la revelación pri- 
mitiva es el método empleado en todas partes y en 
todos tiempos para conservar y volver á encontrar la 
verdad religiosa. ¡Cosa estraña! Jamás se ha conser- 
vado entre los hombres la verdad religiosa por medio 
del estndio ó método racionalista, sino por medio de 
la tradición. Para encontrarla no han recurrido á su 
propia razón individual sino á sus recuerdos colectivos, 
á la voz del pasado, tantas veces cuantas han querido 
saber á que debían atenerse sobre esta verdad. Es 
evidente la importancia de un hecho semejante en el 
cual está visiblemente encerrado el de una revelación 
primitiva que se busca instintivamente. 

Oígase á Platón y á Sócrates, á Pitágoras, á Aris- 
tóteles, á Cicerón y á todos los que obtuvieron de la 
posteridad el título de sabios, y los encontraremos uná- 
nimes en que para descubrir lo mas cierto en materia 
de religión, debe buscarse por medio de la tradición lo 
mas antiguo y primitivo, lo que mas se acerca á la in- 
fancia del mundO; de suerte que la novedad es el sello 
del error. A este breve é irresistible argumento apelan, 
siempre para atacar á un mismo tiempo las supersti- 
ciones de la idolatría y las impiedades de la falsa cien- 
cia y para dispersar la turba de los sofistas que en 
ninguna época han faltado haciendo de la razón humana 
un uso tan fatal como ridículo y vergonzoso. "¿Queréis 
descubrir con certeza la verdad?, decía Aristóteles: to- 

18 



— 270 — 

mad con sumo cuidado lo primero, y no lo soltéis: allí 
solo encontraréis el dogma paternal en que se cifra la 
palabra de Dios.,, 

La doctrina, por tanto, de la tradición importa ne- 
cesariamente en sí la creencia de una revcJacmi iwimi- 
tiva, y como aquella doctrina fué universal, lo fué tam- 
bién esta creencia; de modo que á la demostración 
de esta verdad nada le falta, ni la naturaleza de las 
cosas estudiadas en sí mismas, ni la experiencia del 
hecho, y lo que es mas decisivo aún, ni el testimonio 
del género humano que ha sido uno de sus autores 
y que por la marcha que ha seguido nos muestra el 
impulso que recibió y nos hace oír por decirlo así, de 
boca en boca la misma palabra que le fué dirijida al 
principio. 

Y efectivamente, si la verdad religiosa, la sabidu- 
ría propiamente tal, es indispensable al hombre, ha 
debido serle ense!fiada desde el principio, y su conser- 
vación ha de haber estado confiada á un medio natural 
y accesible, la tradición. 



111. 



Además Mr. Goguet, en su escelente obra: "DeZ 
or'/gen de las leyes, de las artes, de las ciencias y de sus 
iwogresos en los pueblos antiguos, había mostrado ya evi- 
dentemente en la simple historia de la dispersión dey 



- 277 — 

género liumano, después de la confusión de las len- 
guas, la razón necesaria y suficiente de todos los he- 
chos de la historia de la humanidad, que la ciencia 
prehistórica nos podría enseñar. Y Belgrand, de la 
Academia de ciencias, en su obra. Le Bassin ^parisién 
aux ages (mte-historiqíies, resume á su vez dicha his- 
toria con estas frases: "El hombre y la mujer mejor 
organizados, llegados al estado perfecto de civiliza- 
ción. . . . , si quedaran abandonados á si mismos en una 
tierra desierta, verían desde las primeras generaciones 
á sus hijos vestidos con pieles de animales, dichosos 
al encontrar un sílex para defenderse ó para golpear á 

su presa , en una palabra, reducidos al estado de 

salvajes,. . . „ 

Ahora veamos las textuales páginas del presi- 
dente Groguet: 

"La familia de Noé, reunida en las llanuras de 
Sennaar, no permaneció allí mas que el tiempo necesa- 
rio para aumentarse y fortalecerse. Hacia el naci- 
miento de Phaleg, esto es, como unos ciento cincuenta 
años después del diluvio, habiéndose multiplicado su- 
ficientemente el género humano, resolvió Dios esparcir- 
lo en las diferentes partes del universo. Parece que 
la intención de los nuevos habitantes de la tierra no era 
separarse. La necesidad de proveer á su subsistencia 
les obligaba á menudo á desviarse los unos de los 
otros. El temor, de dispersarse en estas diferentes 



— 278 — . 

correrías les hizo tomar las precauciones que juzga- 
ron propias para prevenir semejante desgracia. Con esta 
mira, emprendieron la construcción de una ciudad y 
edificar en ella una torre extremadamente alta, á ñn de 
que descubriéndose de muy lejos sirviera de señal y 
punto de reunión. Pero la Providencia, que liabia juz- 
gado necesaria su separación para repoblar mas pronto 
la tierra, escojió el medio mas capaz de forzarles á ello. 
— El género humano no hablaba entonces mas que una 
sola y misma lengua. El Ser Supremo rompió el lazo 
que tan. estrechamente unía á los hombres. Confundió 
su lengua, de manera que no entendiéndose unos á 
otros, se separaron y dirijieron sus pasos á diversos 
lados. 

"No intentaré marcar el camino que siguieron 
las diferentes colonias que se formaron entonces. . . . 
Diré solamente que, á poco que se reflexione acerca de 
la facilidad y prontitud con que aún actualmente se 
trasladan los salvajes, los tártaros y los árabes, con 
todas sus familias, á muy grandes distancias, se com- 
prenderá fácilmente que personas robustas, acostum- 
bradas á una vida penosa, y no teniendo casi ninguna 
necesidad, obligados á abandonar su tierra natal é ir 
á buscar nuevas habitaciones debieron esparcirse muy 
prontamente en los diferentes climas de nuestro hemis- 
ferio. 

"Estas trasmigraciones, empero, debieron alterar 



— 279 — 

en gran manera lo que había podido conservarse de los 
conocimientos primitivos. Encontrándose rotas las so- 
ciedades por la diversidad del lenguaje, y permanecien- 
do aisladas las ñimilias, cayeron muy pronto la mayor 
parte de ellas en una profunda ignorancia. A estas 
consideraciones, agreguemos el tumulto y el desorden 
inseparables de los nuevos establecimientos, y concebi- 
remos sin gran trabajo como existió un tiempo en que 
gran parte de la tierra estuvo sumida en una barba- 
rie extremada. Viéronse ent(3nces los hombres andar 
errantes, dispersos en los bosques y los campos, sin le- 
yes, sin civilización, sin gefe. Tan grande llegó á ser 
su ferocidad, que varios la extremaron al punto de co- 
merse unos á otros. Descuidaron hasta tal punto con- 
servar los conocimientos mas comunes, que algunos 
aún olvidaron el uso del fuego. A estos desdichados 
tiempos debe referirse lo que los historiadores profa- 
nos cuentan de las miserias que aflijieron al mundo 
en sus comienzos. 

"Sin dificultad se dará crédito á estas narraciones, 
cuando se dé una mirada al estado en que dicen los an- 
tiguos historiadores que se encontraban aún en su épo- 
ca varias comarcas, estado cuya realidad se encuentra 
confirmada por las relaciones modernas. Hácennos saber 
los viajeros que todavía actualmente, en algunas partes 
del mundo, se encuentran hombres de un carácter tan 
cruel y feroz, que no tienen aún entre si ni sociedad, ni 



— ^80 — 

comercio; haciéndose una guerra perpetua, no procu- 
rando mas que destruirse y comerse. Faltos aquellos 
pueblos de todos los principios de la humanidad, care- 
cen de leyes, de civilización, no tienen ninguna forma 
de gobierno; no muy diferentes de las bestias, no tie" 
nen por habitación mas que los antros y las cavernas. 
Consiste su alimento en algunas frutas, algunas raí- 
ces que les suministran los bosques, y por falta de 
de conocimiento é industria, no pueden procurarse sino 
muy raras veces alimentos mas sólidos. Finalmente, 
privados como están de las nociones mas simples y or- 
dinarias, no tienen de hombre aquellos pueblos mas que 
la figura. 

"Estas ideas presentan una pintura enteramente 
conforme á la que todos los historiadores nos han de- 
jado del antiguo estado del género liumano. También 
vemos por el Génesis, que poco tiempo después de la 
dispersión, se hal)ían de tal manera perdido de vista 
los preceptos y ejemplos de Noé, que los antecesores de 
Abrahan estaban sumidos en la idolatría, (-uando Ja- 
cob, pasó á Mesopotamia, encontró, en la familia de 
su tio Laban, mezclado el culto de los ídolos con el del 
Dios verdadero. Después de semejantes hechos, no es 
maravilla ver que la tradición primordial se liaya os- 
curecido hasta el punto de que no se la encuentre en las 
naciones profanas, sino en extremo desfigurada por las 
fábulas y los mas ridículos cuentos. 



— 281 — 

"En cuanto á las artes y ciencias, no es dudoso 
gue algunas familias se preservaron de la barbarie que 
reinó en la tierra, inmediatamente después de la con- 
fusión de las lenguas y de la dispersión de las familias. 
No se borró absolutamente el conocimiento de los des- 
cubrimientos mas útiles y mas esenciales. Las familias 
que continuaban habitando el punto en donde el género 
humano se habia reunido en un principio, es decir, en 
las llanuras del Sennaar y sus cercanías, conservaron 
algunos gérmenes preciosos. Tampoco í«te perdieron en- 
teramente los primeros conocimientos entre las colo- 
nias que se fijaron pronto, como, por ejemplo, las que 
pasaron á Persia, Siria y Egipto. Por su medio, se ex- 
tendieron y perfeccionaron sensiblemente los diferentes 
ramos de los conocimientos humanos. Pero, á excepción 
de este corto número de familias, el resto de la tierra, lo 
repito otra vez, llevaba una vida absolutamente bár- 
bara y salvaje.,, 

Respecto á la autenticidad y veracidad de los li- 
bros de Moisés, la arqueología moderna ha dado un paso 
muy avanzado; y la cosmogonía bíblica, la creación del 
hombre, el paraíso, el diluvio, la torre de Babel, los 
hechos de Abraham, la historia de José, los sepulcros 
de los Patriarcas, sus costumbres y leyes, todo se ha 
puesto en claro por los descubrimientos hechos en 
Egipto y en Asiría. Ha sido coincidencia hermosa» 
dice Bickell: los dos grandes hallazgos de nuestros días 



— 282 — 

evidencian á una el origen mosaico del Pentateuco. 
El sabio Vigoureux en su hermosa obra: '■'La Biblia 
y los descuhrimientos modernos en Egiiúo y en Asiría,, 
dice: "Quien no admirará que cuando la critica alemana 
ha pretendido no ver mas que mitos en la historia sa- 
grada, la Providencia ha evocado los muertos de su 
tumba para testificar la veracidad de los escritos sagra- 
dos?,, Porque en efecto, los últimos adelantos de la 
Asiriologia y Egipciologia, sobre todo por el descubri- 
miento de la Biblioteca cuneiforme de Nínive, han 
demostrado plenamente la verdad de las narraciones 
mosaicas de los tiempos que se creian prehistóricos y 
hasta fabulosos. 



CAPITULO VI 



Xa§» cdafle^ ai*f|iieoló^iea!S. 

La ciencia prehistórica, según el sistema danés, 
se ha servido de la arqueología comparada con la pa" 
leontologia y por medio de los instrumentos y uten- 
silios encontrados en los estratos geológicos ha cla- 
sificado las edades ó etapas sucesivas porque ha atra- 
vesado la humanidad en los tiempos anteriores á la 
historia en edad de piedra, de bronce y de hierro. Al- 
gunos han pretendido deducir una. fabulosa antigüedad 
hasta de 200,000 años para el género humano, pero la 
sola consideración de las innumerables hordas salvajes 
que existían y existen en América en un estado que 
corresponde á la edad de piedra denominada neolítica 
basta para desacreditar completamente semejante teo- 
ría en cuanto al valor cronológico absoluto que se pre- 
tendía dar á cada uno de los períodos que median entre 
las varias edades prehistóricas, entre la edad arqueolí- 



— 284 — 

tica y la neolítica, entre esta y la edad de bronce y 
el paso a la de hierro, como etapas de la civilización 
primitiva. 

Para formarnos una idea de esta cuestión vamos 
á indicar la clasificación que de las edades prehistóri- 
cas hace Sir John Lnbbock, por ser la mas completa.- 

Indica una división de cuatro edades para la hu- 
manidad: 

La edad arqueolüica de la piedra tallada no puli- 
da, primera edad de piedra, en cuya época vivia el hom- 
bre en Europa con el maramouth, el oso de las cavernas, 
el rinoceronte velludo y otros animales desaparecidos, 
es la primera época que se nos ofrece á nuestras me- 
ditaciones. La segunda edad es la neolítica., ó la edad 
de la piedra pulida, segunda edad de piedra, período 
caracterizado por bellas armas, excelentes instrumen- 
tos de silex y de otras especies de piedras, durante el 
que no se encuentra ning-un vestigio del conocimiento 
de ningún metal, esceptuando el oro, que se empleaba 
á veces para adornos. La edad de bronce es la tercera, 
en que servía el bronce para la fabricación de armas, 
y toda clase de instrumentos cortantes. La cuarta edad 
es la de hieri'o, en la ([ue reemplazó este metal al bron- 
ce para la fabricación de las armas, de las hachas, de 
los cuchillos, etc. El bronce no había dejado de ser de 
un uso común para adorno, á menudo para puños de 
espadas y otras armas, pero nunca para lanzas. Sin 



— 285 — 

emlbargo, la piedra de toda clase, continúa diciendo 
sir Jolm Lnbbock, estuvo siempre en uso durante la 
edad de bronce y hasta durante la edad de hierro, de 
manera que la presencia de algunos utensilios de pie- 
dra, no es por si misma, como se comprende á primera 
vista en buena lógica, una prueba suficiente de que las 
que se descubren se remonten á la edad de piedra. 

En fuerza de esta razón tan obvia por si misma, no 
descuida sir John Lubbock hacer notar también que, á 
fin de evitar todo error, se aplica especialmente esta 
clasificación 6 únicamente á Europa, ó bien de una 
manera general á las colonias humanas que, después 
de haberse separado por la dispersión del centro donde 
radicaba la civilización, recunieron instintivamente al 
sílex, y lo transformaron en utensilios y en armas. El 
comercio y las relaciones con pueblos ya civilizados 
les trajeron mas tarde la piedra pulimentada, ó á lo me- 
nos la materia del silex pulido, el bronce y el hierro. 

No se necesita mucho esfuerzo de ingenio para com- 
prender que estas restricciones, ó dígase concesiones, 
de Lubl)ock, prueban con exceso que esas diversas eda- 
des no tienen nada de absoluto, y deben siempre con- 
siderarse en un punto de vista local y relativo, como lo 
dice el sabio Morgen. Además, según este mismo au- 
tor, no han coin(¿dido de ninguna manera en el mundo 
ó en Europa, ni siquiera en regiones ó comarcas poco 
distantes. Asi mientras en América se encontraban 



— 286 — 

muchas tribus en la edad de piedra, otras se liallan 
en la edad de cobre. Estas edades están, pues, muy 
lejos de ser un dogma científico y está probado, según 
dice un sabio publicista de nuestros días, que las cuatro 
edades se encuentran confundidas la una en la otra, que 
no liay entre ellas límites visibles, y en todas partes se 
encuentran, en los sepulcros 6 en otras partes, mezclas 
de instrumentos de piedra, hierro y bronce. Fuera de 
esto, todos están acordes en admitir los siguientes he- 
chos: 

1° La edad de hierro, en Europa, es histórica; 

apenas se remonta á unos pocos siglos antes de nuestra 
era; pudiérase ó debiérase llamar edad gala, porque en 
la época en que se vé aparecer el liierro, dominaban los 
galos en toda la Europa occidental, en la Italia su- 
perior, en donde coexistían con los Ligurios, en el valle 
del Danubio, en donde liabían dejado huella de su paso. 

2." La misma edad del bronce es histórica. Bou- 
gemont dice: 

"La edad del bronce que terminó en Grecia, Italia 
y quizás en las Gálias el año 600 antes de Jesucristo, 
se perpetuó entre los Escandinavos hasta cerca del 
siglo octavo de nuestra era, y de los dos períodos de 
estaño de Cornouailles, comienza el primero con Moi- 
sés y David, liácia el siglo décimo cuarto ó el décimo 
tercero antes de la era cristiana. ^ 

Y como hemos indicado yá, en América no solo es 
liistórica la edad de cobre sino también la de piedra. 



— 287 — 

. Mas aún; creemos que las tres edades de piedra 
bronce y hierro deben desaparecer luego que se cons- 
truya el ediicio de la ciencia. En efecto: John Perrey, 
uno. de los primeros metalurgistas de la época, ha de- 
rribado por su base el decantado sistema de las eda- 
des, que solo tomó importancia entre los racionalistas 
por las apariencias que tenía de desmentir la edad re- 
lativamente reciente del género humano según el Gé- 
nesis. "Todavía, dice dicho sabio, usan hoy los Indios y 
Africanos el método primitivo de extraer directamente 
del mineral un buen hierro maleable, método que exige 
hasta menos habilidad que la fabricación del bronce. 
La preparación de esta aleación presupone el conoci- 
miento de la estraccion del cobre (á menos que se 
le encuentre en estado nativo) de la fusión del estaño 
y del arte de moldear y colar. Desde el punto de vista 
metalúrgico debe admitirse con razón que la llamada 
edad de hierro ha precedido á la de bronce. Al sos- 
tener lo contrario los arqueólogos debían tener en 
cuenta que el hierro por su misma naturaleza, no puede 
conservarse en la tierra tan largo tiempo como el cobre,, 
que es la reflexión que hemos hecho mas arriba hablando 
de la gran pirámide de los Mayas. 

Igual indicación ha hecho el danés Tscherning' 
al Congreso arqueológico de Copenhague, respecto de 
la mayor antigüedad del hierro, porque el empleo de 
los bronces de estaño exige el uso del hierro y del 



— 288 — 

acero — y como añade Hostinann, es tan cierto esto, y 
sería necesario ponerse en tan abiei'ta contradicción 
con todos nnestros conocimientos técnicgs, para admi- 
tir que se liajam fabricado objetos de bronce, aún muy 
acabados con herramientas de bronce, que estamos en 
pleno derecho de apellidar á tal doctrina la verg-üenza 
de la arqueología contemporánea.,, Declaro, por fin, 
que he insistido en este punto, por los alardes hechos 
acerca del valor prehistórico de las tres edades, para 
derribar la autoridad del Génesis y he deseado demos- 
trar que nosotros los hijos de la fé respetamos alta- 
mente la ciencia, pero que no admitimos como ciencia 
cualquier teoría que al fanatismo racionalista se le an- 
toja proponer. 

Es de advertir que como se trata de ima ciencia 
tan nueva como lo es la arqueología prehistórica, no 
es de estrañar que escritores católicos como el señor 
Catalina García hayan caído en apreciaciones erróneas 
acerca del hombre prehistórico como la siguiente: "El 
estado primitivo del hombre, lu«go que por la propia 
culpa salió del paraíso, fué tal que se acercó mucho al 
de los brutos. No podía, pues, en tal estado, dejar en 
la superficie de la tierra, las señales de una vida per- 
fecta de que no gozaba y que suele tener por espresion 
admirable la escritura y el arte. En los toscos y conta- 
dos medios de que se servía para satisfacer las primeras 
ineludibles necesidades, ha de buscarse el medio de ave- 



-- 289 — 

rig'uar lo que el hombre primitivo era, como vivía, como 
se desprendía de esta corteza tosca que durante largo 
tiempo cubrió su espíritu inmortal.,, Decimos que liay 
aseveraciones err(jneas porque parece indicar el autor, 
que después de la caída, el hombre cayó en estado de 
embrutecimiento y salvajismo, lo cual es falso, ni está 
probado por la arqueología respecto á la población cen- 
tral primitiva del Asia y solo es cierto respecto á las 
tribus que por emigración quedaron aisladas del centro: 
si el salvajismo hubiese sido un estado universal en 
alguna época, era imposible el tránsito á la civilización 
por las razones que hemos indicado: además consta por 
la narración de Moisés, que siempre una familia y un 
pueblo ha conservado el culto y moral de la primitiva 
revelación hecha al primer hombre, que no pudo nacer 
sino adulto ni tener otro maestro que el mismo Dios 
como asimismo las tradiciones* de todos los pueblos, que 
indican por donde se han trasmitido las primeras no- 
ciones en la aurora de la humanidad. 

Pero sobre todo téngase en cuenta lo que hemos 
advertido mas arriba: bien pudo permanecer el hombre 
caído con el uso de sus facultades y perfección psico- 
lógica, sin descender al embrutecimiento, aunque por 
de pronto careciese de las manifestaciones de la in- 
dustria, escritura y artes. El salvajismo, lo repetimos, 
no es estado natural del hombre, es degeneración. 

En fin, recordemos que la familia humana, por 



— 290 — 

consecuencia de las enseñanzas superiores, por las re- 
velaciones que necesariamente marcaron la época polin- 
genésica, lejos de haber desfallecido durante millares 
de años, sin forma en el lenguaje, costumbres y culto, 
se constituyó en el entero complemento de su organi- 
zación; dotada del vigor de una estension alta y rá- 
pida, poseyendo un poder desconocido en la perfección 
de la palabra, con un genio tan profundo de espre- 
siones, la sociedad debió estar primeramente iniciada 
en los diversos misterios de las ciencias, en los princi- 
pios de la astronomía, de la estática, de la hidráuli- 
ca, de la mecánica, de la navegación, de la arquitectura 
y en numerosos métodos tiempo ha perdidos; porque por 
entre las edades heroicas, aparece la industria del hom- 
bre muy desde luego revestida de formas gigantescas. 
¿Qué se ha de pensar del arte y de las máquinas que su- 
pieron elevar esas construcciones espantosas, llamadas 
ciclópeas, cuyos escombros eclipsan nuestros mezquinos 
monumentos? Qué se dirá de las fortificaciones inac- 
cesibles, de los jardines elevados, de los acueductos 
aéreos de Babilonia, y de las maravillas inauditas de 
Tebas, Persépolis y Ecbataua? Cómo esplicar esos mons- 
truos gigantescos de granito, las pirámides, que ne- 
cesitan cuatro mil años para ocultar bajo las arenas sus 
inmensas ancas; esos colosos, esos vestíbulos egipcios, 
esos peñascos amontonados en las riberas del Nilo, 
pompas eternas de una vanidad colosal y de un poder 



— 291 — 

desconocido? Ni ¿cómo esplícar la formación de la mole 
artificial de granito que comprime la superficie de la 
tierra, la pirámide de los Mayas en Sonora, hallazgo 
del Nuevo Mundo que ha eclipsado la soberbia de 
Clieops? Ni ¿quién liallú el secreto de aquella pintu- 
ra, cuya frescura no han podido marchitar cuarenta si- 
glos? ¿Quién inventó la indestructible argamasa, des- 
conocida desde los romanos, y cuj-a tenacidad resiste 
mas que la piedra al liierro destructor? De dónde salió 
el secreto de los edificios feacianos y de las artes tan 
perfeccionadas de los etruscos? No seamos tan insen- 
satos para afirmar que del salvajismo original nació un 
dia la gran pirámide de Giseth, el mas antiguo de todos 
los monumentos egipcios y la maravilla científica mas 
sorprendente de cuantas existen, para humillar el orgu- 
llo de nuestros adelantos eclipsados por ese monumento, 
en cuyas inmediaciones se han encontrado sin embargo 
restos de la edad paleolítica. Para que nos formemos 
una idea de este misterio de maravillas sorprendentes 
é incomparables, vamos á indicarlas tomándolas del sa- 
bio abate Moigno; es la maravilla mas colosal de la ar- 
queología prehistórica, pues, es ignorado su origen. 

%,&, wm&mmm ©s m'z.Em. 

La gran pirámide en su estado actual, se com- 
pone de tres hiladas de piedras ó gradas^, que le dan 

19 



— 292 — 

encima del zócalo rocoso que la sostiene, una altura 
oblicua de cerca de ciento ochenta metros. Tetraedro 
regular, sus cuatro caras están mas perfectamente orien- 
tadas liácia los cuatro puntos cardinales, ó miran mejor 
al Este, Sud, Oeste, Norte, que las fachadas de los 
observatorios mas- célebres de los tiempos modernos. 
Su perímetro ó contorno es en la base de novecientos 
veinte metros. 

Piénsese, pues, en lo que se ha necesitado de tiem- 
po y de brazos para explotar las canteras, levantar las 
calzadas, preparar y nivelar los terraplenes, cargar esta 
cantidad prodigiosa de piedras enormes, coordinarlas 
entre si con un arte tan perfecto que después de tantos 
siglos una sola hilada no ha perdido su línea de colo- 
cación. 

Al decir de los antiguos, centenares de miles de 
hombres han concuiTÍdo durante años á ese trabajo, 
que parece superior á las fuerzas y al poder humano, 
bajo la dirección de un anciano semita, cuyo nombre 
que ha quedado desconocido 6 dudoso hasta ahora, se 
revelará pronto. ¿Era Sem, Misramo, Melchisedec? Lo 
sabremos ciertamente un día. 

Pero ese material inmenso, esa habilidad consuma- 
da, no son nada en comparación de los tesoros de inte- 
ligencia y de ciencia de que nos ha puesto en posesión 
un estudio profundo de los detalles de construcción 
de la gran pirámide hecho por los Herschell, los Wyse, 



— 293 — 

los Taylor, los Piazzy Sm3^tli, y que han surgido co- 
mo por encanto de esas piedi'as de voces resonantes y 
como inspiradas. 

¿Quién creería, en efecto, que la gran pirámide nos 
ha revelado la relación de la circunferencia al diámetro, 
que ha resuelto el problema de la cuadratura del círculo, 
en cuanto puede ser resuelto; que nos enseña la distancia 
exacta de la tierra al sol, ó la paralaje solar exacta, el 
ángulo que mide el diámetro del sol visto de la tierra; 
la longitud del eje polar de nuestro gloho, ó la distancia 
del centro de la tierra á sus polos, el peso y la densidad 
media de la tierra, su temperatura media anual, el 
tiempo de revolución al rededor del sol, la longitud 
exacta de su órbita y del arco de esa órbita que recorre 
en un día, y hasta la duración del gran ciclo de la pre- 
cesión de los equinoccios, 25.800 años? 

Y nótese bien, todos esos datos capitales que la 
ciencia moderna ha apenas conquistado, ó no posee aún 
mas que imperfectamente, son el resultado, no de la 
interpretación mas ó menos arbitraria de caratéres ó 
de inscripciones geroglíñcas, cuyo significado es todavía 
incierto, sino de simples medidas matemáticas y físicas, 
tomadas por un gran número de viajeros y de arqtieó- 
logos. Y el hecho de su monumentacion en el granito 
de la gran pirámide, es tanto mas extraordinario cuanto 
que ellas eran completamente desconocidas de los anti- 
guos egipcios. 



— 294 — 

Es pues forzoso ver en ella ó el tesoro misterioso 
de las tradiciones antiguas, anti-diluvianas, ó el produc- 
to directo de una inspiración divina. 

El pasaje de entrada ascendente de la gran pirá- 
mide está exactamente en el meridiano y su eje hace 
con el horizonte un ángulo de 26 grados. Por ese solo 
hecho, tres grandes hechos astronómicos: el paso por 
el meridiano, por debajo de la estrella Al^jha del Dra- 
gón; el paso por el meridiano, por encima del polo de la 
constelación de las Pléyades; el paso por el meridiano 
del punto equinoccial, fueron fenómenos simultáneos, y 
desde que ese triple fenómeno se produjo en el año 2170 
antes de Jesucristo, ¿no estamos autorizados á deducir, 
con Sir John Herschell, que ese año es el año de la fun- 
dación de la gran pirámide? Por eso mismo también, las 
Pléyades sometidas á la ley de la precesión de los equi- 
noccios que les hace describir su revolución en el cielo 
en 25.800 años, son como el reloj déla gran pirámide que 
ha comenzado sus maravillosos golpeos en el momento 
en que Alpha del Dragón, una de las mas bellas estre- 
llas del cielo, pasaba por el meridiano. 

En el interior de la gran pirámide, en su centro de 
gravedad, en la Cámara comunmente llamada Cámara 
del Rey, se encuentra un cofre ó caja rectangular en 
piedra muy dura, vacía y sin cubierta, que algunos han 
creido destinada á recibir el cuerpo del fundador de la 
pirámide; pero que constituye en realidad un gran pa- 



«. 295 — 

tron de medida, de las líneas, de las superficies, de los 
volúmenes y de los pesos. El patrón de longitud de la 
pirámide, es el codo rigurosamente igual á la diez millo- 
nésima parte del semi-arco polar, ó de la distancia del 
centro de la tierra á los pulos; realmente diferente del 
codo ordinario de los egipcios, pero idéntico al codo de 
Moisés ó al codo de Salomón, la unidad de longitud 
que ha servido para la medida de todas las dimensiones 
lineales de ese monumento colosal cuyas dimensiones 
son múltiplos exactos, es la vigésima quinta parte del 
codo ó pulgada piramidal, idéntica á la pulgada inglesa, 
cuyo origen puede remontarse en efecto á los tiempos 
semíticos, puesto que es cierto que las tribus de Israel 
dispersadas encontraron asilo en Inglaterra. 

Aproximación extraordinaria: el contenido cúbico 
del cofre es exactamente el del Arca Santa de la Alianza, 
cuyas dimensiones fueron dictadas por Dios á Moi- 
sés, y la capacidad del Arca de salvación de Noé es cien 
mil veces la del Arca de la Alianza y del cofre. 

Parece que la Providencia quiere sorprender nues- 
tra edad con hallazgos sorprendentes; pues no solo se 
debe enumerar el descubrimiento de las maravillas 
científicas de la Pirámide de Gizeh y el hallazgo de la 
pirámide de los Mayas sino también el año pasado 
los restos de la colosal Arca de Noé: con este mismo 
epígrafe dá cuenta el periódico ruso Le Noiivean Temps 
de un importante y ruidoso descubrimiento. El Arca 



— 296 — 

de Noéí de donde salieron, según el relato bíblico, nues- 
tros antepasados, existe todavia. 

Esta gigantesca construcción se presenta de pron- 
to á nuestros ojos después de tantos siglos de hallarse 

sepultada. 

Dos ingenieros turcos, enviados por el gobierno á 

fin de dar informes sobre las excavaciones existentes 

en las crestas del monte Gretclier (cuj^o nombre actual 

es Ararat), se encontraron en presencia de una inmensa 

y profunda excavación, en cuyo fondo aparecía un 

monstruo de madera de colosales dimensiones. 

Descendieron por su abertura y sondearon su pro- 
fundidad, haciendo constar en su informe que esta nave 
ó caja de enormes dimensiones, embutida en los ñau- 
cos del monte, está formada de tres pisos; que su altura 
es de 50 pies; que los extremos y las bandas del arca, 
construidos con madera ,^ff7/ar de Goghor^ se hallan en 
uiuy buen estado de conservación, y que con un trabajo 
]iál)ilmente conducido sería posible extraer de su al- 
veolo y sin deterioro alguno á esta titánica muestra 
del arte industrial del primer pueblo. 

Al mismo tiempo se obtendrían preciosas pruebas 
de los muchos y antiguos cataclismos porqué ha pa- 
sado nuestro globo. 

Los indígenas más ancianos ([ue viven en las cerca- 
nías del Monte Ararat afirman que jauíás habían visto 
este mastodonte de madera, y que hasta cinco ó seis 
años hace, el monte se hallaba cubierto por los hielos- 



— 297 — 

Los ingenieros turcos, en presencia de estos datos 
y con algunos otros informes, han declarado en su 
Memoria que el monstruo de madera era el Arca de 
Noé. 

Son bastantes maravillas abrumadoras. Pero hay 
mas: la teoría sobrehumana de la gran pirámide, que 
hace tanto honor á Mr. Piazzi Smyth, el ilustre astró- 
nomo de Inglaterra, había encontrado un adversario 
encarnizado, mas de lo que se podría imaginar, en 
Mr. Flinders Peters. 

¿Qué sucedió? Como Balaam, había venido para 
maldecir, como Balaam, se vio obligado á bendecir. 
Aparte de la medida del lado de la base de la pirámi- 
de que ha sido tomada á diferente altura del basamento, 
todas las demás medidas son tan coincidentes como 
puede desearse con las de sus predecesores, entre los 
que se cuentan los sabios miembros de la comisión fran- 
cesa de Egipto, y las confirman plenamente. 

La gran pirámide de Gizeh ha salido triunfante 
de esta lucha terrible, mas triunfante aún que antes. 

En efecto: ¿quién creería que un estudio reciente 
de muestras, encontradas por él en medio de los es- 
combros, del trabajo de los constructores primitivos, 
- ha llevado á Mr. Flinders Peters á comprobar que ellos 
estaban en posesión de los instrumentos de que tanto se 
ufana la ciencia actual que cree haberlos inventado, y 
que hacían el asombro de la gran exposición de elec- 



— 298 — 

tricidad en 1880? Sí; hace mas de tres mil años, cons- 
tructores de la gran pirámide tenían á su disposición 
sierras rectilíneas y circulares con puntas de diamante, 
de zafiro ó al menos de corindón, de mas de tres metros 
de largo ó de circunferencia. 

Han dejado sobre las canterías de Clizelí masas 
cilindricas de granito, de diamante, de basalto que se 
cree ver salir de los flancos de los bloques atacados por 
las sierras diamantadas del palacio de los Campos Elí- 
seos. ¿No es por tanto, de esperar que este gran monu- 
mento comparado con el de los Mayas esté destinado 
á producir una inmensa evolución en la ciencia pre" 
histórica? 



CAPITULO Vil 



-w^T^^-aot»»*- 



Sig'uíficaeioia racional ele laíS eclaclci§i 
ai*«|«icolúglea^. 

¿Para qué sirven, pues esas edades arqueológicas, 
de la piedra, del bronce y del hierro? Simplemente para 
sig-niflcar los diversos grados de la industria y cultura 
de los pueblos comparados con el de civilización pro- 
piamente dicho; como quiera que el salvajismo y bar- 
barie que revelan esas edades no representan un esta- 
do anterior al que sucede la civilización, sino una dege- 
neración de las razas, como sucede con muchas tribus 
de América que se encontraron en estado salvaje ha- 
biéndose liallado anteriormente en un estado de semi- 
civilizacion y de cultura bastante notable. 

Para terminar esta cuestión arqueológica vamos 
á satisfacer esta pregunta. ¿En qué grado de civilización 
pueden ser clasificadas las naciones de América in- 
dígena? Ante todo debemos indicar cuales son las cir- 



— 300 — 

cimstancias rudimentales de la civilización y sus con- 
diciones indispensables. Estas son cuatro: un culto re- 
ligioso, el uso del hierro y de la moneda y un sistema de 
signos gráficos para la trasmisión del pensamiento. No 
se puede exigir menos de un pueblo para sacarlo del 
catálogo de las naciones bárbaras, y todas ellas son 
necesarias para dar un desarrollo progresivo y completo 
á todas las facultades que la civilización pone en juego. 
Por consiguiente el estado en que se encontraban Méji- 
co, Perú y Cundinamarca en la época de la conquis- 
ta, donde hasta ahora parece que el hierro (?) y la mo- 
neda (?) eran desconocidos, no puede ser clasificado co- 
mo el de civilización propiamente dicha: era un estado 
medio, condenado á una estabilidad perpetua, inca- 
paz de dar un paso mas allá del circulo en que se en- 
contraba. Las demás naciones deben ser clasificadas co- 
mo salvajes y bárbaras: salvajes las que se encontraban 
en la edad de piedra paleolítica, bárbaras las que ha- 
bían llegado á la edad neolítica y las que estaban en 
la edad de cobre (1) semi-bárbaras ó' semi-civilizadas, 
como lo eran las tres naciones que hemos indicado in- 
cluyendo á los araucanos del Tchili. 

Por lo demás no creemos eficaz y científico -el 
método danés de las edades arqueológicas para investi- 
gar la raza primitiva americana, como quiera que, por 

(1) Ya hornos hecho notar en otra parte que la civiliza- 
ción nahoa no admite la clasificación (lo la edad de bronce como 
en Europa, sino la edad de cobre. 



— 301 — 

una* especie de reversión, pueden tener valor cronoló- 
gico mas remoto y antiguo las edades de hierro y de 
bronce que la de piedra, puesto que pueden representar 
la degeneración de los pueblos de un estado mas per- 
fecto al salvaje: respecto de América nos autoriza á 
creerlo asi, entre muchos ejemplos, el estado actual en 
que se encuentra la raza maya-quiché, que hoy apenas 
llega al estado de la edad neolítica, mientras que la 
gran pirámide de los Mayas, sus antepasados, revela un 
pasado de una cultura y civilización casi maravillosa. 

Un ejemplo clásico para apoyar nuestro aserto lo 
constituyen los hallazgos de Schilieman; quien ha des- 
enterrado en Hissarlik (La Troya de Homero) en el Asia 
menor, las ruinas sobrepuestas de tres civilizaciones; 
fué preciso ahondar hasta diez y siete metros para en- 
contrar el terreno puro, sin vestigios de vivientes; pe- 
ro verificóse con gran sorpresa que á medida que cava- 
ba iba hallando metales de mas valor y vasijas mas finas 
y hermosas: los objetos de piedra estaban por encima de 
los de bronce, plata y oro, aumentando los vestigios y 
señales de la civilización á medida que se profundiza en 
el suelo de Troya. 

Asi, pues, será poco seguro, científicamente hablan- 
do, averiguar cual ha sido la raza americana nuis ca- 
racterizada por la edad paleolítica, como, por ejemplo la 
de los atabascos de Norte América, para atribuirle 
después los honores de población primitiva de América. 



— 302 — 

La mas degradada puede no ser la mas antigua eomo 
sucede también en el Viejo Mundo. 

Y aunque incurramos en repetición, volvemos á pre- 
guntar ¿la edad de piedra es el primer paso de cultura, 
ó signo de decadencia de una civilización mas ilus- 
tre y perfecta? 

M. Lapparent en el luminoso estudio titulado L-etat 
de nature et les íles coraUiennes, en vista del atraso de los 
habitantes de tales islas y su semejanza con los mora- 
dores de Europa, que por muestras de su industria solo 
nos dejaron la piedra tallada ó paleolítica, ha hecho 
la misma pregunta y dá la siguiente respuesta: 

El náufrago, el aventurero y pescador, después que 
esos islotes de corales formáronse de piedra, abordaron 
y se encontraron allá de improviso, sin artes ni recur- 
sos, obligados á labrar la tierra, y separados sus des- 
cendientes del centro de cultura decaían del saber de 
sus padres y marchitábanse en el salvajismo, como ra- 
mas desgajadas del árbol. Así también ha- sucedido 
con los habitantes del occidente de Europa. 

Lapparent aplaude las sabias observaciones de Ar- 
celin, quien ha dicho: "Solo puede demostrarse la rea- 
lidad de una edad de piedra anterior al empleo de los 
metales, en una parte de Europa, y en algunos otros 
países salvajes y bárbaros que quedaron fuera del mo- 
vimiento de civilización del antiguo mundo Occidental. 

Es decir, que al alejarse del Asia, punto céntrico 



— 303 — 

de la civilización, los mas atrevidos y aventureros, 
privados de comunicación con ella cayeron en la bar" 
bárie, y de alü sus rudos instrumentos de piedra; mien- 
tras que en el pais primitivo y cuna del linaje humano 
apenas se hallan huellas de tan espantosa decadencia. 
Y es así que las regiones del uso de la piedra son las 
mas extremas y mas distantes del Asia menor, Francia, 
Italia, España, Suiza, Bélgica é Inglaterra y con mas 
razón América, que forman como una oscura aureola al 
rededor del centro de la luz, de donde finalmente vino 
el impulso para levantarse á época mas floreciente en 
artes y ciencias. 

M. Lapparent, después de aducir muchas otras razo, 
nes que por evitar proligidad dejamos de aducir, reasume 
su investigación diciendo: "Paréceunos suficientes para 
convencer á cualquiera tantas pruebas reunidas. Dire- 
mos por tanto, que la historia de las edades de piedra y 
bronce está de acuerdo con la de los atoUs, para ense- 
ñarnos esta gran conclusión: que el estado natural del 
hombre lejos de ser punto de partida y camino hacia un 
estado mas perfecto es por el contrario, la muestra de 
decadencia y prueba de ruptura ocurrida entre él y su 
centro de origen,,. El sabio arqueólogo Maillard aplau- 
de calurosamente una manera tan verídica de esplicar 
el antiguo esplendor y magníficos bronces del Asia con 
la barbarie y restos paleolíticos de Europa. 

Aunque no poseemos los datos suficientes para 



— 304 — 

descifrar el enigiiica de la primitiva población de Amé- 
rica, no dudamos en afirmar que le es aplicable el mis- 
mo principio arqueológico. En la antigua unión de los 
continentes pudo ser poblada por algunas tribus atre- 
vidas y aventureras, alejadas del centro de la civiliza- 
ción asiática, semejantes á las tribus paleolíticas que 
emigraron al occidente de Europa. Este puede ser el 
origen de la raza primitiva atabasca: mas tarde nuevas 
emigraciones de la Cliina 6 del Egipto, mas civilizadas, 
pudieron dar origen á la civilización nalioa, cuj^os «mo- 
numentos conocemos en Méjico y en el Perú. Las demás 
tribus americanas del norte y del sur inclusas las gua- 
raníticas es fácil esplicarlas por emigraciones degenera- 
das del centro de civilización naboa. 



=4-= 



CAPITULO yii 



Edad del lioiiibi*e |»i*ehi«tóPÍeo 
aiiiei'ieaiio. 

La Dirección del célebre Museo central romano- 
germánico de Maguncia abandonó como poco científico el 
sistema danés de arqueología prehistórica basado en la 
clasificación de las edades de piedra, bronce y hierro 
ideado por Mr. Boucher de Perthes; pero se ha ensayado 
otro recurso para la arqueología prehistórica basado en 
la paleo-geologia ó arqueo-geología, para everiguar la 
antigüedad del hombre deduciéndola de los restos fósi- 
les del mismo ó de instrumentos antiguos que revelasen 
la industria del hombre evaluada por los estratos geo- 
lógicos en que se encuentran. 

Por la historia ó tradiciones americanas no ha po- 
dido averiguarse ó constatarse la existencia del hombre 
americano sino en una época posterior á la era cristiana 
¿no podría demostrarse su existencia en una época an- 
terior? 



— 306 — 

En general está constatada la existencia del hom- 
bre de la época cnaternaria post-pliocena, aunque nui- 
clios creen que también existió el hombre terciario plio- 
ceno, mioceno y hasta eoceno. 

Ante todo debemos recordar que en esta cuestión 
no existe compromiso para el Génesis, pues como ad- 
vierte el sabio abate Le Hir: "No tenemos cronologia 
bíblica, toca á la ciencia fijar la fecha de la aparición 
del hombre sobre la tierra,,; pero debemos añadir con el 
sabio Bourgeois que ignoramos el sentir y cronología 
de la Biblia y no sabemos por la geología los exactos pe- 
ríodos cronológicos del hombre. y 

Antes de hablar de América indicaremos el valor 
que los sabios dan á los principales hechos que se adu- 
cen en Europa para probar la existencia del hombre 
terciario: Habiendo presentado Capellini al Congreso 
antropológico dePesth de 1876 unos huesos fósiles del 
terreno terciario con ranuras que imaginaba ser hechas 
por el hombre, los antropólogos nada decidieron res- 
pecto de dicha suposición y se inclinaron á creer que 
como los de Delaunay y los de Desnoj'^ers eran huesos 
rayados, no por el hombre, sino por los dientes de 
cetáceos voraces. Respecto de los sílices tallados por 
la mano del hombre encontrados por Bourgeois en los 
terrenos de Tlienay que parecen ser terciarios, y las 
armas de piedra encontradas en el mismo terreno ter- 
ciario por el portugués Ribeiro, eiitre otras objeciones, 



— 307 — 

que se les hace, han declararlo los Congresos antropo- 
lógicos que aún cuando se encuentran en terreno que 
contienen elementos propios de la época terciaria, es- 
tos elementos están trastornados y por consiguiente no 
consta de un modo auténtico ser terreno terciario, por 
los indicios de trasporte que revela evidentemente. 

Nada, por tanto, se ha constatado auténticamente 
en Europa respecto al hombre terciario. 

Sucede lo mismo en América? En las llanuras de 
Nueva-Orleans; á diez y seis pies de profundidad, háse 
descubierto madera quemada, y el esqueleto de un hom- 
bre cuyo cráneo se hallaba debajo las raíces de un 
ciprés: el Dr. Bennet — Dowler calculó que el esqueleto 
tenia 57.600 años evaluando el tiempo de formación 
de las capas sobre que yacía el esqueleto: pero el valor 
atribuido á las capas es tan arbitrario que el célebre 
paleontólogo Lyell dice: "Yo no puedo juzgar los cál- 
culos geológicos de que se vale el Dr. Dowler para eva- 
luar la edad del esqueleto;,, y á tal punto desprecia el 
hallazgo del Dr. Dowler que en su obra magna sobre la 
antigüedad del hombre, ni siquiera menciona el des- 
cubrimiento de Nueva Orleans. 

También llamó mucho la atención el hombre fósil 
de Guadalupe: era este un esqueleto humano que se 
halló en 1804 en una capa calcárea atribuida al período 
terciario; pero se demostró que dicha capa era de orí- 
gen reciente y una de esas formaciones rápidamente 

20 



— 308 — 

realizadas, como sucede con frecuencia en las regiones 
tropicales. 

Se pretendió igualmente haber encontrado en San 
Luis dos iclinolitos humanos, es decir, las huellas im- 
presas por el pié desnudo de un antidiluviano, al mar- 
char sobre un suelo arcilloso. Pero resultó que las 
huellas no estaban impresas en un terreno blando, sino 
en la peña dura, debiendo atribuirse á la costumbre de 
las tribus indias que graban esa señal para indicar la 
dirección de sus emigraciones, por lo cual no se le po- 
día atribuir mas de 400 años de existencia. Respecto á 
los instrumentos como hachas de pedernal encontradas 
en las márgenes del Ohio y del Misisipí, carecen de 
valor arqueo-cronológico por encontrarse en terrenos 
de trasporte que evidentemente pertenecen á la época 
cuaternaria post-pliocena muy reciente. 

En cuanto al decantado cráneo de California que 
fué reputado como un cuento, ha vuelto á llamar la 
atención en la Revista de las cuestiones científicas; pero 
para evitar proligidad indicaremos solamente el resu- 
men que el sabio Arcelin hace de las discusiones al 
respecto: "En resumen, dice, á mi juicio no está mas de- 
mostrada la realidad del hoii.bre terciario de América 
que de Europa. Pero si llega á comprobarse la au- 
tenticidad de los descubrimientos de Calaveras, (Cali- 
fornia) echarán seriamente un jaque á la doctrina trans- 
formista aplicada al hombre y á las clasificaciones ar^ 



— 309 - 

qiieológicas generalmente admitidas en Europa. Su 
enlace filosófico seria considerable, en atención á que 
nos mostraría desde la época cuaternaria — otros dicen 
que desde la época pliocena — el tipo esquimal fijo ya, 
y al hombre contemporáneo del mastodonte viviendo 
en un estado de civilización análogo ó aún superior al 
de los Indios actuales de las márgenes del Rio Colora- 
do, y fabricando instrumentos con especial esmero por 
medio de la pulimentación; al paso que el contemporá- 
neo del mammouth de las orillas del Sena y del Somma 
ignoraba el uso de la piedra de afilar y no fabricaba 
mas que groseros instrumentos á fuerza de golpes. "El 
último hallazgo prehistórico de que tenemos noticia es 
el hueso fósil del Tajo de Tequixquiac descubierto en 
1870 en el Valle de Méjico en los trabajos del des- 
agüe. El hueso es un sacro, al parecer de llama, la- 
brado por el hombre para formar la figura de la cabeza 
de un coyote ó cerdo, practicando las cortaduras con 
instrumento afilado. El tejido esponjoso y las mallas 
del hueso están impregnados de bol y de toba y quedan 
restos visibles de ella en las cavidades que figuran los 
ojos y las narices. Corresponde la edad del hombre que 
lo formó á la época del yacimiento en que se encontró 
como quiera que dicho yacimiento apareció intacto sin 
muestras de algún trastorno geológico: á doce me- 
tros de profundidad se encuentra el mencionado fósil. 
El terreno es neozoico ó post-plioceno. Los fósiles 



— 310 — 

encontrados en él son de elefante glytodón, Imey^ ca_ 
hallo y cerdo. Las capas del yacimiento consisten en 
tierra vejetal, barro, toba pomosa, caliza y arcillosa, 
arena de pómez, cuarzosa y feldespática, conglomerados, 
calizas compactas, arcillas ferruginosas y margas. El 
hueso labrado estaba cerca del carpaclio de un glytodón. 

Esto nos demuestra, dice el autor de la obra 3Ié- 
jico al través de los siglos, que el hombre existía en la 
época post-ter ciarla contemporánea de la fauna colosal 
desaparecida, atribuyéndole una remota antigüedad, y 
que por consiguiente el hombre mejicano es tan antiguo 
como el del Viejo Mundo. Aunque los cálculos del autor 
citado no son exagerados, ni los refiere á la época ter- 
ciaria, sin embargo, nos permitimos no darles gran va- 
lor por la clase del yacimiento que permite el descen- 
so de los materiales pesados por entre el barro. Ade- 
más los fósiles de cahallo y de huey, animales descono- 
cidos en América ¿no deponen en contra de la remota 
edad que se atribuye al mencionado yacimieuto del Tajo 
de Tequixquiac? Pero aunque fuesen fósiles antecolom- 
bianos, y se aceptasen como una demostración para pro- 
bar la unión primitiva de los continentes, la antigüedad 
del caballo y del buey no es de las clásicamente prehis- 
tóricas, y por consiguiente es relativamente moderna. 

Al término de nuestra memoria nos vamos á per- 
mitir una declaración acerca de la ciencia moderna de 
la antropología prehistórica en sus relaciones con la 



— 311 — 

arqueología, paleontología y geología: se las proclamó 
como el mentís que la ciencia moderna había de dar á 
la revelación y de una manera especial al Génesis: en- 
tre los que se dedicaban al cultivo de esas ciencias con 
espíritu preconcebido se notó que apesar de que confe- 
saban que sus conocimientos eran hipotéticos y sus cál- 
culos inexactos, por lo que miraba á la religión eran 
considerados como argumentos incontestables. Ese no 
es el espíritu de la verdadera ciencia, sino el fanatismo 
de los enemigos de la religión que abusan del sagrado 
nombre de ciencia para impugnar el Génesis; asi por 
ejemplo es escandalosa, la declaración de Haekel: "El 
darwinismo, es sin duda insuficiente, mas lo que apesar 
de eso debe contribuir á que se admita, es que con él se 
puede excluir la intervención de Dios: hé ahí su mérito 
inapreciable,,. Del mismo modo se explica, en general el 
haber sostenido tantas hipótesis ridiculas y degradan- 
tes que hemos refutado, no para demostrar que odiamos 
la verdadera ciencia, ni desconozcamos sus méritos, sino 
en desprecio del charlatanismo que invoca su nombre 
para arrojarlo contra la religión; por eso vamos á ter- 
minar este trabajo con un encomio á la ciencia en de- 
fensa de la religión parodiando á los sabios Mr. Joly y 
Causette.— ¿Qué es lo que no ha explorado la ciencia 
moderna? Monumentos ciclópeos, ciudades inmensas 
sepultadas bajo seculares bosques cinco ó seis veces 
renovados, heleras eternas, suelo helado de la Siberia 



— 312 — 

T de la Groenlandia, fósiles gigantescos, túmulos del 
Oliio y de la Escandinavia, grutas sepulcrales, dólmenes 
y menhires, monumentos megalíticos. habitaciones tro- 
gloditas, ciudades palustres de la Suiza, de Saboya y 
del Yicentino. cuevas y volcanes de la Auvernia4í7?í- 
rium de los valles y de las llanuras, cavernas osíferas, 
tui"l>eras. deltas, y hornagueras, todo lo ha escudriñado 
la ciencia, todo lo ha interrogado, hasta esos restos de 
la primitiva cocina de los escandinavos, que los arqueó- 
logos daneses han designado con el nomljre bárbaro de 
júkemodingos (Kjoekken-moddingers) y al Uegar al fin 
de sus exploraciones, la religión ha podido decir á la 
ciencia: "Te he seguido de un extremo á otro del mun- 
do, y te desafio á que produzcas contra mi un solo tes- 
timonio de verdad indisputable. ,. 

Así apareció América como un monumento gigan- 
tesco que había de suscitar las cuestiones antropológi- 
cas mas trascendentales; y alguien creyó que sus mo- 
numentos y población aborígena desmentiría las grandes 
verdades de la civilización cristíanaja solidaridad uni- 
versal del género humano en la unidad de la especie, base 
indispensable de la etnología y de la filosofía de la his- 
toria, como la nesracion de la isrualdad v de la frater- 
nidad universales, que son el mas bello florón de la 
civilización moderna. Pues bien: no solo han sido com- 
probadas esas grandes verdades, sino que lo que cons- 
tituía la última degradación de la falsa ciencia, el hom- 



— 313 — 

bre-mono y el salvajismo originario, recibieron un men- 
tís de la etnología americana. 

Las conquistas de la ciencia siempre redundan en 
gloria de la humanidad! 



APEHDICE 



RellexíoBfteí» ¡sobre la couf|iiiista 
de América. 

Queremos aprovechar la ocasión para coronar este 
modesto trabajo sobre América, dedicando el presente 
Apéndice á la gloriosa y católica Nación que sacara 
de la barbarie á nuestros antepasados: es un tributo 
de gratitud y de justicia á sus grandezas y á sus be- 
neficios; y nos creemos obligados áello porque corre por 
nuestras venas la generosa sangre española, y es una 
mengua oir impasibles tantas calumnias con que se 
pretende denigrar á la Madre Patria. 

La civilización debe á España un inmenso benefi- 
cio por el descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo. 
En efecto: la América en la época de su descubrimien- 
to estaba, relativamente al resto del mundo, muy poco 
poblada; ¿cómo se explica este fenómeno? Es verdad 
que las continuas guerras de los indigenas entre sí y 



— 316 — 

la superstición de los sacrificios humanos, pueden ex- 
plicarlo. Pero ¿no podriamos creer también que en sus 
designios la Providencia deparaba á los pueblos civi- 
lizados de la reducida Europa un Edén virgen y ameno 
do pasease holgada por vergeles ñoridos la hermosa 
civilización que, al germinar exhuberante con las su- 
blimes inspiraciones y generosos esfuerzos del Catoli- 
cismo en el limitado suelo de Jafet, pedia ambiente 
mas libre y campos mas espaciosos para desarrollar el 
inmenso beneficio de sus luces y gigantescas transfor- 
maciones? Y ¿quién negará que el descubrimiento de 
América dio un colosal desarrollo á la actividad euro- 
pea, conmovió profundamente el espiritu humano é 
inauguró ese carácter cosmopolita de todas las institu- 
ciones modernas que hoy se pasean dando la vuelta al 
mundo tras las huellas de Magallanes y de Sebastian 
Elcano? La raza Immana ha caminado desde entonces 
á pasos agigantados y todo lo que tiene de grande y de 
sublime la moderna civilización parece que se traslada 
á América para respirar las auras purísimas y virgi- 
nales perfumes de sus dilatados pensiles. Y sobre todo, 
esa Virgen del Mundo, degradada por la barbarie, con 
la conquista de los europeos pudo salir de sus tinie- 
blas y al entrar en el concierto de los pueblos civi- 
lizados ganó en dignidad el linaje humano estendién 
dose hasta América el reinado esplendoroso del cristia- 
nismo y de su gigantesca civilización jamás contem- 



— 317 — 

pl;ida eu los mas celjbrados imperios de la antigüedad. 
Y todo eso se debe á la católica España. 

Tenemos pues, la gloria los americanos de deber la 
civilización y de haber pasado de las tinieblas á la luz, 
al común acuerdo de uno de los primeros genios co- 
nocidos, Colon; de una Reina, Isabel; de un religioso, 
Marchena; y de un gran cardenal, Mendoza, en quienes 
brilló el santo deseo de la mayor exaltación de esa .fé 
que, civilizó los pueblos; tenemos la gloria de haber vi- 
vido tres siglos á la sombra de esos pendones, que 
plantados con una resolución heroica en un rincón de 
Asturias por Pelayo, al través de ocho siglos de luchas 
gigantescas, llegaron á lucir gloriosos sobre las al- 
menas de la Alhambra en Granada, realizando con mé- 
rito impagable para la civilización en el estrecho de 
Gibraltar, lo que Constantinopla no pudo en el estre- 
cho de los Dardanelos, que alcanzaron la victoria mas 
sonada en la Cristiandad, Lepanto, y que reputados como 
viles por el primero de los genios del siglo, Napoleón 
Bonaparte, se izaron á la voz de ¡Eeligion é Indepen- 
dencia! para obtener en Gerona, en Zaragoza y en Bai- 
len las glorias de Numancia y de Sagunto; debemos el 
ser á ese pueblo que al arriar su estandarte después 
que le abandonó la victoria, dejó en nuestras vastas 
regiones difundida la verdadera Religión de los pueblos 
adultos, un arraigado espíritu de independencia; un 
habla de las mas hermosas; abundancia de leyes mode- 



~ 318 — 

lo y multitud de objetos que atestiguan su pasada 
grandeza. (1) Pero si estos recuerdos son gloriosos 
tuvo sus sombras y estravios comunes á otros pen- 
dones que también pisaron la América. 

En el principio la ocupación exclusiva de las na- 
ciones marítimas de Europa fué el buscar oro y plata, 
siendo la sed de estos metales preciosos la principal 
causa del esterminio y opresión contra los indios y aún 

(1) Es tal la insistencia con que se trata de deprimir á 
la noble nación española en nuestros días que se hace necesa- 
rio recordar, aunque mas no sea á grandes rasgos, los altos 
é indisputables títulos de grandeza que le dan un puesto muy 
distinguido entre los pueblos civilizados de Europa. 

Ya en los tiempos antiguos fué notable España por su de- 
nuedo militar. Baste recordar las veces que Viriato humilló 
las águilas de Eoma: Sagunto y Numancia son ejemplos in- 
mortales de indómito heroísmo; y el mismo César, el gran conquis- 
tador y capitán incomparable de la antigüedad, víóse obligado á 
confesar el heroico valor de los españoles al decir: "En todas 
partes he combatido para vencer; en España para salvar la 
vida.,, 

Y no solo fué grande en presencia del valor romano, sino 
también que España dio á Roma un agrónomo como Columcla, 
el poeta satírico Marcial, el poeta sagrado Aquilino, el histo- 
riador Julio Floro y el geógrafo Pomponio Mela. En España vie- 
ron la luz el orador Quintiliano, el filósofo Séneca, el cónsul 
Balbo el Mayor y el famoso general Balbo el Menor, primer 
caudillo extrangero que obtuvo los honores del triunfo romano. 
En España rodaron las cunas de los emperadores Trajano, 



— 319 -- 

de sacrificarse entre si muchos de los conquistadores. 
No puede leerse sin un estremecimiento de horror la 
relación de algunos de los acontecimientos que se 
sucedieron en América durante el primer siglo de la 
conquista; pero es justo recordar que solo lo hacian 
aventureros que desobedecían las prescripciones sabias 
y humanitarias de los soberanos. Cuando agotaron las 

Elío Adriano y Teodosio el Grande; del apologista Prosio y de 
Osio, el gran prelado que presidió el Concilio de Nicea. Si los 
hijos de la Media Luna por medio de la perfidia se posesionaron 
de España, bastó un puñado de bravos refugiados en Asturias 
para dar al mundo el espectáculo único en la historia de arro- 
llar desde Covadonga hasta Granada el arraigado poder de los 
invasores después de sostener una lucha ocho veces secular por 
la religión y por la patria. 

España tuvo códigos antes que ningún otro pueblo moderno: 
el Código de Eurico, el Breviario Alariciniano, el Fuero Juzgo, 
Las Partidas, las Leyes de Indias, han servido de modelo á los 
dcmtás pueblos. Y ¿no bastarían para que España fuese contada 
entre las naciones mas ilustres los nombres de un Gonzalo de 
Córdoba, un Guzman el Bueno y un Cid; ó el de un Blasco de 
Garay, un Alfonso el Sabio, un Fcijóo, un Mariana, un Cardenal 
Cisneros, un don Juan de Padilla, un Velazquez, un Murillo, un 
Lope de Vega, un Calderón, un Cervantes, un Ercilla, un Moratin, 
un Quevedo, un Churruca, un Gravina, un don Juan de Austria, 
un Cortés, un Pizarro, un Vasco de Balboa, un Valdivia, un 
Quesada, un Solís? 

España no tiene que envidiar á nadie la grandeza ni men- 
digar la gloria! 



— 320 — 

islas el oro que midieron al principio, se benefició la 
tierra, es verdad; y se plantó la caña de azúcar, pero la 
avidez del oro continuaba el descubrimiento de nuevos 
países: los portugueses se fijaron en el Brasil; los ingle- 
ses, franceses y holandeses en las Antillas sobre todo, 
y no contribuyó [-oco á aumentar el número de las 
colonias en las regiones templadas, el estado turbu- 
lento de la Europa, con lo cual vino á seguir al pro- 
greso de la población el de la cultura, comercio é in- 
dustria. Así se fué trasladando á América lo que poseía 
de progresista y civilizador Europa, aunque desgra- 
ciadamente también sus vicios. 

Pero una clase de obreros, sobre todo, fueron la 
gloria y la honra de la civilización: fueron esos solda- 
dos sin armas que se llaman misioneros: el clero regu- 
lar y seglar. 



II. 



ISeiDeííeios y liei*oisiiio ele Ioüí 
m^iouei'O^. 

A los hombres de la Conquista acompañaron los 
Ministros del altar, pues que el pueblo español tan 
alto rayaba en cuanto á sus creencias religiosas, como 
advierte el historiador Lobos, que será nuestro guía 
en estos apuntes. Esos ministros no venían por la co- 



— 321 — 

dicia del oro; traían la Cruz y el Evangelio cual signo 
de regeneración para los hijos de las selvas: ¡cuántos 
rasgos de verdadera fé religiosa! ¡cuántos hechos heroi- 
cos para difundirla! ¡cuánta abnegación para luchar con 
la barbarie! ¡cuántos ejemplos de virtud no menos in- 
auditos que repetidos é ignorados! 

Ahí está Arauco en donde á través de una lucha 
prolongada y cruel entre indígenas y conquistadores 
veíase á los Misioneros, ya templando el furor de los 
combatientes para ahorrar crueldades; ya predicando 
el Evangelio á los indómitos infieles alcanzando á me- 
nudo el martirio por difundir el Cristianismo, valiéndo- 
se del único medio racional, la persuacion, logrando 
penetrar impávidos hasta donde nadie, siglos después, 
'ha podido implantar una colonia europea. Y en las 
dilatadas planicies al oriente de los Andes se vieron 
también innumerables ejemplos de lo que puede el fervor 
cristiano empleado por sacerdotes que lo aunan con 
verdaderas ideas de civilización. Los eternamente ca- 
lumniados hijos de Loyola que con su valor y su sa- 
ber habían conseguido supremacía entre todos los de" 
más religiosos establecidos en América, escogieron co- 
mo campo de sus predicaciones á mas de las comarcas 
araucanas, las dilatadas llanuras que entrecortan el 
Uruguay, el Paraná y el Paraguay á las cuales hicieron 
como el centro de una luz que difundió sus rayos hasta 
el punto de crear un conjunto de poblaciones, una socie- 



— 322 — 

dad especial, en cuya formación j sostenimiento solo tu- 
vo intervención el Evangelio y su mas pura práctica- 
Con trabajos inauditos, con penalidades sin cuento su- 
fridos por el purísimo amor de la religión, lograron 
también implantar el signo de la redención en las vas- 
tísimas soledades del país mas desconocido de las már- 
genes del Orinoco, cual es la Guayana, basta conseguir 
organizar las Misiones mas importantes después de las 
del Paraguay, alcanzando allí, como en Arauco, los hi- 
jos de Loyola, y las otras órdenes monásticas allí tam- 
bién honrosamente representadas, la palma del marti- 
rio. Ha sucedido aquí como en todos los pueblos hoy ci- 
vilizados que la sangre de los misioneros católicos ha 
regado antes la tierra que debía germinar la civiliza- 
ción. ¿Ha hecho cosa semejante ninguna otra de esas 
instituciones, que tanto pregonan civilización y tanto 
persiguen al Catolicismo! 

No menos pruebas de celo religioso daban tantos 
otros sacerdotes que, los primeros siempre, se embar- 
caron en las expediciones numei'osas que, zarpando de 
todo el litoral del Pacífico iban en busca de tierras 
que conquistar, no llevando ellos otro interés que e] 
de aumentar el número de los adoradores de la Criz, 
emblema sublime de civilización. Las crónicas de las 
diversas órdenes monásticas de América Occidental es- 
tán llenas de estos ejemplos y sus páginas son mas 
preciosas para la historia de la civilización que la de 



— 323 — 

los Alejandros y Césares; como lo son y lo serán tam- 
bién las de tantos otros sacerdotes que uniendo sus vir- 
tudes apostólicas al amor á las letras y á las ciencias, 
nos las lian dejado no menos preciosas para la historia 
general y natural de la gran parte del Nuevo Mundo 
sometido un tiempo á España y Francia, porque Ingla- 
terra y Holanda después de su apostasía, no tienen 
mártires para la civilización. Dígalo, sino, hoy mismo 
la India, perla gigantesca de la corona de Inglaterra, su- 
mergida aún en la idolatría. ¡Qué pérdida para la ci- 
vilización no fué la supresión de la Compañía de Jesús! 
sus Misiones que eran modelo sin ejemplo, se perdieron 
para siempre: ya no hay misioneros y los indígenas 
americanos ya no tienen quien les lleve la civilización: 
ahí están vegetando en la ignorancia y la barbarie como 
en la época de la conquista, cuando no se les mata co- 
mo bestias feroces. 

Pero aún hay mas. La historia primitiva enseña 
que la literatura, lo mismo que las ciencias, se desarro- 
llaron en las Colonias bajo la égida de la Iglesia y de 
los cuidados y desvelos de sus ministros. No otros sino 
los misioneros sembraron los primitivos gérmenes de 
ambas cosas en estas inmensas regiones; convencidos 
de que no hay conquista espiritual verdadera sino acom- 
pañada de la intelectual, procuraron por cuanto arbi- 
trio estuvo á sus alcances difundir la cultura literaria 
y científica en la escala que les permitía la legislación 

21 



— 324 — 

ultramarina; primero entre los indigenas y después en- 
tre los conquistadores residentes, sirviendo así de con- 
trapeso á los desmanes tan inevitables de conquista en 
los cuales sus emprendedores son movidos en mucha 
parte por sed de glorias y riquezas. 

Cuando llegue la historia imparcial á deshacerse 
de las preocupaciones anticatólicas de moda, demos- 
trará que los únicos que trabajaron seriamente por la 
causa de la civilización de los indígenas fueron los mi- 
sioneros. 

Con razón, pues, en el banquete que se celebró 
en Berlín en lionor de Stanley^ el gran explorador afri- 
cano dijo que solo la civilización cristiana podría con- 
quistar el África. El joven viajero aboga firmemente 
porque todos los gobiernos de Europa favorezcan y 
protejan las misiones y al tratarse este asunto en la 
conferencia internacional defendió con todas sus fuer, 
zas los derechos y la libertad de los misioneros, únicos 
civilizadores legítimos de la barbarie. 

El catolicismo ha- salido en América, como en todas 
partes donde ha sido necesario implantar la civilización, 
coronado de gloria y de heroísmo inmarcesibles. . . . 
Vamos á estendernos algo sobre este punto en nombre 
de la gratitud americana. 

Desde luego los indígenas de América deben á la 
Iglesia el que no se les considerase por los primeros 
conquistadores como animales de una clase inferior al 
liombre, según lo hemos consignado en otro lugar. 



— 325 — 

Consideremos ahora el siguiente hecho que es 
notable: 



III. 



I^a coiitB*ovei*í§iia cuti*e el gobierno 
polilieo de ínn indios. 

A fin de acostumbrar á los indios al trabajo nece- 
sario y educarlos en la religión y en las artes se les 
dividió en grupos al cuidado de españoles, llamando en- 
comienda al grupo y encomendador al encargado. En 
1603 sabiendo los reyes que algunos encomendadores 
trataban á los indios como si fueran esclavos, les de- 
volvieron la libertad y establecieron las reducciones ó 
pueblos con un cacique, un alcalde español y un sa- 
cerdote, permitiéndose solamente la servidumhre domés- 
tica respecto á los caníbales y esto temporalmente hasta 
que se hubiesen domesticado. 

Sin embargo, fueron encontrados los pareceres á 
este respecto. ¿Se sometía los indios á una moderada 
servidumbre para acostumbrarlos á la vida civilizada 
por las encomiendas? Entonces parecía atacarse su li- 
bertad natural. ¿Se les dejaba en libertad con las re- 
ducciones? en tal caso decían, jamás se les podría ha- 
cer tomar hábitos al trabajo y civilización: hipótesis 
desmentida por las célebres misiones jesuíticas. 



— 320 -- 

Los misioneros franciscanos, capucliinos, domini- 
cos, mercedarios y seculares ayudaron á resolver estas 
cuestiones en favor de los indios y de la religión abo- 
gando todos por la caridad. Pero se dividieron creyendo 
unos preferible ir á educar á los indios en sus cabanas 
ganándolos con la expontaneidad del amor; mientras 
otros creían mas seguro y eficaz valerse de la autoridad 
para reunirlos y habituarlos á las costumbres de la so- 
sociedad cristiana. Los franciscanos estuvieron por las 
encomiendas y los dominicos, como los jesuítas, por la 
libertad completa de los indios en las reducciones: una 
comisión nombrada al efecto y después el rey Fernando 
sostuvieron el parecer de Colon ({ue había acusado al 
P. Montesino y sus correligionarios los dominicos, que 
llegaban hasta negar la comunión á los que tenían in- 
dios esclavos en encomiendas: estas se reglamentaron 
en pro de la liiimanidad. 

Pero los dominicos que pronosticaban por el pasa- 
do el porvenir, respondieron que mientras los colonos 
tuvieran interés en tratar á los indios con rigor, ningún 
reglamento bastaría para hacerles dulce y agradable 
la servidumbre y que serían inútiles todos los esfuerzos 
para enseñar las subliiiies verdades del Evangelio á 
hombres cuya alma estaba abatida y embrutecida por la 
opresión. 

El sistema gubernamental de Alburquerque distri- 
buyendo con bastante inhumanidad las encomiendas, 



— 327 — 

hizo salir á luz im hombre de valor, talento y actividad 
que tomó la defensa mas apasionada de los indios: este 
hombre era Bartolomé de Las Casas; reclamó contra la 
ambición de Alburquerqne ante el rey Fernando, y hu- 
biese logrado mudar el parecer de este acerca de las en- 
comiendas sino hubiese muerto poco después de la lle- 
gada de Las Casas á España. 

Los regentes Giménez y Cisneros y el obispo de 
Tortósa, le escucharon con benevolencia inclinándose á 
abolir las encomiendas; nombraron á Las Casas Pro- 
tector universal de los indios y para asegurarse del acier- 
to enviaron una comisión para examinar el asunto; pero 
quizás mal informados, sostuvieron las encomiendas 
mejorándolas con algunas providencias. 

Las Casas continuó protestando y volvió á Europa 
para ganarse á Carlos V; encontró mucha oposición 
en los encomenderos por la utilidad reportada del tra- 
bajo de los indios: propuso entonces sin comprender las 
malas consecuencias, la compra de negros ya esclavos de 
las costas de África, sin vislumbrar los abusos á que 
dio lugar la trata de negros y su esclavatura. El mismo 
pidió una Colonia en la costa de Canianá^ para realizar 
sus proyectos; pero fracasó á manos de los indios sal- 
vajes que mataron á todos los españoles de la colonia 
Cumaná y abatido Las Casas, por este y muchos otros 
desastres y la oposición general de los Conquistadores, 
se hizo fraile dominico para convertirse en misionero, 



— 328 — 

siendo después nombrado Obispo de Cliiappa: parece 
que el excesivo afecto á los indios, le hizo caer en una 
especie de monomanía, de manera que para él todos 
los españoles eran crueles y todos las indios mansas 
ovejas, y sus escritos han dado, por esta causa., origen 
á exageraciones contra los Conquistadores. 

Sin embargo, en todas partes los misioneros fue- 
ron los protectores natos de los indios. Los españoles 
abusaban de las indias y Fr. Antonio de los Mártires, 
consiguió de Fr. Ovando, superior de la misión de 
franciscanos, un edicto intimando á los españoles que 
las dejasen ó se casasen con ellas. Fundáronse en to- 
das partes modestos conventos de donde sallan conti- 
nuamente voces contra las demasías de los poderosos 
y á donde se acojían, cual á un puerto seguro los dé- 
biles y los afligidos. Como en otro tiempo en la Europa 
bárbara aparecieron hermosas poblaciones junto á los 
conventos y muchas ciudades de Venezuela deben su 
origen á los capuchinos. Por orden del rey Fernando 
los indígenas menores de 13 años quedaban al cui- 
dado de los franciscanos mientras trabajaban sus pa- 
dres y se fundaron para educarlos irrandes seminarios 
llamados cristiandades que produjeron excelentes resul- 
tados. 

Mayores prodigios se vieron en las misiones jesuí- 
ticas donde había además de escuelas, talleres de artes 
y oficios; y la vida de los indios llegó á ser semejante á 



— 329 — 

una comunidad donde todo se hacia con un orden ad-" 
niirable. Los anales de la propagación de la fe serán 
siempre los fastos mas heroicos y gloriosos para la ci- 
vilización de los pueblos! 

Será eternamente un hecho culminante y glorioso 
en las páginas civilizadoras del mundo católico las Co- 
munidades GuARANÍTicAS del Guayra, del Paraguay y 
Uruguay de los Jesuitas. 

¡Cuánto no ha perdido la civilización de América 
con la extinción de sus reducciones! 

Los obreros del verdadero progreso, las comuni- 
dades religiosas, son perseguidas por los gobiernos 
civilizados; y ese crimen de lesa-libertad y lesa-civili- 
zacion, lo recordará eternamente la historia para ig- 
nominia de sus autores; aunque será para la Iglesia 
una corona de gloria inmarcesible. 

Para que se vea co:iio los historiadores imparcia- 
les de América comienzan á rendir liomenaje á la bené- 
fica influencia de la Iglesia en la conquista de los abo- 
rígenes americanos, nos vamos á permitir la siguiente 
trascripción. 

La obra monumental '•'■Méjico aliravvs de los siglos,,, 
trae en la introducción el siguiente párrafo con el titulo 
de Primeros cronistas. "A la conquista de la espada 
siguió la conquista de la fé, tras el duro soldado 
que con muerte y exterminio venia á arrebatar á los 
indios la tierra de sus mayores, llegaron los primeros 



- 330 — 

frailes á darles con dulzura y caridad un cielo descono- 
cido para ellos, un cielo todo amor y todo ternura: sin 
los doce gigantes del corazón que vinieron después de 
los titanes de la espada^ la obra de Cortés se habría 
perdido (1) jíste babia ganado la tierra para sus reyes;, 
aquellos venian á^^ímar un pueblo para la Jmmanidad. 
Por eso nosotros al hablar de la patente con que el ge- 
neral de la Orden mandó á los doce primeros frailes 
franciscos, patente que original tenemos y como rico 
tesoro guardamos, hemos dicho que fué la credencial 
con que la cÁvilizacion vino de embajada cd Nuevo 
Mundo. 

Los conquistadores saben hacerse entender de to- 
dos los pueblos con la voz de trueno del cañón y el 
silbo de acero de la espada; pero aquellos heroicos 
frailes, que llegaban á predicar á hombres que no en- 
tendían su lengua, tuvieron que comenzar por apren- 
der la suya; y no una sino las diversas de los diferentes 
pueblos que doctrinaban. No contentos con labor tan 
ímproba, que //o/y ')ío osaríamos emprender.^ escudriñaron 
esas nuevas lenguas, y formaron de ellas vocabularios 
y gramáticas; trabajo inapreciable y extraordinario que 
en los tiempos de aliora liubiera merecido calurosos 
aplausos de la prensa de todo el mundo, medallas de 
las academias y elogios y diplomas (h' bis sociedades 

(1) Lo iiiisnn (lcl)cmos decir de las regiónos del Nuevo 
Miuidit, civilizadas pin- los f^ailc.^ luisinnoros. 



— 331 — 

científicas; pero que en aquella sazón pasó desapercibi- 
do como todas las buenas obras de sus autores, sin más 
galardón que la gratitud de los que amamos nuestra his- 
toria, y sin más triunfo para ellos que los vítores de su 
conciencia." 

Efectivamente, será siempre inapreciable el valioso 
contingente que los misioneros prestaron con heroica 
abnegación en la conservación de los antiguas tradi- 
ciones y estado social de los pueblos indígenas ameri- 
canos, además de deberles el que estos no se hubiesen 
perdido para la civilización. Lo sucedido en América 
con los misioneros es la segunda etapa de su misión ci- 
vilizadora en tiempos de la iiTupcíon de los bárbaros en 
Europa: los monasterios se convirtieron en santuarios 
de la virtud y de la ciencia, mientras los misioneros 
convertían los bárbaros á la civilización cristiana con 
esfuerzos y sacrificios que no tendría diplomas ni elo- 
gios con que premiar la civilización moderna. Levanta, 
pues, el corazón el contemplar como autores imparcia- 
les y libres del odio fanático de la irreligión, empiezan 
á justipreciar los servicios prestados por la Iglesia á la 
santa causa de la civilización de los pueblos, hasta po- 
der afirmar con el eminente publicista. Guizot, que la 
civilización moderna debe al catolicismo servicios más 
grandes de lo que creen sus propíos amigos. 

Vamos á terminar este apéndice con dos palabras 
sobre la independencia de América. 22 



— 332 — 

Europa trajo á América el cristianismo y con él la 
civilización más digna del hombre: por ello debemos ser- 
le eternamente gratos. Mientras éramos salvajes ó pa- 
ganos, necesitábamos su tutela, como la inñmcia necesita 
la de la paternidad: la libertad es nociva sin la concien- 
cia del deber. Más cuando llega la mayor edad, la patria 
potestad cesa. La quisieron continuar los conquistado- 
res, que no eran más que instrumentos de la Providen- 
cia; pero fué en vano, y fué también un error lamentable, 
porque ocasionó una guerra social desastrosa. 

La libertad es instintiva en los pueblos á la par que 
su independencia, y toda represión es ineficaz cuando 
el fuego sagrado del patriotismo inflama la conciencia 
de un pueblo adulto: entonces cada ciudadano es un 
león, y un puñado de bravos arrolla á los gigantes más 
robustos que se oponen á su paso. La independencia es 
el premio de los pueblos que lian adquirido la concien- 
cia de su dignidad; y la victoria los cobija siempre bajo 
sus doradas alas. 

En este sentido el gobierno de allende los mares 
rayaba en ominoso: América se contempla capaz de re- 
gir sus destinos y el genio de la libertad se pasea por 
su hermoso continente. Ya no hubo remedio: todos los 
pueblos americanos protestaron contra el porfiado do- 
minador, y la independencia fué rescatada después de 
tres siglos de tutela. Los Andes saludaron de nuevo la 
libertad de la virgen América. 



— 333 — 

Y no podia ser de otra manera: "Colonias tan 
grandes como el mundo conocido, dice un español im- 
parcial, colonias como la América hermosa, insensato 
fuera pensar en tenerlas siempre subyugadas: Dios no 
habia dejado á aquella Virgen del mundo en las tinie- 
blas para atraerla á la luz esclava No se mantiene 

en perpetua esclavitud países donde todo es grande, 
todo eleva el espíritu, todo conspira á la independencia 
y libertad." 

Sonó, pues, la hora señalada en los consejos de la 
Providencia, y Dios que realiza con medios sencillos 
epopeyas sublimes, hizo que los hijos de América con 
pretextos, unas veces insignificantes y otras inconcientes, 
recuperasen la independencia del suelo americano. 

Y América tiene grandes destinos, pues aunque 
joven aun, será el suelo clásico de las libertades políti- 
cas y civiles y de la democracia en el sentido recto y 
augusto de estas palabras. Grecia y Roma mengua se- 
rán á su lado, porque la democracia que un día en ellas 
brilló no estaba basada en el sublime lema cristiano de 
fraternidad, igualdad y libertad. América no ha com- 
prendido aun su misión augusta y gloriosa: ambiciones 
bastardas de resabios hereditarios la han convulcionado 
profundamente; pero el día en que llegue á realizarse, y 
no se tardará, el imperio del derecho limitado por el 
deber y el reinado de la paz en el orden y el trabajo, 
entonces se mostrará deparada por la Providencia para 



— 334 — 

desempeñar con gloria, más brillante que la de los Grie- 
gos y Romanos, el papel que en los destinos de la huma- 
nidad desempeñaron un tiempo, Asia primero y Europa 
después. El Asia yace postradí^por su fatalismo y Eu- 
ropa está carcomida; solo es joven América, y solo los 
pueblos vírgenes y lozanos, aunque sean bárbaros, son 
los destinados por la Providencia para conducir con glo- 
ria el estandarte de la regeneración y civilización hu- 
manas. Que siga el cristianismo inspirando las institu- 
ciones americanas, religión de progreso y esencialmen- 
te civilizadora con base moral de perpetua regeneración, 
y no pasará quizás una centuria sin que se vea América 
adorada por el mundo entero. 



He terminado; pero en esta última página voy á 
hacer una declaración justiciera. El modesto y notable 
ingeniero D. Ignacio Pedralbes es digno de toda nuestra 
consideración, no solo como el primer consocio de la 
Sociedad Ciencias y Artes, sino como un patriota ab- 
negado que por el honor de esa misma Sociedad ha he- 
cho sacrificios desconocidos por la mayor parte de sus 
consocios, pero tan acendrados que teno-o la obligación 
de revelarlos en este Ensayo, para que se le haga la 
justicia de considerarlo como el protagonista de nues- 
tra regeneración científica, por los grandes sacrificios 



— 335 — 

que ha hecho por el adelanto de la única Asociación 
científica que existe en el pais. El ingeniero Pedralbes 
es benemérito de la ciencia en la República del Uru- 
guay. 




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